Verónica

Venezuela era un país en estampida y las escenas de venezolanos reencontrándose en fronteras muy lejanas a las de su país natal eran cada vez más corrientes, cada vez menos interesantes. Éramos los nuevos cubanos, solo que nos faltaban las balsas y el permiso de residencia gringo. Exceptuando estos detalles menores, creo que los cubanos y los venezolanos nos veíamos a la cara y entendíamos el dolor de cada uno sin siquiera mencionar una palabra. Eso tienen los desarraigos forzados: pueden llegar a ser mudos.

Cuando llegué a Berlín, poco después de cumplir los 24 años, me recibió un otoño tan frio que de verdad me sentí profundamente solo. Los letreros tenían unas palabras increíblemente largas y la ciudad era tan grande que no dejé de sentirme nunca desolado. Me sobraba ropa, el invierno se aproximaba, pero mi gentilicio no comprendía de estaciones climáticas. Esa fue mi bienvenida.

Apenas había ejercido el periodismo dos años cuando me fui de Venezuela, o más bien cuando los esbirros pagados por el Gobierno me invitaron cortésmente a irme, no sin antes mostrarme su armamento, darme algunos golpes y dejarme bastante claro que yo escribía muy bonito, demasiado bonito, como para hablar tan mal del gobierno de Nicolás Maduro, presidente insigne de la Revolución.

Con honestidad, esa experiencia me marcó de una manera tal que no tuve ningún interés ni valor de seguir jugando al periodista que lucha en contra del poder y se enfrenta a los chicos malos. Cuando se fueron, tras darme las ya mencionadas advertencias y mencionar los nombres de cada uno de mis familiares, me meé encima sin poder contenerme. Me meé de miedo, literalmente. Por suerte no me cagué. Algo de mi dignidad pude resguardar, gracias a Dios.

En la redacción del pequeño periódico caraqueño donde trabajé, publiqué unos artículos furibundos en contra del Gobierno, acusando al dictador de dictador ( a las cosas hay que llamarlas por su nombre, ¿no?) , acusé al vicepresidente de narcotraficante y a la primera dama de ejercer el nepotismo de una manera tan vulgar que nos hacía ver a los venezolanos como unos huevones cómplices de la locura de país que teníamos, mientras nos contentábamos viendo al presidente bailar salsa en cadena nacional.

Como el tiraje del periódico era pequeño, mis vitriolos en contra del régimen tuvieron un impacto más bien modesto, por no decir escaso. El director del periódico estaba aún más loco que yo y no se dejaba censurar por nadie, aunque las amenazas y los cheques de sobornos no dejaban de llegar a la mugrienta redacción de ese periodiquito de idealistas suicidas.

Los cheques eran aceptados siempre para seguir financiando esa empresa que con las justas llegaba a fin de mes, y las promesas de ser más benevolentes con el régimen se imprimían y se enviaban al Ministerio de Comunicación, pero al día siguiente las críticas se endurecían aún más y el ministro llamaba furioso a la redacción pidiendo explicaciones que nadie le daba. El director se cagaba de risa oyendo al Ministro conjurar más amenazas y prometiendo que en Miraflores  no serían tan pacientes como él. Tenía razón.

Un día nos llegó la noticia de que el director había muerto cuando unos asaltantes le robaron sus pertenecías y este se había resistido al robo. Dos balas le cegaron la vida: una en la cabeza y la otra en el pecho.

Lo sorprendente es que las pertenencias del director estaban en su oficina (era un despistado sin remedio y más de una vez se había ido de la redacción y había regresado dos horas después porque al llegar a casa no tenía las llaves de la puerta. Un personaje, de más está decir)  y era imposible que se hubiese resistido al robo de unas cosas que no tenía al momento del asalto. Para nosotros fue claro que aquello no había sido un accidente.

Al día siguiente denunciamos en primera plana las mentiras del régimen en su supuesta investigación y desde ese momento la gente se volvía loca por comprar nuestro periódico irreverente e irrenunciablemente crítico. La prensa se autocensuraba o el Gobierno la expropiaba, así que el periodismo libre no existía en la Venezuela chavista, solo nosotros seguíamos criticando ferozmente sus medidas populistas y catalogábamos su socialismo como “una ventosidad hedionda de la política venezolana”. Creo que nos excedíamos, pero éramos unos muchachos idealistas y allí radicó nuestro efímero éxito.

