Hört der Regen auf Strasse zu füllen

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Yo vi el Maracanazo sentado en un taxi

Era martes. Mi tía me había llamado ese día en la tarde reclamándome que no la había visitado hacía más de dos meses. Ella tenía razón, no le había hecho ningún tipo de visita desde hacía un buen rato y ya era hora de que compartiera con ella, por lo menos una tarde.

No tenía planes para el siguiente día, así que le dije que llegaría a su casa a la hora del almuerzo. Me expresó que me iba a invitar a comer Risotto en un club donde es socia, que queda a un par de cuadras de su hermosa casa y donde la gente de plata de Caracas se regocija y relaja. Yo no tenía ni idea de qué era esa comida, mi paladar es algo miserable e ínfimo para una mujer como mi tía que ha recorrido el mundo y ha probado exquisiteces de los países más hermosos y reconocidos de Europa, y ella lo sabe: “Quédate tranquilo mi tomy, que te va a gustar”- me dijo.

Me levanté temprano al siguiente día para intentar llegar al ferrocarril de las 10:40. Lo logré. Me senté en el primer vagón que vi y abrí mi libro: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Ésta era la segunda novela de la trilogía de Stieg Larsson. Aquellos tres libros que el escritor sueco- no sé cómo- había logrado imprimirles una magia y una dosis adictiva que generaba que no pudiese despegar los ojos de aquellas páginas chorreadas del verbo privilegiado de Larsson.

Me entregué a la historia de aquel libro y no supe nada de la existencia de cualquier otra cosa sino hasta que sentí que el ferrocarril se detuvo; alcé la vista: ya había llegado a Caracas. Tomé el Metro- estaba abarrotado de gente, como de costumbre- y me dispuse a llegar a Chacaíto. Cuando llegué allí tome un taxi que me dejó enfrente de la casa de mi tía.

Ella cumplió lo prometido. Me llevó a comer al club donde los ricachones y acomodados de la clase alta caraqueña degustan de un buen almuerzo. Nos sentamos en una mesa y un mesero de extraño origen nos atendió. Apenas lo escuché hablar, supe que era italiano. Le dije en tono de broma que si no era hincha del Inter quería que me atendiese otra persona. Al comienzo, el muchacho no entendió mi rápido castellano; tras unos segundos comprendió lo que le decía y me dijo que no, que no le gustaba el fútbol; que él era el único italiano en este mundo que no le gustaba ese deporte. ¡Menuda sorpresa! Jamás creí conseguir un italiano apático al fútbol; la excepción a la regla- supuse.

Aquel muchacho de castellano palurdo fue el que me trajo a la mesa el Risotto. Nada mal sabía, aquella comida italiana a base de un arroz un poco más grueso que el corriente sabía muy bien- aunque si me hubiesen puesto a elegir entre eso y la pasta con salsa bechamel de mi madre, la pasta hubiese sido la elegida con mucha holgura.

Compartí con mi tía una hora más en aquel restaurante antes de devolvernos para su casa y pasar el resto de la tarde charlando de cualquier cosa. A las seis de la tarde le dije que era el momento de irme, no quería llegar tarde a mi querido pueblo. Ya era hora de retirarme de Caracas, aquella metrópolis de tanto ajetreo y personas por doquier, la paz de mi pueblito me hacía falta.

Le pedí que llamara un taxi, y así lo hizo. Me comunicó que llegaría dentro de veinte minutos, los cuales los aprovechamos para seguir charlando de boberías y preocupaciones políticas. Pasado los veinte minutos escuchamos un pito justo enfrente de su casa: era el taxi. Me despedí de mi tía con un beso y un fuerte abrazo. Caminé por las escaleras de su jardín y llegué hasta la salida. Aquel taxi era un Capri Classic de color blanco, seguramente modelo 77. Se bajó un hombre bastante mayor, setenta y tantos, sino es que había llegado ya a los ochenta. Me gritó algo que no pude entender, pero que tomé como un saludo, así que le sonreí al viejo.

Apenas me monté en aquel Capri Classic ocho cilindros, motor poderoso y de unos asientos espaciosos, aquel anciano me volvió a saludar de una manera ininteligible; yo sólo dije: buenas noches. Ese hombre de tercera edad, cabello canoso, piel arrugada y con un conato de panza se volvió a dirigir a mí de manera inmediata apenas pronuncié aquel “Buenas noches”. Esta vez le logré entender. Un viejo simpático es este tipo- pensé.

