Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para febrero, 2013

Susana

SusanaLo primero que supe de Susana es que estaba dispuesta a todo por llevar a cabo la lucha proletaria, y yo más bien la única revolución que estaba dispuesto a hacer era entre las sábanas y con ella encima de mí.

La vi por primera vez una tarde de 1959, desparramada en uno de los pasillos de la Universidad Central mientras rasgaba algunas notas con una guitarra maltrecha y desvencijada, y cantaba muy bajito alguna canción en un idioma que me pareció supremamente tosco, enrevesado, realmente incomprensible.

Con vergüenza debo decir que fui un niño mimado hasta el extremo por mis padres, pero también sufrí las consecuencias del carácter impredecible de mi papá y la sumisión y la superstición de mi madre.

Carlos, mi padre, entró al ejército cuando Juan Vicente Gómez estaba próximo a fallecer. Lo hizo porque siempre fue un pusilánime y un imbécil, jamás se atrevió a tomar una sola decisión en toda su vida y prefirió alistarse para que los demás tomaran por él las decisiones determinantes de su existencia.

Fue un cadete servil y sumiso, por lo que uno de los coroneles, tras algún tiempo, le presentó a su hija y le pidió que la cortejara para que se casase con ella. Mi padre obedeció las órdenes de su coronel y un año después se casó con Gloria, mi mamá.

Nunca supe si de verdad mi padre se casó con ella porque de verdad estaba enamorado o porque la vio como una oportunidad para ganar puntos con sus superiores y escalar posiciones rápidamente en el ejército. Lo que sí sé es que mi abuelo le pidió aquello a mi padre para tener controlada a su hija y decidir su futuro. En eso se parecían mi papá y mi abuelo: te subyugaban y te podían absorber los sesos con un pitillo.

Si estar enamorado es sinónimo de fidelidad, entonces les puedo decir que mi papá no quiso un ápice a mi madre. Me consta que fue un asiduo visitante de prostíbulos y en más de una ocasión llegó a la casa borracho, con la bragueta abajo y con manchas de pintalabios en su camisa.  Creo que la única decisión que tomó él por cuenta propia en toda su vida fue haberse convertido en un putañero de grandes ligas. Mi padre era un campeón en las refriegas amorosas; en eso me puedo sentir orgulloso, si es que fornicar como un animal se puede tomar como una gran virtud en un hombre.

Mi madre lloraba en silencio y se aguantaba todo. Ella era una profunda creyente en la fe católica, y mientras mi papá se revolcaba en camas chirriantes con mujeres de alquiler, mi mamá se arrodillaba en la iglesia y le pedía a Dios que hiciera su vida un poco menos miserable.

La religión no es un tema que me haya interesado demasiado a lo largo de mi vida, pero les puedo asegurar con conocimiento de causa tres cosas: si Dios existe nunca le dio la gana de ayudar a mi mamá. Si Dios existe nunca le dio la gana de escucharla, o la tercera y mucho más racional: Dios no existe. Yo tiendo a inclinarme más por esta última.

Bajo las osadías sexuales de mi padre, y su mano de hierro para educarme, crecí en una casa donde mi mamá todo lo solucionaba rezando y mi padre golpeando y pasándole por encima a todos y a todo. Ahora que lo pienso bien, Gloria- mi madre- fue aún más sumisa y chupamedias que mi padre, pues condenó su vida sin rechistar al lado de un hombre implacable, pero al menos fue una buena persona; no puedo decir lo mismo de él.

Haciendo gala de su educación castrista y cuadriculada, también debo asegurar con gran tristeza que mi padre fue un fascista recalcitrante, abnegado. Tanto así que cuando yo tenía unos pocos años viajó a Alemania y a Italia a presenciar como la sociedad fascista de Hitler y Mussolini “ponían orden en sus países”.

