Hört der Regen auf Strasse zu füllen

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Querido Presidente Santos

Si en vez de leer estas palabras- en el supuesto caso negado que lo haga-oiría todo lo que he escrito, le parecería quizás un atrevimiento de mi parte que lo llame “mi presidente”, pues al escucharme no lograría ubicar mi acento en ninguno de los departamentos de Colombia y creo que no le llevaría demasiado tiempo en darse cuenta que mi forma de expresarme es la de un venezolano residenciado en el centro del país; llamémosle entonces “acento caraqueño”, aunque yo de caraqueño no tenga nada.
 
Pero no crea usted que el uso de este adjetivo posesivo es con alguna intención de engañarlo o de hacerle creer que quiero exigirle algún derecho que el marco legal de su país no me concedería. Todo lo contrario, en todos los términos teóricos y prácticos es usted también mi presidente, pues en mi billetera reposa una cédula colombiana y en mi mesa de noche un pasaporte de color vinotinto con el escudo del país que usted rige- perdóneme la indiscreción- de una manera que me parece más bien blanda y un poco mediocre. Le pido a usted mis más sentidas disculpas si mi honestidad no es el mejor camino para entablar un primer contacto con usted, pero es que los periodistas de buen corazón somos así: un poco lengüilargas.
 
Como decía, me he tomado el atrevimiento de escribir esta misiva, no tanto con la esperanza que usted me lea, pues ¿quién soy yo para tener alguna relevancia en su ajetreada agenda? Sino más bien para desahogarme un poco y para contar una pequeña historia que, si usted la supiera, quizá le llegaría a ese corazón conservador y tan de derecha que late en su pecho.
 
Mi padre nació en Barranquilla un 10 de abril de 1963, aunque de esa ciudad no se puede sentir parte, pues nunca vivió allí y lo único que realmente atesoramos de esa ciudad es nuestra fe infinita en el glorioso Atlético Junior de Barranquilla, el equipo de fútbol de nuestros amores.
 
Mi mama nació en un pueblo misérrimo llamado Margarita, en el departamento del Bolívar, justo al frente del río Magdalena, un 14 de marzo de 1961. Vivió una infancia y adolescencia sumergida en la más aberrante y triste pobreza, compartiendo con sus hermanas una casa pequeña hecha de barro y palos y comiendo lo que mi abuelo pescaba ese día en el río.
 
Creció y se hizo mujer comiendo pescado con una yuca que muchas veces era tan dura como una piedra; ella dice que, a pesar de todo, fue feliz. El amor no entiendo de estratos sociales, lo doy por sentado.
 
Mi padre la tuvo un poco más fácil, pero sin que le sobrara demasiado a su familia. Los dos se conocieron en Mompos, un pueblo que tiene vista directa al río Magdalena y que disfrutó de unos buenos años de auge durante la colonia española, pues era un puerto medianamente grande y había mucho comercio.
 
Pero ¿para qué le voy a hablar yo a usted de Mompos si usted conoce ese pueblo mejor que yo? Usted muy bien sabe que allí se celebra un festival de Jazz enorme cada año que pone al pueblo a bailar varios días seguidos en sus calles hermosas de arquitectura colonial. Usted estuvo allí el año pasado y se tomó una foto con una de mis tías- quien en su juventud fue una comunista entregada a la lucha revolucionaria, hasta que visito Cuba y ya luego se le quitaron las ganas de seguir leyendo a Marx.
 
Por supuesto, usted no se debe acordar de quien es mi tía y mucho menos de esa foto, pero es solo para que entre en contexto, en confianza, presidente, nada más.
 
Pues sí, mis padres se enamoraron y ya sabe usted que es lo que pasa cuando “el amor llega así de esta manera y uno no se da ni cuenta”. Primero llego mi hermano y luego llegue yo, pero en los noventa Colombia no era exactamente una tierra de oportunidades y alegrías. Las FARC y los paramilitares mataban gente a su antojo, los narcotraficantes eran los dueños del país, la droga el negocio más próspero y lo único que brotaba con facilidad eran los muertos, los crecientes datos de pobreza y la corrupción- para que lo vamos a negar- de los políticos “honestos” que conducían el país.
 
En este ambiente fue que mi padre decidió irse a vivir a Venezuela meses antes de que yo naciera, querido presidente, para ir a ver que se construía en la tierra de Bolívar porque en su país natal mis papas no llegaban a fin de mes. Una decisión difícil ¿no?
 
En Venezuela un familiar nos ayudó y mi papa consiguió trabajo y ahí anduvimos, con lo justo, pero sin que nos faltara lo necesario. Luego nos echaron un empujón y compramos una casa en un pueblo a 70 kilómetros de Caracas y al final nos quedamos allí, haciéndonos más venezolanos cada día que pasaba.
 
Pero ya sabe usted, querido presidente, que la patria no se olvida así de fácil, por lo que yo aprendí a querer a Colombia de lejos, como los amores a distancia. El ídolo musical de la casa siempre fue Carlos vives y los casettes y cds de vallenato (Como olvidar a Iván Villazon, Los Hermanos Zuleta o a Diomedes Díaz?) no dejaron de ser más y más con el transcurso de los años.
 
Es por eso, presidente Santos, que para mí la palabra frijoles es esdrújula y no grave, el guiso de tomate y cebolla le digo
machucho y al coleto le digo trapero.
 
Cuando comencé a jugar fútbol, mi ídolo siempre fue el Pibe Valderrama, aunque el ya estuviese retirado, y sufrí a destiempo el error de Higuita contra Camerún en el mundial de Italia 90, el papelón de Estados Unidos 94 y la vergüenza del mundial de Francia 98. Hoy tengo 26 años, así que se podrá imaginar lo grande del destiempo al que me refiero.
 
Aun así, don Santos, me siento más venezolano que colombiano, excepto cuando juega la Selección Colombia, ahí sí que no hay amor por la Vinotinto que valga, y es por eso que cuando me golpeo el dedo pequeño del pie con una mesa, no me sale un “Usch, hijueputa” sino un sentido y sonoro “Cono de su madre esta mierda, nojoda”.
 
En Venezuela viví hasta los 23 años, excepto dos años que nos mudamos a Bogotá por asuntos de trabajo; de resto solo he vuelto a Colombia de vacaciones- sobre todo a comer almojábanas, pan de yuca, buñuelos y carimañolas- y ahora vivo en Alemania porque, luego de graduarme de periodista y de haber trabajado un año con la oposición venezolana, quise venirme a este país a estudiar el idioma y a darme un respiro de un país tan conflictivo y sumergido en una profunda crisis económica como lo es Venezuela. Siéndole sincero, también me asqueo un poco la política.
 
