Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para abril, 2017

Cuando cayó la noche

mompos

El día que Raúl cumplió setenta años, descubrió que su vida tendría que terminar pronto. La muerte siempre le había aterrorizado y el purgatorio era una palabra que lo sumergía en la desesperación con cierta frecuencia, sobre todo desde que cayó en una pobreza humillante, que lo mantenía confinado en un cuchitril en el centro de Caracas, infestado de cucarachas y donde los únicos adornos posibles eran los baldes regados por doquier para recoger el agua de las goteras del techo. Pero la decisión le pareció aquel día simplemente inaplazable. El purgatorio estaba a la vuelta de la esquina.

El dinero siempre le había inyectado un aire de superioridad y de inmortalidad que no podía disimular, pero su vida de terrateniente adinerado y con el futuro asegurado había terminado hacía ya mucho. El orgullo y la altivez que lo acompañaron en esos tiempos eran tan profundamente ridículos en la actualidad como una puta hablando de castidad.

Aquel día de su septuagésimo cumpleaños no se pudo mirar al espejo, pues lo había arrancado a pedazos algunas semanas atrás luego de aterrorizarse del reflejo que este le enseñaba. Cuando vivía en la hacienda en la costa colombiana tenia espejos en cada rincón; disfrutaba verse desnudo en cada uno de ellos y observarse como el dueño de su vida y como un hombre al alcance de todos los placeres que este mundo podía ofrecer.

Pero su cuerpo reflejaba sin ambivalencias la miseria de la que sus bolsillos hacían gala: tenía una barriga prominente que le hacía imposible verse la verga- su mayor orgullo y su arma principal- las piernas estaban siendo arrasadas por las varices y su calvicie había ganado hacía mucho tiempo la guerra.  Ya los espejos no eran sus amigos.

Por supuesto que si le hubiesen dicho hacía veinte años que la llegada de sus setenta aniversarios sería tan penosa, no hubiese podido creerlo. Hubiese reído con descaro y se hubiese mofado de su interlocutor como solía hacerlo cuando alguien se atrevía a darle un consejo o a vislumbrarle otro futuro que no fuera ser el dueño de la costa colombiana entera. Los hombres fuertes como él nunca caían, decía con orgullo. La vida estaba hecha a su medida.

Proveniente de una familia de clase media que se afincó en un pueblo a las orillas del río Magdalena, Raúl descubrió a muy temprana edad que el sexo sería el principal motor de su vida y que todo lo que hiciese con ella sería exclusivamente para satisfacer su inagotable deseo sexual, su lujuria descontrolada, a su verga siempre incólume y dispuesta a las refriegas amorosas.

A los doce años, sus amigos de infancia- influenciados por los que ya habían llegado a la adolescencia- lo acercaron a la costumbre más arraigada de iniciación sexual de la que hace gala cualquier macho costeño colombiano cuando no hay ninguna mujer que lo escuche: La primera hembra que se conoce a profundidad es una burra.

Así, montado en un taburete para llegar a las profundidades del animal, y este amarrado con una cabuya en sus patas traseras, Raúl sintió lo que era comerse una burra, como coloquialmente se le llama a fornicar con aquella yegua casi siempre dispuesta y que no reclama jamás promesas de amor, con tan mala fortuna que a esta le dio por vaciar las entrañas mientras Raúl se agitaba detrás de ella en su primera experiencia.

Por supuesto, la acción se vio paralizada de improvisto, no sin antes verse untado de mierda de la cintura para abajo y expidiendo un olor tan desagradable  que ni toda el agua del río Magdalena hubiera sido capaz de hacer desaparecer.

Se paseó por las calles del pueblo con las manchas y el olor fétido a mierda, mientras la mitad de la población se reía de él ante las claras evidencias de lo que había sucedido,  y la otra mitad- al enterarse de semejante bochorno- lo bautizaron con el apodo de “comeburra”, título que lo acompañaría hasta que tuvo el poder y dinero suficiente para matar a balazos a aquel que le se ocurriera llamarlo así.