Volvió un mes después con algunos regalos y algunos dulces, que no recuerdo haber disfrutado ni haber comido. Lo que sí recuerdo es que ese fue el mes en que más feliz vi a mi madre, jamás la había visto sonreír tanto. La pasamos tan bien esos días sin él que creí que el paraíso que Dios prometía en la biblia no estaba en el cielo sino allí, en mi casa junto con mi madre.

Mi padre me comentó a su llegada que una guerra en Europa se aproximaba y que la raza superior sería la que vencería. Me dijo que eso demostraría que esas huevadas de la democracia eran para los débiles y que los hombres fuertes son lo que tenían que mandar en los países. Mi papá se creyó de la raza aria, y el muy pendejo era más venezolano que la arepa y más latino que una canción de Celia Cruz. Ese personaje era mi padre; aun no sé si de verdad lo quise alguna vez.

Crecí y llegué a la universidad en ese ambiente familiar, lo cual me hizo ser una persona insegura y sin confianza; mis padres también quisieron decidir mi futuro por mí, pero yo los mandé al carajo y entré a estudiar literatura en Universidad Central. Mi papá me echó de la casa por “estudiar pendejadas de maricos”. Él quería que yo fuera militar como él, pero yo le dije que a mí me gustaba pensar. Creo que no entendió nunca el significado de esa frase.

Trabajé en lo que pude y alquilé una habitación. Entré a la universidad a los 20 años, más maduro pero con las mismas inseguridades que tenía cuando vivía con mis padres. A esa edad jamás había tenido una novia ni había visto a ninguna mujer desnuda, lo cual me hacía presumir con vergüenza y tristeza que mi imagen podía ser la de un pajero irrefrenable, lo que no estaba tampoco demasiado alejado de la realidad.

Pero allí estaba ella, con su guitarra, con algunos libros de Marx regados en el suelo y unos pechos notables y resaltantes; y allí estaba yo, un hombre tímido y avergonzado. Junté valor y me le acerqué preguntándole en qué idioma cantaba- ruso, me dijo- y le expliqué que yo también tocaba la guitarra- cosa que era una mentira a medias- y junto a ella pasé toda esa tarde, hablando de la lucha proletaria, de la Unión Soviética y enseñándole unos pocos acordes que me sabía. Ese día, puedo decir, fui más comunista que Engels, Marx, Lenin, Stalin y Trotsky juntos.

Esa tarde descubrí el poder que tienen un par de buenas tetas en los hombres; ese día me sentí capaz de cualquier cosa y Susana lo valía. Ese no fue un día cualquiera, me sentí por primera vez un hombre pleno, y mejor aún, un hombre libre.

La volví a ver un par de veces más en los pasillos y la invité a salir en las dos oportunidades- mientras me sudaban las manos- pero ella se negó cortésmente aduciendo compromisos impostergables.

No eran tiempos fáciles aquellos. El gobierno de Betancourt perseguía a los guerrilleros y los comunistas estaban en el ojo del huracán. La última vez que la vi me dijo que se iba a unir a un grupo comandado por Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez que harían la revolución como Marx les había enseñado: por la fuerza y aplastando a la burguesía apátrida y explotadora. Le pedí que no fuera- aunque no éramos todavía demasiado amigos en ese momento- pero ella arguyó que si hay que dar la vida por la revolución, pues la daría.

Cuando se fue lloré como un niño su partida, como si entre ella y yo hubiese existido una relación estrecha y apasionada. Eso era lo que yo quería creer, y mi corazón también

El día que los guerrilleros asaltaron el Tren del Encanto, donde hubo enfrentamientos con el ejército y murieron civiles, una de las guerrilleras que asesinaron fue a ella. Me enteré viendo el noticiero. Cuando dijeron su nombre el mundo se me vino abajo. Mostraron su cadáver junto a otros, con su cara llena de barro, mientras yo miraba estupefacto la pantalla a blanco y negro.