Nunca me quise quedar aquí definitivamente, señor presidente, la idea era regresar un año después a hacer un par de postgrados que ya tenía vistos y continuar con mi carrera en alguna redacción de algún periódico combativo, de esos que ya casi no existen en Venezuela; pero ya estando aquí, la situación de Venezuela se terminó de ir al carajo y decidí quedarme porque vi con total claridad que nunca podría comprarme una casa allá, tener una familia y disfrutar de los más mínimos y necesarios estándares de vida. Es imposible pensar en tener una relación normal y tener hijos en un país como Venezuela, señor Santos, es simplemente un suicidio.
 
Mis padres, que le han invertido más de media vida a Venezuela, aman a este país y no lo desean abandonar; me apoyaron y me auparon a no regresar, pues ellos compartían mis augurios con respecto al futuro de esta nación.
 
A pesar de esto, ellos siguen allí e intentan sobrevivir a la crisis de todas las formas posibles. Mi padre tiene una pequeña empresa que ha forjado con “verraquera”, como diría usted, y le ha dedicado muchos años de su vida y no la quiere dejar tirada. Gracias a ella, el aún mantiene a mi familia medianamente alejada de los márgenes de pobreza, de escasez de alimentos y medicinas y aun permite que mi hermana pueda ir a la universidad, pero cada día que pasa el margen se estrecha, señor presidente, y la crisis intenta explotar los márgenes de ganancias- cada vez menores- en un país donde hay control de cambio y el Gobierno expropia a todo aquel porque si, tozudo, contumaz en el error.
 
Ya sabe usted que a los socialistas se les da muy mal la economía y la libertad de expresión. Nunca han logrado comprenderlas y ve allí usted las consecuencias. Yo sé que es un hombre estudiado e informado. Seguro que no debo hablarle mucho más de lo que pasa en Venezuela ¿A que si?
Aprovechando que aún me quedan un par de páginas más, estimado presidente, quiero hacer gala de la sinceridad e imprudencia que me caracterizan y confesarle un par de cosas antes de llegar al punto final, para que así nuestra amistad se forje desde las columnas de la honestidad y sinceridad: Si bien yo no vote por usted en su primer mandato, aun no me lo permitían, mis padres si se acercaron a Consulado colombiano en Caracas y votaron con ardor por usted, pues mis padres son personas que veían al señor Uribe- antes su padre político y ahora su más acérrimo rival- con simpatía y usted los traiciono con su conversión y su separación del legado que este dejo.
 
Ya el tiempo ha demostrado que Uribe no es ninguna perita en dulce y que las violaciones a los derechos humanos que su Gobierno- con su complicidad como Ministro de Defensa- fueron variadas y de todas las calañas, por lo que el apoyo a su antecesor disminuyo muchísimo en mi hogar.
 
Eso no quiere decir que lo veamos a usted ahora como la gran cosa, pero bueno… lo eligió el pueblo y esa voluntad hay que respetarla. Yo con honestidad le voy a decir que en su reelección vote por el candidato de Uribe, en el mismo consulado en el que mis padres habían votado por usted, pues desaprobaba que fuese tan blandengue y lameculos con los asesinos de la FARC.
 
Mi repulsión creció cuando usted decidió arrodillar toda la institucionalidad del país a la sinvergüencería que las joyitas de las FARC exigían a cambio de dejar de matar gente inocente en un conflicto que militarmente no hubiesen ganado jamás. Pero claro, eso se dice fácil cuando no es uno el que está en la zona del conflicto y son las balas las que te despiertan en las mañanas y no el despertador o el cacareo de las gallinas.
 
Lo odie un poco cuando supe que tenía usted el descaro de darle curules en el Parlamento a unos asesinos que no habían recibido ni un solo puto voto de la gente. Sentí- y lo sigo pensando- que su ego y sus ganas de ganar el bendito Premio Nobel de la Paz arrastraba al país a un pacto deshonroso con unos criminales; pero en algo sí que le voy a dar la razón, señor presidente, es siempre mil veces preferible una paz chueca- por muy infame e impune que sea- a la guerra más justificable del mundo.
 
Y mejor ni hablemos cuando se la quiso dar de demócrata insigne y cuando la gente le dijo que su Proceso de Paz no iba, usted se limpió sus zapatos de cuero italiano con la voluntad de la gente y lo aprobó a trocha y mocha porque sí, porque quería su Premio Nobel. Pero bueno, guardar rencores envenena el alma ¿verdad?
 
¿Si ve? Después de todo, tampoco somos tan distintos ni nos separa un abismo que no se pueda cruzar con entendimiento, ganas de colaborar y con mucha sinceridad. A la larga, esta carta no es para expresarle un odio que no existe en mi corazón, sino para decirle que, no importa nuestras diferencias, debemos siempre darnos la mano y aceptar las críticas con aplomo.
 
Ahora que ya usted no tiene dudas que el país que me acogió siendo un bebe está viviendo una dictadura que se recrudece día a día y que cierra todos los espacios para cualquier salida civilizada, le quiero pedir que en estas circunstancias menesterosas en las que nos sumergió el chavismo, no tenga usted una amnesia voluntaria y recuerde con nitidez que este país noble que recibió a mi familia cuando no éramos nada y no teníamos ni donde caernos muertos, es el mismo país que ahora se desangra por la violencia de un Gobierno asesino que, no contento con matar estudiantes a balazos y perdigones, los mata de las formas más variadas en los hospitales venezolanos porque no hay medicinas ni quirófanos para curar a nadie.
 
Quiero que recuerde que ahora que Venezuela es un país que se ve morir a sí mismo, usted recuerde que en esa nación hubo hasta cinco millones de colombianos a los que nunca se les pidió papeles para trabajar o para alquilarles una habitación, que hubo colombianos a los que jamás se les negó un vaso de agua, una arepa o un trago de ron con Coca Cola y limón.
 
Quiero que recuerde, señor presidente, que el país al que América Latina ve derrumbarse ahorita mismo a pedazos, mientras sus mujeres dan a luz en las aceras de los hospitales y ve morir a seis niños diariamente, es el mismo que hace años le dio cobijo a todos los latinoamericanos que huían de las dictaduras militares y que a tantos españoles, italianos y portugueses acogió cuando Europa era un continente inhabitable.
 
Quiero que recuerde, mi presidente, que Venezuela me dio un idioma, un acento, el amor de alguna mujer y me regalo tres platos de comida y un techo cuando el país que usted comanda en este momento, no le podía dar nada ni a mi familia ni a mí.
 
