Una felicidad sublime

La primera vez que jugué al futbol tenía casi 16 años. Antes de esa edad, solo lo había visto por televisión, aparato que ayudó a consagrar mi pasión indisoluble al glorioso e inigualable Inter de Milan, equipo que en 2010 me regaló un triplete que llevo marcado en mi corazón como una de las consagraciones futbolísticas más grandes de mi vida y que me hizo aprender las dos únicas palabras que me sé en el hermoso idioma italiano: eterno amore.

Junto al Inter, me hice hincha furibundo del Atlético Junior de Barranquilla, el mejor equipo de la costa colombiana y de los que marcó historia en el futbol colombiano de la mano del más grande jugador colombiano de todos los tiempos: Carlos Valderrama.

La pasión por este equipo me la inculcaron familiarmente a punta de vallenatos, canciones de Carlos Vives y de charlas futboleras en el patio de mi casa, las cuales las llevaban a cabo mi papá con sus amigos costeños  huidos de Colombia hacia tantos años y que encontraron en Venezuela un refugio alejado de los carteles de drogas, los guerrilleros y de la inestabilidad económica y política.

En mi último año de bachillerato, el Caracas FC tocó las puertas de mi corazón y lo deje entrar sin demasiados preámbulos. No pasó mucho tiempo para verme saltando en barra del equipo capitalino mientras aprendía rápidamente los canticos de la hinchada e iba a Caracas casi todos los fines de semana a ver un equipo que me hacía sentir orgulloso de ser venezolano.

En aquella época, jugaban varios colombianos en el once caraqueño y eso facilitó mucho que mi amor por este club creciera, a medida que la Vinotinto dejaba de ser la cenicienta y nos hacíamos un equipo razonablemente presentable.

Mi amor por el Caracas no paró más, pero sí mis visitas al estadio y mis canticos en la barra. Hui despavorido de allí ante tanta droga, licor, radicalismos y violencia de muchos integrantes de esa barra, que comenzó siendo un punado de gente hasta convertirse en los pocos miles que alientan al equipo en la actualidad y que llenan el estadio cuando la Copa Libertadores se hace presente.

Antes de pisar los terrenos impresentables donde se jugaba al futbol en mi pueblo, me dediqué con gran entrega a jugar futbol sala con mis amigos, cosa que hacía más bien regular, más bien mediocremente, pero con una entrega y sacrificio que nunca nadie puso en duda. Malos partidos muchos, pero nadie aseguró nunca que no sudaba la camiseta y que no era el primero en llegar y el último en irme.

A la cancha llegó un día un hombre con bigote pistolero y barriga prominente y nos aseguró que quería armar un torneo en nuestra urbanización y estaba organizando a todos los muchachos para que la faena futbolera fuese inolvidable, y vaya que lo fue.

Él, un venezolano de ascendencia gallega y conocido babalao del pueblo, armó un conjunto con todos aquellos jugadores que los demás equipos habían repelido con asco por malos y se propuso hacer con ellos un torneo digno, o cuanto menos hacer un campeonato en el que al final nadie se acordara de ellos.

A sus filas llegué por las razones obvias: por malo. Teníamos buena química y desde el primer momento nos caímos bien. Él no esperaba mucho de mí y yo me conformaba con ser parte de las estadísticas y de tener una medalla de consolación por haber participado. Esa fue una gran lección de vida para mí: cuando se arranca una relación sin grandes expectativas y basándola en la sinceridad, todo puede fluir de maravilla.

De más está decir que nadie daba nada por nosotros, excepto nuestro entrenador, quien nos perfilaba por lo menos en la segunda ronda, pero sin creérselo en ese momento demasiado, más bien haciendo las veces de motivador, de hombre que guía a un punado de adolescentes lejos de las drogas y la violencia.

Entrenamos como ningún equipo y este venezolano medio español logro armar un equipito de la nada y comenzamos el torneo escuchando como las demás escuadras se peleaban entre ellos y apostaban cual nos marcaría más goles.

Nosotros, más bien con más ganas que convicción en nosotros mismos, arrancamos el torneo contra un equipo no demasiado fuerte, pero a primera vista superior. El entrenador, acomodándose el bigote constantemente, me dijo que iba de punta, que era el nueve del equipo, el goleador elegido, el hombre encomendado a romper las redes contrarias.

Yo no lo podía creer, jamás en mi vida había sido delantero y de repente fungí como un punta nato cuando en mi vida había hecho un gol. En la defensa me manejaba mucho mejor, claramente, pero el entrenador tenía un argumento inapelable: “No tengo a mas nadie, huevón. Vas de punta y haz lo que se pueda”.