  • Algún día me temerán, se juró- mientras su papá lo molía a palos por aberrado y su mamá rezaba arrodillada al borde de la cama pidiéndole a Dios por el alma de su hijo.

Dos años después de este hecho que marcaría su llegada a la adolescencia, sus padres murieron en un accidente de tránsito cuando regresaban de Cartagena. Su padre se había convertido en el dueño de la farmacia más grande del pueblo y había logrado convencer a proveedores de esta ciudad importante de la región para ampliarle el crédito de los medicamentos  que le proveían y para firmar pre acuerdos de posibles nuevas alianzas en el futuro si las ventas mejoraban aún más de lo que ya habían aumentado.

Su madre estaba allí porque, tras los acuerdos finiquitados, la pareja disfrutó de cinco días de luna de miel, tantas veces prometida y muchas más pospuesta por la apretante situación económica, que nunca había dejado de ser una variable inalterable en toda la historia del matrimonio.  Ese viaje les haría vivir lo nunca vivido y les arrebataría lo que ya nunca vendría.

Una vaca se atravesó intempestivamente en la carretera y su padre, tratando de evitar el choque, arrojó el carro a la cuneta y lo estampó contra un árbol. El parte médico aseguró sin dudas que su madre murió por el impacto en la cabeza que se produjo tras salir volando a través del vidrio delantero e incrustar el cráneo contra el piso. Murió instantáneamente. Su padre tuvo una hemorragia interna, ocasionada por el impacto, y murió poco después de llegar al hospital, ya casi sin signos vitales.

Aquella tarde desafortunada murió la única mujer a la que Raúl tuvo corazón para amar sin reservas y a la única que fue incapaz de ver como una recreación o como un medio para llegar a sus objetivos. Solo su madre fue beneficiada con su afecto, todas las demás transcurrieron en su vida con el único objetivo de satisfacer su desafuero viril, de alimentar su incapacidad para amar.

Del negocio se haría cargo su tío Armando, hombre vividor que más que llorar la muerte de su hermano vio con una alegría casi inocultable como de un día para otro pasó de tener un puesto de verduras en el mercado municipal del pueblo a manejar la farmacia más grande de todos los alrededores y con todas las bases establecidas para convertirse en el negocio más próspero de la región.

Con él, putañero reconocido y con un matrimonio que solo servía para guardar las apariencias y evitar los ya de por sí insufribles sermones del cura de la parroquia,  Raúl descubrió los placeres escondidos  que el burdel del pueblo escondía en cada una de aquellas damas arrasadas por la pobreza y que vendían besos y placeres a cambio de dinero rápido.

Tenía 14 años ese día que entró con su tío a aquel lugar con luces tenues y mujeres en ropa interior desfilando de un lugar a otro y que le prometían retazos de paraíso. Él se encargó de recomendarle a la mejor de todo el repertorio disponible y a aseverarle que no tendría que preocuparse de nada, y así lo hizo.

Esa noche se acostó por primera vez con una mujer y descubrió con gran certeza que no conseguiría ninguna felicidad tan grande como ver a una mujer agitarse sobre él, procurándole placer. Esa chica de alquiler no lo supo nunca, pero ella había sido la protagonista de un hecho que había marcado para siempre el carácter de Raúl. Ni siquiera la muerte de sus padres había hecho mella tan hondamente en su existencia. El mundo estaba allá afuera y él ya estaba dispuesto a tomarlo.

Pero el tío Armando no había nacido exactamente para ser un hombre exitoso. Tras volverse cliente frecuente del burdel y de disfrutar de los excesos que el dinero les permitía a los dos, a la edad de 20 años Raúl descubrió en carne propia lo que significaba la palabra bancarrota.

Los malos manejos, las extravagancias y las malas decisiones habían logrado llevar al traste el negocio que hacía apenas unos pocos años estaba proyectado a ser el más grande de la costa colombiana. Su tío se vio sin capital y los bancos no tardaron en embargar la casa en la que habían vivido sus padres y las pocas mercancías que aún quedaban en la bodega de la farmacia.

