Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para septiembre, 2013

La honestidad revolucionaria

2013-03-31 12.08.08Llovía copiosamente y dentro de las casas las personas auguraban con más o menos acierto la hora precisa en que el servicio eléctrico dejaría de funcionar. La lluvia no duró mucho, pero sí lo suficiente para que un estruendo entrara por los oídos de todos los presentes y súbitamente los aparatos electrónicos dejaran de funcionar.

La lluvia vino seguida de un calor sofocante. Las personas, esperanzadas en que los trabajadores de Corpoelec llegarían en cualquier momento a solucionar la avería, se asomaban por las ventanas mientras se echaban aire en sus rostros con casi cualquier cosa. La espera fue larga, pero unos sujetos de pantalones azules y camisas de botones se presentaron en el lugar donde se generó el estruendo.

Apenas desarmaron el transformador el desconcierto que se reflejó en sus rostros fue desconsolador. Los unos miraban a los otros sin saber qué hacer, hasta que por un fin un hombre alto y más negro que la misma noche sacó un repuesto de la camioneta y lo instalaron entre todos. Antes de intentar poner en marcha el sistema nuevamente, varios alcanzaron a escuchar:

–          Esto es grave, pero puede ser que esta vaina funcione.

Pero no funcionó. El sonido que se generó esa vez fue aún más fuerte que el anterior y las esperanzas se vinieron abajo. Los vecinos se hicieron a la idea en ese preciso momento que la electricidad no vendría esa noche. Lo que no se imaginaron es que el asunto se dilataría aún más.

A la mañana siguiente, los trabajadores de Corpoelec volvieron “al lugar del siniestro”, esta vez acompañados de un ingeniero. Este último era un hombre cuarentón con un conato de panza y que utilizaba unos lentes negros de sol que no se quitaba por ninguna circunstancia. Él mismo fue el encargado de verificar las malas noticias de los obreros: el daño era grave.

Con una sinceridad inusitada, aquel hombre cuarentón de gafas negras reunió a los vecinos y explicó sin tapujos la situación:

–          El daño es grave y el repuesto para arreglar el transformador no lo tenemos. Eso se tiene que importar y llegaría como en un mes y media, con suerte. El gobierno no nos da los recursos como debería ser hace años, así que la única manera de arreglar esto es que ustedes hagan una “vaca”, recolecten unos doce mil bolívares y compren unos repuestos para instalar otro transformador. Ese lo consigo yo con una empresa que está construyendo aquí atrás porque el ingeniero es pana mío. Tómenlo o déjenlo.

Y así, como si el asunto no fuese grave y como si estas carencias fuesen moneda corriente, el ingeniero nos habló con franqueza y tranquilidad. A muchos se les pasó por la mente aquellos discursos del ministro de energía eléctrica cuando fanfarroneaba que el problema de la electricidad lo solucionaría en 100 días, y así lo hizo, o bueno… eso fue lo que él dijo.

En fin, la urbanización entera duró 4 días sin electricidad, mientras se recolectaba el dinero, se conseguían los repuestos y los obreros terminaban su trabajo. Fueron días calurosos, donde el gobierno recolectó variadas mentadas de madre, pero se solucionó el problema, aunque la forma en que se hizo no deja de ser humillante y triste.

En el momento de más indignación de mi parte, dije que este gobierno era una cosa vergonzosa y catastrófica y una de mis vecinas, chavistas hasta la médula, me espetó:

–          ¿Acaso crees que en la Cuarta República no sucedían estas cosas o no había corrupción?

Y yo le respondí:

–          El problema radica en justificar nuestras miserias de hoy con los errores del pasado.

Pronto nos veremos…

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