Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para octubre, 2013

La señora Carmen

2013-10-27 14.08.56A Carmen le cambió la vida hace 10 años. Por aquel entonces era una mujer que sufría todos los días cada vez que veía a sus hijos salir a la calle, ahora sufre por sus ausencias.  Es un dolor y una realidad diferente a la que se enfrenta ahora, pero en el fondo, aunque su vida haya cambiado, ella es la misma: una mujer sufrida y que carga una cruz peor que la de Jesucristo.

Tenía un hogar formado en Petare. Sus hijos crecieron en una casa humilde de ladrillos desnudos en el sector Los Compadres. Ella trabajaba de todo lo que saliera y su marido lo hacía cuando no estaba borracho o no tenía ganas de seguir trayendo hijos al mundo. Un hogar disfuncional, una vida sufrida, pero a la larga una vida corriente y parecida a la de cualquier venezolana de clase humilde.

Su orgullo, madre al fin, eran sus hijos: cuatro hombres y una niña. Los vio crecer y los educó  dentro de sus mismas limitaciones- Carmen apenas logró terminar el bachillerato- y sufría con impotencia al ver que sus hijos poco valoraron sus esfuerzos y terminaron involucrándose cada vez más en la delincuencia, hasta terminar siendo reconocidos sicarios.

Su hija, la única mujer junto a ella en el hogar, entendió desde siempre que el mayor agradecimiento que le podía profesar a su madre era manteniéndose alejada de los problemas. Así lo hizo, ella cumplió. Carmen tenía su consuelo en ella. Después de todo, no se sentía tan mala madre. Los esfuerzos por hacer de sus hijos hombres y mujeres de bien no fueron del todo perdidos.

Carmen rezaba siempre para que el terrible final no llegara nunca, pero en el barrio los que andan en malas cosas terminan casi siempre con tres metros de tierra encima. Un día una vecina golpeó histérica su puerta, aclamando por su presencia. Carmen bajó corriendo las escaleras para abrir. Su vecina lloraba y solo pudo señalar hacia una de las esquinas de la calle: allá estaba el cuerpo de su hijo sin vida, con sus ropas empapadas en sangre y con el cuerpo más agujereado que un colador. Fue la llegada del primer final terrible.

Sus hijos juraron venganza, pero la venganza nunca llega cuando tus enemigos son más rápidos que tú. El segundo final terrible llego dos semanas después. Uno de sus hijos varones no llegó a dormir. A tempranas horas del día siguiente lo encontraron con la yugular rota justo enfrente de su casa. La señora Carmen abrazó el cadáver con una vehemencia terrible, casi enferma, mientras que la policía intentaba separarla del cuerpo de su segundo hijo asesinado.

El tercer final terrible llegó un mes después del primer final, o sea dos semanas después del segundo. Los enemigos creyeron que el tercer hermano llevaría a cabo su venganza pronto y que intentaría poner el honor y el nombre de sus hermanos en alto, por lo que decidieron volver a adelantarse a la futura venganza y lo acribillaron mientras este compraba unas cosas para el almuerzo en la bodega cercana a su casa.

Esta vez, con su corazón ya roto irremediablemente y sin capacidad para llorar una lágrima más, la señora Carmen enterró a tercer hijo vendiendo algunas cosas de su casa porque no tenía cómo pagar el ataúd. Se santiguó cuando a su hijo lo enterraron para siempre y se dio media vuelta. No hubo dolor en sus actos, solo una resignación que helaba la piel.

El cuarto final terrible llegaría por la misma vía y un mes después, pero en circunstancias diferentes. Su hija, la que la había colmado de mayor orgullo y de amor, recibió en su cabeza una bala perdida mientras colgaba en una de las ventanas la ropa recién sacada de la lavadora. Murió instantáneamente, sin dolor.

Los vecinos hicieron una “vaca” y entre todos la ayudaron a enterrar a su cuarto hijo, la niña de sus ojos. Esta vez lloró, pero solo un poco; la muerte siempre tiene dos procederes: o te hace morir de dolor o te hace vivir impertérrito a los acontenicmientos. La señora Carmen fue de las del segundo caso, ya nada la sorprendía.

En el barrio nadie habla del caso de la señora que “enterró a cuatro de sus hijos en dos meses”. Ella es vista solamente como una luchadora, como un milagro, pues seguir viviendo tras esos duros golpes de la vida merece un reconocimiento, pero aunque nadie diga nada públicamente ella sabe que el excesivo respeto que le profesan en el barrio no es más que un recordatorio directo a esos dos meses nefastos de su vida.