Quiero que recuerde, señor Santos, que los mismos dictadores que destruyeron mi país y que volvieron a amañar unas elecciones este 15 de octubre para hacerle creer al mundo que vivimos en democracia, son los mismos dictadores a los que usted les dio la mano en algún momento y espeto que deseaba tener las mejores relaciones con ellos, antes de que el horror fuera tan visible.
 
Quiero, señor presidente, que la próxima vez que un amigo mío vaya al mismo consulado colombiano en Caracas a preguntar- desesperadamente- por oportunidades de trabajo que ofrece el país que usted dirige y las posibilidades de obtener una visa, una funcionaria de su Gobierno, con acento cachacho, no le diga “que Colombia no es un país para emigrar e ir a probar suerte, que se olvide de eso” y más bien recuerde que a mí nadie me pidió una visa cuando comencé el primer año en el colegio, a pesar de haber entrado ilegal a Venezuela y no tener mis papeles en regla.
 
Quiero que recuerde los millones de colombianos que hicieron, y aun hacen vida en Venezuela, de forma ilegal y que nunca se le olvide que el pueblo noble de Venezuela no
los dejo morir de hambre jamás.
 
Quiero, señor presidente, que ahora que el horror en Venezuela es inenarrable y los sufrimientos tan variados, usted habrá esa puta frontera como debe ser y le de permisos de residencia a todos los venezolanos que ahorita solo buscan lograr con trabajo los mismos tres platos de comida que mi familia obtuvo en Venezuela.
 
Quiero, señor Santos, que se deje de tanta diplomacia y visas que una persona común no podría obtener nunca y haga algo de peso por el pueblo venezolano y lo ayude así como ellos nos ayudaron a nosotros en momentos aciagos de nuestra historia.
 
Quiero, presidente, que ponga en práctica eso de que somos “países hermanos” y nos ayudemos como eso que la diplomacia siempre nos ha dicho: como una familia.
 
Le pido simplemente, señor presidente, que la próxima vez que yo abra la gaveta de mi mesa de noche y vea ese pasaporte vinotinto con el escudo de ese país que usted y yo compartimos, me haga usted sentirme orgulloso de ser colombiano.
Pronto nos veremos…
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Un rostro en revolución

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La Encuesta de Condiciones de Vida (ENCOVI) dio a conocer a principios de este año que al menos nueve millones de personas en Venezuela comían solo dos veces al día y que en promedio habían perdido ocho kilos de peso. Además aseguró que alrededor del 93% de los hogares venezolanos no logran completar sus compras de alimentos porque el dinero es insuficiente

El celular suena a las cuatro de la mañana. Una mano delgadísima y huesuda desactiva la alarma. Esta no cumplió su cometido, pues Yudy Castro lleva ya un rato despierta. El ardor en el estómago y el sonido de sus entrañas no esperan despertador alguno: tiene hambre, pero su nevera está casi vacía. Toma agua y el rugido desaparece por unos minutos, pero el hambre no es tonta. Su barriga no para de sonar y el ardor vuelve.

Se levanta y va al baño. Sumerge una gran taza en un balde y se echa agua en el cuerpo, mientras que con la palma de su otra  mano se restriega para limpiarse. No tiene jabón. El agua solo llega una vez a la semana. En el único día en que se cuenta con el servicio,  tiene que lavar la casa, limpiar la ropa y poner un poco de orden. Si el día que el agua llega nadie está en casa, el peregrinaje por las viviendas de los vecinos para que le regalen un poco del vital líquido se vuelve, literalmente, de vida o muerte.

Ya vestida, abre la puerta de su casa y se asoma a la calle. Son las cuatro y veinte de la mañana. Está todo muy oscuro y el hampa no descansa. Se cerciora de que no hay ninguna persona sospechosa o un sonido que la ponga en alerta. Tras el control rutinario, sale de casa, cierra la puerta y espera a que pase una camionetica que la lleve al terminal de Cúa para tomar el ferrocarril rumbo a Caracas.

La espera puede llegar a ser de hasta media hora, pues los pequeños autobuses a veces pasan por su barrio, Nueva Cúa, ya llenos. La ansiedad de la espera le adormece el hambre. Su lugar de residencia es zona roja y a veces son las balas las que interrumpen su sueño o deciden si las líneas de transporte entrar en el barrio o no. Su ansiedad está justificada.

Llega a la estación del ferrocarril y los golpes y empujones para subirse al tren no la sobresaltan, tampoco así la guerra campal que puede llegar a ser el trasbordo al Metro de Caracas en la estación de La Rinconada. La capital siempre le pareció una ciudad hostil. Está acostumbrada.

Aunque Yudy nació en Trujillo, estado Trujillo, no tuvo que llegar a la adultez para darse cuenta que allí no tendría futuro. En su pueblo se rumoraba que en la capital se buscaba con urgencia señoras de limpieza y, en plena adolescencia y sin nada que perder, se enrumbó camino a la capital, aunque allí su estadía sería más bien corta. “No conseguí tanto trabajo como esperaba y la vida se me hizo muy dura en Caracas. Por suerte allí conocí a mi marido y a él le salió una casa en Nueva Cúa y nos vinimos para acá. Por él terminé viviendo aquí en Cúa”, asevera sin rastros de arrepentimiento. Con 62 años en su haber y con las premuras económicas que vive, no tiene tiempo para lamentarse.

De aquel matrimonio nacieron cuatro hijos, pero la relación tomó caminos que ella nunca deseó transitar y la ruptura fue inminente, aunque no sería la única: “A mi marido lo mató un paro cardiaco fulminante hace cuatro años, aunque él y yo ya estábamos separados hace mucho tiempo. Yo ya me había conseguido otra pareja, pero él también murió, hace un año, de cáncer.  Eso fue un proceso durísimo. Ahí las cosas se me complicaron aún más”.

El diagnóstico de cáncer de pulmón y las idas venidas para que su pareja recibiera el tratamiento apropiado, llevaron la economía ya menguada del hogar a un punto crítico. “Él recibió su tratamiento y la enfermedad se le pudo controlar, pero luego cayó en el alcohol, se descuidó y ya no hubo punto de retorno. Metástasis, dijeron los médicos. En un mes se murió”, asevera Yudy, mientras su rostro repleto de arrugas se contrae un poco, aunque las lágrimas no salen.

En su casa de Nueva Cúa solo la acompaña el hijo de dieciocho años de una de sus dos hijas, pero su nieto no se vale por sí mismo. No hay un solo día en la vida de Yudy que la salud de este no sea una carga pesada que la sumerja en profundas depresiones. “Mi nieto sufre de epilepsia, trastorno mental grave y algunos médicos me han dicho que quizá también esquizofrenia. Sufre de convulsiones y sus ataques de agresividad son incontrolables. Más de una vez me ha destruido la casa y me ha golpeado. Yo sufro mucho con ese muchacho”, luego suspira y mira al vacío. Mantiene los ojos cerrados por un par de segundos y los vuelve a abrir. Sigue sin haber lágrimas.

