Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para julio, 2013

La mañana revolucionaria

2013-06-07 10.03.05Las cosas parecían a punto de entrar a temperatura de ebullición. El sol brillaba a su máximo esplendor y el calor y la humedad eran tan sofocantes que estar en la calle era una demostración inconfundible de una valentía criada por los años de costumbre en este pueblo, donde el frío jamás hace acto de presencia.

A pesar del calor, el pueblo gozaba de una actividad inusitada si se tiene en cuenta que era un domingo casi a mediodía. Los niños, tomados de las manos de sus madres, le pasaban la lengua a sus helados, mientras era visible en sus rostros la alegría que solo puede brindar  un buen dulce.

Los buhoneros negociaban con los compradores los productos alimenticios de la cesta básica que vendían con un precio especulativo, muy mayor al que estipula el gobierno. Ellos no tenían escrúpulos para ofrecerlos y los compradores no regateaban demasiado, a sabiendas que los números que vienen de Miraflores son solo una quimera más del socialismo.

Bolívar observaba todo con su mirada ausente desde el centro de la plaza, lugar donde los habitantes lo ven todos los días con un respeto  histórico, agradeciéndole su legado a este país. Él está presente en todos lados, aunque su estatua no se mueva nunca de lugar.

Ese domingo, cosa inusitada, la plaza Bolívar no estaba invadida por niños que jugaban al béisbol o al fútbol con sus pies descalzos y con sus ropas hechas jirones-evidentes muestras de sus miserias materiales- sino que había varios toldos con la cara impresa del mesías y un conglomerado de viejos decrépitos vestidos de color marrón claro que hacían sonar sus botas contra el suelo en una marcha militar.

Algunos ondeaban banderas de Venezuela mientras intentaban seguirle el paso al resto de sus compañeros. Eran en su mayoría hombres y mujeres que no tenían menos de 60 años y que mostraban un físico caricaturesco, muy alejado del ideal perfecto de resistencia física que pregona el ejército en cualquier parte del mundo.

El calor, por supuesto, no perdona a nadie y esos pseudo-soldados sudaban copiosamente mientras que su uniforme de lucha, con el pasar de los minutos, mostraba cada vez más manchas de sudor.

Había un hombre joven en un pequeño estrado que guiaba la marcha. Les gritaba órdenes militares que aquellos viejos acataban sin rechistar. A su lado, una mujer era la encargada de las consignas y gritaba cada tanto las frases propagandísticas del gobierno: ¡Chávez vive, la lucha sigue! Y todos repetían al unísono mientras miraban al cielo. En sus ojos se veía reflejada la certeza religiosa que desde el cielo el comandante eterno los escuchaba.

Juraron lealtad a la patria un centenar de veces, al igual que lo hicieron al legado de Chávez. Dijeron que defenderían el socialismo ante la inminente invasión imperialista y que darían la vida sin pensarlo dos veces. Luego se ordenó el final de la marcha y aquellos señores y señoras casi se desplomaron al suelo del cansancio tras la exigencia física y el calor sofocante.

Justo en ese momento me paré y me fui, pensando que este gobierno era una triste caricatura como el físicos de esos señores mayores, que serían incapaces de luchar ninguna guerra o que caerían muertos en batalla a los pocos segundos, víctimas de su propia estupidez e ignorancia.

Aquel día descubrí, una vez más, que el verdadero enemigo no es el imperio gringo y sus invasiones, sino nuestras pobres mentes y nuestra corta memoria.

Pronto nos veremos…

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Cuando era niño

Cuando era niño los políticos hacían política de verdad.

Cuando era niño los políticos hacían política de verdad.

Cuando era niño una Coca Cola de 2 litros costaba 1700 bolívares, ahora cuesta 30, o sea 30mil.  Yo sabía, desde muy pequeño, que esa bebida hacia mucho daño, pero a esa edad ¿Qué coño importa eso?

Cuando era niño yo soñaba con comprarme una pelota de futbolito para jugar con mis amigos al frente de mi casa. Un día mi papa obró el milagro y la pelota llegó a mis manos por un precio de 25mil bolívares. Ahora mismo esa misma pelota cuesta 500 bolívares, o sea 500mil.

Cuando era niño mi papá me daba un cheque para que yo pagara el colegio. El monto incluía la mensualidad de mis dos hermanos y yo. El cheque no sobrepasaba los  200mil bolívares. Hoy en día mi papá paga el doble de ese precio en el mismo colegio solo por la mensualidad de mi hermana.

