Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para noviembre, 2013

Carolina

En este país cada día vemos más al cielo, buscando una explicación de lo que nos está pasando.

En este país cada día vemos más al cielo, buscando una explicación de lo que nos está pasando.

Carolina lleva toda su vida viviendo en Petare. Apenas tiene 21 años, pero se podría decir que ha vivido en su corta edad experiencias que personas que la duplican en longevidad ni se imaginan. Es una muchacha de risa fácil. Se pinta el cabello de amarillo porque le encanta darle a la gente una imagen de ser una rubia natural, aunque no lo sea. Ese color no le queda mal y le ha dado sus buenos réditos, pues cada tanto levanta piropos que la hacen sonreír con picardía.

Aunque es joven, ya es madre de dos hermosos hijos. Carlos tiene 4 años y su pequeña hija-quien se ríe igual a su madre- apenas llega a los tres. Como muchas mujeres jóvenes en los barrios de Venezuela, ella educa a sus retoños sola, sin el apoyo de ninguna ayuda masculina.

Su caso es un poco diferente al del resto de mujeres en Venezuela. Ella no está sola porque el padre de los niños no se haya querido hacer responsable, su caso es más triste, más doloroso, mucho más acorde al país que vivimos.

Juan, su novio, con quien tuvo los dos hijos que ahora crecen junto a ella, aceptó con miedo y alegría la noticia de los dos embarazos. Fue responsable, respondió, y les dio su apellido a sus dos hijos, pero no tuvo el placer de verlos crecer, con las justas escuchó cuando Carlos le dijo por primera vez “papá”

Juan trabajaba de lo que fuera y un día se le dio la oportunidad de supervisar un negocio en Valencia, por lo que estuvo algunos meses en esa ciudad ganando algún dinero. El mismo día que cobró su último sueldo y las utilidades, regresó a Caracas sin trabajo pero con los bolsillos llenos, alegre porque ni su novia ni sus hijos pasarían penurias por los próximos meses.

Decidió pasar por El Valle antes de ir a Petare a ver a sus hijos y a Carolina. Quería celebrar con sus amigos el pago recibido y tomarse unas cuantas cervezas.  Cuando la cosa apenas comenzaba, y solo había ingerido un par de cervezas, unos  hombres armados se le acercaron y le pidieron que les diera todo el dinero que había recibido ese día.

Juan se resistió, intentó soltar un par de golpes y escabullirse con el dinero ganado, pero los delincuentes no querían jugar al policía y al ladrón y le vaciaron con un ahínco grotesco los cartuchos de las pistolas que cada uno tenía. Luego le revisaron los bolsillos y se llevaron todo el dinero. La transacción fue relativamente fácil para ellos.

Juan murió casi al instante. Su cuerpo quedó más agujerado que un colador. Carolina cuenta la historia sin demasiados traumas, sin que la voz se le quiebre, pero asegura que no ha vuelto a salir con ningún hombre desde la muerte de su novio hace ya casi dos años. Está segura que alguna persona cercana a él lo “sapeó” con esos delincuentes para que lo robaran ¿Si no cómo sabían que tenía todo ese dinero?”, se pregunta.

Actualmente, Carolina  se dedica a promover la campaña de Carlos Ocariz a la alcaldía de Sucre, pues es más “escuálida” que la mismísima Marta Colomina. Su corazón pertenece a Primero Justicia, pero ella está con la Unidad. “No es momento para partidismo porque el chavismo es el enemigo mayor”, dice con seguridad.

¿Y los culpables del asesinato de tu novio?- le preguntan cada tanto. “Nada. No los conseguirán jamás. La justicia en este país es una mierda”, dice.

Pronto nos veremos…

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Patria Segura

dosSon las diez de la noche. En una cauchera cercana a mi casa se lleva a cabo una lucha campal. Yo no me di cuenta, pero el amigo que va conmigo en el carro me dice lo que ocurre y volteamos a ver qué pasaba: tres hombres armados golpeaban con ahínco y saña a dos trabajadores que se habían quedado hasta tarde trabajando en la cauchera. Los maleantes les piden que les den todo el dinero de la caja registradora, pero parece que los trabajadores se niegan a hacerlo.

No se atreven a defenderse de la paliza porque los asaltantes tienen armas, aunque estos parecen no demasiado dispuestos a utilizarlas, pues solo los caen a golpes y a patadas. Las armas parecen simplemente un instrumento para el miedo, pero hasta ese momento no surten el efecto deseado, pues los trabajadores aguantan con bastante valentía los golpes y no ceden a los pedidos de los bandidos.

Mi amigo me dice lo que todos decimos aquí en estos momentos: “Mira esa vaina. Vivimos en un país de mierda”. Yo no me atrevo a llevarle la contraria, pero acelero y le digo que vamos a ir a la policía a avisarles lo que vimos, lo que está pasando. “Si nos apuramos, quizá la policía llegue a tiempo a defender a los trabajadores”, explico, mientras hundo el croché y meto quinta.

Mi amigo se ríe con ironía, expresa que los policías no van a hacer nada, que en este país los policías y los militares son peores que los malandros. Yo opino lo mismo, pero me negaba a no hacer nada, a dejar que aquellos maleantes siguieran golpeando a esos mecánicos de la cauchera.

Un par de minutos después llegamos a la estación de policías. En la sala había una mujer rechoncha que veía una novela por Venevisión. Hizo una mueca de fastidio cuando me vio entrar. Le expliqué lo que había visto y le dije que si salían inmediatamente podían atrapar a los maleantes. La mujer ni se inmutó ante mi comentario; sacó un cuaderno cuadriculado y con toda la parsimonia del mundo me pidió mi nombre y un teléfono donde pudiera contactarme “ante futuras eventualidades”. Le di los datos, los cuales ella escribió dubitativamente en la hoja. No miento al decir que a aquella mujer le costaba darle forma las letras y hacer una relación entre lo que escribía y lo que yo le decía.

Cuando aquella muchacha regordeta estaba por terminar de  escribir, salió un hombre de gran bigote y de inverosímil barriga. Caminaba con dificultad y se sobaba la barriga sin cesar, como si acabara de comer un manjar delicioso o de pasar largo rato haciendo con dificultad sus deposiciones.

Me pidió que le dijera qué pasaba y le repetí la misma historia que le había contado a su compañera. Él tampoco se inmutó. Me escuchó con una mano sobre la barriga y la otra sobre la pistola que tenía en la cintura. Luego se rascó el bigote y me dijo: “Ya veremos qué podemos hacer”, antes de desaparecer detrás de una puerta.

Yo me sentía muy frustrado. Quizá para ese momento ya habían robado la cauchera o los trabajadores ya estaban muertos o desangrándose. No lo sé. Luego salí del puesto de policías, caminé tranquilamente al carro y esperé unos cuantos segundos a ver si veía algún movimiento o una intención de hacer algo. No vimos nada. En el puesto de Policía reinaba en silencio y la tranquilidad.

Prendí el carro y enfilé con rumbo a mi casa, mientras mi amigo me repetía: “¿Sí ves? Aquí los policías son una escoria. No sirven para un coño. Menos mal que ahora está el Plan Patria Segura-ironizaba- todo aquí es una cagada”.

Yo sentía una triste frustración y no me sacaba de la mente la golpiza que aquellos hombres recibieron. No sabía qué decir, así que solo repetí lo que decimos todos ahora: “Sí, tienes razón, vivimos en un país de mierda”.

Pronto nos veremos…