Raúl, sumergido en la vorágine del placer y de los disfrutes fáciles, jamás se interesó por el negocio que había dejado su padre y muchísimo menos por cómo su tío manejaba las finanzas de la familia. El sexo cubría todos los intereses de su vida y lo habían sumergido en una despreocupación suicida ante cualquier otro hecho que no estuviese relacionado con los delirios y locuras que le proveía su entrepierna.

Sabiéndose incapaz de construir algo duradero y que le generara algún rédito para seguir financiando su vida libertina y de excesos, llegó a la conclusión que tendría que encontrar la manera de verse nuevamente, y de forma muy rápida, con un capital lo suficientemente grande para que el dinero dejara de ser un problema para siempre. Nada de empresas prometedoras forjadas con el sudor de la frente y que requirieran disciplina y entrega. Eso no era lo suyo. Tenía que hallar una mina de oro y, tras pensarlo concienzudamente, supo que  esta se encontraba escondida bajo las faldas de María Beltrán.

La familia Beltrán era una familia acaudalada que había forjado su fortuna gracias a sus cultivos de café y de cacao. Poseían grandes porciones de tierra por toda la costa colombiana y ya su influencia era tal que podían presumir de contactos en el Congreso colombiano y de unas cuantas fotos en las distintas mesas de su hacienda con varios de los presidentes y dictadores que habían ejercido el poder los últimos tiempos en Colombia.

Aparte de sus ingentes sumas de dinero, eran conocidos por su devoción absoluta a la iglesia católica, a sus diezmos generosos, por su reputación intachable, por la equidad y justicia con que trataban a todos y cada uno de sus trabajadores y por las fiestas vallenatas que organizaban en su hacienda para celebrar el día en que la familia compró su primera hectárea de tierra. No había una sola persona en toda Colombia que no los respetara.

Ni siquiera los paramilitares o los guerrilleros se atrevían a cobrarles ninguna vacuna o a irrespetar sus tierras. La familia Beltrán era ejemplo de constancia, de trabajo, de orgullo colombiano… la muestra del país posible en medio de tanta violencia. La única vez que un guerrillero o un paramilitar entraron en sus tierras fue para disfrutar de la rumba vallenata, la cual era una fiesta imperdible. Con carne en vara, aguardiente y las canciones de Diomedes Díaz, no había ideología política que pudiera.  Jamás hubo ningún enfrentamiento.

 

La empresa no sería fácil. Raúl era conocido ampliamente en el pueblo y en todos los aledaños por sus orgías de días enteros, sus fiestas sin finales previstos y por lo violento que se podía tornar en estado de ebriedad.

Más de una vez terminó pasando cortas estancias en los calabozos del pueblo por daños a propiedades públicas o privadas o por no tener mesura ni vergüenza al fornicar en la calle en frente a todo el mundo sin pudor alguno.

  • Cuando la verga manda, no hay constitución que valga, carajo- solía vociferar en los calabozos mientras el alcohol nublaba su mente y entraba en facetas de histeria o de risas incontrolables.

Luego se sumergía en un estado de sopor y se quedaba dormido. No había una sola persona en toda la región que no hubiese escuchado de sus andanzas. En el único sitio donde era bienvenido era en el burdel del pueblo.

No siempre las estancias en los calabozos fueron tan cortas. Una vez su tío tuvo que sobornar al notario, a varios policías, al juez del departamento y a una prostituta para que esta, medio muerta en una camilla del hospital del pueblo, desistiera de la idea de entablar una demanda en contra de Raúl, ya que este la había molido a golpes y no paró de maltratarla hasta que esta había quedado inconsciente y los guardias del local entraron para sacarlo a patadas de la habitación, todavía desnudo y con el éxtasis de haber experimentado un nivel superior de placer: el disfrute de un orgasmo a través de la violencia.