Su hija abandonó al muchacho en la casa de su mamá un día que ya no pudo más. Este la había golpeado y había destruido algunas cosas en el hogar. “El muchacho no puede ver a su mamá porque se pone muy violento y la ha atacado muchas veces. Ella no es que le tenga fastidio al muchacho, es que le tiene un pánico enorme. Ella no se quiere hacer cargo de él, le tiene miedo, por eso me lo dejó acá. Aunque tampoco creo que pudiera  hacerse cargo de él si no estuviese enfermo”.

Tras algunas relaciones fracasadas y dos hijos, la hija de la señora Yudy salió a recibir a su pareja hace un par de años al frente de la casa de su mamá. El muchacho llegó en moto y venía con algunas bolsas de comida. Sin previo aviso, se escuchó una ráfaga de balas, unos gritos y el sonido de la moto golpeando el suelo. Su yerno recibió varios impactos de bala. Cuando salió a ver qué sucedía, el pavimento estaba lleno de sangre y el novio de su hija yacía sin vida en el suelo. Murió casi al instante. “Estaba metido en problemas de drogas. No hubo investigación de nada. Yo estaba clara que ese muerto se iba a quedar así”.

Aquella experiencia sumergió a su hija en una profunda depresión que la terminó llevando a los brazos del alcohol y de las drogas. Se convirtió en una mujer incapaz de hacerse cargo, si quiera, de sí misma.

Su nieto la ha hecho peregrinar por todas las instituciones posibles en busca de ayuda: el INCES, el internado de Sebucán e incluso la Asamblea Nacional, pero nadie le ofrece respuestas satisfactorias a sus súplicas.

De su determinación no se salvaron ni Elías Jaua ni tampoco Henrique Capriles Radonsky, quienes estuvieron en actos políticos en el municipio Urdaneta en momentos distintos y recibieron cartas, de su puño y letra, suplicándoles que la ayudaran para internar a su nieto en un sitio donde pudiera recibir los cuidados apropiados. “En la Asamblea Nacional no me quiso atender ningún diputado, ni chavista ni opositor. Al final, de tanto insistir, me atendió una secretaria y me dijo que como el muchacho era menor de edad en ese momento, no me podían ayudar. Por parte de Capriles me llamaron también y me dijeron lo mismo. De las demás cartas no supe nada. Ahora ya tiene dieciocho años; vamos a ver con qué me salen esta vez.”.

Para hacer más llevaderas las convulsiones, su nieto toma Oxcarbazepina o Carbamazepina, pero hace semanas que no consigue el medicamento y su nieto sufre las consecuencias. Las convulsiones son recurrentes.

Cuando se realizaron las elecciones para la Asamblea Nacional en diciembre de 2015, Yudy Castro recibió la visita de varios representantes del Gobierno. A cambio de su voto, le aseguraron que recibiría todos los materiales que necesitaba para terminar de poner en pie su casa, la cual no terminó nunca de construir y pide a gritos reformas.

Chavista de corazón y siempre agradecida por las misiones sociales que el Gobierno ha llevado a cabo, como Mercal o Barrio Adentro, decidió darle un nuevo voto de confianza a la Revolución, a pesar que la economía de su hogar se deterioraba cada día más.

Ahora, tras más de un año y medio de las elecciones, se siente decepcionada. “Me prometieron mis materiales, pero nada. No me cumplieron. Ahora con las bolsas del Clap tenía muchas esperanzas que mis dificultades alimenticias disminuyeran mucho, pero la bolsa llega muy irregular y yo no puedo pagar esa comida que no está subsidiada. Aparte le tengo que dar de comer al muchacho ¿Cómo se hace si ya un arroz vale 17 mil bolos?  No se puede”.

Los vecinos de Yudy, sabiendo de sus dificultades económicas, la han mantenido a flote: una harina pan, una lata de atún o un empaque de arroz  son las ayudas que  aquellas personas le han dado en los momentos más desesperados.

Su fe por la Revolución no es muy diferente: se sostiene, pero con las justas. Su agradecimiento con Chávez no la deja perder las esperanzas a que esto cambie para mejor, aunque de Maduro no sabe qué esperar. “Mira cómo está el país y como las cosas suben de precio todo el tiempo. Es que yo a ese no le creo ya”.

Cuando no la llaman de Caracas, la señora Yudy trabaja en Cúa en la casa de la señora Matilde Garcés, casi siempre los martes. Llegó a su casa hace cinco años, recomendada por otra vecina con la que Yudy trabajó. La señora Garcés no tiene queja: “Es una mujer trabajadora, pero sobretodo honrada. Jamás nos ha fallado”.

Cuando está allí, aparte de la paga por su día de trabajo, la señora Matilde le da desayuno, almuerzo y siempre le empaca algo de comida extra para que se lleve a la casa. Garcés no sale de su asombro por la dramática pérdida de peso de la señora Yudy en los últimos dos años. Esta no lo niega. “Yo siempre pesé entre cincuenta y cincuenta y dos kilos. Ahora tengo treinta y seis”, confirma Yudy.

La jornada en la casa de la señora Matilde finaliza a las cinco de la tarde. La señora Yudy se despide, toma su dinero y un envase plástico lleno de lentejas. Le da las gracias a la señora Garcés y concretan que se verán nuevamente a la semana siguiente.

Así, cuando suena el despertador una semana después, Yudy sonríe. Sabe que no es frecuente que se pueda dar el lujo de comer dos platos de comida resueltos en un día. Deja a su nieto durmiendo y espera que al regresar, este no haya vaciado los cajones de algún mueble o haya intentado tumbar nuevamente la nevera en uno de sus ataques frecuentes de agresividad. Esa es su preocupación diaria.

Al llegar, da los buenos días a la familia de Garcés, desayuna y comienza la jornada de limpieza. Al finalizar su trabajo a las cuatro y media de la tarde, la señora Matilde le dice que vuelva el jueves, que hay mucha ropa por planchar. Yudy vuelve a sonreír y le da las gracias. Esta semana ha tenido suerte.

Pronto nos veremos…

Este articulo fue escrito en julio de 2017. Los precios expresados, así como algunas de las carencias explicadas, ya son meras referencias de ese mes y no reflejan la actualidad del país 90 días después de ser escrito.

