Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para abril, 2013

La Habana: la ciudad que enamora

2013-04-01 13.56.48La Habana es una coreografía hecha para el sexo, aunque no sé si está creada sin querer o los cubanos se preocupan para que sea así. Estar vestido no parece una preocupación: las mujeres caminan con sus faldas cortas y dejan al descubierto unas piernas muchas veces kilométricas, de colores variados, que son las encargadas de llevar a cabo un contoneo de cintura que solo se puede ver en el Caribe, en ningún otro sitio.

Los hombres utilizan muchas veces gafas color negro y se ponen camisas apretadas para sacar a relucir los músculos.  No se descartan los pantalones, pero en la isla de la Revolución los que mandan son los chores. Algunas extranjeras “compran” a su mulato y lo exhiben por la calle con mucho orgullo, mientras él intenta hacerse entender en un inglés infame con acento cubano. Ellas los corrigen mientras se ríen.

Parece un milagro que los carros anden, pero andan. La mayoría de ellos todavía tienen el distintivo de las marcas del enemigo, pero eso solo en la carrocería. Cuando abres el capó te das cuenta que esos vehículos tienen tantos remiendos que hace mucho tiempo dejaron de ser norteamericanos y se convirtieron en un híbrido soviético con imaginación cubana. La mayoría tienen motor a diésel. Las piezas originales hace mucho ya que se rindieron, que decidieron jubilarse, para preocupación de sus dueños.

Por las calles también pululan por doquier los carros soviéticos, arrastrando consigo un pasado polémico, de luchas utópicas que dejaron un amargo sabor de boca en la humanidad. La madre patria para esos carros no existe ya, pero ellos no lo saben, no tienen por qué saberlo. En Cuba ruedan todavía bajo la ilusión de que nada ha cambiado, de que todo sigue igual.

En el Malecón conocí a un ruso parlanchín, quien me invitó a tomarnos unas cervezas en un inglés malísimo, casi risible, mucho peor que el mío. Mientras caminábamos por el malecón buscando un bar, pasó por nuestro lado uno de esos carros, idéntico a los que salen en la película Lo que otros no ven y el ruso se exalta y me dice: Oh! It is a sovietic car. No, no, no, horrible car man, horrible car. Y yo me reí a carcajadas.

2013-03-25 17.12.33Muchas casas de La Habana se están viniendo abajo. Para solucionar el problema, los cubanos ponen palos para aguantar las paredes y techos. Las fachadas de las casas son hermosas, coloniales, espectaculares; pero cuando te asomas por las ventanas y ves el interior de ellas la impresión es fuerte, a veces conmovedora.

En una misma vivienda es normal observar que vivan los abuelos, los padres, los hijos y las parejas de los hijos; incluso a veces los bisabuelos, incólumes ante el paso del tiempo, también viven con ellos.

Las familias se inventan segundos pisos, y hasta terceros, y entre remiendos, tablas y lo que sea, se acomodan allí. Una casa en un barrio común y corriente de La Habana cuesta unos 5000 CUC, alrededor de 6000 dólares. Con un sueldo de 20 dólares en promedio, ahorrar para comprar una casa en esta isla es un acto profundo de fe, por lo que la mayoría hereda la casa de sus padres y así. No hay demasiadas alternativas. El problema de viviendas en Cuba es un tema complejo, difícil.

Los museos en la Cuba revolucionaria  son bastante caros, por lo menos a mí me lo parecieron, pero si te gusta la literatura es obligatorio ir hasta el museo de Hemingway y pagar los ocho dólares para ver la casa donde vivió el escritor estadounidense, hasta que tuvo que irse de La Habana porque el gobierno gringo le dijo que si no volvía a Estados Unidos iba a ser considerado como un “traicionero a la patria”. En ese entonces Cuba ya estaba en las manos de los soviéticos.

Cuando te asomas por las ventanas ves las cabezas de animales guindadas por todos lados, incluso la que Mussolini intentó comprarle a Hemingway, mandándole un cheque en blanco al escritor. Hemingway le devolvió el cheque con una nota de posdata al dictador: “Yo vivo para cazar, no cazo para vivir”. Y allí sigue la cabeza del animal, guindada en la pared.

Tras ver el yate y la casa del escritor, afuera hay un pequeño puesto donde venden piña colada con ron cubano. Pido uno y me lo tomo con parsimonia, apacible ante el paso del tiempo.

El hombre que me sirvió el trago me busca conversación. Reconoció mi acento al hablar y me pregunta sobre Venezuela; yo prefiero evitarme problemas. Le digo que mejor hablemos de otra cosa, que los cubanos tenían una percepción muy errada de lo que pasa en Venezuela.