 

María Beltrán era una mujer enfermiza, delgada, de cabello negro y liso y con unos ojos azules que contrastaban con su color de piel más cercana al color café con leche que a la blancura de su padre, heredada por su ascendencia española.

Sus pocos atributos físicos habían mantenido al margen a cualquier pretendiente digno de formar parte de la familia Beltrán y aquellos que, estando abajo en el escalafón social, se habían atrevido a piropearla, eran automáticamente descartados por la familia como hombres caza fortunas deseosos de disfrutar del dinero familiar. Ya con 25 años, María había perdido toda esperanza de casarse y formar su propia familia; Nadie dudaba que sería siempre la solterona de la clase alta del pueblo, hasta aquel día que Raúl la abordó fuera de la iglesia, inició el primer contacto y se dispuso a lograr sus objetivos.

Para Raúl era muy claro que no había la más mínima posibilidad que la familia Beltrán aceptara que su hija tuviese una relación con un hombre de su calaña, ni hablar entonces de posibilidad alguna de matrimonio. La relación tendría que mantenerse en secreto hasta que lo inevitable ocurriera, y ocurriría.

Tras soportar y vencer las reticencias de María, la cual se resistió en principio a tener cualquier contacto con él, la insistencia de Raúl y el miedo que le daba a ella la soltería y las habladurías del pueblo, terminaron siendo la combinación perfecta para que la inocencia de María creyera sus promesas de amor y de felicidad.

Tras tres meses de salidas furtivas, Raúl viviría en el cuerpo delgado y desnudo de María otra de las experiencias que marcarían su vida para siempre y que algunos años después también culminarían con el financiamiento de sus extravagantes aventuras: el desfloramiento de una mujer.

Sin haber vivido jamás la experiencia de estar con una mujer virgen, Raúl sintió un placer inusitado en el hecho de ver sufrir a María por sus envestidas y se sorprendió gratamente por aquella entrepierna tan cerrada y tan negada al hecho de verse invadida por él.

Cuando, tras varios intentos fallidos, por fin la logró penetrar, la sensación de júbilo que lo embargó fue tal que enseguida supo que una nueva etapa de sus idas y venidas sexuales había iniciado. Un nuevo placer se abría en su horizonte y María era la llave para conseguirlo.

Los rumores del amorío comenzaron a ir y venir y tardaron algunas semanas para que llegaran a los oídos de los padres de María. Estos, abrumados y absolutamente histéricos ante el hecho, la increparon y le pidieron una explicación; ya todo el pueblo lo sabía. No había forma de negar lo innegable. No tuvo más remedio que aceptarlo todo.

De forma inmediata le prohibieron que siguiera viéndose con Raúl y amenazaron a este de muerte si se atrevía a acercarse a su hija. Lo que los padres de María no pudieron comprender en ese momento, lo comprenderían dos semanas después cuando descubrieron que lo inevitable ya había sucedido: María estaba embarazada. El plan de Raúl había salido a la perfección.

 

A pesar que los meteorólogos aseguraron que ese día haría un sol radiante en toda la costa colombiana, el día que María y Raúl se casaron por la iglesia, el cielo se armó de nubarrones y le infligió al pueblo un aguacero de dimensiones bíblicas. El río Magdalena se desbordó e inundó todas y cada una de las casas, haciéndole imposible a la mayoría de los invitados llegar a la iglesia.

El cura, ante la catástrofe natural, le pidió a la familia Beltrán posponer la boda hasta que los niveles del río volvieran a la normalidad y se pudiera llevar a cabo una ceremonia en todas sus facetas, según los mandatos del creador, pero el padre de María fue tajante.

  • Ni un minuto más llevará mi hija un bastardo en su vientre. Que Dios bendiga esta unión y ya déjese de joder, Padre- sentenció.

Esta advertencia, acompañada de un cheque generoso para la iglesia, terminó por convencer al padre, que por esa cantidad hubiese casado al mismísimo diablo con la Virgen María.