Nuestro regocijo duró poco, o por lo menos en mi caso fue así. Tras un mes del asesinato del antiguo director, me emboscaron a la salida de la redacción y llegué a mi casa oliendo a orines y con la certeza de que me iba en el próximo vuelo que saliera del Maiquetía al país que fuera. Mi valentía se había esfumado.

Con los videos de seguridad que demostraban que era un hombre perseguido por el régimen, la embajada alemana me dijo que tenía argumentos de sobra para pedir asilo en ese país y que apenas llegara a Berlín tramitara mis papeles. Mi estadía en Europa ya estaba, legalmente, asegurada.

Tras vivir algunos días en hostales de mala muerte y gastarme el poco dinero en euros que alcancé a comprar en el mercado negro venezolano, un antiguo compañero de universidad me contactó y me invitó a vivir a Bielefeld, una ciudad al noroeste de Alemania donde sus abuelos alemanes habían montado un restaurante hacía muchos años y donde podían darme trabajo.

Sin demasiado en qué pensar, pues no hablaba una sola palabra de alemán y mi inglés era más bien modesto, al igual que mis reservas de dinero, me enrumbé a la terminal de autobuses de Berlín y compré un ticket en el primer autobús que saliera a Bielefeld. Allí me recibió Juan. Al día siguiente ya estaba lavando platos, poniendo manteles y cargando cajas.

A las pocas semanas comencé un curso de alemán cerca de la habitación que había alquilado algunos días después de haber llegado. Los abuelos de Juan financiaron mi pequeño acto de independencia y me prestaron dinero para que pagara el depósito de la habitación y pudiera comprar una cama y una mesa, todo esto a cambio de algunas horas más de trabajo en el restaurante. Acepté sin pensármelo dos veces.

Enfrentándome a la gramática de la lengua alemana todos los días, fue que conocí a Verónica. Tenía la misma edad que yo y estaba un par de niveles por debajo de mí en la escuela de alemán. Me le acerqué y al solo ver sus pechos supe que había razones de sobra para ser más amable que nadie con ella.

No me sorprendió que me dijera que era venezolana, ni que se hubiese tenido que ir del país porque a su padre le expropiaron la panadería que regentaba en Altamira, o que hubiesen tenido que malvender lo que les quedaba para regresar a Portugal, pues su padre y sus abuelos habían llegado a Venezuela hacía décadas huyendo de una dictadura atroz que los mataba de hambre.

La panadería de su padre fue una de las muchas que el Gobierno de Nicolás Maduro expropió acusándolas de formar parte de un complot para desestabilizar a su Gobierno. La escasez de harina de trigo era tan grande y los precios por ella eran tan altos en el mercado negro que el precio del pan, cuando se conseguía, estaba en las nubes.  Muy pocas personas se podían permitir la más mínima barra de este alimento.

Un día los agentes de la dictadura llegaron acompañados de sus medios estatales y acusaron a su familia de apátridas y conspiradores. Salieron varias veces en las noticias con nombres y apellido. Los obligaron a desalojar la panadería y les prometieron ante las cámaras, en un alarde de justicia fingida, que les pagarían por la expropiación, pero el dinero nunca llegó. Seis meses después la familia se trasladó a Lisboa. Allí comenzarían una nueva vida.

Su historia de vida no me impactó en lo más mínimo; era solo una familia más de las muchas que ya se habían ido, que las habían expropiado o que salían huyendo de los altos niveles de violencia que se vivía en las calles. Lo que más me sorprendió de ella fueron sus pocas palabras para expresarse, la tristeza que imprimía en cada silaba pronunciada y su desgano hacia la vida. Parecía vivir en piloto automático, en inercia constante, en una caída libre sin fondo que la recibiera.

Cuando alcancé un nivel medianamente alto de alemán, logré conseguir un puesto en un restaurante para comenzar mis estudios como cocinero.  Con este trabajo y ayudando en mis ratos libres en el restaurante de los abuelos de Juan, logré mudarme a un pequeño apartamento a las afueras de la ciudad. Trabajaba a veces 14 horas diarias y llegaba hecho un desastre a casa. No me daba abasto y en las clases de cocina me dormitaba sin darme cuenta y los profesores me reñían  sin contemplaciones.

Antes de irme de la escuela de alemán, Verónica me dio su número telefónico y le prometí que la invitaría a comer algún día. Ella me lo dio sin ánimo y sin expresión alguna en su rostro. No me hice demasiadas ilusiones, pues sus portentosos pechos y las dimensiones de su cuerpo no pasaban desapercibidas para nadie.

