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PDVSA: ¿Un arma inagotable?

Siempre hemos asociado el color negro con la cosa más horrenda que le puede pasar a cualquier ser humano: la muerte. Pues bien, aunque parezca una simple coincidencia o un símil absurdo y carente de razón, parece casi cosa del destino que PDVSA siga en su agonía lenta y dolorosa, que casi con total seguridad la llevará a ese estado de coma que todos los venezolanos nos negamos a aceptar.

Es que no parece coincidencia que el futuro de la empresa más grande de nuestro país sea igual de negro al crudo que exporta diariamente. Cada vez es más grande nuestra dependencia a esta empresa mientras nuestra economía sigue en caída libre sin que el gobierno haga nada por cambiar las cosas. Las cooperativas de las que tanto habló el presidente, y que iban a ser la supuesta solución para diversificar nuestra economía, han fracasado estruendosamente y todos esos miles de millones fueron a parar a saco roto.

La situación es realmente preocupante. Hace quince años PDVSA producía diariamente tres millones doscientos mil barriles. En ese entonces, la empresa constaba con poco más de treinta mil empleados, número más que razonable para que la empresa fuese óptima en su rendimiento. En la actualidad, produce alrededor de dos millones setecientos mil barriles y sus empleados llegan a más de noventa mil; ahora la nómina es tan abultada como las deudas que acarrea la empresa.

Todo lo nombrado hasta ahora es un simple juego de niños, la cosa apenas comienza a tomar color. No se nos puede olvidar que antes de que Petróleos de Venezuela cayese en las manos de la revolucionaria y nacionalista “Quinta República”, la deuda que la empresa tenía no superaba los cuatro mil millones de dólares. Ahora, en pleno proceso rumbo al “Socialismo del siglo XXI” nos encontramos que la empresa de “Todos los venezolanos” debe la suma inverosímil de más treinta y seis mil millones de dólares, lo que da muestra de la excelente administración que ha hecho el actual gobierno de nuestros recursos petroleros.

Ahora bien, querido lector, si le parece una suma irreal o totalmente amarillista de mi parte, pues tengo la penosa obligación de informarle que a esos treinta y seis mil millones de dólares le debemos sumar siete mil millones más, consecuencia de la deuda que arrastra el gobierno con varias empresas por su política estatista, que no se va a convertir en otra cosa que no sea un capitalismo de Estado del más brutal y salvaje al mejor estilo de la China actual.

La cosa no termina allí. De los dos millones setecientos mil barriles que se producen diariamente, setecientos mil son para la gasolina y derivados que se consumen dentro de la nación. Doscientos cincuenta mil barriles más se embarcan y viajan hasta el otro lado del mundo hasta parar a China, donde forman parte de pago por un dinero que ese país nos prestó y que sólo el gobierno sabrá dónde llegó a parar. Otros ochenta mil se venden a diferentes países que lo pagan en “cómodas cuotas”; y, por último, noventa mil barriles llegan a isla de Cuba, donde forman parte de la ayuda del presidente para seguir financiando la miseria, el hambre, la corrupción y la desigualdad que genera la dictadura castrista en nombre de una revolución que casi ningún cubano llega a ver.

Es que todo parece tan absurdo y traído por los pelos que no es fácil digerir todo este panorama, que no deja de mostrarnos desgracias. Cuando el presidente Chávez llega al poder en 1999, su principal arma para ir en contra del pasado y convertirse en el mesías y el redentor venezolano, era que su lucha contra la corrupción iba a ser implacable y que los ineptos estarían fuera de su gobierno. Como es lógico y visible, la principal promesa de su plan de gobierno, si es que a la antipolítica se le puede llamar plan de gobierno, se quedó en eso, en una simple promesa.

La burocracia, eso que todos los partidarios de las ideas de izquierda odian, es lo que recorre sin ningún impedimento las oficinas de PDVSA. Ese clientelismo político de la “Cuarta República”, que tanto repudia el chavismo, es lo que reina en los ministerios y en todas las instituciones regidas por el Estado. En el pasado quedaran esos momentos donde los ministerios eran repartidos entre los diferentes partidos políticos y el gobierno creaba consenso para tomar decisiones tan serias como lo es el proceso de estatización tan peligroso que está llevando a cabo el presidente.

¿Hasta cuándo seguirá este derroche? ¿Hasta cuándo los venezolanos seguiremos creyendo que PDVSA es invencible? ¿Hasta cuándo nuestro PIB seguirá dependiendo única y exclusivamente del petróleo? No sé si nos tendrá que pasar lo mismo que a la Chile de Allende, donde su proceso de estatización llevó la inflación a más del 400% y los chilenos se volvieron locos y salieron a la calle a matarse los unos con los otros; o no sé si tendremos que vivir lo mismo que el Perú de Alán García, donde la nacionalización de las empresas produjo que la inflación llegase a más del 5000%, hundiendo a la economía de ese país en una crisis descomunal.

Por ahí dicen que nadie aprende de los errores ajenos, pero ¿Venezuela tendrá que afrontar una crisis tan grave como la de estos dos países para reaccionar del letargo en el que se encuentra sumergida? No lo sabemos, por ahora no se vislumbran tiempos de cambios, por lo menos hasta el 2012, cuando sean las próximas elecciones presidenciales. Mientras que éstas llegan, el grito seguirá siendo el mismo: ¡Qué siga la ROBOlución!

Pronto nos veremos…