Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para mayo, 2013

La librería cubana

2013-05-22 16.50.42Cuando estuve en La Habana y vi de cerca la vida de los cubanos, regresé con una maleta llena de detalles que pueden parecer insignificantes, pero que juntos narran mejor que nadie cómo es la vida en aquella isla hermosa y sufrida.

En mi segundo día en La Habana, mientras caminaba cerca del Capitolio y veía a alemanes y a canadienses tomando fotos con un desespero que me parecía incluso vulgar, divisé una librería a unas cuantas cuadras. Entré en ella y me bastaron unos pocos segundos para darme cuenta que allí no había casi nada digno de ser leído.

Entre la propaganda abismal que cubre todas y cada una de las palabras que se imprimen en Cuba, pude rescatar un par de libros de historia, probablemente manipulados, que me parecieron buenos textos de regalo para mi profesora de historia en la universidad. Allí podría contrastar los conocimientos que ella adquirió en la universidad y los que se enseñan en la isla.

La historia peculiar no fue que los libros estuviesen llenos de propaganda, cosa ya de por sí supuesta, sino que en la librería había dos chicas como cajeras. Cuando me acerqué a una de ellas a darle los libros para que me cobrara, me dijo que ella no estaba encargada de esa función y me dijo que debía dirigirme a la otra chica.

Seguí la orden y la otra muchacha me hizo unas facturas y las metió entre la portada y la primera hoja de uno de los libros. Cuando le entregué los billetes en moneda nacional para pagar,  me explicó que su trabajo no era recibir dinero y cobrar, sino que debía dirigirme a la otra chica, la que me había referido a ella, para cancelar el monto.

Aquello me pareció rarísimo ¿Por qué una sola de ellas no podía hacer la factura y cobrar? Cuando pagué y salí de la librería me di cuenta que había apreciado allí dentro uno de los males que arrastra el comunismo: la estatización brutal de absolutamente todo. Esas dos tareas no las podía hacer una sola mujer porque si no la otra no tendría trabajo, y el Estado no requiere de otra persona para cumplir otra función.

El Estado lo controla todo, y como hay que darle trabajo a todos- porque hasta hace poco no se podía trabajar por cuenta propia- había que subdividir e  inventar labores para todos los cubanos. Aquello me abrumó. Todo con tal de “mantener ocupada” a la gente y evitar el emprendimiento individual.

“Ellos hacen que nos pagan y nosotros hacemos que trabajamos”, dicen los cubanos por allí.

Pronto nos veremos…

La ventana

2013-03-27 22.01.58

Ella no sabe nada. No tiene por qué saberlo. Yo me he encargado de que sea así.

La veo siempre desde lejos, agazapado detrás de las cortinas y con mis binoculares a mano. Nunca ha sospechado nada ni lo hará. Soy discreto.

Ella no sabe que yo lo sé todo. Lo único que ignoré siempre fue esta improvisada partida, pero aunque ella lleve sus maletas a ese taxi y tenga un boleto a cualquier sitio, dentro de poco nos encontraremos y mi vida seguirá igual, en su excitante y placentera monotonía. No hay lugar donde se pueda ocultar, pues no hay rincón de su cabeza que yo desconozca.  Estas cortinas son mi refugio y ella no tiene ninguno.

Me despido de ti hoy, mi amor, pero pronto nos veremos, aunque tú no me veas.

 

Pronto nos veremos…

La antesala eufórica de una victoria

2013-04-11 16.08.09Camisas rojas se veían por doquier. Pululaban de un lado a otro, casi fundiéndose las unas con las otras, y dejando en claro que la marea roja estaba en todos los sitios visibles, a la espera de que el elegido llegara y dijera lo que tuviese que decir.

La estación de Metro de Nuevo Circo está próxima al evento. Dentro de ella la gente entra y sale con camisas del Che, de Maduro y del líder supremo, del insustituible, del que nos dejó una patria nueva y victoriosa. Los vagones del metro parecen estar a punto de reventar, pero no lo hicieron: abren sus puertas y vomitan más gentes con más camisas rojas y más banderas del partido. Todos arrastran una alegría opaca, triste, lacónica, que se debate entre el desafuero y la timidez. Lo veo en todos los rostros que observo.

A la salida de la estación hay un campo minado. Nada explotaba, pero había que ser precavido y esquivar líquidos de colores inclasificables- y de olores inenarrables- que se movían pujantemente por el piso sin ir a ningún lado. Los restos de comida aparecían de vez en cuando y se apachurraban muchas veces debajo de la suela de los caminantes. Algunos mendigos maldecían el hecho,  mientras veían que su posible cena se convertía en poco menos que mierda.

2013-04-11 16.18.16Los motorizados hacían rugir los motores de sus máquinas a dos ruedas, casi haciendo una competencia de cuál moto se hacía sonar con mayor claridad e intensidad. Hombres improvisaban parrillas y vendían pedazos de carne con chorizo y pan que lucían repugnantes, incomestibles, pero que la gente compraba con locura, como si no hubiese más comida en este mundo.

Esquivar el campo minado no era la única preocupación. La gente te arrastraba a todas las direcciones y tenía que hacerme respetar a empujones, mientras sujetaba mi bolso para resguardarlo de manos ajenas e  insolentes.

