Querido Presidente Santos

Si en vez de leer estas palabras- en el supuesto caso negado que lo haga-oiría todo lo que he escrito, le parecería quizás un atrevimiento de mi parte que lo llame “mi presidente”, pues al escucharme no lograría ubicar mi acento en ninguno de los departamentos de Colombia y creo que no le llevaría demasiado tiempo en darse cuenta que mi forma de expresarme es la de un venezolano residenciado en el centro del país; llamémosle entonces “acento caraqueño”, aunque yo de caraqueño no tenga nada.
 
Pero no crea usted que el uso de este adjetivo posesivo es con alguna intención de engañarlo o de hacerle creer que quiero exigirle algún derecho que el marco legal de su país no me concedería. Todo lo contrario, en todos los términos teóricos y prácticos es usted también mi presidente, pues en mi billetera reposa una cédula colombiana y en mi mesa de noche un pasaporte de color vinotinto con el escudo del país que usted rige- perdóneme la indiscreción- de una manera que me parece más bien blanda y un poco mediocre. Le pido a usted mis más sentidas disculpas si mi honestidad no es el mejor camino para entablar un primer contacto con usted, pero es que los periodistas de buen corazón somos así: un poco lengüilargas.
 
Como decía, me he tomado el atrevimiento de escribir esta misiva, no tanto con la esperanza que usted me lea, pues ¿quién soy yo para tener alguna relevancia en su ajetreada agenda? Sino más bien para desahogarme un poco y para contar una pequeña historia que, si usted la supiera, quizá le llegaría a ese corazón conservador y tan de derecha que late en su pecho.
 
Mi padre nació en Barranquilla un 10 de abril de 1963, aunque de esa ciudad no se puede sentir parte, pues nunca vivió allí y lo único que realmente atesoramos de esa ciudad es nuestra fe infinita en el glorioso Atlético Junior de Barranquilla, el equipo de fútbol de nuestros amores.
 
Mi mama nació en un pueblo misérrimo llamado Margarita, en el departamento del Bolívar, justo al frente del río Magdalena, un 14 de marzo de 1961. Vivió una infancia y adolescencia sumergida en la más aberrante y triste pobreza, compartiendo con sus hermanas una casa pequeña hecha de barro y palos y comiendo lo que mi abuelo pescaba ese día en el río.
 
Creció y se hizo mujer comiendo pescado con una yuca que muchas veces era tan dura como una piedra; ella dice que, a pesar de todo, fue feliz. El amor no entiendo de estratos sociales, lo doy por sentado.
 
Mi padre la tuvo un poco más fácil, pero sin que le sobrara demasiado a su familia. Los dos se conocieron en Mompos, un pueblo que tiene vista directa al río Magdalena y que disfrutó de unos buenos años de auge durante la colonia española, pues era un puerto medianamente grande y había mucho comercio.
 
Pero ¿para qué le voy a hablar yo a usted de Mompos si usted conoce ese pueblo mejor que yo? Usted muy bien sabe que allí se celebra un festival de Jazz enorme cada año que pone al pueblo a bailar varios días seguidos en sus calles hermosas de arquitectura colonial. Usted estuvo allí el año pasado y se tomó una foto con una de mis tías- quien en su juventud fue una comunista entregada a la lucha revolucionaria, hasta que visito Cuba y ya luego se le quitaron las ganas de seguir leyendo a Marx.
 
Por supuesto, usted no se debe acordar de quien es mi tía y mucho menos de esa foto, pero es solo para que entre en contexto, en confianza, presidente, nada más.
 
Pues sí, mis padres se enamoraron y ya sabe usted que es lo que pasa cuando “el amor llega así de esta manera y uno no se da ni cuenta”. Primero llego mi hermano y luego llegue yo, pero en los noventa Colombia no era exactamente una tierra de oportunidades y alegrías. Las FARC y los paramilitares mataban gente a su antojo, los narcotraficantes eran los dueños del país, la droga el negocio más próspero y lo único que brotaba con facilidad eran los muertos, los crecientes datos de pobreza y la corrupción- para que lo vamos a negar- de los políticos “honestos” que conducían el país.
 
En este ambiente fue que mi padre decidió irse a vivir a Venezuela meses antes de que yo naciera, querido presidente, para ir a ver que se construía en la tierra de Bolívar porque en su país natal mis papas no llegaban a fin de mes. Una decisión difícil ¿no?
 
En Venezuela un familiar nos ayudó y mi papa consiguió trabajo y ahí anduvimos, con lo justo, pero sin que nos faltara lo necesario. Luego nos echaron un empujón y compramos una casa en un pueblo a 70 kilómetros de Caracas y al final nos quedamos allí, haciéndonos más venezolanos cada día que pasaba.
 
Pero ya sabe usted, querido presidente, que la patria no se olvida así de fácil, por lo que yo aprendí a querer a Colombia de lejos, como los amores a distancia. El ídolo musical de la casa siempre fue Carlos vives y los casettes y cds de vallenato (Como olvidar a Iván Villazon, Los Hermanos Zuleta o a Diomedes Díaz?) no dejaron de ser más y más con el transcurso de los años.
 