Logré averiguar tiempo después dónde la enterraron y vengo una vez al año desde hace 20 a traerle flores a su tumba. Casi siempre lo hago el día en que la asesinaron, no sé por qué. La primera vez que vi su tumba no me embargó la tristeza, sino más bien la nostalgia. Su muerte no hizo desaparecer el deseo que sentía hacia ella, sino más bien avivar mi frustración de siempre, la que me ha caracterizado.

Al son de hoy estoy casado, tengo dos hijos y disfruto de una buena vida en pareja. Incluso así, descubrí hace ya algún tiempo que me gusta más el sexo que imagino que el que practico, y creo que eso se lo debo a Susana. Ya se podrán imaginar ustedes quién es la protagonista única y estelar de las refriegas maratónicas que solo se pueden llevar a cabo en mi cabeza.

Quizá pensarán que soy un pervertido, pero algo debía sacar de mi padre ¿no?

Pronto nos veremos…

El verde olivo

El verde olivoEn mi curso de inglés hay dos personas que se llaman Tomás, por supuesto yo soy uno de ellos. Por muy raro que parezca, yo no conozco a ese otro Tomás, y creo que él no me conoce a mí. Así es la vida: nos pasamos por el lado los unos a los otros sin importarnos demasiado lo que nos rodea.

El hecho es que un día llegué a mi clase de inglés y mi profesora, una nueva, me preguntó en su inglés impoluto de Montana cuál de los Tomás era yo. Fruncí el ceño porque no sabía que responderle. Pensé en un principio que no entendía su perfecta pronunciación, por lo que le pedí que me repitiera la pregunta, y por supuesto volví a entender lo mismo.

Le dije: “I do not know what are talking about”. Ella se rio por mi infame pronunciación y me dijo que había otro Tomás en el curso y que no lograba diferenciar cuál era cuál. Me reí con ella y luego me comentó que dentro del instituto varios profesores tenían la misma duda y lograban diferenciarme a mí del otro Tomás con el apode de “The President”.

Les tengo que confesar que no entendía un carajo de nada, así que le pregunté:  ¿Por qué soy “The President”, teacher? Mi profesora me respondió que yo era un hombre parlanchín y de buen porte, y que por consiguiente tenía pinta de ser un político en potencia, un hombre que con mi verbo podía soñar con la presidencia de la república.

Les puedo decir que me reí a carcajadas, mientras intentaba responderle en mi inglés chapucero que jamás habría creído que los profesores me diferenciaran “del otro Tomás” por esas características que jamás pensé que tenía-  y que sigo pensando que no tengo.

Pues sí, soy el hombre llamado a ocupar la presidencia de la república de este país, o por lo menos esa es la opinión de mis profesores de inglés.  No quise romper con sus ilusiones, pero debí hacerlo para evitar falsas expectativas en ellos; les expliqué que estoy impedido de ser presidente porque no nací en este país (I was born in Colombia- le dije) y por supuesto la constitución de Venezuela no me permite ejercer como primer mandatario a consecuencia de este impedimento.

La segunda y última razón por la que no puedo ser presidente, le comente a mi profesora, es la más importante: If I wanted to be a president, I would have to be a bad person and I do not want to be a bad person. Le dije esto mientras ella asentía con la cabeza como dándome la razón, como apoyando que mi corazón bondadoso no se involucrara en los entresijos y las marra musías de la política

Los sueños de la presidencia nunca serán logrados por mi parte, por las razones antes dichas, pero no les puedo negar, queridos lectores, que si la voluntad divina y la del pueblo me pudieran poner en la silla presidencial por un periodo, les diría que mi primera medida como presidente sería abolir el ejército.

Por supuesto este acto llevaría su tiempo y no bastaría solo con la voluntad del presidente, pero les podría jurar que daría todos mis esfuerzos por lograr ese cometido. Esta misión sería el principal aliciente por el que mandaría todo al carajo y me lanzaría a una hipotética candidatura presidencial.