Comenzamos a chalar de inmediato, ese hombre tenía un acento extranjero bastante arraigado- su castellano era bastante peor, incluso, que el del italiano del restaurante. No me importó, le entendía- claro que con un poco de esfuerzo- casi todo lo que me decía. Además, era un señor que caía bien a la primera. Después de decirle a dónde me tenía que llevar y discutir otras frivolidades como el tránsito, el estado de la carretera y cosas por el estilo, no aguanté la tentación y le pregunté de dónde era. Soy brasileiro- contestó aquel simpático hombre. Lo supuse- pensé.

Cuando me confirmó que era brasilero no pude sentir otra cosa que no fuese impotencia por haber desperdiciado cuatro minutos de tiempo hablando pendejadas con ese viejo simpático que de todo se reía. ¡Es brasilero, coño, háblale de fútbol!- medité. Sin poder contenerme, le pregunté de qué equipo era hincha, el anciano sonrió y me dijo: Del mejor equipo del mundo, del Santos. Yo le dije que era seguidor de un gran equipo, con una historia tremenda; él asintió.

Me comentó de la belleza de Brasil, de las hermosas playas y de las espectaculares mujeres que estaban en aquel exuberante país. Si vas a Brasil ve consciente de que te vas a enamorar- me dijo entre risas aquel señor. La charla se puso aún mejor cuando comenzamos a hablar del Brasil de México 70, de lo bien que jugaba Pele, de lo grande que fue Garrincha, de lo espectacular que jugaba Bebeto, de lo solvente que era en la defensa Dunga, del que era -para él- el mejor delantero de la historia: Romario; en fin, de la rica y preciosa historia futbolística que tenía el país amazónico.

Aquella charla me había enriquecido y dado muchos más conocimientos con respecto a la historia futbolística de Brasil, pero no fue hasta cuando estábamos a la altura de Plaza Venezuela- metidos en un cola infernal- que aquel señor me expresó que había estado en el Maracanazo. Yo estuve en el Maracaná en el cincuenta, tenía como 18 años, tu edad- me dijo. Íbamos ganando y estábamos confiados, pero luego nos empataron y faltando pocos minutos para el final nos marcaron el segundo- dijo con voz melancólica- nunca he llorado tanto en toda mi vida- me confesó.

Aquello me dejó atónito, tenía a mi lado a un hombre que había estado en el Maracanazo, no lo podía creer. Nunca pensé que pudiera conocer a un hombre que haya vivido aquel magno evento tan de cerca como este pintoresco señor. Me siguió relatando detalle a detalle aquel día doloroso para Brasil.
No quería que la cola de Plaza Venezuela cediese, escuchando hablar a aquel hombre llegué a sentir que amaba el tráfico caraqueño y que si me seguía hablando de fútbol, me podría quedar en aquella cola toda la maldita noche si fuese necesario.

Al final, la cola cedió y poco después ese anciano me dejó enfrente de la estación de Metro. Le dije que cuánto le debía y me respondió con su portugués castellanizado: Dame sesenta bolívares, por buena gente y porque la charla estuvo buena. Saqué el dinero de mi bolsillo y tuve la sensación de que si me hubiese cobrado el triple de lo que en realidad costaba la carrera, se los hubiese pagado con propina incluida. Hice un amago de despedirme, le dije efusivamente a aquel hombre canoso e intelectual del fútbol, que había sido un honor conocerle.

Le extendí mi mano con un gran respeto y cuando él me la estrechó, supe que había tocado más de setenta y tantos años de historia futbolística. Le dije que había sido un placer enorme haber compartido ese tiempo con él y que ojalá tuviese ocasión de volver a verlo. Él me miró y me dijo que el honor había sido suyo. Agitó su mano derecha como símbolo de despedida. Prendió su Capri Classic de 8 cilindros y motor potente y arrancó en dirección a algún lugar.

De caminó a la estación del metro, me miré la mano derecha y sentí que había sido un insolente en haber tocado tantos años de historia ¿Qué coño me había creído para haber sido capaz de estrecharle mi mano insignificante y carente de historia a aquel anciano? Me aprecié como un pusilánime y un miserable.

Saqué mi Ipod del bolsillo y busqué la canción de Historia de un taxi de Ricardo Arjona; intenté relajarme y digerir, por medio de las poesías hechas canciones del guatemalteco, aquel encuentro con la historia. Llegué a la conclusión de que en esos minutos que aquel anciano me había contado detalle a detalle su experiencia del Maracanazo, no estaba en ese tráfico infernal; estaba seguro que había estado en el Maracaná, con él, 60 años atrás, y que había visto el partido sentado en un confortable Capri Classic del año 77.

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