Un rostro en revolución

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La Encuesta de Condiciones de Vida (ENCOVI) dio a conocer a principios de este año que al menos nueve millones de personas en Venezuela comían solo dos veces al día y que en promedio habían perdido ocho kilos de peso. Además aseguró que alrededor del 93% de los hogares venezolanos no logran completar sus compras de alimentos porque el dinero es insuficiente

El celular suena a las cuatro de la mañana. Una mano delgadísima y huesuda desactiva la alarma. Esta no cumplió su cometido, pues Yudy Castro lleva ya un rato despierta. El ardor en el estómago y el sonido de sus entrañas no esperan despertador alguno: tiene hambre, pero su nevera está casi vacía. Toma agua y el rugido desaparece por unos minutos, pero el hambre no es tonta. Su barriga no para de sonar y el ardor vuelve.

Se levanta y va al baño. Sumerge una gran taza en un balde y se echa agua en el cuerpo, mientras que con la palma de su otra  mano se restriega para limpiarse. No tiene jabón. El agua solo llega una vez a la semana. En el único día en que se cuenta con el servicio,  tiene que lavar la casa, limpiar la ropa y poner un poco de orden. Si el día que el agua llega nadie está en casa, el peregrinaje por las viviendas de los vecinos para que le regalen un poco del vital líquido se vuelve, literalmente, de vida o muerte.

Ya vestida, abre la puerta de su casa y se asoma a la calle. Son las cuatro y veinte de la mañana. Está todo muy oscuro y el hampa no descansa. Se cerciora de que no hay ninguna persona sospechosa o un sonido que la ponga en alerta. Tras el control rutinario, sale de casa, cierra la puerta y espera a que pase una camionetica que la lleve al terminal de Cúa para tomar el ferrocarril rumbo a Caracas.

La espera puede llegar a ser de hasta media hora, pues los pequeños autobuses a veces pasan por su barrio, Nueva Cúa, ya llenos. La ansiedad de la espera le adormece el hambre. Su lugar de residencia es zona roja y a veces son las balas las que interrumpen su sueño o deciden si las líneas de transporte entrar en el barrio o no. Su ansiedad está justificada.

Llega a la estación del ferrocarril y los golpes y empujones para subirse al tren no la sobresaltan, tampoco así la guerra campal que puede llegar a ser el trasbordo al Metro de Caracas en la estación de La Rinconada. La capital siempre le pareció una ciudad hostil. Está acostumbrada.

Aunque Yudy nació en Trujillo, estado Trujillo, no tuvo que llegar a la adultez para darse cuenta que allí no tendría futuro. En su pueblo se rumoraba que en la capital se buscaba con urgencia señoras de limpieza y, en plena adolescencia y sin nada que perder, se enrumbó camino a la capital, aunque allí su estadía sería más bien corta. “No conseguí tanto trabajo como esperaba y la vida se me hizo muy dura en Caracas. Por suerte allí conocí a mi marido y a él le salió una casa en Nueva Cúa y nos vinimos para acá. Por él terminé viviendo aquí en Cúa”, asevera sin rastros de arrepentimiento. Con 62 años en su haber y con las premuras económicas que vive, no tiene tiempo para lamentarse.

De aquel matrimonio nacieron cuatro hijos, pero la relación tomó caminos que ella nunca deseó transitar y la ruptura fue inminente, aunque no sería la única: “A mi marido lo mató un paro cardiaco fulminante hace cuatro años, aunque él y yo ya estábamos separados hace mucho tiempo. Yo ya me había conseguido otra pareja, pero él también murió, hace un año, de cáncer.  Eso fue un proceso durísimo. Ahí las cosas se me complicaron aún más”.

El diagnóstico de cáncer de pulmón y las idas venidas para que su pareja recibiera el tratamiento apropiado, llevaron la economía ya menguada del hogar a un punto crítico. “Él recibió su tratamiento y la enfermedad se le pudo controlar, pero luego cayó en el alcohol, se descuidó y ya no hubo punto de retorno. Metástasis, dijeron los médicos. En un mes se murió”, asevera Yudy, mientras su rostro repleto de arrugas se contrae un poco, aunque las lágrimas no salen.

En su casa de Nueva Cúa solo la acompaña el hijo de dieciocho años de una de sus dos hijas, pero su nieto no se vale por sí mismo. No hay un solo día en la vida de Yudy que la salud de este no sea una carga pesada que la sumerja en profundas depresiones. “Mi nieto sufre de epilepsia, trastorno mental grave y algunos médicos me han dicho que quizá también esquizofrenia. Sufre de convulsiones y sus ataques de agresividad son incontrolables. Más de una vez me ha destruido la casa y me ha golpeado. Yo sufro mucho con ese muchacho”, luego suspira y mira al vacío. Mantiene los ojos cerrados por un par de segundos y los vuelve a abrir. Sigue sin haber lágrimas.

Su hija abandonó al muchacho en la casa de su mamá un día que ya no pudo más. Este la había golpeado y había destruido algunas cosas en el hogar. “El muchacho no puede ver a su mamá porque se pone muy violento y la ha atacado muchas veces. Ella no es que le tenga fastidio al muchacho, es que le tiene un pánico enorme. Ella no se quiere hacer cargo de él, le tiene miedo, por eso me lo dejó acá. Aunque tampoco creo que pudiera  hacerse cargo de él si no estuviese enfermo”.