Esta se generaría solo por la indignación que me da ver que un país con tantos problemas como nosotros gastar mucho dinero de su presupuesto nacional manteniendo el sueldo de los soldados y comprando armas en el extranjero, para armar a un grupo de hombres y mujeres que jamás defenderán ninguna soberanía porque no habrá guerra en la cual defenderla.

Ninguna potencia nos va a invadir, señores. No estamos en la época de la colonia. Los gringos nos compran el petróleo y los demás países nos comprarán también las demás riquezas que poseemos, en el caso que las queramos vender. No hay enemigos que nos quieran robar el país: no hay espías de la CIA ni tampoco paramilitares con intenciones de asaltar Venezuela.

Es más, por muy cruel que suene, si esto que acabo de decir no es verdad y la invasión norteamericana, o de la potencia que sea, es inminente, no les vamos a ganar la guerra a nadie, ni siquiera a la marina de Bolivia- que por supuesto no existe.

Estamos tan sumergidos por parte del Estado venezolano en un discurso tan burdamente nacionalista que a veces nos creemos esos rollos de la “patria” ´para justificar unos gastos en armas simplemente inverosímiles.

La “patria” ha sido un concepto tan manipulado y amoldado a las condiciones históricas de cada país que prácticamente puede significar cualquier cosa. Este gobierno no es la excepción: ellos hacen su propia lectura de lo que es la “patria” para vendernos un concepto que simplemente no está escrito en ningún lado.

Se ha relacionado la patria con la fuerza y la necesidad de ir a luchar y dar la vida si es necesario, cosa que es el cliché histórico más grande todos. Los que les puedo decir es que conmigo no cuenten. Yo no daré la vida por ninguna patria y menos mientras los burócratas ven la guerra desde la televisión. A mí me encontrarán enconchado debajo de mi cama muerto de miedo. En este país “ir a la guerra” no es más que un chiste de mal gusto, un recurso más del populismo.

El asunto de los militares es una gran mentira, que trasciende mucho más allá de los hechos que acontecieron con los estudiantes en la Embajada de Cuba, por ejemplo. Para mantener el orden solo se necesita una policía bien armada, bien pagada y bien entrenada para que salvaguarden la vida de todos y hagan respetar los límites fronterizos.

Saldría todo mucho más barato y el Estado destinaría los miles de millones que se gasta comprando armas a Rusia en los verdaderos problemas de los venezolanos: salud, alimentación, infraestructura, deporte y planes de desarrollo económicos serios.

Tantos hemos sido víctimas de los “matraqueos” y de las faltas de respeto de los militares en este país que a veces se me da por pensar si de verdad esta propuesta de eliminar el ejército tendría buena acogida entre mis compatriotas venezolanos y me echarían “una ayudaíta” para que esto no sea solo un sueño quimérico.

Lo que sí está claro es que a presidente no puedo llegar, por la primera razón antes expuesta, pero las leyes sí me permitirían aspirar a un alto cargo de gobierno y comenzar a mover los hilos desde ahí… sería una opción.

Ya sé que se preguntarán ¿Y qué pasa con la segunda razón, Tomas? Pues quizá a veces en esta vida se tiene uno que untar de barro para poder sembrar las flores.

Pronto nos veremos…

El día devaluado

El día devaluadoLa única “amenaza” que uno puede aceptar con alegría y simpatía es la inminente llegada de las vacaciones. El chat de Facebook fue el medio por el cual se concertó la cita para charlar sobre nada y reencontrarse con los compañeros de la universidad, alejados por la dichosa separación de los días libres.

Mi amigo me dijo que llevaría a su novia y a un amigo a la reunión, y yo impuse con autoridad el lugar donde comeríamos. Nos encontramos en las afueras de la estación de Metro de Capitolio, rodeados de buhoneros chavistas con franelas rojas cubriendo sus humanidades.