María y Raúl se prometieron amor eterno y dijeron el sí respectivo con el agua hasta las rodillas y casi gritando, pues el aguacero era tal que las gotas que golpeaban el tejado de la iglesia producían un ruido tan atronador que ninguno de los pocos presentes llegó a escuchar ninguna palabra del padre ni de los novios.

Al salir casi a nado de la iglesia, el padre de María había resuelto ya el alquiler de dos pequeños botes a remo. El chofer de la familia, recién bautizado marinero, llevó a los novios al hotel del pueblo; la habitación preparada para la ocasión había quedado inhabitable por las lluvias y debieron hospedarse en una ruinosa del último piso, so pena de que siguiera lloviendo a cantaros y los peces del Río Magdalena los interrumpieran en plena acción post-matrimonial.

Las lluvias cesaron a los tres días, justo en el mismo instante en que Raúl se sintió demasiado agotado para continuar y cedió a los ruegos de María, quien le imploraba un descanso ante sus constantes envestidas y a su desenfrenado apetito sexual. Solo en ese momento, María pudo dormir en paz y disfrutar de más de dos horas de sueño. Serían los únicos tres días en que Raúl le sería fiel.

En la mañana del cuarto día, decidieron salir de la habitación y enrumbarse de camino a la hacienda Beltrán. El panorama fuera del hotel era desolador: los niveles de agua habían disminuido, pero aún era imposible transitar por las calles con carros o caballos, la gente pedía limosnas en cada esquina y ya habían llegado los primeros cuerpos de rescate. Los desaparecidos se contaban por cientos y no faltaban historias de cómo un vecino veía a otro irse río abajo ante la fuerza de las aguas. Todo era un caos.

Ajeno a todo ello y sintiéndose invencible, Raúl logró conseguir una embarcación a remo y le pidió al conductor llevarlos hasta la hacienda. Faltando unos dos kilómetros, las aguas se convirtieron en barro y la pareja tuvo que hacer el resto del camino caminando a duras penas mientras la tierra les llegaba casi hasta las rodillas.

Hechos un asco y extenuados por el esfuerzo, cuando llegaron a la Casa Beltrán vieron al padre de María corriendo de un lado a otro, ofuscado buscando soluciones ante el caos en que la hacienda había quedado sumergida: Las cosechas se habían perdido por completo, muchas de las maquinarias, llenas de agua hasta el tope, habían dejado de funcionar para siempre y varios de los trabajadores habían desaparecido durante el aguacero. Nadie recordaba una catástrofe de semejante magnitud en toda la historia de la costa colombiana.

Lo único que se logró salvar del imperio Beltrán tras la catástrofe, aparte de sus activos en el extranjero y el dinero en los bancos, había sido el ganado. El padre de María los había llevado a una zona más alta pocos días antes de la boda para que pastaran en esas tierras más fértiles. Con todo lo demás, había que comenzar desde cero.

Ya resignados a que Raúl formaba parte de la familia, y ante la monumentalidad del esfuerzo a realizar para sacar de la crisis el negocio, Raúl se hizo cargo de una parte del ganado y aceptó la tarea de su cuidado y reproducción. Era el trabajo menos exigente de todos y donde, en caso que no cambiara sus hábitos, sus desmadres generarían la menor cantidad de pérdidas posibles.

La mejor parte del trabajo para él es que tendría que estar varios días fuera de la hacienda y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no demostrar la alegría que este hecho le generaba. Las cosas no habían comenzado como él esperaba, pero ya tenía su cuota de poder y podía ejercerlo a sus anchas en las zonas más alejadas de la influencia de su suegro y donde podría, a rienda suelta, disfrutar de todos aquellos vicios y placeres que estimulaban su vida. No había salido nada mal, después de todo.

Para guardar las apariencias, pero sin dejar tampoco su ego de lado, en los primeros meses de su labor comenzó a forjar poco a poco su pequeña dictadura en los pueblos más remotos, allí donde su suegro dejaba o compraba ganado o en las zonas más apartadas de su territorio, donde los campesinos no comprendían nada de derechos pero sí bastante de órdenes. Todo esto acompañado de una eficiencia para el trabajo irreconocible incluso para él mismo. Los reportes que le llegaban al señor Beltrán eran, cuanto menos, tranquilizadores.

