Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para marzo, 2013

El preludio caribeño

El preludio caribeñoAntes, me comentan algunos que están en la cola, ir al consulado cubano a hacer cualquier trámite era un asunto rápido y carente de sobresaltos. Pero desde que los lazos políticos entre Cuba y Venezuela se fortificaron el asunto cambió. Ahora muchos tienen que volver al día siguiente, en busca de la suerte que no tuvieron ese día

El consulado es una pequeña quinta que queda en un barrio de clase alta en el este de Caracas. Los vecinos sacan sus camionetas último modelo de los garajes y se van a trabajar o a llevar a sus hijos al colegio, mientras que con el paso de los minutos más y más cubanos se suman a la cola, a la espera de que llegue la cónsul.

No pasa mucho tiempo para que los unos hablen con los otros. Algunos se animan a preguntarme cualquier cosa, pero como yo no hablo con acento cubano enseguida me descartan como un posible cómplice de recuerdos compartidos sobre aquella isla de la que tanto hemos escuchado hablar.

Lo primero que me impacta de estos personajes-  sí, porque todo cubano es un personaje- es que a pesar de su risa fácil y sus dotes para hablar con cualquiera de lo que sea, en sus ojos la tristeza es visible, la nostalgia los embarga sin contemplaciones, como un huracán.

Un hombre me busca conversación, a pesar de que no soy cubano. Me imagino que se sentía aislado por no tener a nadie con quién conversar y yo era su víctima más cercana, o más bien la razón es que un cubano no puede estar más de un minuto sin charlar de algo.

Su humanidad reposaba en parte sobre un bastón. Con frecuencia se tomaba la pierna derecha y aseguraba que no podía estar demasiado tiempo sentado porque los dolores eran terribles. Me contó que llevaba más de 20 años en Venezuela y me dijo lo mismo que había escuchado antes: estas colas no existían hace algunos años.

Le dije bromeando que eso no era problema para ellos, pues en Cuba se hace cola para todo. Él señor esbozó una sonrisa amarga y me dijo: “No, mi hermano. Eso era antes. Ese pasado ya quedó bien atrás y a eso no quiero volver jamás. Por eso llevó 20 años aquí. Todo eso lo dejé yo en Cuba”.

Escapó de la isla caribeña luego de pasarse varios años tratando de conseguir una visa de turista. Cuando la consiguió y salió del país “y pisó home”, como él mismo me lo dijo, supo que no volvería a vivir jamás en Cuba.

Con amargura expresa que a pesar de sus 20 años en este país, el gobierno venezolano le denegó su solicitud de nacionalización. No le dieron ninguna razón, simplemente el trámite le fue denegado. “Yo no entiendo nada, chico. Mi esposa es venezolana y llevo años de años aquí y me niegan la nacionalidad. La Defensoría del Pueblo no quiso hacer nada por mí. Pero qué importa, ya yo no estoy para estar peleando”.

“Todos seremos como el Che” me decían cuando era niño, me explica. Entre tanto que hablamos me dijo que a pesar de sus desavenencias con el gobierno cubano, él debía aceptar que la educación que recibió cuando era joven fue de excelente calidad. “Aparte de la gramática del español, nosotros aprendíamos ruso e inglés en los colegios. El ruso porque había que saber el idioma del amigo y el inglés porque había que saber el del enemigo, ese que está a noventa millas. Ahora la educación allá no es la misma de antes”, lamenta.

Aquel señor parlanchín me enseñó unas cuantas palabras en ruso, pero ya no las recuerdo. Me aseguró que era un idioma bastante fácil y que inclusive lo hablaba mejor que el inglés. Luego entramos al consulado y cada uno se fue por su lado. Él iba a renovar el pasaporte de aquel país que había dejado hacía tanto tiempo y que cada vez que visitaba lo decepcionaba más, mientras que yo era el muchacho preguntón que lo quería saber todo sobre una isla que ha dejado cicatrices que no curan en tantas personas, como en aquel señor.