Mi amigo, su amigo y yo tuvimos que esperar sentados en un banco la llegada de la novia. Parece una misión imposible pedir puntualidad a una mujer. Mientras esperábamos, una señora con el diario Ciudad Caracas en sus manos se sentó junto a nosotros y se puso a escuchar nuestras conversaciones. Sin complejo alguno, nos comenzó a hablar unos minutos después y nos comentó sobre un fotógrafo de ese diario, que era conocido suyo, que murió tras más de tres meses luchando por su vida a causa de un accidente de tránsito. Luego nos recomendó hacer un curso de no sé qué en un instituto chavista, se paró y se fue. No entendíamos nada sobre la ambigüedad de los temas de conversación de esa mujer. La despedimos con sonrisas, a falta de no saber qué otra cosa hacer.

La novia llegó. El cuadro era un poco gracioso: mi amigo un luchador de utopías, su amigo un amante de Faulkner, la novia una geóloga arrepentida- y fotógrafa en ciernes-  y yo hablaba de Bolaño y de las locuras Mein Kamp de Hitler. Un cuadro cantinflesco, pero excepcional.

Si bien yo ya había impuesto la visita al Café Venezuela como lugar para comer- hay que aprovechar los subsidios inverosímiles y desordenados de este gobierno- el que llevó las riendas de los lugares a visitar fue mi amigo el de las quimeras, el hombre que va a luchar por lo imposible con recursos escasos. Decidió que entraríamos a la Alcaldía de Caracas, y lo hicimos.

Él, hombre sapiente de la historia, nos explicó la razón de ser de muchos de los objetos que allí se encontraban, mientras caminábamos por los pasillos y veíamos las paredes forradas de cuadros con la cara de Chávez. Había un salón exclusivamente de pinturas que mostraban al presidente en diferentes facetas. Me dio asco; sentí náuseas y preferí salir y sentarme en la fuente. El mesianismo político y el nacionalismo son dos causas perfectas para irse en vómito en cualquier momento.

Salimos de la Alcaldía y fuimos al Café Venezuela. Había una cantidad considerable de personas antes que nosotros. Nos pusimos en la cola y comenzamos a charlar, mientras tres gringos- con una pinta de mochileros que no se la quitaba nadie- caminaban de arriba abajo tratando de entender que cosas había y que iban a comprar. No entendieron mucho. Antes de que se fueran, escuché que a uno le decía a los otros dos, con un acento de cualquier sitio: I prefer to go to other place. The attendant does not speak english and I can not understand what kind of food there is here. Cruzaron el portal y se fueron.

Mis amigos hablan inglés, los hubiesen podido ayudar. Estuve tentado a llamarlos para que regresaran, pero luego pensé: que se jodan esos gringos, que aprendan español.

Azuzados por la fama que tienen los helados Copelia, pedimos helados y nos preparamos para degustar algo distinto. Salimos decepcionados, pues el helado no fue gran cosa, pero al menos nos fuimos contentos porque la cuenta fue realmente pequeña.

El amigo de mi amigo, que ahora es mi amigo, comentó algo sobre un libro bueno de Faulkner que vendían por ahí cerca, pero no le prestamos atención. Luego el celular de mi amigo vibró y lo sacó de su bolsillo; tras unos pocos segundos, nos dijo: devaluaron el bolívar a 6.30.

Una cara de Chávez sonriente en un afiche enfrente de nosotros era el contraste de nuestra tristeza. Un golpe fuerte otra vez a nuestra economía- pensamos. El amigo de mi amigo, que ahora es mi amigo, pidió que entráramos a una librería a ver no sé qué libros. Lo hicimos, aunque solo él los veía; los demás caminábamos por los pasillos viendo tomos sin, en realidad, ver nada. Nos invadió un leve sentimiento de tristeza luego de saber la noticia. Al amigo de mi amigo parecía no importarle demasiado los asuntos de la economía.