Me gustaría

Me gusta pensar que nos volveremos a ver, que tu entraras de repente en el tranvía y me verás al fondo del vagón, leyendo en mi Kindle alguna novela de un escritor latino. Apenas me ves, decides enseguida caminar hasta el final y sentarte frente a mí.

Me reconoces enseguida, aunque después de más de un año y medio te das cuenta al instante que me he dejado la barba y he bajado levemente de peso. Afuera brilla el sol, aunque el verano ya se ha ido; el otoño ha hecho gala de sus efectos y las hojas naranjas de los árboles se desparraman por todas las calles y avenidas. Hace frío, pero es aún bastante llevadero.

Yo voy de camino a la ciudad luego de terminar la jornada laboral y de pasar rápidamente por mi casa para echarme una ducha y cambiarme de ropa. Estoy cansado, pero unos amigos me esperan en un bar para tomarnos unas cervezas y hablar de los partidos de las eliminatorias para el Mundial, que están en su etapa cumbre. Dos argumentos más que demoledores en contra del cansancio.

Me ves bostezar y cruzar las piernas de un lado a otro cada tanto. Sabes que no me puedo concentrar en mi lectura porque no paso página y releo una y otra vez la misma lámina del Kindle. Aprovechas y me tocas la pierna con tu dedo índice, sacándome de esa lectura enrevesada que no comprendo ni me interesa demasiado comprender.

Cuando te veo me cuesta mucho reconocerte. Tu ropa cubre todo aquello que me brindó tanta felicidad ese invierno que me sentí tan solo y a la deriva. Tu cabello negrísimo ya no tiene extensiones y tu cara se muestra al mundo sin maquillaje alguno. Te podría jurar sin ambigüedades que tu rostro es hermoso así: al natural. Lo pienso, pero no te lo digo. Estoy absorto en aquella felicidad sublime que solo las casualidades pueden brindar.

Me quedo sin habla y tú me sonríes: que hermosos son tus dientes sin manchas de labial, es lo segundo que se me viene a la mente. Tú mantienes esa sonrisa que no te reconozco y me preguntas si me olvidé de ti.

Evidentemente que no, respondo al acto, incapaz de dejar que aquella posibilidad pueda convertirse en un hecho en esta casualidad que pone mi mundo de cabeza.

Por supuesto, no te preguntaría jamás sobre las idas y venidas de tu trabajo ni si estás feliz o triste en este país, así que no lo hago. Solo te sonrío una y otra vez y te hablo del clima- un cliché- y de aquellos ojos negros que adornan tu alma y me hacen sentir un hombre afortunado porque se han posado en mí. Otro cliché.

Comienzo a hablar de vaguedades mientras escucho tus respuestas en ese español con acento que no deja de recordarme aquella charla que tuvimos esa noche, luego de que te agitaras sobre mí y me hicieras llegar al éxtasis con una experticia que nunca antes había vivido. Por supuesto, esto tampoco te lo digo.

Me aceptas la taza de café que te ofrezco en ese bar cualquiera que encontramos en el centro de la ciudad. Yo tomo un cappuccino, pero tú tienes hambre y pides una ensalada con un pedazo de pollo a la plancha. Me dices que tienes que mantener la línea, que te cuidas mucho con las calorías y yo solo sonrío, comprendiendo tu deseo de no engordar, incapaz de juzgarte.

Me preguntas hacia donde iba, que por que estaba en el tranvía, y apenas allí es que recuerdo que tenía una cita con mis amigos. Descarto mi presencia en el acto y te digo que me encanta ir de un lado para el otro de la ciudad mientras leo un libro, que disfruto más de la lectura así, cuando estoy en movimiento. Tú no me crees, pero vuelves a sonreír y no preguntas nada más. La prudencia forma parte vital de tu vida diaria. Tú lo sabes y yo también.

Cuando te comienzo a hablar de mi trabajo y mis planes, tu celular suena y comienzas a hablar con tu hermana en rumano, una lengua que jamás había escuchado, pero que de tu boca suena tan hermosa que me provoca arrancarte a besos cada una de sus palabras para luego susurrártelas al oído y hacerte sentir en casa.

Cuando terminas, me pides que continúe hablando de mí, pero yo ya no quiero; quiero seguir escuchando tu español con acento y seguir oyendo cualquier cosa que tengas que contarme. Son más de 18 meses los que he esperado para que esta casualidad embargue mi vida con tu sonrisa, así que espero que perdones mi intransigencia. Por suerte, lo haces.

Me hablas de tus años en la universidad, cuando cursabas la carrera de economía. Me hablas de amigas que más nunca volviste a ver y de unas fiestas increíbles de las que jamás te podrás olvidar. Yo te corrijo las conjugaciones de algunos verbos y te pido que me enseñes algunas palabras en rumano, pero en ese instante ves tu reloj y me dices que debes irte al trabajo. Me volteo para ver hacia la calle y me doy cuenta que los rayos del sol han desaparecido casi del todo. Me resigno a tu partida.

Llamas a la mesera y le pides la cuenta. Cuando ella viene, te digo que no tienes que pagar nada, que yo te invito. Aceptas a regañadientes. Luego me das un beso fugaz en la mejilla y te vas sin mediar palabra. Yo te llamo, pero no me contestas. Cuando intento ir detrás de ti, la mesera me toma del brazo y me pregunta quién va a pagar la cuenta. Le ofrezco mi tarjeta de débito y me dirijo a la caja, resignado a que no verme más ha sido tu decisión y que debo respetarla.

Cuando me dirijo a la puerta y tomo mi chaqueta, la misma mesera me llama y con cara picara me extiende una servilleta y me asegura que debe ser mía. Cuando la abro, veo que has escrito tu número telefónico en ella. Tiene que ser tuya, por supuesto. La doblo y la meto en el bolsillo de mi pantalón. Acababa de encontrar un tesoro y aun me costaba creerlo.

La charla con mis amigos, ya medio ebrios a mi llegada, culminó con la conclusión de siempre: Argentina iría al Mundial por alguna genialidad de Messi en el último minuto. Perú se colaría al puesto de repechaje y llegaría nuevamente al Mundial después de más de tres décadas de ausencia. Venezuela no peleaba ni por su honor, así que me mantuve callado, revisando frecuentemente mi bolsillo para corroborar si nuestra charla de ese día no había sido una invención de mi imaginación.

Te escribí al día siguiente, no sin antes soportar esa noche en vilo, imaginando tantas cosas y viéndote tan cerca y tan lejos de mi vida, sintiendo que tenía que dejarte ir y aferrándome a la ilusión de un nuevo encuentro. Aquella noche el cuerpo me sobraba.