En esas zonas alejadas de cualquier ley fue donde Raúl vio terreno fértil para recomenzar sus andanzas. El terror que infundía en los trabajadores era tal que estos se resignaron a no hacer nada la primera vez que Raúl violó a la hija de doce años de una familia de campesinos. Apenas la vio, frenó su carro y la tomó por la cintura, mientras la llevaba a los matorrales y aseguraba, mientras mostraba su revólver, que el que se metiera era hombre muerto.

Los gritos histéricos de la niña cesaron luego de treinta minutos. Poco tiempo después, ya satisfecho, Raúl se subía los pantalones y caminaba hacia su carro, dejando a la pobre niña en estado de shock, con su ropa hecha jirones y humillada para siempre.

A su chofer, cómplice de sus andanzas, siempre le decía:

  • La única fe verdadera en esta vida es la que emana de la verga, hermano.

Luego los dos se cagaban de risa, se echaban un trago de ron y continuaban su camino.

Pero no siempre el procedimiento se llevaba sin alteraciones. Más de una vez había saltado en medio de sus exabruptos un campesino valiente, dispuesto a defender el honor de su familia a machetazos o a plomo limpio, si se precisaba. En esos casos, Raúl guardaba el arma, le invitaba un trago de aguardiente y le ofrecía a aquel padre orgulloso, pero sumergido en la miseria, una res, un caballo o un puerco a cambio de desflorar a su hija.

Jugando así con la pobreza de la víctima, muchos de esos campesinos se dejaban comprar por aquello que con trabajo honesto no lograban conseguir. Arrastraban su honor y su orgullo y dejaban que su hija fuera abusada, mientras muchos lloraban escuchando a sus hijas suplicar por ayuda.

Con revolver en mano, el chofer de Raúl se mantenía lo suficientemente cerca para que el pacto no sufriera algún desagradable contratiempo. No faltó nunca algún que otro padre arrepentido que en medio de la transacción se arrepintiera de lo pactado y terminara siendo enterrado al día siguiente por la misma hija a la que había vendido la mañana anterior. El terror que infundía Raúl era total.

Cuando el pánico que generaba o la oferta de alguna res no eran suficientes, Raúl y su chofer no escatimaban en esfuerzos para entrar por sorpresa alguna noche en las casuchas misérrimas del campesino aquel que no se dejó comprar y descerrajarlo a tiros. Luego abusaba de aquella hija que no pudo tener por las buenas y le propiciaba- cuando ya sus desafueros habían sido satisfechos- el mismo final que a toda su familia: la muerte, no sin antes dejar que  su compinche de aventuras, su chofer, se divirtiera un rato también con aquellas muchachas que apenas rozaban la adolescencia.

 

Sus apariciones por la hacienda se hicieron cada vez más esporádicas y su rendición de cuentas ante su suegro dejaron de importarle. Las pocas veces que aparecía por allí, entraba en la habitación sin preámbulo y le hacía saber a María que venía a ejercer sus obligaciones como marido, sin prestarle la más mínima atención a su hijo. Luego de dos o tres horas allí, tomaba nuevamente su carro y se iba monte adentro, allí donde su palabra y su revólver eran lo único que importaba.

Su suegro, ataviado en sus esfuerzos por recuperar las pérdidas ocasionadas por las lluvias, no quiso oír las tímidas quejas que algún que otro campesino, muerto de miedo, intentaba hacerle llegar, quejas azucaradas y siempre omitiendo los detalles más sórdidos; Raúl seguía entregando números de ganancias aceptables y por ahora eso era lo que le importaba.

Que María hubiese quedado embarazada por segunda vez no hizo que Raúl aumentara sus apariciones por la hacienda. Tampoco sus ruegos y sus reclamos de esposa abandonada surtieron el más mínimo efecto en un Raúl que estaba en la cresta de la ola de su dictadura, en el punto más álgido de sus posibilidades para alcanzar el placer.