Hoy en día la señora Carmen está un poco mayor y su único hijo vivo la ayuda a caminar. Su característica física más resaltante es su curvada manera de andar. Su cruz no está a la vista, la lleva en el alma.

Pronto nos veremos…

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La niña del barrio

2013-05-08 14.22.12La noche se apodera de todas las calles de Petare. La luna brilla como pocos días y se muestra en su esplendor y de un color y un tamaño un tanto inusitado.

En la casa de Juan están reunidos unos 15 vecinos más opositores que Henrique Capriles. La mayoría son adecos y copeyanos que se niegan a no vivir de los recuerdos y de las grandes manifestaciones con Carlos Andrés Pérez y Caldera a la cabeza. El señor Juan es del partido Alianza Bravo Pueblo, pero a la larga aquí no hay partidismo, todos son de la Unidad y el chavismo es el enemigo. Luego se verá si siguen siendo amigos cuando se caiga este gobierno.

Están todos reunidos allí porque un candidato a concejal por la Unidad va a charlar con ellos y a comunicarles las ideas que la oposición tiene para mejorar el municipio cuando se logre llegar a la Cámara Municipal. No hay que convencer a nadie en esa reunión, todos votarán por él, pero nunca está de más en la política dar la cara, sonreír un poco y escuchar a la gente. Ese es el trabajo.

La hija del señor Juan tiene una niña de diez años: tiene los ojos más negros que la noche, su piel es morena y su cabello es tan rebelde como la adolescencia. La niña se llama Carolina y está en primaria. Estudia en un colegio cercano a la casa de su abuelo y todos viven allí, acomodándose como se pueda.

Cuando el político está en la mitad de su intervención, la niña se acerca a una mujer desconocida y se ponen a hablar. Yo escucho lejos pero nítidamente cada una de las palabras de aquella niña, tan próxima a entrar en la pubertad.

Comienza hablando de sus amigos del colegio, de su mamá y de cómo vive con sus abuelos. Es una conversación de una niña de su edad, llena de inocencia y de una alegría y sencillez que solo se pueden tener a esa edad donde la vida no apura, no aplasta.

Tras unos diez minutos, aquella niña cambia el tono de su voz de repente y lanza una frase lapidaria que le movería los cimientos a cualquiera: “Estoy cansada de que toda mi familia se muera ¿Eso es normal?- le pregunta a aquella mujer desconocida que la ha escuchado durante todo este tiempo.

La mujer se sorprende con la frase y le pregunta a la niña por qué dice eso. La niña responde con voz apesadumbrada que uno de sus hermanos murió al poco tiempo de nacer por algunas complicaciones posteriores al parto. El dolor no fue mucho, pues el bebé nunca llegó a la casa y no compartió tiempo con él, por lo que su pérdida no fue difícil de superar. A veces va al cementerio y ve llorar a su mamá, entonces ella se pone triste y lloran las dos, pero nunca está tan triste como la madre. La muerte es así: las hace llorar, “pero ya no hay nada que hacer”, dice.

Otro de sus hermanos se encuentra preso en Yare II. Ella le pidió que le regalara un Blackberry Touch en navidad y su hermano salió a la calle el mismo 24 de diciembre a “hacerle el encargo a la hermana”. Eligió mal a la víctima y la policía lo apresó por agresión e intento de robo. La víctima tenía influencias y ahora su hermano se pudre en la cárcel. Aún no tiene condena, es víctima del retardo procesal.  Ella se quedó sin Blackberry Touch esa navidad y también sin hermano.

Uno de sus tíos, sigue la niña, lo aplastó un camión y el conductor se dio a la fuga. No hubo testigos, no hubo investigación y la policía no sabe quién es el culpable, no lo averigua y no le interesa hacerlo. A su tío lo enterraron hecho pedazos días después del accidente. La familia quiso que hallaran al culpable, pero la policía no quiere o no puede; la niña no está muy segura.

Sus primos son malandros y en cualquier momento los matan porque están amenazados de muerte, pero ella espera que sus visitas al cementerio no se tengan que hacer tan frecuentes ni tenga que visitar tantas tumbas. La niña tiene los ojos aguados y su voz se apaga cada vez más a la medida que su relato continúa.