Fuiste directa y puntual. Concretamos una cita en un bar a las afueras de la ciudad, justo al lado opuesto de donde vivía, y a una hora inaudita: 10 am. Sabía que querías prudencia y privacidad; no protesté.

Luego de charlar tres horas en aquel bar- y reírnos como locos- me pediste que nos fuéramos de ahí. Mucha gente había comenzado a llegar para la hora del almuerzo y comenzaste a sentirte incomoda. Tus ojos se movían de un rincón a otro del local y ya no te interesabas por lo que decía. Tus manos comenzaron a temblar levemente y yo no puse ningún pero a tu requerimiento.

Al salir a la calle, te acompañé hasta donde habías estacionado tu carro y te di un beso en la mejilla y un abrazo, dando por terminada nuestra cita; pero tú me tomaste del brazo mientras mirabas tu reloj: aún tengo cuatro horas, me dijiste, ¿qué tal si nos vamos a tu casa?  Ni siquiera respondí. Te hice un ademán con la mano para que abrieras la puerta del copiloto y entré rápido al carro. No hacía mucho frío, pero yo estaba temblando.

Al llegar a mi apartamento, te ofrecí algo de tomar pero tú estabas tan absorta observando cada rincón que ni siquiera sé si me escuchaste. Revisaste con detenimiento mis fotos familiares y vi que, tras algunos minutos, te limpiabas las lágrimas rápidamente. Yo te veía sin decir una palabra, incapaz de interrumpirte.

Luego posaste tu mirada sobre mí y comenzaste a quitarte la ropa. Supongo que para eso estamos aquí ¿no? Supongo que querrás lo que quisiste cuando nos conocimos ¿a qué si? Me dijiste a quemarropa, con un tono agresivo alejado al que habías utilizado anteriormente conmigo. Me sentí un cabron.

Apenas reaccioné, te tome de la mano y evite que te siguieras desnudando. Te lleve hasta mi cuarto y te senté junto a mí al borde de la cama. Te dije lo que no tuve valor de decirte aquel día en el tren: que me encantaban tus dientes sin manchas de lápiz labial, que me gustaba más tu cabello cuando no tenías extensiones y que me sentía afortunado de que tus ojos se hayan posado en mí.

Luego te mire fijamente y te prometí que jamás escucharías un solo reproche de mi parte, que jamás te juzgaría por ninguna decisión que hayas tomado en el pasado y que sería comprensivo con las razones que te trajeron a este país.

Te hablé del otoño y de lo hermoso que me parece esta época del año. Te dije que me encantaría llevarte al bosque que queda cerca de mi casa y tomarte de la mano y entrelazar tus dedos con los míos, mientras caminamos por el sendero y escuchamos crujir a nuestro paso las hojas desparramadas en el suelo.

Te dije que me encantaría posar mi mano en tu espalda, pero no para desabrocharte el sostén, sino para hacerte sentir protegida y segura, para demostrarte una vez más que nunca jamás te tendrás que desnudar enfrente de mí, ni de nadie, si no quieres, y que jamás nadie gozara de los placeres que proveen tus pechos si no eres tú la que lo ha decidido, dispuesta a la posibilidad del goce y el placer.

Te asegure que la próxima vez que estemos juntos, no debes ser tú la que se arrodille a la altura de mi entrepierna y me provea del placer que tu lengua y boca están dispuestas a dar, sino que te tomare por la cintura, te llevare a la cama y te susurrare al oído si me permites bajar a tu centro y sumergir mi lengua en ti y no salir de allí hasta que explotes de placer y me hagas sentir un hombre, sin que hubiese existido ni una sola penetración en esa afirmación.

Luego te darás vuelta y me dejaras pasar mi lengua por cada una de las estrías que adornan tus muslos, para que jamás vuelvas a sentir que ellas son un problema, sino más bien parte de tu encanto.

Solo entonces se acabarían los rodeos. Entraría en ti sin preámbulo alguno- casi con desespero- y sin que haya ningún preservativo que intervenga en el roce de nuestros cuerpos. Quisiera que esto te haga creer en mí, para que así nuestro lazo se forje en una intimidad y confianza inapelable.

Nunca mas te pondrías esos tacones baratos y esa lencería que deja poco a la imaginación, pero que oculta lo que de verdad eres. Conmigo no tienes que mostrar nada si no lo deseas y podrás estar siempre descalza, para que nunca más sientas lo que son los dolores en los pies.

Tras la faena, montaríamos en bicicleta y haríamos nuevamente el amor en alguna parte apartada del bosque, luego de comer lo que te prepararía antes en casa. Conmigo no tendrás que cocinar nunca más, te lo prometo.

En vacaciones pudiéramos ir a Bucares a visitar a tu familia y conocer el palacio enorme que el dictador comunista de Ceausescu, en su locura megalómana, se hizo construir mientras los rumanos se morían de hambre. Caminaríamos por las calles tomados de la mano y yo te recordaría cada tanto cuánto te quiero.

Nos sentaríamos a la mesa de tus padres y comeríamos comida rumana, mientras yo practico mi rumano con ellos y tú y yo nos contamos secretos en español.  Estoy seguro que el alemán no te trae demasiados buenos recuerdos, así que lo dejaríamos para lo estrictamente necesario ¿A que si?

Ni en nuestros peores momentos habrá un solo reproche de mi parte. No te preguntaré jamás cuántos fueron. Solo hablaremos de ello si lo deseas y solo lo sabrán aquellos que tú quieras. No tendrías que esconderte más y solo utilizarías maquillaje en ocasiones especiales, si es que así lo quieres.

Nos podríamos ir a otra parte ¿Qué tal Berlín o Hamburgo? ¿Qué tal Bogotá o Buenos Aires?

No tienes idea de cuánto me gustaría que nos encontráramos algún día en ese tranvía y que esa servilleta estuviese guardada en la gaveta de mi mesa de noche; no tienes idea de cuánto me gustaría saber que nunca más tendré que pagar por tu tiempo.