Llegó un punto en que moverme ya no era posible, pues había llegado a la avenida principal y la cantidad de personas era tal que probablemente no hubiese cabido un alfiler en esa masa de gente “amuñugada” pero feliz, a la espera de que el elegido llegara y los alegrara recordando al que se fue y no volverá, al que les dejó su vida, al que les dio todo su amor, o por lo menos eso es lo que ellos dicen.

Logré hacerme un hueco en una esquina. Estaba entre la gran multitud y un carro que vendía no sé qué. Allí esperé alrededor de una hora, pues yo también quería ver al elegido, al hombre que se hacía esperar a aquella multitud como solo son capaces de hacer los políticos.

2013-04-11 16.14.12A mi derecha había una pared pintoresca, digna de sacar a relucir por las consignas que algunos muchachos “reformistas” se atrevieron a pintar. “No a la silicona. Quien te quiere por tus tetas no te querrá cuando estés vieja”. Me reí por la ocurrencia, mientras que en el fondo apoyaba la moción de aquellos muchachos que son anónimos para mí, pero que luchan por tener un mundo donde se puedan agarrar tetas de verdad.

En esa misma pared, algunos camaradas del partido, muchos todavía con botellas de aní o ron en una de sus manos, se desabrochaban la bragueta, agarraban sus vergas y meaban con evidente placer; incluso algunos se animaron a escribir su nombre en la pared con su chorro de orina. Muchos otros hacían cola, a la espera de que la pared se desocupara.

En la pared de mi izquierda, borrachos se sumergían en discusiones que nadie entendía. Intercambiaban puntos de vistas mientras gagueaban y su lengua se enredaba producto de la alta dosis de alcohol en su sangre. Al final manoteaban el aire, a la espera de que esa pose un poco violenta les diera la razón y el otro reculara en sus argumentos incomprensibles. No pasó a mayores; los dos compartieron su botella de anís un poco después y gritaron al unísono: ¡Qué viva la revolución, carajo! Esos sí que se les entendió clarito.

Poco después pasó un grupo de jóvenes que, como todos, se abrían paso a empujones. Algunos de ellos ondeaban banderas de Palestina y gritaban: ¡Judíos de mierda! ¡Qué viva Palestina libre, carajo! ¡Esta revolución es universal! ¡No al capitalismo y al colonialismo! ¡Sionismo de mierda! Palestina es parte de la revolución, o por lo menos en el discurso; de eso no cabe duda.

Atrás de ellos un señor agitaba en el aire una bandera de Cuba. La isla es la aliada, la que nos da sus médicos, razones suficientes para que cobre protagonismo. Fue lindo ver esas banderas ondearse al viento. La convicción de los ideales que reflejaban los rostros de aquellos muchachos y de ese señor son incuestionables. A mí me quedó claro.

2013-04-11 16.23.49Poco después, a tan solo dos metros de mí, se armó una trifulca entre varios hombres que terminó en una golpiza terrible. La vi estupefacto, mientras que unos ocho hombres se caían a golpes entre sí con una vehemencia inverosímil. La pelea terminó pronto; era visible que todos estaban muy ebrios. La lucha dejó un saldo de un señor al borde del coma etílico sangrando a chorros por varias heridas en su rostro. Se fue casi gateando, abriéndose paso entre la multitud, mientras se tomaba el rostro y veía con incredulidad que sus manos estaban manchadas de sangre.

Pocos segundos después una mujer se desplomó ante mí. Estaba desmayada. Hacía poco la había visto gritando y saltante mientras arengaba a los demás a que gritaran al unísono ¡Chávez te lo juro, mi voto es pá Maduro! Cayó con fuerza, sin tener ningún control sobre su cuerpo. La euforia fue demasiada y la espera interminable para ella. Luego la cargaron y se la llevaron debajo de un toldo, mientras le echaban aire en su rostro.

Decidí irme, a pesar de que el elegido no había llegado. Me sentía un poco raro en ese ambiente. Había más gente de la que había visto jamás en mi vida, cosa a resaltar, pero también la cantidad de borrachos y personas que vomitaban en las esquinas se contaban por decenas, lo cual no me hacía sentir demasiado a gusto en el lugar.

Antes de irme, le tomé una foto a una pancarta que una señora de pechos generosos le había escrito al líder que se marchó, por todas las cosas buenas que hizo por su pueblo. Su rostro reflejaba un agradecimiento honesto hacia el presidente fallecido. Tomé la foto, le agradecí y me marché.

2013-04-11 16.15.29De vuelta al metro, volví a esquivar los mismos desperdicios y entré a la estación, por donde seguían saliendo personas con camisas rojas y mensajes escritos en cartulinas recordando al Comandante. El hombre con la bandera de Cuba que había visto hacía unos minutos en la calle estaba detrás de mí. Cuando llegó el metro me monté en el último vagón, y antes de que se cerrara la puerta pude escuchar que aquel señor gritó en el andén: ¡Viva Chávez, nojoda! Y que la gente respondía a viva voz: ¡Qué viva!

Adentro no pude escuchar nada más, pero observé, esta vez a través de la ventana, los rostros de aquellos seguidores de franelas rojas y vi una felicidad tan opaca en sus rostros que sentí que el fin de algo se acercaba.

Pronto nos veremos…