Cuando está a punta de explicarle a la mujer por qué quieren matar a sus primos, el político termina de responder la última pregunta de los vecinos y todos aplauden y se despiden del futuro nuevo concejal de Petare.

La mujer se despide de la niña sin poder seguir escuchando su relato, mientras que yo me voy con el candidato a concejal; pero no me fui igual a como llegué, algo de mí se quedó en aquel cerro aquel día. Uno nunca se recupera del todo.

Pronto nos veremos…

Un amor de tasca

Un amor de tascaEl señor Pedro había decidido terminar el bachillerato. Estaba a punto de cumplir los 60 años, pero sus seis hijos le habían dado la alegría de culminar todos sus carreras universitarias y él también quiso colgar un diploma suyo en una de las paredes de su casa para ir así en consonancia con sus retoños.

Se inscribió en un parasistema cerca del sector Valle Alto en Petare, lugar donde vive en una casa humilde, rodeado de la miseria tan característica de este país. Las matemáticas eran un asunto complicado para él, pues eso de hallar el valor de las incógnitas no eran procedimientos que se le dieran muy bien. El castellano no fue tan difícil, pero asegura que nunca entendió bien como era ese asunto de las tildes. “¿Se le pone acento a todo lo que termina en ción y en ía?”- preguntaba en su casa, sin que nadie le diera una respuesta exacta.

Uno de sus hijos había culminado hacía poco su carrera. Tomó la decisión de montar una tasca de mala muerte y vender cerveza y montar conciertos de vallenato y salsa, pues esa empresa daba mucho más dinero que ejercer su carrera.

El negocio, llamado curiosa y optimistamente “El Club de Pedro y Juan”, dio rápidamente frutos económicos. La combinación del vallenato y la salsa con reservas casi ilimitadas de cervezas son una mezcla que indefectiblemente da buenos réditos en aquellos barrios donde el deporte nacional es la inclinación del codo.

Cuando la suerte parecía sonreírle a aquel muchacho, y el señor Pedro se mostraba agradecido con Dios por el buen andar del negocio, un día entraron en la tasca unas piernas largas y unos pechos rebeldemente bien puestos, que significarían a la larga la perdición de aquel muchacho.

No tuvo del todo la culpa, fue amor a primera vista. La invitó a sentarse, le ofreció una cerveza y charlaron larga y tendidamente aquel primer día, mientras que se conocían y las sonrisas y las cervezas iban y venían.

Como buen caballero, no dejó que la dama pagara una sola de las bebidas, pero le hizo prometer que volvería a la tasca, y así fue, ella volvió. No pasó mucho tiempo para que el hijo del señor Pedro y aquella morena de piernas kilométricas y pechos monumentales se vieran envueltos en una relación apasionada, en donde el deseo siempre fue protagonista y el amor cabalgaba a su lado sin contratiempos.

Un día, mientras aquel muchacho limpiaba la barra de la tasca, entró un hombre muy conocido en el barrio: era La Muerte, apodo que se ganó por la cantidad incuantificable de muertos que llevaba a sus espaldas. La policía lo buscaba por varios robos a bancos y algunos asesinatos, pero nunca había pisado una cárcel en su vida.

Se acercó al muchacho y en tono amenazador le dijo que se alejara de su jeva, mientras escupía razones por las cuales aquella mujer le pertenecía y formaba parte de su harén. Sin más título de propiedad sobre aquella mujer que su fama y su pistola en la cintura, le aseguró al muchacho que si se enteraba que la seguía viendo, lo mataría él mismo.

El hijo del señor Pedro, negado a aceptar razones que no entiende el corazón, no hizo caso de la advertencia y siguió viviendo su idilio de amor solo por 7 días más.

Una tarde, mientras servía tres cervezas en una de las mesas y se escuchaba un vallenato de Diomedes Díaz de fondo, La Muerte cruzó la puerta, sacó su pistola de la cintura y solo dijo tres palabras: “Te lo dije”.

Un segundo después, dos balas salieron de su pistola. Una impactó en el abdomen de aquel muchacho y la otra en su cabeza, para así eliminar cualquier posibilidad de supervivencia.

El día que su hijo fue asesinado en la tasca, el señor Pedro estaba sonriente y feliz, pues justo en ese instante estaba recibiendo su diploma como Bachiller de la República. No hubo fiesta después de su acto, sino muchas lágrimas y gente vestida de negro. Así fue su graduación.

Luego de ese día, se le quitaron las ganas de seguir estudiando.

Pronto nos veremos…