Pronto nos veremos…

Tres años

Cervezas de medio litro, repollo por montones, las papas en sus mas variadas versiones, colores y sabores. Amaneceres con birra en mano, noches oscuras con birra en mano, noches claras con birra en mano también. Cervezas memorables. Marihuana rechazada una y mil veces. Calles congeladas y con nieve hasta los tobillos. Saber lo que se siente que se te mojen las medias por la nieve. La supervivencia a mas de una borrachera con cerveza barata. Manejar en bicicleta a menos 15 grados con el asfalto congelado y con hielo y nieve por doquier. Jugar fútbol a menos cinco grados mientras cae nieve, te cagas de frió y te preguntas: que coño estoy haciendo aquí? Descubrir que el fútbol es hermoso incluso así: cagándote de frío. Saber lo que es llevar mas ropa en un día que la que te ponías en una semana en Venezuela. Reírme porque los demás se ríen, pero en realidad sin haber entendido ni una sola palabra del porque. Resignarte a declinar mal los artículos y los adjetivos porque aun no se entiende la diferencia del dativo con el acusativo y muchísimo menos el genitivo. Preguntarte por que coño hay un articulo neutro y luego reírte irónicamente. Saber lo que es una calefacción. Saber lo que es pagar el maldito recibo de la calefacción. Saber lo que es que se te congele la ropa en invierno y resignarte entonces a esperar una semana a que se seque, lánguidamente, en tu sala. Saber lo que es que siempre haya luz. Saber lo que se siente que siempre haya agua. Saber lo que se siente que puedas tomar agua del chorro. Decir “hola” y que tengas un acento tan arrechamente marcado que automáticamente te pregunten de donde vienes, aunque solo hayas dicho “hola”. Saber que los sabores del chocolate pueden ser infinitos. Los helados a menos de un euro y medio. Cantar canciones de salsa en tu trabajo, aunque nunca hayas escuchado salsa en Venezuela y tu voz sea una mierda. Que te saquen a bailar suponiendo que lo haces bien. Sus caras de sorpresa cuando digo que no bailo. Sus caras de sorpresas cuando descubren que hay latinos que no bailan. Ver clases en alemán y pasarte minutos sin entender un carajo. Ver clases en alemán y pasarte minutos entendiéndolo todo. Aprobar un B2 de alemán. Ir a la escuela de idiomas a preguntar por el C1 y no entender nada de lo que te dicen. Tener tarjeta de crédito siendo un pela bola. Tener un apartamento para mi solo siendo un pela bolas. Que el apartamento se te llene de moho porque no lo ventilas bien. Que el apartamento este hecho un asco y no tengas que darle explicaciones a nadie. Que el apartamento este limpio y a nadie le importe. Que una alemana te diga que hablas bien alemán. Que esa alemana hable español. Que cuando pronuncies algo mal le digas a los alemanes que no entienden lo que dices porque su aleman es deficiente y no el tuyo. Ver que se ríen. Saber lo que es estar a las 11pm y que aun haya sol. Saber lo que es estar a las 4pm y que no haya sol. Saber lo que es mandar una carta Que haya un buzón. Estar triste por no estar en Venezuela. Estar demasiado feliz por no estar en Venezuela. Sentirte afortunado por no estar en Venezuela. Sentirte triste porque tus amigos se quieren ir, desesperadamente, pero no tienen como. Ofrecerles ayuda y esperar que los puedas ayudar. Vivir solo. Ser una imagen en una pantalla. Ser la voz de una corneta de celular. Tener una alegría muy triste. Tener una tristeza muy triste. Ir a tu país y regresar sin haberlo reconocido. No sentirte de ningún lado. Sentirte de todos lados. Hablar ingles mayamero. Extrañar el periodismo. Escribir desesperadamante por vocacion, aunque sepas que no tienes talento. Tener tiempo libre. Ir al teatro. Ir al cine. Que ofrezcan mucho mas cine latino en las carteleras de aqui que en Venezuela. No saber que es el trafico. Acostumbrarte a que el transporte publico funcione. Arrecharte si se retrasa un minuto. Recordar entonces el Ferrocarril de Cua. Darte cuenta que el proceso de alemanizacion es implacable. Montarte al tren sin que te den coñazos. Ir en el autobus leyendo en mi Kindle. No pasarte cinco horas viajando al dia para llegar al trabajo y regresar a casa. Ir al banco y que en cinco minutos todo este resuelto. Descubrir que Banesco y Mercantil te han robado días enteros de vida. Ver rubias todos los días y no dejar de sorprenderte de su belleza. Estudiar cocina. Cocinar para tus amigos. Que tus amigos te digan que la comida esta rica. Querer cocinarle a tu familia lo mismo y que la mitad de los ingredientes no se consigan. Conocer muchos latinos. Sentirme mas latino que nunca. Saber que ellos tienen un país al que regresar. Saber que nosotros no tenemos un país al que regresar. Montarme en un tren que va a 300 kilómetros por hora. Vivir la alegría de no saber lo que es madrugar. Comer lo que me de la gana. Engordar. Ser feliz. Vivir en paz.
Ya son tres años, Alemania, y los que vienen.
Gracias totales.

Pronto nos veremos…

Un vino barato, por favor

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A veces voy al supermercado y compro el vino mas barato que consigo. Ya saben ustedes que la vida de estudiante tiene sus limitaciones bien establecidas, como no. Luego me dirijo a la zona de las bebidas no alcohólicas y compro un litro de refresco de limón. Luego me voy a la parte de los enlatados y compro unos pequeños pedazos de frutas que vienen en una lata y los agrego a la canasta que cuelga de mi mano derecha. Nunca tomo un carrito, nunca alcanza el dinero para esas extravagancias.

Cuando llego a casa, ligo el refresco con el vino barato- a veces de Chile, a veces de Macedonia- y le agrego las frutas, no sin antes botar de la lata el liquido conservante. Agrego un par de cubos de hielo y lo meneo con el dedo indice.

Me recuesto en mi sofá barato y se me da a veces por el escuchar a Cerati o, en algunos casos puntuales, a Louis Amstrong. Siempre comienzo con What a wonderfull world, mientras la canto a media voz en mi ingles mas bien chapucero, mas bien impresentable. Cuando llega la parte de The color of the rainbow so pretty in the sky tiendo a levantar ligeramente el tono de mi voz y procuro imitar esa voz ronca que tan famoso lo hizo y que inmortalizo a ese negro increíble que sera siempre Amstrong.

Por supuesto, no doy la talla, pero nadie me escucha y en este rincón del mundo, me gusta que sea así.

Últimamente oigo Al lado del camino de Fito Paez. Mis amigos latinos la escuchan y entre tantas cervezas alemanas en el hígado y entre tantos porros que consumo sin consumir, me ha terminado por gustar.

En algunas ocasiones escucho salsa. Nunca me ha gustado ese genero, o mas bien nunca le he prestado atención porque jamas me sentí lo suficientemente venezolano para oírlo y disfrutarlo, pero ahora que vivo afuera me hace sentir como si estuviera en casa, como si estuviese en mi jardín en Cua con mis amigos del colegio y nada de lo que le pasa a Venezuela estuviera pasando.