El hombre se interesó aún más. Me dijo que podía confiar en él, que él se robaba la señal de Univisión y sabía que Venezuela estaba jodida, no como dicen los medios cubanos. En ese momento comenzamos a hablar de los dos países y la historia que me contó fue dura, y la finalizó con una frase lapidaria:

100_4232“Ya yo voy a cumplir 41 años. Trabajé para una empresa de ron aquí en Cuba y me robaba los ingredientes y monté en mi casa mi propio laboratorio para hacer ron y venderlo en el mercado negro,  porque el sueldo no servía para nada. Tenía un amigo que se robaba las etiquetas y las botellas y el negocio era de los dos.

Trabajé en muchas otras cosas, pero siempre terminaba haciendo negocios en el mercado negro; el gobierno de aquí nos obliga a eso porque el dinero no alcanza. Ya estoy próximo a cumplir 41 años y cuando veo mi vida me doy cuenta que aparte de darle de comer a mi familia no tengo más nada: ni casa, ni carro, ni nada que sea mío. Este gobierno me ha pedido entrega, trabajo y sacrificio durante toda mi vida y él no me ha dado una mier… a mí.

La familia de mi esposa está en Miami. Ya estamos haciendo los papeleos para irnos. Eso se llama “Reunificación Familiar”.  Si Dios quiere a finales de este año me voy. Esto aquí no va a cambiar. A la vuelta de la esquina me voy a hacer viejo ¿y qué tengo aquí? ¡Nada!”.

En las noches el miedo no reina, pues la seguridad es una garantía. Los bares y cafeterías de los hoteles están llenos de turistas que hablan animadamente en tan variados idiomas que descifrar el murmullo es una quimera, un imposible. Los cubanos hacen su fiesta con lo que tienen, con lo que pueden. Muchos se reúnen en las plazas y hablan hasta altas horas de la noche. Los jóvenes caminan las calles con botellas de cerveza en la mano y escuchando reguetón a todo volumen. Esa es la música predilecta que mueve los esqueletos adolescentes.

Los músicos se juntan en el Malecón o en las calles cercanas al Capitolio, aunque los sitios varían. Muchos de ellos siempre están borrachos, y no es para menos: el ron cubano es tan bueno que casi es comprensible la borrachera rutinaria de los músicos. Algunos acosan a los turistas soltándoles algunas frases en inglés y si pasa una turista hermosa gritan al unísono: “sesy woman”.

Ofrecen un gran repertorio de música cubana, aunque la predilecta es “Guantanamera”. Con guitarra, tres, bongó y maracas en mano ofrecen un bullicioso concierto de unas pocas canciones a cambio de algunos pesos convertibles o de una botella de ron. Al comienzo te piden 20 pesos, pero luego se conforman con lo que sea, mientras se quejan de que Cuba está jodida y que muchas veces no les alcanza para pagarle el impuesto al Estado.

100_4211No hay demasiado tránsito en La Habana. No hay una sola calle donde se vean colas, a excepción de las avenidas con semáforos. Los conductores le dan paso a los peatones, muchas veces con una sonrisa en su rostro y una frase más cubana que la revolución: “Oye asere, pasa, no hay problema”.  Quizá hubiese caos si hubiese más carros, pero el cubano no se puede permitir el lujo de adquirir uno. No porque no quiera, sino porque los sueldos rondan entre los 10 y 30 dólares al mes y un carro modelo 52 se cotiza en unos 4500 dólares. No hay muchas posibilidades.

El peso de su historia los aplasta, pero muchos se sienten orgullosos de ella, otros no tanto. El sueldo no alcanza para mucho, tu futuro es más o menos igual al del resto así estudies mucho o trabajes hasta el cansancio. No hay meritocracia. Aquí no se compite: se vive y se trabaja el uno para el otro, o eso dice la propaganda oficial.

El miedo de hablar mal del gobierno es constante, pues si te escucha un informante o un representante del CDR local las consecuencias son inenarrables: mínimo la cárcel- dicen. Muchos no están de acuerdo con las cosas que pasan en Cuba, pero el pánico es mayor a sus ideas de cambio y se conforman con la carta de racionamiento y con un sistema de salud que ningún cubano se atreve a criticar, pues dicen que es excelente, “el mejor del mundo”- se atreven a aventurar varios. Los cubanos se van por lo seguro, y lo seguro es lo que les ofrece el gobierno, y así  la vida sigue en La Habana, con sus vaivenes.