Por esta razón no puedo negar que fue una grata sorpresa para mí que me dijera que sí cuando la invité a comer en mi apartamento dos semanas después. Aquel día me propuse conquistar a esa mujer como fuera y saqué a relucir todas las historias graciosas de mi repertorio o los temas de conversación que me parecieron más interesantes para ella, pero no logré hacerla reír ni una vez.

Solo me regaló un par de modestas sonrisas y una conversación en la cual ella participaba con pequeñas oraciones y con los monosílabos mínimamente necesarios para que yo no me sintiera desairado.

Cuando se levantó para recoger los platos y llevarlos a la cocina, tuve el valor de acercarme y darle un beso. Al principio ni se inmutó, pero luego, cuando intenté meter mi lengua en su boca,  tras un par de segundos incómodos, respondió y comenzó a besarme con tranquilidad y lentitud, como si el tiempo no existiera y no hubiese ningún imperativo que nos empujara a la indecencia.

La llevé a la cama y comencé a quitarle la ropa lentamente, sintiéndome incapaz de creer que aquella mujer estuviese dispuesta a acostarse conmigo. Ya desnudos y yo con un deseo que apenas me dio la tregua suficiente para ser capaz de ponerme el preservativo, me suplicó que la penetrara lenta y cautelosamente.

Su vulva era pequeña y me costó penetrarla. Sentí como su entrepierna luchaba por no abrirme espacio y negarme ese placer que mi deseo desbocado me exigía. Comencé a cabalgarla tal cual como ella me lo había exigido e intenté interrogarla con la mirada para saber si todo iba bien, si deseaba que fuese aún más lento, pero sus ojos estaban cerrados, su cara no mostraba ninguna expresión y su boca no respondía a mis preguntas. No insistí más y me entregué a la dicha que ese cuerpo me daba, sin dejar de pensar que esa mujer que estaba debajo de mí no se encontraba allí conmigo, sino a miles de kilómetros de distancia.

Supe que ella había acabado porque sus muslos se relajaron,  abrió los ojos y me miró con esa mirada tan llena de secretos que yo no sabía cómo interpretar.  Le pedí que me diera un par de minutos más y asintió con la cabeza.  La besé al eyacular, pero sus labios no me respondieron.

Poco después se levantó de la cama y se acercó a la biblioteca que estaba en una esquina de mi cuarto. La vi ojear mis libros y luego acuclillarse para ver aquellos que estaban en los estantes más bajos del mueble. Juro que jamás he visto nada más hermoso en mi vida.

Las escenas se repitieron sin cesar durante meses. Jamás me besaba, pero si yo lo hacía, nunca se negaba. Nunca me pidió que tuviéramos sexo, pero si yo se lo pedía, nunca me decía que no. Jamás recibí una sola llamada de su parte, pero si era yo el que la llamaba, ella siempre tenía tiempo para mí. Jamás gimió y nunca hubo una muestra de satisfacción de su parte, mas que el relajamiento de sus muslos luego del orgasmo, un orgasmo silencioso y sosegado, como jamás me hubiese imaginado que existieran.  

La primera vez que le pregunté si podía correrme en su cara, simplemente se encogió de hombros y continuó llevándose mi pene a la boca. Le advertí, un par de minutos después, que estaba a punto de acabar y dejó mi verga libre y se puso dócilmente en posición de espera. Cuando derramé mi semen en su cara, esperó arrodillada hasta que estuvo segura que no había ni una gota más y se paró como si nada y se limpió en el lavamanos.

A la siguiente ocasión, cuando le pregunté si me dejaría correrme en su boca, volvió a encogerse hombros y esperó dócilmente a que eyaculara. Se tragó mi semen y no dijo ni una sola palabra. Para mí era sorprendente el nivel de apatía que aquella mujer podía llegar a tener por la vida.

Le pregunté una vez que le gustaba más que le hicieran en la cama, asegurándole que estaba dispuesto a complacerla con igual tranquilidad que ella lo hacía, carente de cualquier prejuicio, pero solo se encogía de hombros. Supe en ese momento que no tenía sentido insistir. Todo le importaba un carajo y eso me parecía potencialmente suicida.

Una vez, luego de hacer el amor, se levantó de la cama y trajo consigo un poemario. Me pidió que le leyera y su tono fue tan autoritario que supe que no aceptaría un no como respuesta. Cuando comencé a leerle, descubrí que aquella mujer sí que era capaz de sentir y vivir con plenitud algún sentimiento, pues vi en su rostro correr unas lágrimas inagotables que parecían estar estancadas hacía mucho y reclamaban libertad.