Cuando yo era niño mis primeros zapatos para jugar futbolito costaron 80mil bolívares. A mí eso me parecía una cantidad de dinero enorme, casi imposible de contar. Fueron unos zapatos de marca Pocholin. Mis amigos tenían Nike y Adidas, pero a mi ese asunto de las marcas no me interesó nunca demasiado y cabe destacar que las finanzas de mi hogar no alcanzaban tampoco para comprar algo un poco más caro. Hoy en día esos mismos zapatos cuestan 500 bolívares, o sea 500mil.

Por mi primer celular, yo tenía 14 años en ese momento, pagué 50mil bolívares. Aquello fue maravilloso, pues podía mandar mensajes de texto, jugar a la culebrita y llamar. Ese aparato era toda una aventura. Hoy en día ese celular sería basura, pero todavía se puede conseguir en el mercado. Cuesta casi 400 bolívares, o sea 400mil.

Cuando yo era niño, apenas salía del colegio, me iba a la panadería de un centro comercial cercano y me compraba, religiosamente, un pan relleno de dulce de guayaba o arequipe. Luego me iba a mi casa caminando y me mentía diciéndome que con la caminata ya quemaba las calorías adquiridas. Ese dulce me costaba 250 bolívares. Hoy el mismo pancito me cuesta 4 bolívares, o sea 4000.

La primera vez que me mi mamá me dejó ir solo al colegio yo tenía 11 años. El pasaje de la camionetica me costaba 100 bolívares. Yo creía que era libre en ese momento. Utilizar el transporte público era mi primera victoria sobre el yugo paterno, era un acto de independencia incuantificable. Era una lucha ganada. Hoy en día me monto en las mismas camionetas y pago 4 bolívares, o sea 4000.

Cuando yo era niño Simón Bolívar era un héroe de la patria. En ese entonces a mí no me interesaba la historia, pero Bolívar era Bolívar y gracias a él éramos lo que éramos en ese momento, para bien o para mal. Cuando yo era niño, ahora lo recuerdo bien, el libertador no era una prostituta utilizada por el gobierno de turno como un Dios para justificar todo. Bolívar era un hombre grande, no un esquirol. Bolívar era una estatua a respetar, no un instrumento mediático. Bolívar era ese el que proclamaba libertad, no la imagen predilecta de unos populistas.

Cuando yo era niño, los mayores no me enseñaron nunca a odiar a los gringos o a los europeos por todo lo que nos robaron, sino que me hicieron saber la importancia de conocer la historia de mi país y de mi continente, para así poder entender mi presente y vislumbrar un futuro. Nunca me enseñaron a vivir en el pasado; me dijeron que viviera el hoy y construyera el futuro.

Cuando yo era niño me dijeron que los adecos y los copeyanos habían cometido muchos errores y que habían realizado excesos imperdonables, pero me recordaron lo bueno también. Me hicieron saber la importancia de la democracia que ellos ayudaron a construir. Ahora que estoy mayor escucho que son unos asesinos vende patrias, esquiroles del imperio y putas de los europeos. La historia en estos últimos diez años se ha reescrito tanto que los crédulos creen cualquier cosa.

Cuando yo era niño mi papá se compró un hermoso Caprice Classic año 77, con un motor de ocho cilindros a un precio que no llegaba a los tres millones. Ahora veo en internet y en la calle que el carro más barato en este país es un Spark, que tiene un motor de moto, y cuesta 170mil bolívares, o sea 170 millones. Los carros no se salvan aquí, por supuesto.

Cuando yo era niño, mi papá me daba una mesada semanal de 1500 bolívares. Eso me alcanzaba para comprar muchos pepitos y papas fritas durante toda la semana. Ahora mi papá me da mensualmente 1500 bolívares, o sea 1 millón quinientos mil bolívares, y a veces tengo que pedirle más porque no me alcanza.

Hoy en día, cuando me veo al espejo, me cuesta reconocerme un poco, pues soy más grande, estoy más gordo y tengo una barba dispareja que me hace lucir muy diferente a cuando era niño, pero lo más impactante de todo no es mi incapacidad de reconocerme a mí mismo, sino de reconocerme como sociedad, pues si bien ya yo he crecido y mi niñez ha quedado atrás, cuando intento ver en el cristal el reflejo de Venezuela, de este país que me ha visto cambiar,  me doy cuenta que ella no ha crecido, sino que ha envejecido de golpe y que está más cansada y desmejorada que nunca.

Ese, en realidad, es mi verdadero dolor, pues yo moriré, pero este pedazo de tierra seguirá viva- no sé de qué manera- aunque ahora nos revolquemos en nuestras peores miserias.

Pronto nos veremos…