Es por eso, presidente Santos, que para mí la palabra frijoles es esdrújula y no grave, el guiso de tomate y cebolla le digo
machucho y al coleto le digo trapero.
 
Cuando comencé a jugar fútbol, mi ídolo siempre fue el Pibe Valderrama, aunque el ya estuviese retirado, y sufrí a destiempo el error de Higuita contra Camerún en el mundial de Italia 90, el papelón de Estados Unidos 94 y la vergüenza del mundial de Francia 98. Hoy tengo 26 años, así que se podrá imaginar lo grande del destiempo al que me refiero.
 
Aun así, don Santos, me siento más venezolano que colombiano, excepto cuando juega la Selección Colombia, ahí sí que no hay amor por la Vinotinto que valga, y es por eso que cuando me golpeo el dedo pequeño del pie con una mesa, no me sale un “Usch, hijueputa” sino un sentido y sonoro “Cono de su madre esta mierda, nojoda”.
 
En Venezuela viví hasta los 23 años, excepto dos años que nos mudamos a Bogotá por asuntos de trabajo; de resto solo he vuelto a Colombia de vacaciones- sobre todo a comer almojábanas, pan de yuca, buñuelos y carimañolas- y ahora vivo en Alemania porque, luego de graduarme de periodista y de haber trabajado un año con la oposición venezolana, quise venirme a este país a estudiar el idioma y a darme un respiro de un país tan conflictivo y sumergido en una profunda crisis económica como lo es Venezuela. Siéndole sincero, también me asqueo un poco la política.
 
Nunca me quise quedar aquí definitivamente, señor presidente, la idea era regresar un año después a hacer un par de postgrados que ya tenía vistos y continuar con mi carrera en alguna redacción de algún periódico combativo, de esos que ya casi no existen en Venezuela; pero ya estando aquí, la situación de Venezuela se terminó de ir al carajo y decidí quedarme porque vi con total claridad que nunca podría comprarme una casa allá, tener una familia y disfrutar de los más mínimos y necesarios estándares de vida. Es imposible pensar en tener una relación normal y tener hijos en un país como Venezuela, señor Santos, es simplemente un suicidio.
 
Mis padres, que le han invertido más de media vida a Venezuela, aman a este país y no lo desean abandonar; me apoyaron y me auparon a no regresar, pues ellos compartían mis augurios con respecto al futuro de esta nación.
 
A pesar de esto, ellos siguen allí e intentan sobrevivir a la crisis de todas las formas posibles. Mi padre tiene una pequeña empresa que ha forjado con “verraquera”, como diría usted, y le ha dedicado muchos años de su vida y no la quiere dejar tirada. Gracias a ella, el aún mantiene a mi familia medianamente alejada de los márgenes de pobreza, de escasez de alimentos y medicinas y aun permite que mi hermana pueda ir a la universidad, pero cada día que pasa el margen se estrecha, señor presidente, y la crisis intenta explotar los márgenes de ganancias- cada vez menores- en un país donde hay control de cambio y el Gobierno expropia a todo aquel porque si, tozudo, contumaz en el error.
 
Ya sabe usted que a los socialistas se les da muy mal la economía y la libertad de expresión. Nunca han logrado comprenderlas y ve allí usted las consecuencias. Yo sé que es un hombre estudiado e informado. Seguro que no debo hablarle mucho más de lo que pasa en Venezuela ¿A que si?
Aprovechando que aún me quedan un par de páginas más, estimado presidente, quiero hacer gala de la sinceridad e imprudencia que me caracterizan y confesarle un par de cosas antes de llegar al punto final, para que así nuestra amistad se forje desde las columnas de la honestidad y sinceridad: Si bien yo no vote por usted en su primer mandato, aun no me lo permitían, mis padres si se acercaron a Consulado colombiano en Caracas y votaron con ardor por usted, pues mis padres son personas que veían al señor Uribe- antes su padre político y ahora su más acérrimo rival- con simpatía y usted los traiciono con su conversión y su separación del legado que este dejo.
 
Ya el tiempo ha demostrado que Uribe no es ninguna perita en dulce y que las violaciones a los derechos humanos que su Gobierno- con su complicidad como Ministro de Defensa- fueron variadas y de todas las calañas, por lo que el apoyo a su antecesor disminuyo muchísimo en mi hogar.
 
Eso no quiere decir que lo veamos a usted ahora como la gran cosa, pero bueno… lo eligió el pueblo y esa voluntad hay que respetarla. Yo con honestidad le voy a decir que en su reelección vote por el candidato de Uribe, en el mismo consulado en el que mis padres habían votado por usted, pues desaprobaba que fuese tan blandengue y lameculos con los asesinos de la FARC.
 
Mi repulsión creció cuando usted decidió arrodillar toda la institucionalidad del país a la sinvergüencería que las joyitas de las FARC exigían a cambio de dejar de matar gente inocente en un conflicto que militarmente no hubiesen ganado jamás. Pero claro, eso se dice fácil cuando no es uno el que está en la zona del conflicto y son las balas las que te despiertan en las mañanas y no el despertador o el cacareo de las gallinas.
 