Así como el miedo al gobierno es frecuente, el bloqueo se yergue como un cáncer incurable para el país, como el defecto que justifica todos los demás, como la razón para que no se pueda vivir mejor.  En fin, el enemigo está a noventa millas y ha dado muestras de sobra de “querer joder”, e insiste en un embargo económico anacrónico que- quizá queriendo- ayuda a justificar los excesos y las carencias que se viven en la isla, mientras muchos sueñan con cruzar el estrecho de Florida y vivir el sueño americano.

Algunas dudas siguen rondando en mi cabeza  con respecto a Cuba, y por desgracia no las pude resolver en estos trece días de aventuras que viví entre las calles de La Habana olvidadas por los turistas europeos, el hermoso Capitolio habanero, los helados de a un peso cubano que no saben a nada y de los panes chiclosos que comen los cubanos.

Pero sí me quedó una certeza enorme, igual de grande al universo, y es que si los gobernantes que dirigen esta isla fuesen igual de buenos, proporcionalmente hablando, a la calidad humana de los cubanos, esta isla golpeada por un enemigo asesinado y dirigida por un gobierno aún peor,  fuese el mejor país del mundo.

Pronto nos veremos…

La Habana que vi

100_4202Una mirada a la vida de los cubanos más allá de la fachada turística de la ciudad

Los flashes de las cámaras de los turistas que visitan La Habana se estrellan en la preciosa arquitectura de la ciudad. Se pueden ver por doquier a muchos europeos, y en menor medida a unos cuantos latinoamericanos. El Capitolio cubano es la principal atracción a ver, y es allí donde se encuentran los principales  hoteles, por lo que es normal que en las calles aledañas sea donde se concentren la mayor cantidad de extranjeros.

Algunos cubanos les ofrecen a los turistas dar un paseo en sus carretas aladas por caballos, mientras los extranjeros miran con curiosidad los “bicitaxis” y rechazan ofrecimientos de taxistas que los invitan a dar una vuelta en sus carros americanos de hace cinco décadas.

La Floridita, bar de renombre gracias al escritor Hemingway, está repleto a todas horas. En las calles cercanas los cubanos se mezclan con los turistas que recorren las hermosas calles de La Habana Vieja, aunque son pocos los que entran a los locales de comida. En esos sitios hay que pagar con CUC y la economía del cubano de a pie rara vez se puede dar el lujo de consumir cualquier alimento y pagarlo en peso convertible.

Cerca del Capitolio hay también pequeños puestos de comida donde se puede pagar con peso cubano- los llaman “paladares”. Estos sitios abundan por toda la ciudad gracias a las reformas económicas que Raúl Castro promovió el año pasado, permitiendo al ciudadano tener sus propios negocios. La variedad escasea y el menú se basa en pizza con jamón y queso y panes rellenos de “picadillo” o una pequeña croqueta de pollo o jamón. Nada más. Eso sí, las pizzas no superan los diez pesos y los panes cuestan entre uno y cinco pesos. Allí los cubanos hacen pequeñas colas para comprar.

Los ciudadanos se enteran de lo que pasa en el mundo principalmente por Telesur.  La televisión cubana no es demasiado apreciada por los habitantes, por lo que es común observar la preferencia que tiene el canal venezolano en los televisores de la isla. Las personas que alquilan casas para los turistas, por ejemplo, y perciben dinero en CUC, pueden pagar una cuota de 15 CUC mensuales a uno de los vecinos que se roba la señal de Univisión y así poder disfrutar de la programación de este canal estadounidense con sede en Miami; a los que no pueden pagar este monto solo les quedan los canales nacionales y Telesur.

Con cierta frecuencia se puede observar que la policía descubre al dueño que tiene la antena ilegal en el vecindario y le impone multas astronómicas por este acto ilegal. Varios cubanos me aseguraron que el monto al principio era de 500 dólares, pero como nadie puede pagar una cifra de ese calibre, la redujeron a alrededor de la mitad. Mientras pagas la cifra, la consecuencia es la cárcel. Muchos se han quedado encerrados allí por mucho tiempo ante la imposibilidad de pagar.

100_4157Las panaderías y los mercados nunca ofrecen anaqueles totalmente vacíos, pero casi no existe posibilidad de elegir cuál tipo de pan comer, pues se come el que haya, ni cuáles verduras y frutas comprar, pues solo se consigue con frecuencia la cebolla, el tomate, el pimentón, la lechosa, la piña,  la guayaba y el melón, aunque esto depende mucho de la época del año y la suerte. Ni hablar de la carne, que es un lujo que solo se puede degustar si se paga con CUC. Con peso cubano comprarla es una aventura quijotesca. El pollo y el cerdo están dentro de la carta de racionamiento y se pueden comer con frecuencia.

