Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para junio, 2013

Contradicciones de mi país

ImageUno

Iba de camino al trabajo en el carro de mi papá. Como cosa rara, el tránsito de Caracas me hacía ir a un paso disminuido, casi convirtiendo mi ida a la oficina en una odisea latinoamericanizada. Mientras me encontraba parado, a la espera de que la cola se moviera un poco, un motorizado pasó junto a mí y golpeó mi retrovisor, el cual por suerte no se rompió.  Mi primera reacción fue no tener reacción; en una ciudad como Caracas los ánimos siempre están caldeados y la triste suma de 16mil asesinatos anuales es un número más que persuasivo para evitar las querellas y aceptar de mala gana la realidad. “Por menos de un golpe en el carro matan gente aquí”, dicen muchos por todos lados, por lo que evité reclamar.

Me quedé mirando al motorizado sin esperar nada, drenando mi rabia por su descuido sin exteriorizar ningún sentimiento. La sorpresa fue que en un momento, que me pareció sacado del contexto de este país, el motorizado levantó su mano derecha del volante y la elevó en una muestra clara y definitoria de que estaba arrepentido por su descuido y me pedía disculpas por ello.

Sin ánimos de exagerar, creo que fue un momento glorioso porque en un país donde las normas acumulan polvo en escritorios de personas que no están dispuestas a cumplirlas ni a hacerlas cumplir, ver un gesto de arrepentimiento y de aceptación me pareció un momento sublime.

Después de todo, a pesar de tanto pesimismo, por las calles de este país todavía hay unos “desadaptados” que se niegan a seguir al promedio. Que Dios los bendiga en su lucha quimérica pero necesaria.

Dos

La secretaria de la redacción del periódico donde trabajo me llama y me dice que hay una mujer en la recepción buscando a un periodista que la atienda porque necesita hacer una denuncia. El elegido fui yo.

Al bajar al primer piso me conseguí con una mujer que rozaba seguramente los noventa años y media, como mucho, un metro y medio. Le dije que yo era periodista y que me podía contar cuál era su queja para ver si había posibilidad de ayudarla.

La viejita terminó siendo una parlanchina desaforada y comenzó a contarme en un tono airado e inclemente que en el barrio de Caracas donde vivía se había roto una alcantarilla y que la Alcaldía de Caracas había demorado tanto tiempo en arreglarla que las paredes de las casas comenzaron a humedecerse y ella contó con la terrible desdicha de que una de las paredes de su casa se le vino abajo, y que tenía miedo de que su hogar se cayera en cualquier momento, ya que esa pared era importantísima para el sostén de toda la casa.

Me comentó que días después llegaron unos ingenieros y le comenzaron a reconstruir la pared, pero que se la dejaron a medias y nunca más volvieron. De eso hacía ya más de seis meses, mientras que su preocupación sobre la posibilidad de que su casa se cayera aumentaba día tras día.

Fue a la Alcaldía para intentar hablar con Jorge Rodríguez y conseguir una solución; lo único que le permitieron fue dejarle una carta para que él analizara el problema. A la semana volvió a la Alcaldía y la enviaron a FundaCaracas, donde dejó otra carta y le prometieron respuestas para una semana después. Así estuvo la vieja una semana más, esperando soluciones mientras vivía bajo un techo que ofrecía más inseguridades que certezas.

Después de una semana, la respuesta en FundaCaracas fue que ellos no tenían competencia en ese problema y le dijeron que se dirigiera a la Ingeniería municipal, y hasta allá fue la vieja, otra vez, en busca de una respuesta, aunque allí tampoco la obtuvo.

Al despedirse de mí me abrazó y me habló brevemente  del recuerdo que había dejado en ella su Comandante eterno. “¡Yo no votaré por la derecha jamás!”, me espetó con una contundencia que me generó un poco de lástima.  Luego me dio un beso y se fue, trastabillando hasta la salida, mientras que yo sentía que su corazón era más grande que todo su cuerpo y que aquella vieja encantadora y parlanchina merecía un mejor futuro, aunque su existencia careciera de tiempo.