Sumergido en su avalancha de violencia y en su locura sexual, no tomó con agrado el día que dos policías se le acercaron a su pequeña cabaña en una de las fincas remotas que regentaba para pedirle explicaciones por una denuncia que un campesino había hecho por violación a su hija.

Victimizándose y asegurando que los campesinos eran unos haraganes incapaces de no tenerle envidia por sus logros como pequeño terrateniente, le restó importancia a esa denuncia y aseguró estar a total disposición para aclarar el hecho.

Esa misma noche, Raúl y su chofer llegaron a casa del campesino y lo mataron a machetazos, junto con toda su familia. Luego colgaron los cuerpos mutilados en un árbol y levantaron a gritos a todo el pueblo para hacerles saber lo que les esperaría a cada uno de ellos si algún “desadaptado” se le ocurría poner otra denuncia.

Los policías volvieron a los dos días a inculparlo de asesinato, pero no lograron encerrarlo, si quiera llevárselo de la finca, porque no hubo un solo habitante en todo el pueblo que haya aseverado que sabía algo al respecto. Sin recursos y con un pueblo mudo, a aquellos dos policías no les quedó otro remedio que archivar el caso. A nadie le importaba un carajo lo que pasaba en esas tierras de nadie.

Pero este último desmadre marcaría el fin de las aventuras sórdidas de Raúl y su compinche. Un campesino cercano a la familia, harto de las locuras de Raúl y del miedo con que vivían todos los habitantes de la región, se plantó en la hacienda del señor Beltrán y le contó todas y cada una de las andanzas en la que había estado Raúl los últimos tres años, incluyendo el asesinato a machetazos de aquella familia que terminaría colgando de un árbol.

Ante lo inverosímil de la situación, el señor Beltrán logró contactar a ese pequeño puesto de comandancia que recibió la denuncia de aquel campesino. Cuando los dos policías le confirmaron los hechos y la incapacidad de continuar las averiguaciones por la poca colaboración ciudadana, Beltrán entró en cólera.

Tomó su escopeta, prendió su camioneta y fue al encuentro de Raúl, dispuesto a matarlo como un perro, sin importarle que fuera el marido de su hija, quien ya de por sí estaba harta de él.

Cuando llegó a la cabaña y abrió la puerta principal, encontró a Raúl en el sofá de la sala junto a una campesina, absorto en los placeres que esta le proveía. Rojo de ira, Beltrán levantó su escopeta, incapaz si quiera de mediar palabra que alargara la existencia de Raúl e importándole poco si aquella mujer salía herida tras el disparo.

Cuando se escuchó la detonación, Raúl salió de su estado y abrió los ojos. No sentía dolor ni veía sangre en su cuerpo. Seguía vivo. Lo segundo que vio fue a su chofer con el revólver en alto y a su suegro tirado en el piso, derramando sangre por doquier, con su cráneo medio abierto. Estaba, sin duda alguna, muerto.

Sin entender un carajo, apartó a la mujer de sí y comenzó a vestirse, sin saber qué hacer. Su chofer lo trajo a la realidad:

  • Tenemos que irnos de aquí. Su suegro no es un campesino, es un hombre respetado. Hasta aquí llegó nuestra suerte, patrón- expresó con gran parsimonia.

Luego apuntó hacia la mujer, aterrada, y la mató de un solo disparo. Raúl se volvió a sobresaltar y lo interrogó con la mirada.

  • Es mejor que no haya testigos de lo que pasó aquí. No tardarán en saber que fuimos nosotros, pero esto nos dará un poco más de tiempo.

Fue así como Raúl y su chofer cruzaron al día siguiente la frontera con Venezuela y nunca más pudieron pisar su país natal. De eso hacía más de 40 años.

 

Cuando terminó de bañarse, Raúl supo que tendría que celebrar su cumpleaños de la única manera que sabía hacerlo: ejerciendo su hombría.