Luego se vistió y se fue de mi casa sin decirme una sola palabra, sin responder a mis propuestas de ayuda, sin querer entablar la más mínima conversación. Aquella mujer seguía siendo un misterio.

Me escribió una semana después, no sin antes no responder ni uno de mis mensajes, y dejarme con más preocupaciones que certezas sobre su estado. Apenas entró al apartamento, dejó su bolso a un lado de la cama y comenzó a desnudarse, sin que si quiera yo le hubiese dirigido la palabra. Hizo un gesto con su rostro que me invitaba a hacer lo mismo. Luego se acostó y abrió sus piernas, mientras esperaba pacientemente a que me pusiera el preservativo. Sin decir una palabra, esa vez mandaba y exigía. Yo solo obedecía.

Luego de eyacular, deslicé mi boca hasta su entrepierna y me adentré en su interior con mi lengua, jugueteando con su clítoris mientras sus piernas se estremecían alrededor de mi cabeza. Era la primera vez que me lo permitía. Cuando sus muslos se relajaron y dejó caer sus piernas cuán largas eran sobre sus las sabanas, me acosté junto a ella y la besé.

No pasaron un par de minutos hasta que ella sacó de su cartera un libro y me pidiera que lo leyera en voz alta. Cuando iba por el segundo poema, sus lágrimas comenzaron a embargar todo su rostro y ya al décimo tuve que parar porque su cuerpo se estremecía, incapaz de no poderse ahogar en su propio llanto.

Cayó en un estado de sopor mientras que yo  intentaba  preguntarle que podía hacer por ella, pero no había respuesta. Se quedó dormida y me tranquilicé, sabiendo que lo peor había pasado.

Cuando se levantó, me observó con esa mirada vacía, carente de sentimiento alguno. No tuve que decir nada, ella simplemente- como jamás lo había hecho- comenzó a hablar.

Inició su narración hablando de su adolescencia en un colegio mixto, donde las familias de clase media alta de Caracas mandaban a sus hijos a estudiar. La mayoría se graduaba hablando inglés y con conocimientos medianamente buenos de alemán, francés o portugués.

En el último año de bachillerato conoció a un tal Raúl, quien era el representante estudiantil de su año escolar y era un muchacho no demasiado atractivo, pero con un verbo convincente y poseedor de las mejores estrategias “para convencer hasta a una piedra”, según me aseguró la misma Verónica.

Se hicieron novios en el último año de bachillerato y ella lo apoyó fervientemente en la carrera política que inició en la Universidad Católica, cuando aún Hugo Chávez vivía y él cursaba estudios de sociología y ella de Comunicación Social.

La relación sobrevivió a los cinco años de universidad y cuando, tres años después, la expropiación de la empresa familiar de Verónica mandó por la borda las últimas esperanzas de que se quedara en Venezuela, Raúl le juró que la alcanzaría pronto en Portugal y que allí iniciarían una nueva vida, aunque su carrera política- ya era concejal suplente del municipio Chacao- se fuera por la borda. En Maiquetía le juró que la amaba, y con su promesa recién oída, se montó en un avión con destino a Lisboa, con escala en Madrid.

La promesa del político dispuesto a todo, se diluyó apenas dos semanas después, cuando le dijo que no sería fácil dejar su carrera política prometedora para irse a un país “donde él no tenía nada, donde él nunca se había imaginado viviendo”.

Apenas un par de días después, sus redes sociales se llenaron de fotos con una nueva chica, y los comentarios que dejaba no hacían entrever sospecha alguna con respecto al tipo de relación que tenían. Ya el futuro presidente de la república tenía una nueva primera dama, solo dos semanas después de su segura promesa de amor aquella tarde sobre el suelo de Cruz Diez.

Si ya se le hizo difícil enfrentar el engaño, aún más difícil fue encajar la noticia de que, apenas cinco meses después, el gran futuro presidente había dejado embarazada a su nueva conquista. Cuando la narración llegó a esta altura, comenzó a sollozar y dejó de hablar, mientras respiraba profundamente, como buscando energías para sacar de adentro todo aquello que la sometía a ese dolor que vi reflejado en sus ojos desde que la conocí.

Luego de un par de minutos, Verónica sacó su celular y me mostró una foto: era el tal Raúl con su bebé y su nueva chica en alguna ciudad del sur; podría ser Buenos Aires o Santiago de Chile. La foto rezaba “Hoy iniciamos una nueva vida”.