Ese día marqué dos goles en un partido que terminó cuatro a dos a nuestro favor. Después de ese tarde, como más nunca lo volví a hacer, fui delantero de mi equipo con un rendimiento más que sobresaliente, acompañado con la cara de pasmo de todos mis amigos, los cuales me rechazaron una y otra vez de sus equipos.

Cuando se terminó la ronda de todos contra todos, clasificamos a la semifinal de terceros y nos tocó el partido a muerte contra el primero de la tabla, equipo que disfrutaba de los servicios de un zambo que tenía una zurda de oro y que embocaba la pelota desde cualquier lado de la cancha: era un monstruo.

Nosotros, a quien nos achacaban la clasificación “por un embrujo del babalao que nos dirige”, nos aseguraron que ya se nos acabaría la suerte en las semifinales y que era impensable que pudiéramos ganarle a ese equipo arrollador con ese negro en punta que era un Batistuta criollo del futbol sala, un Ronaldo del gol.

Nosotros escuchábamos los pronósticos negativos con resignación y sin darnos demasiadas esperanzas, pero la verdad es que nos teníamos una fe tremenda y jugábamos con unos huevos que nadie tenía. Lo íbamos a dejar todo. La clasificación era prácticamente un milagro, pero no teníamos nada que perder.

Nuestro arquero, un moreno con cara de mono y con unas manos gigantes, llegó a ese partido con la mano enyesada, pues se había roto el dedo unos días antes jugando baloncesto. Aun así, el moreno se animó a entrar al arco y el entrenador no puso ni un pero al respecto. Ante las caras de desconcierto que tenía más de un jugador del grupo, su argumentación volvió a ser lapidaria: “No tenemos a nadie más”. Y con esa frase, se zanjó cualquier duda.

La cancha estaba repleta. Las gentes se agolpaban alrededor del terreno de juego y luego de dar las alineaciones- yo iba de punta nuevamente, como en todo el torneo- el entrenador nos animó y dimos un grito de guerra y saltamos a la cancha. Éramos cinco contra cinco. Ellos, los favoritos. Nosotros, el error del campeonato, el aborto del azar y los caprichos del futbol.

El partido fue parejisimo y faltando dos minutos para que se acabara el juego- íbamos tres a tres con dos goles míos- un compañero me lanzó el balón y yo salte, teniéndome una fe increíble, y  conecté el balón con la cabeza y la clavé en el ángulo, ante el estupor del Batistuta criollo y de los espectadores presentes, quienes pensaron que presenciarían nuestra caída.

Ya luego fue el grito desaforado de gol, los abrazos de los compañeros y el asombro de todos, incluyéndonos. Íbamos a la final, carajo! Nosotros, el conglomerado de malos, la escoria futbolística del barrio, los rechazados de todos los equipos… nosotros, que no teníamos nada que perder, lo ganábamos todo.

Pero ya se sabe que el futbol es caprichoso. Cuando ya el árbitro tenía el pito en la boca para decretar el final, el Ronaldo del gol se sacó del bolsillo un zapatazo furibundo y nuestro arquero, jugando prácticamente con una sola mano, no pudo desviar el trayecto del balón y el zambo nos empató el partido. No lo podíamos creer.

En los penales no me atreví a patear. Estaba acalambrado y debo aceptar que me daba un pánico enorme esas definiciones in extremis. Por suerte no hubo necesidad. Al quinto penal, ellos fallaron y nuestro arquero, el moreno con cara de mono y una mano enyesada, repelió el chute del adversario y nos mandó a la final.

Nos fuimos corriendo a abrazar al entrenador, mientras nuestros amigos invadían la cancha y nos abrazábamos todos en un desafuero increíble de alegría, de perplejidad, de felicidad pura. Todos me recordaban el testarazo fulminante que clavé en el ángulo rozando el final del encuentro, mientras yo pensaba que todos aquellos que nos alababan en ese momento eran los mismos que hacia 40 minutos decretaban nuestra inminente muerte.

Habíamos llegado a la final, en contra de todos los pronósticos. Mis amigos del equipo contrario me miraban con odio, se relamían las heridas, pero mi alegría era inmanchable. Los apestados nos colamos al encuentro final y esa algarabía no tiene precio.

En la final jugué un partido más bien bastante sacrificado y, a pesar de que mis padres se contaban entre el público presente, no pude marcar un gol. El partido lo ganamos 5 a 4, pero pasando algunos apuros. Faltando algo más de tres minutos, volví a conectar un balón con la cabeza, luego de un tiro de esquina a nuestro favor, pero estampé la bola en el travesaño. Era el de asegurar el triunfo, pero el destino no quiso esta vez.