Pronto nos veremos…

La patria no es de harina

En este gobierno la patria no es de harina, ni de nada.

En este gobierno la patria no es de harina, ni de nada.

A mi madre no le gusta demasiado cocinar por las noches. La cocina en horas nocturnas le parece una cárcel, un campo de concentración, un lugar que azuza un poco su mal humor; es por esto que en la medida de lo posible evita entrar en esta parte de la casa cuando el día se oscurece y los rayos del sol dejan de colarse por las ventanas de nuestro hogar.

Los domingos se declara en rebeldía absoluta y asevera, sin escatimar en esfuerzos, que no cocinará nada ese día y que tenemos que arreglárnosla como sea para apagar el hambre que nos embarga en las noches del último día de la semana. El resto de los días, salvo casos excepcionales, resuelve nuestra hambre con una comida rápida y exenta de complicaciones, como sánduches o arepas rellenas de cualquier cosa.

Hoy, o ayer o mañana- en realidad el día no importa- me pidió que la llevara a la panadería, pues no quería complicarse la vida a la hora de preparar la cena. Cuando entró a la panadería y pidió algunos panes, recordó que mi hermana está próxima a cumplir los 15 años y que aún no ha solventado el problema de quién preparará los panes del banquete.

Mi madre aprovechó su estadía en la panadería y le dijo a la cajera que llamara al dueño, pues deseaba ofertarle un negocio. Cuando el hombre salió, mi mamá le explicó que necesitaba 100 pancitos de banquete y le dijo al señor si podía hacerlos, mientras le especificaba el día exacto de la fiesta y el momento en que debía entregarlos.

El señor soltó una carcajada un tanto ofensiva, pero no fue su intención, en realidad aquel hombre se comportó de manera muy educada. Le dijo a mi mamá que era imposible comprometerse en hacer esos panes porque conseguir mantequilla y harina era un asunto que no dependía de él y que jugar a ser Dios no era algo que le agradara. Aseveró que es una ruleta de la fortuna la llegada de los ingredientes para hacer pan y que, de hecho, en ese mismo instante no tenía mantequilla y harina para seguir horneando cualquier cosa. “Señora, no sé si tendré ingredientes para hacer pan mañana y usted me está pidiendo que le asegure que le cumpliré su pedido para dentro de dos semanas ¿entiende que no puedo hacerlo no?

Mi mamá se mostró comprensiva; ella no es ajena a la escasez que vivimos en Venezuela y sabe que llenar la alacena de la casa depende mucho de la suerte y de la rapidez con que el gobierno importe los productos. Todo esto sucedió mientras yo escuchaba en la radio a un diputado del PSUV que explicaba que la escasez de alimentos en Venezuela se debía a que, desde la llegada de la revolución al poder, el pueblo tiene más acceso a los alimentos y que todos en este país se alimentan tan bien y de manera tan frecuente y variada que nuestra economía agro-alimentaría- la cual aseguró estaba creciendo y más fuerte que nunca- no ha logrado cubrir toda la demanda que exige una nación con tan altos índices de proteínas consumidas diariamente por su población.

Mi madre entró al carro con un gesto de preocupación en su rostro ¿Tendré los panes de banquete para la fiesta?- me imagino que pensaba- mientras que a mí me rondaba en la cabeza la misma pregunta que me hago desde hace tanto tiempo: así como está el país ¿Qué carajo significa tener patria? La única convicción que tuve es que ese concepto que tanto repite el gobierno no incluye la harina, la mantequilla ni el papel higiénico.

Cuando arranqué el carro, el diputado chavista explicaba airadamente que los empresarios tenían la culpa de la escasez, pues acaparaban los productos como parte de una conspiración orquestada por el imperio para tumbar la revolución. Yo apagué la radio y tomé el camino de regreso a mi casa, con la certeza de que en este país no hay certezas.

Pronto nos veremos…