Llené un formulario pequeño y enseñé mi pasaporte, mientras los ojos de José Martí en varias de las paredes desconchadas me miraban fijamente, como si fuese a revivir en cualquier momento.  Había otros héroes cubanos guindados, pero yo no logré saber quiénes eran.

Un moreno les exigía a las personas que se mantuvieran sentadas hasta que las llamaran. Hablaba como si tuviese una papa en la boca; de hecho, así hablan los cubanos: con una papa. Me dieron un papel que me autorizaba a entrar a Cuba como turista, mientras veía por la ventana que el jardín del consulado estaba marchito y que la pintura de las paredes seguía cayéndose sin que a nadie le importara, tal cual como me habían dicho que vería los edificios en La Habana. “Quizá sea esta una demostración a lo micro”, pensé.

Di las gracias al señor que me atendió y me fui. En mi mano derecha tenía el papel que me invitaba a conocer la isla de las leyendas y las quimeras, esa que genera tantos odios y que invita a los utopistas a vivir sus sueños inalcanzables.

Todavía no estaba en Cuba, pero allí me sentía como si ya lo estuviese.

Pronto nos veremos…

 

Aquella calle

Aquella calleQue la calle estuviera oscura ya era normal. Los vecinos habían enviado unos cuantos reclamos a la empresa de electricidad para que acomodara los postes, pero todo había sido en vano. Al final se habían rendido, y yo también. En fin, ya me había acostumbrado a esa iluminación tenue, apagada, que formaba ya parte de esa concurrida calle que en el día recibía las pisadas de los niños que estudiaban en el colegio cercano y que por las noches era el rincón perfecto para que mujeres ligeras de ropa provocaran el lívido de borrachos y de hombres inconformes.

Hoy había salido tarde del trabajo. No era la primera vez. Tomé el último autobús a mi casa y me bajé en esta calle, la más cercana a mi hogar. Es un trecho más o menos largo el que debo caminar, y no puedo negar que desde que me monté en el autobús sentí un vacío en el estómago, pero no esa sensación cliché de las mariposas en el estómago a la que tantos enamorados se refieren, sino ese presentimiento que te embarga cuando presientes que algo malo va a pasar, sin tener ninguna razón por la cual creer que sucederá cualquier cosa.

Apenas me bajé y puse un pie en el asfalto mi vacío en el estómago se acrecentó. Hacía un frío inusual y las manos me temblaban. Comencé a caminar con rapidez; no estaban los borrachos de costumbre ni las prostitutas en busca de dinero, como si ellos también hubiesen sentido este vacío que ahora yo siento y hayan desistido de hacer acto de presencia en aquella calle.

Miraba para todos los lados, mientras rezaba en silencio. Buscaba algo extraño en medio de esa casi total oscuridad; apenas diferenciaba algunas formas enfrente de mí, que me eran usuales: paredes, algún edificio, un cesto de basura. Seguía incrementando la velocidad de mis pasos, y con ellos mis manos temblaban con más ahínco dentro de mis bolsillos. Mi nuca se movía de un lado a otro, persistente en su afán de que mis ojos vieran algo extraño: no había nada, aunque fueron mis oídos los que me hicieron caer en cuenta que algo sucedía a la vuelta.

Al cruzar la esquina vi a una mujer, seguramente una prostituta, quien forcejeaba con un hombre porque este se negaba a pagarle. El hombre la golpeó fuertemente en la cara y la mujer cayó al suelo, ensangrentada. Seguía teniendo esa sensación terrible en el estómago y mis manos seguían temblando, pero decidí ir a hacerle frente a aquel hombre. Él seguía golpeando a la prostituta con saña, mientras ella se cubría el rostro con sus manos revolcándose en el suelo. Me vio cuando me acerqué corriendo a apartarlo de la mujer. En ese instante sacó un revólver; logré verlo a pesar de la oscuridad. Me apuntó durante unos segundos, en los que me mantuve quieto, inerte.

Seguidamente escuché el “clik” inconfundible cuando se carga un revólver, ese que tantas veces había escuchado en las películas. De lo último que fui consciente, antes de escuchar la detonación del arma, es que me había cagado en los pantalones y la orina corría por mis piernas.

Pronto nos veremos…