Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para agosto, 2013

Aquella anciana

2013-08-13 11.13.04Una mujer mayor llega a la recepción del periódico en la planta baja. Camina arrastrando los pies, como si estuviese tirando de su alma o como si acabase de salir de un campo de concentración. Se acerca a la recepcionista y le pide que llame al periódico, pues desea hacer una denuncia. En el piso 6 la secretaria del periódico atiende al recado. Luego llama a la editora y la pone al tanto de la situación.

La editora no se molesta en bajar a escuchar ninguna queja de un ciudadano de este país que se va cada vez más a la mierda. Ella se va a ir de aquí. Tiene el pasaje de ida comprado hacia  Dublín y espera no retornar jamás. Habla un inglés bastante chapucero e impresentable, pero los asuntos de la comunicación interpersonal poco importan cuando el sueldo no alcanza para comprar lo que no hay en los anaqueles o cuando las estadísticas de los muertos aumentan día a día.

La editora levanta el teléfono y marca un número. El pasante atiende la llamada y cuelga a los pocos segundos, mientras se levanta de la silla y toma su grabador, su block de notas y un lapicero. Camina al pasillo y hunde el botón para solicitar el ascensor. Pasan los minutos y elevador no llega. Decide bajar por las escaleras hasta la planta baja.

Allí lo espera una vieja decrépita que exhala sus últimas bocanadas de aire. La muerte la acecha y la piel arrugada de sus manos y de su cara lo comprueban. “Seguro debe tener como noventa años esta señora”, piensa el pasante, mientras se le acerca y se sienta a su lado.

La anciana comienza a contar detalles de su infancia, las hazañas de su hijo como ingeniero y las historias más terribles y famosas que acontecieron en su barrio. Tras algunos minutos de puros chismes, la señora comienza a contar que su casa se está viniendo abajo porque una alcantarilla botó agua por días y días y días y las paredes terminaron por humedecerse y una de las más importantes se vino abajo, no sin antes aguantar valerosamente muchos días de la humedad ocasionada por las aguas putrefactas que expedía la alcantarilla averiada.

“Es una de las paredes que sostiene mi casa, mijito. Se puede caer en cualquier momento”, explica la vieja mientras mueve sus manos, furibunda, de un lado a otra.  Asegura que los vecinos llamaron muchas veces a Hidrocapital y que cuando por fin aparecieron, arreglaron la alcantarilla averiada pero otra comenzó a fallar y la humedad volvió casi enseguida.  “No hay arreglo, mijo”, se desespera la mujer.

Cuenta que los de Hidrocapital prometieron llevar ingenieros para reparar la casa, pero solo aparecieron una vez y no volvieron más. Fue hasta la Alcaldía Libertador a hablar con el Alcalde Jorge Rodríguez, pero este se negó a reunirse con ella, a pesar de ser más chavista que Chávez y de haber pedido la cita vestida íntegramente de un rojo chillón y con una camisa con la cara del mesías estampada en su pecho.

Fue hasta Catastro, pero allí tampoco le dieron respuestas a sus preocupaciones. Mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, le mostró la carta que le había escrito al alcalde Rodríguez para solicitar la cita con él. Había muchos errores ortográficos en aquel papel, pero en cada palabra se expresaba una preocupación tan pura que la falta de puntos para separar las oraciones mal estructuradas solo podían representar un freno a la desesperación que carcomía el alma de aquella anciana.

Luego se despidió rogándole al pasante que le publicaran la nota, pues en los medios del gobierno no la quisieron ayudar,  y terminó su explicación con una frase sacada del corazón: “Si mi Comandante estuviese aquí…”.

La nota salió publicada un par de días después de la visita de la señora al periódico. Ese mismo día llamó a la recepción y pidió que la comunicaran con el pasante. Cuando el joven tomó el teléfono, la anciana le reprochó: “Mijo, esa nota está muy pequeña y muy desabrida. Escriba algo más amarillista, algo que no sea tan blando, pues”.

Desde aquella tarde, el pasante no supo más de la anciana. Quizá la muerte  haya terminado de hacer su trabajo y la señora se encuentre ya bajo tierra, como seguramente se encontrarán también los escombros que quedaron de su casa.

Pronto nos veremos…