Se vistió y salió a la calle. Hacía un calor inhabituado para Caracas y el bululú de gente a las afueras de las panaderías y supermercados, tratando de comprar cualquier cosa, era incalculable.

Las colas kilométricas para comprar comida subsidiada por el gobierno ante la escasez eran ya cosa rutinaria en Venezuela y era en esos momentos cuando más extrañaba su Colombia natal. No solo el reflejo de los espejos le parecía humillante sino también la vejez que estaba pasando en ese país de mierda, que ni siquiera era el suyo, ante la profunda crisis económica que padecía.

Al entrar al burdel, eligió a la primera mujer que consiguió y esta lo llevó directamente al cuarto. Ella se desnudó con rapidez y se apuró en darle todos los estímulos posibles para que su entrepierna, una vez más, luchara en contra de las leyes de gravedad y se pusiera en guardia ante la batalla por venir, pero todo fue en vano.

Tras quince minutos de variados intentos, se dio por vencida y expresó las palabras que marcarían el comienzo del fin para Raúl:

  • Mi amor, eso por allá abajo se murió. Mejor que lo aceptes. ¿Dónde está mi dinero?

Hecho una furia, intentó golpearla, pero enseguida comprendió que incluso para eso había pasado ya su tiempo. Se sentía débil. ¿Cómo afrontar el final de una causa a la que le has invertido toda tu vida?, se preguntó.

El resto del día se sentó en la barra y tomó una cerveza tras otra, sin llegar a sentirse borracho. Vio desfilar una y otra vez a todas esas mujeres, pero ya no sentía el más mínimo cosquilleo en su entrepierna. Aquella mujer tenía razón: era mejor que lo aceptara.

Cuando puso un pie en la calle, ya la noche estaba a punto de madurar y los últimos rayos de sol se desvanecían en el horizonte. Los comercios estaban por cerrar: no había llegado mercancía. La gente protestaba en vano.

De camino a su casa, ya sabiendo que en aquel burdel había sepultado su hombría para siempre, comprendió que el hecho de morir ya no le daba miedo, ya no lo paralizaba. No tenía razones para seguir viviendo.

  • ¿Qué era una vida sin hombría que ejercer?- se dijo a sí mismo entre susurros.

Apuró el paso hacia su casa mientras que en su rostro se comenzaba a dilucidar una sonrisa radiante. No moriría como los demás. Él había elegido cuando irse. La muerte, después de todo, lo glorificaría.

Pronto nos veremos…

Cuántas

protesta
Cuántas vidas se desgastan en el asfalto de la crisis
Pisoteadas por el verde olivo y las botas de asalto
La sangre brota buscando desesperadamente el piso
Para dejar huella de lo que el burócrata no quiere decir
Y los sacos y las corbatas, hundidas en la diplomacia, no quieren comprender
Cuántas vidas se desgastan en este mar de reclamos
Acalladas a decretos y verborragia
Mientras las balas silban y susurran muerte
Cuántas vidas se desgastan en los sueños rotos de un país inviable
Enfermo de mesías y de quimeras
Roto por mandato y destruido por falta de responsables
Cuántas vidas más se van a gastar a costa de la terquedad de los soñadores
Azuzados por aquellos que lo cambian todo sin hacer nada
Aprovechándose de esos que aún se atreven a anhelar y no negocian sus parcelas de paz
Cuántas vidas se desgastan en este juego de intereses ajeno al hambre y a las tumbas
A las familias rotas a balas y a despedidas
Cuántas vidas más engordarán las cifras oficiales puestas a régimen alimenticio
A base de cinismo y obcecación, de locura y marxismo
Cuántas vidas más explotarán frente al gatillo del petróleo, frente al silencio comprado y quemarán con pólvora las bases de la razón
Cuántas vidas contendrán nuestras lágrimas y cuántos pasos tendremos que dar para llegar a nuestra tumba
 
Señor presidente: ¿Cuántas vidas más cuesta el socialismo?
Pronto nos veremos…