Enfrente del Capitolio hay un hombre que barre la calle. Tiene alrededor de 45 años y es graduado en profesor de Educación Física. Me asegura que no ejerce su profesión porque gana más como barrendero que como docente. “Si doy clases gano unos 18 dólares al mes, mientras que siendo barrendero alcanzo los 25 dólares. ¿Para qué dar clases entonces?- se pregunta- aquí se puede ganar dinero es siendo policía, pero mis ideales están primero antes de convertirme en un corrupto”, me dice.

Julián, nombre ficticio,  recorre las calles de La Habana Vieja vendiendo maní. Se dedica a este trabajo desde hace 19 años. Asegura que la vida en la isla no es mala y que todos los cubanos tienen lo necesario para vivir tranquilo. Lamenta la muerte de Chávez y aclara que gracias a él la vida en Cuba mejoró mucho, al mismo tiempo que defiende el sistema político cubano. “Gracias a Chávez las cosas mejoraron aquí. En Cuba la vida no es mala; nuestro sistema político funciona. Estoy seguro que si Gorbachov no se hubiera rendido y no hubiese traicionado a su pueblo por venderse a los Estados Unidos el comunismo seguiría vivo y fuerte”, explica.

El sueldo mínimo en Cuba ronda los 400 pesos cubanos- unos 14 dólares- pero la abrumadora mayoría de los habitantes de la isla no vive de eso. Un médico puede ganar alrededor de 20 dólares al mes, y dependiendo de la profesión que se ejerza se puede ganar un poco más, aunque no una suma superior a los 30 dólares.

Charlando con un cubano en la calle, este me aseguró que en Cuba solo viven bien cuatro tipo de personas: las putas, los chulos, los policías y los dirigentes. Los demás “guapean” la vida, jugando entre la legalidad y la ilegalidad.

El cubano que trabaja en la industria del habano sustrae algunas cajas al mes de la bodega de la empresa y las vende en el mercado negro, siempre en CUC, y así completa lo necesario para vivir. El que trabaja en las fábricas de ron hace lo mismo. Los ciudadanos empleados en los hoteles o en los comedores del Estado se roban la comida al finalizar la jornada y la venden a sus amigos cercanos- o a quien quiera o se la encargue- en pesos convertibles para así obtener un mejor ingreso, siempre bajo el peligro de que el Estado los descubra y los juzgue.

Muchos le dicen al turista que no se confíe en lo que le ofrecen en la calle, pues muchas veces son productos falsificados y por quererse ahorrar unos dólares pueden terminan estafados. Casos de habanos falsos Cohiba y de ron casero con etiquetas de Havana Club son frecuentes.  En Cuba el mercado negro es un gran negocio que abarca todos los productos, incluyendo la gasolina y los repuestos de los carros. El Estado sabe todo esto, pero lo tolera hasta cierto punto, pues él más que nadie sabe que los sueldos oficiales no alcanzan. Con la ironía caribeña característica, los cubanos te dicen: “Oye mi hermano, tú puedes robar, el Estado lo sabe, pero dale pasito, no te vuelvas loco”.

La prostitución en la isla, tema tan polémico y famoso que repercute en todo el mundo, ha cambiado mucho. Muchas de las necesidades que vivió el pueblo cubano tras la caída del bloque soviético han quedado en el pasado y el negocio del sexo se cotiza en precios mucho más altos. “A las jineteras se les salieron las garras”, me comentan.

Si bien la prostitución en Cuba es ilegal, existen sitios de “tolerancia” en La Habana, donde la actividad se puede llevar a cabo sin demasiados contratiempos. En caso de que los haya, aseguran los cubanos, el tema se resuelve dándole algunos CUC a los policías. Las tarifas rondan entre los 50 y los 180 dólares aproximadamente, y la gran mayoría de casas para turistas no ponen peros en permitir la entrada de las prostitutas a las habitaciones. La prostitución forma parte de los placeres turísticos de la isla caribeña.

El Malecón en las noches es el lugar adecuado para hacerse de los servicios de las cubanas dedicadas al negocio del sexo. La mayor recomendación que se le da a los turistas es que si quiere disfrutar de una noche con una cubana no se arriesgué a pagar a las mujeres que ofrecen precios bajos, pues los riesgos de contagios de alguna enfermedad son altos.