Cuando el árbitro decreto el final, corrimos al lado del entrenador y nos volvimos a abrazar: éramos diez muchachos sin equipo ni grandes expectativas y aquel gordo bigotudo de ascendencia española nos había guiado a la gloria, una gloria que jamás soñamos, excepto él. Se lo debíamos todo.

Gritamos y gritamos hasta que no pudimos más. En ese campeonato marqué doce goles, una suma más que considerable para un hombre con unas carencias técnicas tan marcadas. El goleador del torneo hizo 26, más del doble que yo, pero- humildad aparte- casi todos mis goles fueron decisivos, marcaron el camino hacia esa final sorpresiva e inolvidable.

Luego de ese campeonato que aún me pone la piel de gallina, formamos dos clubes de diferentes categorías para jugar al futbol en el campeonato municipal. La mayoría de nosotros jamás había pisado una cancha de futbol once y, a pesar de los entrenamientos previos al campeonato, nuestras tres primeras fechas quedaron saldadas con unas claras derrotas.

Al cuarto encuentro, cuando ya nos habíamos afianzado y el entrenador argentino que se había hecho cargo del equipo había encontrado el funcionamiento ideal, invité a ver el juego a la primera mujer de la que me enamoré locamente: tenía 16 años y estaba en el penúltimo año del bachillerato.

Era un amor profundamente sufrido y solitario, pues ella era incapaz de verme con otros ojos que no fueran los de la amistad y yo no podía verla de otra manera que no fuera a través de los dictámenes del corazón. Evidentemente, una mala combinación.

Aquel día del cuarto partido del torneo- mi corazón más bien desbordado por su presencia más que por el ir y venir del partido- estábamos ganando con un cómodo cuatro a dos que nos aseguraba el primer triunfo del campeonato. Ya acercándose el colofón del segundo tiempo, a nuestro delantero estrella le hicieron una falta al borde del área y yo corrí desaforadamente para pedir el tiro libre.

Se armó una pequeña riña entre el número diez del equipo y yo. Los dos queríamos patear y no lográbamos ponernos de acuerdo. Ante la evidencia futbolística- él era un muchacho con gran calidad en sus pies y buen trato de balón, y yo un picapiedra de la defensa central- espeté un argumento que ni el futbol y su hermosura pueden rechazar: ves a la chama que esta allá? Esa jeva me trae loco y nada que se deja. Vino a ver el partido por mí. Déjame patear que le quiero dedicar un gol”.

Mi compañero, solidario ante mi situación, me cedió el balón. Cuando el árbitro accionó el pito, la verdad es que no sé qué paso. Me acerqué al balón y lo pateé con una fe que dificulto que incluso el Papa tenga por Dios, y clave el esférico en el ángulo. Nadie lo podía creer, ni yo mismo. Fue un gol hermoso, memorable, imborrable.

La dedicatoria se la hice luego del partido y ella se sonrojó, pero eso no ayudó mucho a que cambiara sus opiniones con respecto a darme una posibilidad en su vida.

Hace ya muchos años que no la veo ni se nada de ella, pues faltando un año para terminar el bachillerato, nos enemistamos y por mucho tiempo el amor ciego que le profesaba se convirtió en un odio grandísimo.

Su amor lo repartió en ese último año con dos de mis mejores amigos del colegio. A mí no me correspondió nada, por supuesto. Es que cuando no es para ti, no es para ti. Eso no fue lo que me alejo de ella y de mi resignación a ser su amigo, a pesar de mis sentimientos hacia ella y sus refriegas por turnos con estos dos buenos amigos, sino su incapacidad de aceptar las evidencias de que estaba jugando con los dos a la vez. Por eso me odió, por eso la odié.

Cuando me fui a vivir a Berlín, me agregó por instagram y en un par de ocasiones me ha felicitado por mi cumpleaños o por navidad. La acepté porque hay cosas que hay que dejar en el pasado y rencillas que no aportan nada en tu actualidad, así que también decidí seguirla.

Por lo que veo, está en algún país del sur de América Latina con un amor de su adolescencia, los dos huyendo de las miserias de Venezuela. Quizá alguna vez nos volvamos a ver, tal vez en Venezuela en alguna de mis visitas anuales a mi familia y que ella justo se encuentre allí visitando la suya. La saludaría, por supuesto, sin tampoco entrar en demasiadas confianzas.

Aunque para ser honestos, que no se lo vaya tomar ella personal, pero creo que preferiría volver a marcar un gol tan hermoso de tiro libre como ese que hice esa tarde cuando le pegué afiebradamente enamorado a ese balón, el cual se incrustó en la red adversaria y me regaló una felicidad sublime que pocas veces el amor me ha brindado.

Pronto nos veremos…

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