Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para enero, 2017

Mi chica rumana

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Los hombres caminan alrededor de los cubículos. Lo hacen con paso lento y con las miradas pegadas a las ventanas. Del otro lado del cristal hay una chica en ropa interior que finge alegrarse al verte, te sonríe con picardía y con el dedo índice de su mano derecha te invita a pasar.

Muchas se tocan el cabello, se enrollan sus rulos entre los dedos y mastican chicle para combatir el tedio. Todas muestran lo suficiente para convencer, pero si el hombre que se acerca a la ventana para finiquitar los detalles no es de su agrado, ella tiene el derecho de decir que no y a asegurarle que puede intentarlo con la siguiente.

En este sitio ninguna está obligada a acostarse con quien no le guste, aunque sí a pagar la cuota mensual al dueño del local que las deja exhibirse allí. El lujo de decidir no siempre está en sus manos sino, cuándo no, en el de la economía. La tarifa fija se paga y no siempre se puede rechazar a un cliente, por más que no te guste.

Stefany tiene una larga cabellera negra, su busto descansa en un sostén que lo realza y tiene los ojos del mismo color que su largo cabello. Es sencilla, no hay plástico en su cuerpo, solo algo de maquillaje y ganas de ahorrar dinero.

Desde que la vi me gustó. Su sencillez resalta en medio de ese mar de mujeres estrambóticas, llenas de maquillaje y de cirugías por doquier. Luego de dar un par de vueltas, le digo a mi amigo, el financista de esta aventura, que la elegiré a ella.

Me paré enfrente de su cubículo y abrí la puerta, que estaba entreabierta y la saludé en alemán. Ella sonrió y ya yo no supe qué más decir. Hubo un par de segundos de un silencio incómodo que ella se encargó de disipar.

–          Willst du reinkommen?- me preguntó.

–          Ja, gerne- respondí.

Mi amigo sonrió al escuchar mi respuesta y me deseó mucha suerte, mientras se despedía de mí y continuaba su búsqueda.

Antes de por fin decidirme, me aseguró que no elegiría a ninguna chica antes que yo, pues no quería que yo saliera corriendo. Nunca me he mostrado muy entusiasta de las refriegas amorosas con mujeres de alquiler y hasta el último instante me negué a participar, pero ya estábamos allí. Era demasiado tarde. Terminé aceptando esta aventura cuando él deslizó el billete de 50 euros en mi bolsillo y me dijo:

–          La vida hay que vivirla y estás soltero, así que déjate de joder. Es un regalo para ti, hermano.

Stefany me escuchó despedirme en español de mi amigo y apenas entré a su cuarto me cobró los 50 euros en un español correctísimo. Sin dinero no hay placer, me decían sus ojos.

Al recibirlo, corrió la cortina de la ventana y cerró la puerta con seguro. Me pidió que me quitara la ropa mientras ella se desabrochaba el sostén y dejaba al descubierto sus pechos puntiagudos de pezones grandes y  de color marrón claro.

Yo tomé enseguida uno de sus senos con mi mano y ella se sobresaltó al instante:

–          Tienes las manos heladas- me dijo en español.

–          Lo siento- me disculpé, sintiéndome enormemente torpe- mientras me deshacía de mi chaqueta y mi suéter.

Logré verla y detallarla antes de quitarme toda la ropa. Era una mujer joven, de mi edad, y se mostraba totalmente diligente manejando la situación, mientras yo era un manojo de nervios. En su rodilla derecha tenía una pequeña cicatriz en forma de equis, su piel era del color de una taza de café con mucha leche- como me gusta a mí tomarlo- y su cabello rizado era de una abundancia tal que caía y descansaba por todas partes.

En sus muslos eran visibles algunas estrías, pero sus nalgas no mostraban asomo alguno de celulitis. Su piernas cortas estaban bien delineadas y sus pies, tan pequeños y delicados, hubiesen podido inspirar a cualquier poeta.

Afuera la primavera nos regalaba un clima frío. Tenía no solo las manos heladas sino todo el cuerpo. Al quitarme  la ropa, vi mi pene hecho un ovillo, acurrucado en sí mismo, mostrándose en su faceta más mínima e impresentable. Me dio una vergüenza grandísima. Lo tomé con mimano izquierda y lo sacudí un poco con la esperanza de que despertara y expusiera una cara más amable, más varonil, pero él se mostró impertérrito. Me sentí humillado.

Stefany había desaparecido. La vi enfrente de un espejo y se lavaba las manos, mientras se untaba no sé qué cosa en ellas. Regresó poco después de que yo me encontrara desnudo y me pidió que me acostara en la cama. Vio mi miembro empequeñecido y se acostó junto a mí y me tocó con sus manos suaves y delicadas el pecho, el abdomen y la entrepierna. Cuando llegó allí, esta comenzó a despertar de su sueño. Ella se dio cuenta y su mano izquierda no abandonó la zona hasta que mi miembro se mostró erecto y dispuesto a la lucha.

–          Entonces si soy capaz de responder en estas transacciones de sexo sin amor- pensé, más aliviado que cualquier otra cosa.

Ese era mi mayor temor. Hasta ese día no había existido una sola erección en mi vida que no estuviese marcada por las idas y venidas del amor verdadero y por la certeza ineluctable de que cada penetración ejercida había sido en nombre de los sentimientos más puros. Aquel momento me demostró a mí mismo que muchas revoluciones no se hacen por razones de bienestar común sino por egoísmos absolutos. Mientrepierna estaba llevando a cabo su propia alzada en armas, luchando su propia guerra y esa erección era una rebeldía ante el yugo de los sentimientos en la que siempre creí que se sentía a gusto.