Compramos una que otra cosa y salimos a la calle. Dejando la librería atrás pensé que el buen día de charla con los amigos había sufrido un duro golpe- el dólar y sus poderosas hazañas- pero la amistad- concluí- por suerte, no se cotiza en el mercado de valores.

Pronto nos veremos…

 

La pasión por escribir trasciende

La pasión por escribir trasciendeÁngel Gustavo Infante decidió desde muy pequeño aferrarse a las palabras y dedicarse a crear historias, actividad que comparte con la docencia en la Universidad Central de Venezuela,  y también como investigador en la misma casa de estudios

A los ocho años, cuando cursaba tercer grado de primaria, recibió su primer premio en el colegio por una composición suya. En sexto grado también se llevaría el mismo honor y el camino había comenzado a forjarse para un escritor que en la actualidad puede presumir ya de algunos galardones, entre ellos el Premio Fundarte de Narrativa y Premios de cuentos de El Nacional.

Ya sabiendo que su vida estaría ligada a las artes, Infante comenzó a escribir de una manera organizada a los veinte años, edad en la que se propuso entender las formas narrativas y abordarlas lo mejor posible para realizar un historia con vida propia. “Muchas veces se escribe una novela, un cuento o un poema, pero no necesariamente eso se convierte en literatura”.

La literatura trasciende más allá de la escritura misma. El texto debe cumplir con unas exigencias estéticas  mínimas para poder ser catalogado literario.  “Aquí no importa lo que se dice si no cómo se dice”.

Basándose en esta premisa, Infante argumenta así su crítica hacia la literatura “betseller”, o como muchos la llaman: sub literatura. Entre las funciones de los buenos libros se encuentran, no solo divertir al lector, sino que también debe existir un gusto por las palabras, un gusto por la historia, una reflexión o una enseñanza de un personaje que le movió cosas internas al lector. “Este tipo de literatura es como ver una película de acción: luego de que termina, no te queda nada para pensar”.

Su primer libro y Joselolo

En 1987 publica su primer libro, titulado Cerrícola, por el que ganó el Premio Fundarte. En la reedición de este mismo libro, donde Infante le agrega un nuevo cuento, se daría a conocer una de sus historias más populares: Joselolo.

Así como Joselolo, los demás personajes de Infante no reflejan un anhelo de él que no pudo ser en la vida real y que debió darle vida en la ficción, sino que son la celebración de lo que el autor ha sido hasta ahora. Joselolo es, entre otras cosas, la peculiaridad de su infancia en el barrio de Coche, la miseria de la pobreza, la expresión del vicio de las drogas… Joselolo es el reflejo del alma de Infante, no un lamento de una vida que no pudo vivir.

Desde que comenzó a escribir en su niñez, y luego en su veintena, jamás comprendió por qué lo hacía; no había explicación para ello. Es una actividad innata, que nace con la persona y que se debe decidir si se toma o se deja. Él la tomó.

Pero al hacerlo, dejó algo en claro: escribir es un acto que no tiene nada de desesperación, pero sí es algo visceral y que también tiene mucho de ejercicio intelectual. “Posee de todo, porque es un hecho muy pasional, pero quizá, antes que nada, de mucho desarrollo intelectual; aunque haya cosas que la razón no domine”.

A pesar de que son muchos los escritores que dicen tener personajes en el ámbito literario a quienes siguieron cuando comenzaron a escribir, Ángel Gustavo Infante asevera con tranquilidad que no es de esos escritores que hayan copiado un estilo y se hayan desarrollado en él, aunque no niega que es un gran fanático de la obra de García Márquez y de Truman Capote, así como un gran admirador de Salvador Garmendia y Adriano González León. “Es muy difícil hablar de influencias. Uno ha leído a tantos buenos escritores… quizá me marcó alguno y ni me doy cuenta a la hora de escribir”.

