Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Ocho millones

Escucho desde mi casa ese silencio ensordecedor que mata al país, supongo que es el mismo silencio que acaba de acribillar a la agonizante democracia, la cual solo necesitaba que le desconectaran los aparatos; hacía rato que era un vegetal. ¡Fueron ocho millones! gritan los medios estatales con algarabía, con la euforia que solo los uniformes verdes y las AK47- compradas en Rusia- pueden infundir en un país donde el pueblo se resguardó en sus casas porque la tensa calma paralizaba todos y cada uno de los músculos. El miedo se puede respirar, créanme.

Las calles vacías de un país vacío eran las únicas que hablaban, aunque el español no se les dé bien. pero se les entiende. No hay medicinas, no hay arroz, ni harina de trigo, ni Harina Pan, ni café, ni azúcar, ni leche en polvo, ni jabones, ni crema dental, ni desodorantes, ni pan. El agua llega solo una vez a la semana y la luz se va tres o cuatro veces en el mismo lapso de tiempo. El internet a veces se convierte en un milagro.

Lo más simple se convierte en una hazaña en esta Venezuela plagada de rojo, color que convierte el asfalto de las principales ciudades del país en una obra puntillista, aunque aquí no hay pinceles sino balas.

El tirano baila, y hay que aceptar que se le da muy bien. Mueve su humanidad mofletuda y sobrealimentada con soltura. Sus camisas de tallas abultadas y sus pantalones de inimaginables dimensiones se dejan llevar al ritmo de sus idas y venidas. Sus lacayos están detrás, sonríen sin pena a la cámara, mientras muestran fotos de Chávez y juran lealtad a la Revolución. Es un circo, pero no da risa.

Enfrente de ellos hay un pueblo eufórico que le lanza vítores y celebra sus vueltas y sus palabras en ese español tan cantinflesco y tan impresentable. Jura, tras su victoria aplastante, que ha llegado la hora de poner orden en el país. Sus seguidores levantan brazos famélicos, delgados, y lo aúpan, mientras el vientre monumental del dictador se bambolea sin parar cuando gesticula y jura venganza. Esa es la mejor metáfora de este pedazo del Caribe. El hambre no entra en Miraflores.

Las cámaras de los medios estatales no hacen tomas abiertas, sino que se esfuerzan por mostrar Close Up y una que otra toma de mediano alcance. ¡Son solo un puñado! aseveran por ahí las malas lenguas, las cuales se multiplican por las redes sociales con grabaciones que los respaldan. Aseguran también que aquella euforia fue comprada con bolsas de comida y amenazas de despidos de los entes públicos si no ejercían su “deber” con la revolución. El Gobierno habla de un acto de amor, pero aquello se parece más a una violación. La dignidad tiene hambre.

Hoy la fiesta de la victoria continúa, pero son pocos los que celebran. Nadie le cree a la rectora del CNE, quien fue la encargada de dar esa cifra de votantes abultada a punta de dólares y del bienestar que se disfruta cuando el verdugo dispara el arma y no eres la víctima sino el cómplice.

Es inédito pensar que, después de unas elecciones, la certeza de que aquí nadie ganó sea la reinante en estas calles donde los artistas de las balas seguirán haciendo de las suyas.

El cheque para armas se firma en rojo, pero sigue siendo blanco y goza del mejor estatus posible: prioridad revolucionaria.

Pronto nos veremos…

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