Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para marzo, 2014

La partida

2013-10-27 11.54.00Esta semana, como muchos venezolanos ya lo han experimentado, una amiga tomó un vuelo rumbo a España y dejó el país. Se fue a estudiar algo, pero la verdadera razón de su partida es que este país se ha convertido en una invitación a salir corriendo. Venezuela es hoy en día una visa de salida, un aeropuerto donde hay más gente en las colas que aviones que las puedan llevar a donde sea.

Yo no sé si mi amiga volverá, la verdad es que lo dificulto. Podrían tomarse estas líneas como las de una persona triste por la partida de un ser querido, pero no. Estas palabras nacen de la alegría de que todo se le diera bien, de que haya podido conseguir un tiquete de avión a donde sea y una razón para salir corriendo de un país que es una condena a la nada absoluta, a los sueños rotos, al conformismo, al sinsentido que nos rodea y que a la larga nos condena.

Mientras escribo esto, ella está en el avión, seguramente entre lágrimas y tantos anhelos. El país que la vio nacer se le convirtió en una cárcel, en una constante sensación de falta de oxígeno, en una necesidad de cambio.

Hace cinco años quizá la hubiese juzgado, le hubiese dicho que fuese valiente, que se quedara a luchar, que no le entregáramos el país a estos desalmados facinerosos que nos han condenado a este desastre, pero ahora solo siento alegría por su partida. La vida es una sola y la juventud es solo un suspiro.

Los mismos argumentos que expresé en el anterior párrafo los sigo creyendo, pero ahora los repito como un autómata, como cuando se da una respuesta diplomática y cortés ante un hecho bochornoso o delicado. Venezuela entera es un psiquiátrico. Ya se entiende, pues, la imperativa necesidad de muchos de salir corriendo.

Mi generación, aquellos que tienen de 25 años para abajo, muchas veces nos preguntamos qué tenemos nosotros que ver en todo este desastre. Nuestros padres nos condenaron a una juventud y a un presente triste. “Cuando Chávez llegó al poder yo solo tenía 10 años ¿Por qué debo yo pasar mi juventud en esta vaina? ¿Qué hice yo para calarme esto?”. Esas preguntas las he escuchado tanto. Una generación reclama por su presente y mira a sus abuelos y a sus padres y les pregunta ¿En qué estabas pensando cuando le diste luz verde a este desastre de gobierno en el 98? ¿Qué hiciste por evitarlo? Esa generación juzga, mientras el tiempo pasa y pasa.

Otros ven esta coyuntura política como una oportunidad de oro para pasar a la historia, como el chance de dedicar su juventud a la lucha política y a la reconstrucción del país. Dios los bendiga.

Dos

La paz está de moda en mi país. Lo ha estado siempre, sobre todo en los gobiernos dictatoriales o aquellos que pretenden serlo. A esos regímenes les gusta mucho esa palabra porque la relacionan con la sumisión y el terror.

Por supuesto al gobierno de mi país no le gusta la paz de verdad, la del diálogo honesto, la que lleva a acuerdos de convivencia. Esa paz no es acorde a su modelo político. De hecho, la palabra paz no la entienden mucho. Apenas tiene tres letras y cuando se dan la vuelta y ven los astronómicos ingresos petroleros que tienen entonces prefieren comprarla antes que construirla. La paz cuesta mucho y apenas es un monosílabo ¿Para qué esforzarse tanto?

Mientras tanto, una mitad del país sigue en la calle reclamando por cambios, exigen un futuro para esos niños que el día de mañana también les preguntarán: “Si todo era tan malo ¿Qué hiciste tú para cambiar la realidad, mamá? Pero el gobierno no recula, está enfermo de poder, de vicios y de indolencia. El cinismo es su carta de presentación y la pantomima de diálogo su bandera.

Se enfrascan en los excesos de algunos manifestantes para justificar la brutalidad de los tiros, las bombas lacrimógenas, los presos políticos, los estudiantes asesinados y violados y se inventan conspiraciones mundiales del imperio para tapar las cochinadas que tarde o temprano saldrán a flote.

Este es mi gobierno, este es mi país, pero si algo he aprendido yo de Venezuela a lo largo de mi vida, es que a su pueblo no se le puede menospreciar, a pesar de toda la mierda que nos rodea.

Pronto nos veremos…

Nuestra paz

Nuestra pazUno

Pasando por el pueblo de San Casimiro, siguiendo un poco más la carretera por unos cuantos kilómetros, se encuentra un restaurante bastante rupestre y bien reconocido por su buena comida y su recurrente clientela. Cuando era niño, era un sitio más bien modesto, carente de cualquier lujo, que parecía más la parada de algunos camioneros hambrientos que un sitio donde una familia se pudiera sentar a comer.

Pero sus cachapas y el sabor del chicharrón que sirven allí trascienden a cualquier mal gusto estético o a cualquier sobriedad estructural. Por eso el restaurante sigue allí, incólume al paso del tiempo y ya repotenciado con aires acondicionados y puertas y ventanas de vidrio. El negocio fue bien y las mejoras son visibles actualmente.

Al lado había una casa hermosamente adornada que vendía cualquier cantidad de postres típicos de nuestro país. Era la parada obligada luego de comer. Por desgracia, una disputa oscura y jamás comentada hizo que las dos familias se peleasen y se irguiera un muro entre los dos lugares. Eso le resto parsimonia al sitio, pero los dulces eran de una calidad tan abismal, consecuentes al buen chicharrón del restaurante, que no importaba salir a la calle para caminar hasta los dulces. Esta última vez que fui, esa casa que endulzó mi infancia era un despojo y ya los dulces no estaban. Todo desapareció allí, entre la maleza y el sol abrazador.

Sin dulces que comer, al terminar de comer fui a pagar la cuenta y le pregunté al dueño del restaurante cómo estaba. Su respuesta fue triste y sombría, como la vivienda que se asoma al otro lado del muro:

–          ¿Qué cómo estoy? Como todos en este país: jodidos. ¿Quién está bien en esta vaina?- espetó sin preámbulos.

Luego cobró y me dijo “a la orden”.

Parece ser el que país es una reproducción de la ya abandonada y hermosa casa de antaño que se derrumba al lado del restaurante: no hay dulces que le robe algunas sonrisas a nadie.

Dos

Una mujer lee el Ciudad CCS en el Metro. Muchas personas lo leen. Un hombre moreno y bastante calvo se queda mirando el periódico de la señora con agudeza y de repente explota intempestivamente, como si le hubiesen activado con un interruptor:

–          ¡Esos malditos escuálidos! ¡Mira como cacerolearon a Roque Valero y a su familia! Son unos violentos, son unos fascistas, pero todos esos malditos la pagaran ¡Qué viva Chávez!- gritó, antes de que se abrieran las puertas y el hombre se bajara, mientras la mujer  del periódico asintiera con la cabeza todos los insultos que profirió el hombre.

La paz es una palabra manoseaba, una puta de cualquier bando en esta Venezuela enrarecida. Es una consigna sin sentido, que luce muy bien en la propaganda roja del gobierno.

Pronto nos veremos…