Al darse cuenta de que ya no eran necesarios más incentivos, Stefany alargó su mano hasta la mesa, tomó un preservativo, lo abrió con sus dos manos y lo deslizó en mi pene.

–          Ahora te la voy a chupar un ratico ¿Vale?- me dijo un segundo antes de que se llevara mi miembro a la boca.

Con los dedos índice y pulgar me tomaba la base del pene mientras yo veía su cabeza subir y bajar. Su lengua se movía diligentemente y sus labios ejercían presión cada tanto. Sus movimientos eran rápidos, pero no lo suficientes como para que fuese muy evidente que ella quería terminar con todo aquello lo más rápido posible.

Mientras su boca me llevaba al desenlace, yo le tocaba los pechos, el muslo de su pierna derecha y sus nalgas. Su piel era una porcelana. Nunca había tocado a ninguna mujer con una piel tan suave, tan lisa… una piel que ya fuese un placer en sí misma. Sentí una punzada de envidia al saber que ese órgano tan tierno y tan dispuesto que la cubría era una propiedad comunal, un paraíso a puertas abiertas, una consecuencia de la oferta y la demanda.

Le tomé la cabeza y acaricié su cabello, enrollé mis dedos en sus risos y procuré no cerrar los ojos para no perderme ni un instante de aquel acto. Desde el primer día que disfruté del placer de que una mujer se llevara mi pene a la boca, descubrí que no había mejor espectáculo que ese. No hay nada más sublime ni nada más placentero que aquello. La felicidad no se puede comprar,  pero los momentos felices sí, aunque a muchos les cueste aceptarlo. Este era uno de ellos.

Tras un par de minutos, Stefany levantó la cabeza y me miró a los ojos.

–          ¿Qué tal si follamos un poco? ¿Te parece?

Pero ni siquiera esperó mi respuesta. Se levantó, tomó un frasco de lubricante y se untó las manos con el líquido. Luego las puso sobre mipene y lo empapó un poco y automáticamente se sentó a horcajadas sobre mí. Sus dos manos se apoyaron a los lados de mi cabeza, sobre la almohada,  y parte de su cabello cayó y descansó en mi pecho, mientras sus senos se encontraban a la mano y los toqué ávidamente, aunque estos apenas se mostraron excitados por mi tacto.

En ese momento me volví a asombrar por la textura de su piel y bajé mis manos, tocando su abdomen, sus muslos, sus nalgas nuevamente e hice el recorrido una y otra vez, lentamente, por algo más de un minuto.

Nunca dejé de tocarla, pero tampoco escasearon las palabras. Mientras ella se agitaba sobre mí y yo palpaba hasta donde mis manos alcanzaban a llegar, ella me sonrió traviesamente y me preguntó si todo iba bien.

–          Todo muy bien- respondí, mientras recorría con mi mano derecha uno de sus muslos.

–          Lo importante es que te corras ¿Vale?- dijo ella, resaltando lo evidente.

Luego de ese comentario me atreví a bromear un poco.

–          Y entre más rápido acabe mejor ¿No?

Ella no me respondió, pero me mostró nuevamente su eterna sonrisa y era claro que entre más rápido fuera todo el procedimiento, mejor para ella.

Yo no tenía ninguna intención de alargar esta situación, por más que la piel de esa mujer me pareciera fascinante. No hice ningún esfuerzo en retrasar el desenlace final y quise regalarle la alegría de que todo terminara lo más pronto posible, sin dilación alguna, sin querer ser el macho impostado de una película porno.

–          ¿Te gustaría otra posición?- me preguntó, pero decliné.

–          Tranquila. Esta es mi posición favorita y estoy a punto de acabar. No te preocupes.

Ella volvió a sonreír, aceleró la marcha y poco después  acabé. Ella se dio cuenta al instante.

Sin esperar, se levantó y con paños de papel me quitó con absoluto cuidado el condón, mientras yo veía como en sus muslos se deslizaban pequeñas gotas de lubricante. Me dio un paño a mí también para que me limpiara y caminó hacia el baño.

Mientras me vestía, la vi limpiándose su sexo con abundante agua. Luego se secó  sus muslos con una toalla que desechó al instante a la cesta de la ropa sucia y se fundó nuevamente su ropa interior color rojo, dispuesta a reiniciar el proceso nuevamente con otro afortunado.

Yo me vestí con parsimonia, mientras hablábamos en español, con algunas frases en alemán e inglés, y disfrutaba con la vista de su piel. Le pedí que charláramos cinco minutos antes de que me fuera, ansioso por saber algo de esa mujer que me había abierto su sexo, pero que me escondía su vida. Aceptó.

Tenía 25 años. Era rumana y me habló de una hermana que estaba en algún sitio que no supe precisar. Vivía en Alemania hacía tres años, no le gustaba este país y soñaba con regresar a Rumania. Hablaba muy bien inglés, alemán, rumano y aprendió español viendo novelas venezolanas cuando era niña y lo perfeccionó en una corta estadía en España, aunque no le pregunté qué hizo allá. Es economista, pero no quería trabajar de eso. Quería ahorrar dinero y regresar a Rumania para montar un negocio y no irse más nunca de su país.

Yo regresé a mi casa junto con mi amigo, que ya tenía experiencia en estas cosas y hasta se atrevió a pedir una extensión de tiempo para alargar su pequeño momento de alegría recién adquirida.

Apenas llegamos, me fui a la cama sin preámbulos y ya acostado en ella, solo, mirando el techo y aún disfrutando de los restos de esa sensación de ligereza que deja el post sexo, me di cuenta que no hay peor horror en el mundo que el orgasmo que no culmina con una caricia.