Lo odie un poco cuando supe que tenía usted el descaro de darle curules en el Parlamento a unos asesinos que no habían recibido ni un solo puto voto de la gente. Sentí- y lo sigo pensando- que su ego y sus ganas de ganar el bendito Premio Nobel de la Paz arrastraba al país a un pacto deshonroso con unos criminales; pero en algo sí que le voy a dar la razón, señor presidente, es siempre mil veces preferible una paz chueca- por muy infame e impune que sea- a la guerra más justificable del mundo.
 
Y mejor ni hablemos cuando se la quiso dar de demócrata insigne y cuando la gente le dijo que su Proceso de Paz no iba, usted se limpió sus zapatos de cuero italiano con la voluntad de la gente y lo aprobó a trocha y mocha porque sí, porque quería su Premio Nobel. Pero bueno, guardar rencores envenena el alma ¿verdad?
 
¿Si ve? Después de todo, tampoco somos tan distintos ni nos separa un abismo que no se pueda cruzar con entendimiento, ganas de colaborar y con mucha sinceridad. A la larga, esta carta no es para expresarle un odio que no existe en mi corazón, sino para decirle que, no importa nuestras diferencias, debemos siempre darnos la mano y aceptar las críticas con aplomo.
 
Ahora que ya usted no tiene dudas que el país que me acogió siendo un bebe está viviendo una dictadura que se recrudece día a día y que cierra todos los espacios para cualquier salida civilizada, le quiero pedir que en estas circunstancias menesterosas en las que nos sumergió el chavismo, no tenga usted una amnesia voluntaria y recuerde con nitidez que este país noble que recibió a mi familia cuando no éramos nada y no teníamos ni donde caernos muertos, es el mismo país que ahora se desangra por la violencia de un Gobierno asesino que, no contento con matar estudiantes a balazos y perdigones, los mata de las formas más variadas en los hospitales venezolanos porque no hay medicinas ni quirófanos para curar a nadie.
 
Quiero que recuerde que ahora que Venezuela es un país que se ve morir a sí mismo, usted recuerde que en esa nación hubo hasta cinco millones de colombianos a los que nunca se les pidió papeles para trabajar o para alquilarles una habitación, que hubo colombianos a los que jamás se les negó un vaso de agua, una arepa o un trago de ron con Coca Cola y limón.
 
Quiero que recuerde, señor presidente, que el país al que América Latina ve derrumbarse ahorita mismo a pedazos, mientras sus mujeres dan a luz en las aceras de los hospitales y ve morir a seis niños diariamente, es el mismo que hace años le dio cobijo a todos los latinoamericanos que huían de las dictaduras militares y que a tantos españoles, italianos y portugueses acogió cuando Europa era un continente inhabitable.
 
Quiero que recuerde, mi presidente, que Venezuela me dio un idioma, un acento, el amor de alguna mujer y me regalo tres platos de comida y un techo cuando el país que usted comanda en este momento, no le podía dar nada ni a mi familia ni a mí.
 
Quiero que recuerde, señor Santos, que los mismos dictadores que destruyeron mi país y que volvieron a amañar unas elecciones este 15 de octubre para hacerle creer al mundo que vivimos en democracia, son los mismos dictadores a los que usted les dio la mano en algún momento y espeto que deseaba tener las mejores relaciones con ellos, antes de que el horror fuera tan visible.
 
Quiero, señor presidente, que la próxima vez que un amigo mío vaya al mismo consulado colombiano en Caracas a preguntar- desesperadamente- por oportunidades de trabajo que ofrece el país que usted dirige y las posibilidades de obtener una visa, una funcionaria de su Gobierno, con acento cachacho, no le diga “que Colombia no es un país para emigrar e ir a probar suerte, que se olvide de eso” y más bien recuerde que a mí nadie me pidió una visa cuando comencé el primer año en el colegio, a pesar de haber entrado ilegal a Venezuela y no tener mis papeles en regla.
 
Quiero que recuerde los millones de colombianos que hicieron, y aun hacen vida en Venezuela, de forma ilegal y que nunca se le olvide que el pueblo noble de Venezuela no
los dejo morir de hambre jamás.
 
Quiero, señor presidente, que ahora que el horror en Venezuela es inenarrable y los sufrimientos tan variados, usted habrá esa puta frontera como debe ser y le de permisos de residencia a todos los venezolanos que ahorita solo buscan lograr con trabajo los mismos tres platos de comida que mi familia obtuvo en Venezuela.
 
Quiero, señor Santos, que se deje de tanta diplomacia y visas que una persona común no podría obtener nunca y haga algo de peso por el pueblo venezolano y lo ayude así como ellos nos ayudaron a nosotros en momentos aciagos de nuestra historia.
 
Quiero, presidente, que ponga en práctica eso de que somos “países hermanos” y nos ayudemos como eso que la diplomacia siempre nos ha dicho: como una familia.
 
Le pido simplemente, señor presidente, que la próxima vez que yo abra la gaveta de mi mesa de noche y vea ese pasaporte vinotinto con el escudo de ese país que usted y yo compartimos, me haga usted sentirme orgulloso de ser colombiano.
Pronto nos veremos…
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