Roberto Bolaño y los cuentos

Venezuela es un país con una tradición de grandes cuentistas, y haciendo gala de esta, Infante asegura sentirse más cómodo escribiendo cuentos, aunque es autor de la novela La rumba soy yo, publicada en 1992.  No descarta escribir otra en el futuro, aunque asegura que las novelas requieren de un trabajo muy grande por el tiempo, que muchas veces no le sobra a causa de sus variados trabajos.

Como buen amante de los cuentos, Infante da como ejemplo a seguir a Roberto Bolaño, escritor chileno que revolucionó la manera de escribir en Latinoamérica y que logró aportar otro tipo de narración a los cuentos. “Bolaño cambió las formas. Dejó de lado la manera clásica de narrar e involucró en una misma historia otras varias, cosa realmente complicada teniendo en cuenta la corta longitud de un cuento. La obra de Bolaño es de alta factura literaria”.

Vivir de la escritura

Así como Ángel Gustavo Infante supo desde muy pequeño que dedicaría el resto de su vida a la literatura, también supo que vivir de ella iba a ser un imposible en este país. Consciente de esto, se resignó a que tendría que turnar sus deseos de escribir con otros trabajos que le dieran beneficios económicos. Al comienzo fue incómodo, pues en la adolescencia pensó en solo escribir, pero luego comprendió que debía dedicarse a la docencia, y posteriormente a la investigación, para tener un sueldo estable.

Sin rencores asegura que se acostumbró a no poder dedicarle todo el tiempo que quiere a la escritura; pero aprendió a disfrutar la docencia y la investigación le ha abierto los ojos y lo ha nutrido intelectualmente. “Tuve la oportunidad de conocer a Arturo Uslar Pietri y a Alejo Carpentier. Uslar un día me dijo que ni él pudo vivir de la escritura en este país. Esa es la realidad a la que nos enfrentamos los escritores aquí”.

Venezuela y la política

Venezuela es el ambiente donde se desarrollan sus personajes; el  país es el contexto que lo explica. Es sus alcances y sus limitaciones. Todo esto tiene que ver con la conformación nacional. No descarta que alguna vez involucre su ideología política en sus ficciones, pero siempre que estas no rompan la estética literaria. El país no solo lo representa a él, sino también a toda su obra.

La política en sus historias puede ser una posibilidad, pero hacer de un pasquín su pasión, no es algo que se le haya pasado por la mente jamás.

Recostado en la silla de su austera oficina en Los Chaguaramos, Infante habla pausadamente, gesticula de vez en cuando y se mueve en su silla para cambiar la postura, luego de algunos minutos.  Responde entre risas que  no comparte esa visión de muchos escritores de menospreciar las obras de los periodistas que se dedican también a la literatura. Asegura que esa es una corriente de pensamiento que desprecia a los periodistas porque odian la austeridad del periodismo, la simpleza en su manera de comunicar. “Yo no estoy a favor de ese pensamiento. Hay periodistas que escriben muy bien literatura. Muchos escritores no se dan cuenta que el periodismo es veloz, que es para el día siguiente y necesita ser sencillo. Eso no lo valoran”, opina.

La quimera de los escritores

Roberto Bolaño dijo en una entrevista, pocos años antes de morir, que todas las personas estaban condenadas a desaparecer, no solo físicamente sino también históricamente, a pesar de los esfuerzos de muchos por vivir más allá de la muerte utilizando sus libros. Infante asegura que Bolaño tiene la razón y que es una necedad pensar que se pueda ser recordado más allá de la muerte a través de los escritos.

Aunque sí expresa que la gran mayoría de los escritores son conscientes de esto y que sus textos no son una esperanza de vida más allá de la muerte, sino una necesidad vital de expresión. La esperanza de trascendencia queda de lado para él, ya que la necesidad de comunicar su modo de ver el mundo es lo vital a la hora de escribir.

A sabiendas de esto, Infante explica que le pide a Dios mucha salud, pues aunque tarde o temprano vaya a morir, hasta el último segundo que le sea posible, seguirá tecleando la computadora haciendo lo que más le gusta hacer: escribir.