Tras algunas relaciones fracasadas y dos hijos, la hija de la señora Yudy salió a recibir a su pareja hace un par de años al frente de la casa de su mamá. El muchacho llegó en moto y venía con algunas bolsas de comida. Sin previo aviso, se escuchó una ráfaga de balas, unos gritos y el sonido de la moto golpeando el suelo. Su yerno recibió varios impactos de bala. Cuando salió a ver qué sucedía, el pavimento estaba lleno de sangre y el novio de su hija yacía sin vida en el suelo. Murió casi al instante. “Estaba metido en problemas de drogas. No hubo investigación de nada. Yo estaba clara que ese muerto se iba a quedar así”.

Aquella experiencia sumergió a su hija en una profunda depresión que la terminó llevando a los brazos del alcohol y de las drogas. Se convirtió en una mujer incapaz de hacerse cargo, si quiera, de sí misma.

Su nieto la ha hecho peregrinar por todas las instituciones posibles en busca de ayuda: el INCES, el internado de Sebucán e incluso la Asamblea Nacional, pero nadie le ofrece respuestas satisfactorias a sus súplicas.

De su determinación no se salvaron ni Elías Jaua ni tampoco Henrique Capriles Radonsky, quienes estuvieron en actos políticos en el municipio Urdaneta en momentos distintos y recibieron cartas, de su puño y letra, suplicándoles que la ayudaran para internar a su nieto en un sitio donde pudiera recibir los cuidados apropiados. “En la Asamblea Nacional no me quiso atender ningún diputado, ni chavista ni opositor. Al final, de tanto insistir, me atendió una secretaria y me dijo que como el muchacho era menor de edad en ese momento, no me podían ayudar. Por parte de Capriles me llamaron también y me dijeron lo mismo. De las demás cartas no supe nada. Ahora ya tiene dieciocho años; vamos a ver con qué me salen esta vez.”.

Para hacer más llevaderas las convulsiones, su nieto toma Oxcarbazepina o Carbamazepina, pero hace semanas que no consigue el medicamento y su nieto sufre las consecuencias. Las convulsiones son recurrentes.

Cuando se realizaron las elecciones para la Asamblea Nacional en diciembre de 2015, Yudy Castro recibió la visita de varios representantes del Gobierno. A cambio de su voto, le aseguraron que recibiría todos los materiales que necesitaba para terminar de poner en pie su casa, la cual no terminó nunca de construir y pide a gritos reformas.

Chavista de corazón y siempre agradecida por las misiones sociales que el Gobierno ha llevado a cabo, como Mercal o Barrio Adentro, decidió darle un nuevo voto de confianza a la Revolución, a pesar que la economía de su hogar se deterioraba cada día más.

Ahora, tras más de un año y medio de las elecciones, se siente decepcionada. “Me prometieron mis materiales, pero nada. No me cumplieron. Ahora con las bolsas del Clap tenía muchas esperanzas que mis dificultades alimenticias disminuyeran mucho, pero la bolsa llega muy irregular y yo no puedo pagar esa comida que no está subsidiada. Aparte le tengo que dar de comer al muchacho ¿Cómo se hace si ya un arroz vale 17 mil bolos?  No se puede”.

Los vecinos de Yudy, sabiendo de sus dificultades económicas, la han mantenido a flote: una harina pan, una lata de atún o un empaque de arroz  son las ayudas que  aquellas personas le han dado en los momentos más desesperados.

Su fe por la Revolución no es muy diferente: se sostiene, pero con las justas. Su agradecimiento con Chávez no la deja perder las esperanzas a que esto cambie para mejor, aunque de Maduro no sabe qué esperar. “Mira cómo está el país y como las cosas suben de precio todo el tiempo. Es que yo a ese no le creo ya”.

Cuando no la llaman de Caracas, la señora Yudy trabaja en Cúa en la casa de la señora Matilde Garcés, casi siempre los martes. Llegó a su casa hace cinco años, recomendada por otra vecina con la que Yudy trabajó. La señora Garcés no tiene queja: “Es una mujer trabajadora, pero sobretodo honrada. Jamás nos ha fallado”.

Cuando está allí, aparte de la paga por su día de trabajo, la señora Matilde le da desayuno, almuerzo y siempre le empaca algo de comida extra para que se lleve a la casa. Garcés no sale de su asombro por la dramática pérdida de peso de la señora Yudy en los últimos dos años. Esta no lo niega. “Yo siempre pesé entre cincuenta y cincuenta y dos kilos. Ahora tengo treinta y seis”, confirma Yudy.

La jornada en la casa de la señora Matilde finaliza a las cinco de la tarde. La señora Yudy se despide, toma su dinero y un envase plástico lleno de lentejas. Le da las gracias a la señora Garcés y concretan que se verán nuevamente a la semana siguiente.

Así, cuando suena el despertador una semana después, Yudy sonríe. Sabe que no es frecuente que se pueda dar el lujo de comer dos platos de comida resueltos en un día. Deja a su nieto durmiendo y espera que al regresar, este no haya vaciado los cajones de algún mueble o haya intentado tumbar nuevamente la nevera en uno de sus ataques frecuentes de agresividad. Esa es su preocupación diaria.

Al llegar, da los buenos días a la familia de Garcés, desayuna y comienza la jornada de limpieza. Al finalizar su trabajo a las cuatro y media de la tarde, la señora Matilde le dice que vuelva el jueves, que hay mucha ropa por planchar. Yudy vuelve a sonreír y le da las gracias. Esta semana ha tenido suerte.

Pronto nos veremos…

Este articulo fue escrito en julio de 2017. Los precios expresados, así como algunas de las carencias explicadas, ya son meras referencias de ese mes y no reflejan la actualidad del país 90 días después de ser escrito.

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