100_4189Si se recorre un poco más La Habana y uno se aleja de los sitios turísticos, se pueden ver casas semiderruidas por el tiempo, que parecen que en cualquier momento se pueden venir abajo. En muchas de ellas los habitantes ponen tablas y palos para crear soportes y evitar que las paredes o los techos se vengan abajo. Muchos prefieren hacer esto antes que ser desalojados y trasladados a albergues a esperar a que les adjudiquen una casa, espera que en muchos casos no tiene fecha de caducidad.

Para evitar el traslado, sobornan a los inspectores con algunos pesos convertibles. Lo mismo sucede si te robas la luz o si te encuentran la antena ilegal. Algunos billetes compran el silencio del inspector, quien se hace de la vista gorda hasta el siguiente mes, cuando vuelve a tu casa a cobrarte nuevamente por su silencio transitorio, efímero.

Carlos, nombre ficticio, es músico de profesión. Se sienta frecuentemente en el Malecón y le canta, acompañado de su guitarra, a todo turista dispuesto a escucharlo, y en la medida de lo posible, que le colabore con “algún pesito”.

Él debe darle 100 pesos cubanos mensualmente al Estado como impuesto por el trabajo que realiza, hecho que le disgusta sobremanera. Asegura que hay temporadas en que no logra ganarse el dinero suficiente para pagar y que la policía lo detiene por incumplir con su cuota. Lo mismo sucede con todos los cubanos, desde el dueño de los “paladares” hasta los que alquilan habitaciones a los turistas: todos deben pagar diferentes cantidades en impuestos dependiendo de la actividad que realicen. La cárcel puede llegar a ser la consecuencia del incumplimiento, aunque muchos cubanos me dicen que esto último no es cierto. Nadie sabe con certeza cuál es la represalia si no pagas tus impuestos por trabajar. Hay muchos mitos; nadie se pone de acuerdo.

Carlos difiere de la opinión de Julián, el manicero. Asegura que la vida en Cuba es muy dura e injusta y que el socialismo de la isla es una gran farsa. “Quizá lo que tienen ustedes en Venezuela se parezca más al socialismo, pero aquí eso no existe. La vida es muy dura, el cubano no vive bien y este país tiene problemas de todo tipo”, explica.

Media hora de internet en un hotel cuesta ocho dólares, por lo que muchos cubanos aseguran que jamás han utilizado este servicio. En muchas de las casas existen conexiones ilegales que ofrecen la posibilidad a los habitantes de tener una cuenta de correo electrónico y conectarse a ella con frecuencia gracias a un servidor que administra la cuenta en el extranjero, a cambio de 15 CUC mensuales que le debes pagar en Cuba a un familiar de la persona que te la administra.  No supe de casos en donde una persona disfrute de un servicio “pleno” de internet en su casa. De hecho, tener este servicio es ilegal.

El sistema de salud en la isla es mágnífico. La abrumadora mayoría de los cubanos te juran que jamás han tenido que pagar un solo peso cuando han necesitado de alguna intervención quirúrgica o consultas médicas. El servicio, con sus fallos, es bastante bueno y las posibilidades de que los cubanos se mueran de causas naturales y no por alguna enfermedad son muy altas. Este es un logro del gobierno que casi nadie se atreve a criticar.

100_4204De camino al aeropuerto charlé con un hombre que prefirió no decirme su nombre. Me aclaró que en Cuba nunca falta la comida ni la salud, pero luego su rostro se ensombreció y me dijo: “¿Y qué sentido tiene tener comida y la certeza de que te vas a morir de viejo si nunca supiste lo que es vivir en libertad, comer lo que quisieras o poder conocer el mundo?”. No fui capaz de mirarlo a los ojos, solo agaché la cabeza.

Dos semanas en Cuba me demostraron que si bien la vida en la isla difiere de las opiniones que expresan los disidentes más radicales al sistema político cubano, Cuba está muy lejos de ser esa isla de la felicidad que gobiernos como el nuestro aseguran que es. La Habana que vi está alejada del hambre y de la miseria absoluta, pero la falta de libertades es palpable en cada esquina de la ciudad.  En Cuba la meritocracia no existe y está prohibido disentir, criticar o  pensar diferente.

En Cuba ser libre no es una opción, y una de las grandes certezas que me traje de La Habana es que después de 55 años de Revolución el “hombre nuevo” del que hablan los marxistas no existe. En la isla no hay tiempo para crear al “hombre nuevo”, pues vivir ya es demasiado trabajo.

Pronto nos veremos…