Así, el ya no tan factible presidente de la república encontró un algo en el sur y dejó su carrera política prometedora para enrumbarse en una nueva vida lejos de sus aspiraciones políticas.

–          Jamás publicó una foto conmigo porque decía que sus redes eran solo para hacer política. Nunca podré perdonar a ese bastardo- dijo Verónica.

Luego de saber la noticia, tomó un vuelo Dusseldorf y decidió sufrir su dolor lejos de sus padres. Por eso estaba en Bielefeld, una de sus amigas del colegio vivía allí.

Yo no pedí ninguna explicación más. Todo estaba demasiado claro, aunque me atreví a mirarla a los ojos y pude ver con absoluta claridad que esa mujer tenía una rabia tan grande hacia la vida, una necesidad de revancha con su pasado…me asusté un poco.

Tras la confesión que me acababa de hacer, yo quedé muy desubicado emocionalmente. Aquella mujer nunca me querría, estaba demasiada llena de odio y de rencores para amar a nadie. Ella necesitaba saldar cuentas con su pasado y yo no podía ayudarla.

Luego, y ante mi asombro, se puso a horcajadas encima de mí y comenzó a besarme con una desesperación tan inusual en ella que al principio no supe qué hacer. Apenas tuve erecto mi pene, lo tomó violentamente con su mano izquierda y lo introdujo dentro de ella con rapidez y sin delicadeza alguna. Le pedí que me diera un segundo para ponerme un preservativo, pero su mirada fue contundente: por segunda vez mandaba ella.

Comenzó a agitarse encima de mí y a moverse tan desenfrenadamente que me hacía daño, pero no me atreví a pedirle que parara. La veía saltar y moverse de adelante hacia atrás, mientras se mordía los labios de placer y gemía ya sin complejo alguno. Cuando acabó, ahogó un grito de placer y se desplomó sobre mi pecho. Ella sudaba a mares y a mí me dolía la entrepierna. Fue la única vez que hicimos el amor y yo no quedé satisfecho.

Se vistió y se fue casi enseguida. Cuando la despedí en la puerta, me besó en la mejilla, me sonrió abiertamente y me susurró con gran alegría al oído un gracias que me sonó más a liberación que a agradecimiento.

Todos nuestros anteriores encuentros se habían dado en nombre de la nostalgia y el dolor, pero este último había sido una revancha personal para ella. Ese día se había quitado un peso de encima. Ese último polvo tenía la dulzura de la venganza.

La vi irse en el autobús desde el balcón de mi apartamento y tuve la certeza de que no la volvería a ver jamás, pero estaba equivocado.

Cuando el Gobierno de Nicolás Maduro disolvió el Congreso venezolano en abril de 2017- un poder público ya de por sí inútil, pues el Tribunal Supremo de Justicia se negaba a acatar las medidas que allí se tomaban- y la blanda y dividida oposición convocara por fin unas manifestaciones de calle para reestablecer la democracia en el país, no volví a escuchar la voz de Verónica por el teléfono; simplemente se volvió ilocalizable.

La siguiente vez que la vi, fue en un video aficionado de unos de los protestantes que se mantenían en la Plaza Francia enfrentándose a la Guardia Nacional Bolivariana. Le lanzaba piedras a los uniformados, mientras se defendía de los gases lacrimógenos con un escudo de cartón y madera y se tapaba la cara con una camisa hecha jirones.

En el video es claro como un guardia nacional le dispara a quemarropa una bomba lacrimógena en el pecho. El proyectil traspasó la madera de su escudo. Se desplomó en el acto. Cuando llegaron dos manifestantes a arrastrarla a un lugar seguro, ya era peso muerto. Su corazón no latía más.

Su nombre engrosó las estadísticas de los caídos en aquellos meses convulsos. El hecho fue engavetado y perdido en la burocracia estatal. Nadie pagó por su asesinato. Su segunda revancha con su pasado fue mortal.

Ahora junto a mí descansa otra Verónica, solo que esta es alemana y sí gime cuando hacemos el amor y no tiene prejuicios para tomar la iniciativa. Me besa con pasión y ya me ha dicho que se quiere casar conmigo. Yo le hago el amor en español, pues le susurro cosas subidas de tono y le leo poemas de Benedetti y Neruda en alemán luego de quedar extasiados por nuestras faenas amatorias.

Definitivamente, uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

Pronto nos veremos…

Anuncios
Categorías Uncategorized

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto:
search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close