Me imagino no tomando Ronquito o Superior, sino una pecho cuadrado- cuando era comprable- y hablando en un español lleno de caribe y de arepas catiras o empanadas con cazón. Esa realidad se acabo hace mucho. Ahora solo queda soñar.

Cuando el vaso se vacía, realizo nuevamente el mismo procedimiento. Luego camino de vuelta a la sala de mi apartamento, mientras que, por ejemplo, Hector Lavoe canta que Lo nuestro es un periódico de ayer, y me dirijo a la ventana de mi quito piso y me quedo parado allí un buen rato, hasta que las planta de los pies me comienzan a doler.

Es otoño y el enorme árbol, que es mi vecino, se torna anaranjado poco a poco y yo no dejo de admirar la belleza de su decadencia y lo sorprendente que puede llegar a ser que, dentro de unos meses, puedan volver a florecer hojas en ese pedazo de madera que supera siempre un invierno tan duro con una valentía que le envidio sobremanera.

Veo pasar a la gente por la calle y miro también como los molinos de viento al fondo del paisaje siguen generando energía eólica sin darse un solo respiro. Dan vueltas sin parar, resignados a ese ir y venir que no para nunca.

Cuando tomo vino, se me da muchas veces por meterme a mi correo electrónico y mandarle un mensaje con una sola pregunta: “Por que lo hiciste?”, pero luego el letargo que me genera el vino se diluye por un momento y vuelvo a caer en cuenta, una vez mas, que los axiomas no requieren de explicación alguna: se explican por si mismos.

Por supuesto, no hay explicaciones que pedir: el internet las da todas. Así que me tomo otro trago y le subo a la música. Revolverheld canta en ese preciso instante noch fehlt mir der Mut mich von abzugrenzen y me da un ataque de risa, que se convierten rápidamente en carcajadas.

Luego me cayo de golpe y me doy cuenta otra vez que nunca se debe comenzar algo que no se tiene el valor de terminar; por suerte, con el vino las reglas son otras: es él el que siempre termina contigo.

Noch eine Flasche, bitte– digo cuando me encuentro nuevamente enfrente del vendedor. El me mira y sonríe.

Siempre le pido revancha al vino, pero el desenlace es sabido. Las cartas están marcadas.

Pronto nos veremos…

Valdrá la pena

Toma mi mano sin ambigüedades

Roza mis labios con los tuyos sin resquemores

Entrelaza tu lengua con la mía

Y saborea la vida que tengo para ofrecerte

Disfruta del verano que nos arropa

Ve cómo el sol une nuestras sombras

Y las convierte en una sola existencia

Déjame posar en ti la certeza del olvido

La locura del porvenir

La incertidumbre del futuro prometedor

Y el otoño en ciernes

Déjame desearte sin preámbulos y con ellos

Con tristeza y alegrías

Con lágrimas y gozos

Mírame a los ojos y olvídalo todo

No busques más

Valdrá la pena

Así está decidido.

Pronto nos veremos…

Maiquetia

Entro y hace un calor horrible. Algunas pocas personas hacen colas con sus maletas enfrente de las oficinas de las pocas aerolineas que quedan: casi ninguna.
Los militares van y vienen. Matan en tedio como pueden; la verdad es que hay tan poca gente que se haria muy visible cualquier intento de tramolla, de guiso. Las posibilidades son pocas.
Me paro enfrente de las oficinas de TAP. Unos militares te hacen preguntas idiotas y te piden el pasaporte, pero apenas oyen tus respuestas, apenas revisan el documento.
Luego te mandan a una esquina y te piden que vacíes todo el bolso, que necesitan hacer unos chequeos de rigor. Me pregunto entre dientes para que cono me mandan a abrir la maleta “Acaso no hay rayos equis en esta vaina?”, digo.
Hay un español delante de mi, con su novia venezolana. Ella me mira y me dice “Acaso que funciona en esta mierda de país?”; yo asiento con la cabeza. Luego vuelve a abrazar a su novio y se le salen las lagrimas; se dicen te amo el uno al otro y el le promete que se volverán a ver pronto. Ella se aferra a el. Todo es muy triste y el calor se convierte en algo insoportable.
Abren mi bolso y revisan cada bolsillo, mientras desparraman mi ropa por doquier. “Luego te da chance de volverla a meter, chamo. Relajado”, dice el guardia. Yo sonrió y lo invito a continuar.
Llego a la sala de espera y veo el avión que me va a sacar del Caribe. Sudo como un cerdo y el calor no se toma descanso, no cesa. El resto de los pasajeros baten hojas y libros, tratando de refrescarse como pueden. Sudamos todos y me siento menos impresentable. Las miserias se viven mejor en grupo.
Escucho mi nombre en un parlante. Me acerco a la taquilla de embarque y me dicen que tengo que bajar a pista, que los guardias encontraron algo sospechoso en mi bolso al pasarlo por rayos equis. “Y para que cono me hacen vaciar el bolso antes del check in si hay unos rayos equis? Ya revisaron todo”, digo exasperado, mientras sudo a mares en ese sauna que es Maiquetia. La chica me mira y se apiada de mi. Se encoge de hombros y me dice “Quien entiende algo en este país?”.
Bajo a pista y revuelven mi bolso y sacan hasta la ultima prenda de ropa. Junto a mi hay un hombre que saca un carnet y dice que es militar y que trabaja de agregado en alguna embajada de algún lado. Lo dejan ir sin mas. No hay escarnio, no hay preguntas mil veces respondidas. El calor ensordece, créanme.
Guardo las cosas una vez mas y ya de camino al avión escucho como el empleado que me acompana se queja de que no haya aire acondicionado en el aeropuerto desde hace mas de mes y medio. “El calor es insoportable, hermano”, me dice.
Poco después me monto en el avión. Todos damos asco, todos sudamos sin contemplaciones, todos tenemos la misma cara de resignación, de arrechera, de dolor.
La escala en Curacao fue una humillación mas para el pasaporte. En una isla de nada, de algún punado de miles de habitantes, con algunas playas, discotecas y fiestas es donde el avión de TAP recibe mantenimiento. “Maiquetia no ofrece las condiciones para que se realicen los procedimientos adecuados en Caracas”, expresaron representantes de la aerolínea días pasados.
Dos horas sentados en el avión sin movernos, masticando el odio y viendo por la ventanilla como el aeropuerto de una puta isla es mejor que el de Venezuela.
Por este retraso, llego a Lisboa corriendo para no perder el vuelo a Madrid: llego con las justas.
Esperando en la cinta, llega mi maleta, pero la noto diferente: esta rota, rasgada, aporreada…
De que otra manera podia llegar?, me pregunto con sorna.
Mi maleta es la mejor metáfora del país.

Pronto nos veremos…