Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para enero, 2013

Franco

Franco1

Franco tenía prohibido hablar de su padre. Nunca se lo habían dicho de una manera explícita, pero cuando comenzó a crecer supo de un momento a otro que no debía hacer más preguntas al respecto, que aquel señor que sus amigos llamaban papá era una figura que no existía para él, que estaba prohibida en su casa.

A la que conocía bien fue a su madre, Marta, quien era muy querida en el barrio, lo que a la postre significó que todos los vecinos lo adoptaran a él, de una manera u otra, como uno más de sus familias. Por lo menos así fue en un comienzo.

Era muy difícil no saber quién era ella y su pequeño hijo. Cuando llegó al barrio arrastrando una maleta, y con sus pies descalzos, muy pocos fueron los que no la vieron caminar por las calles destapadas buscando una dirección que le era esquiva; en su rostro se reflejaba la miseria y la incertidumbre, y no hubo persona que los viera pasar y que no sintiera un poco de lástima hacia esa campesina miserable y su hijo recién nacido que colgaba sobre sus pechos, medio muerto y con un color amarillento en su piel que pronosticaba una muerte cercana, inminente.

Pero Franco no moriría. Ese día, tras dar muchas vueltas, Marta por fin consiguió la casa que buscaba. Era una vivienda en el sur de Medellín, que se encontraba  al borde de una colina. La casa estaba desnuda, no había pintura ni cemento sobre sus bloques, y el único adorno que tenía a simple vista eran unos harapos que colgaban de las ventanas.

Les abrió la puerta una mujer de la edad de Marta, quien sorprendida y luego eufórica los invitaría a pasar. Ese sitio es el único lugar en el que Franco recuerde que haya vivido alguna vez.  El escaso pasado que le pertenecía antes de su llegada allí no interesaba demasiado. No había nada bueno que rememorar, aunque luego sabría por qué.

De esa mujer que abrió la puerta, Franco no recuerda demasiado, pues cinco años después de que él llegara con su madre a esa vivienda semiderruida, ella la abandonaría para siempre.  No se fue porque quiso; unos hombres vestidos de blanco llegaron a la casa y se la llevaron cargada hasta una camioneta que hacía un ruido insoportable. Luego se fueron y no volvió a verla jamás.

Lo que él sí recuerda es que estuvo presente en un acto que le pareció bastante extraño: luego de ese día, fue junto con Marta a un sitio silencioso y triste. Había un cajón en un hueco y un par de gamines le echaban tierra encima. Gente, vestida de negro, sollozaba mientras algunas mujeres lanzaban flores sobre la caja. Él no entendía nada, pero por alguna extraña razón se sintió igual de afligido que todos los demás que estaban allí presentes.

–          Mamá ¿Qué estamos haciendo aquí?- preguntó.

–          Mirando como una persona va al cielo.

–          Pues si ir a cielo es algo tan triste, mejor no nos vayamos nunca de Medellín.

Luego de esa tarde tan lúgubre, volvió a la casa con su madre y supo que de allí en adelante la vivienda sería de ellos. Ya la señora que vivía allí no estaba, por lo que había más espacio para jugar y una persona menos con quién compartir el baño. “Después de todo el cielo nos hizo un favor”, pensó Franco.

Para correr con todos los gastos, que antes eran compartidos, Marta cocía pantalones golpeados por el paso del tiempo y hacía cortinas con tela barata para sus vecinas. Los fines de semana se iban a la plaza principal de Medellín, montados en una carreta de madera arreada por un caballo viejo y medio ciego, que le compró a un vecino cocainómano por unos pocos pesos.

Estando en la plaza, se encontraba con un campesino que le vendía algunas frutas al mayor y luego montaba un pequeño taburete a unas cuantas cuadras más al norte, donde la gente de clase media tenía sus apartamentos y salían a pasear en las tardes domingueras.  Allí montaba pequeños ardides y ofrecía la mercancía con un histrionismo envidiable, lo que a la postre colaboraba a que las ventas fueran bastante buenas.

2

El primer capricho inalcanzable en la niñez de Franco fue un televisor. Un día mientras caminaba a su casa, se consiguió algunas hojas de periódico en el piso. Tentado por leer las palabras llamativamente coloridas de una página que estaba a la vista, Franco tomó las hojas y leyó con atención. Era una publicidad que hacía alarde de las bondades de tener un televisor en casa, y se imaginó lo maravilloso que sería tener esa caja donde salía tanta gente conocida en la sala de su hogar.

Marta se rio con tristeza cuando su hijo llegó a la casa exigiendo la compra del aparato.

Ese fue el primer día en que Franco vivió en su versión más cruda el poder del dinero. Aquel día tuvo consciencia de su pobreza.

Pocos días después, ocurrió un hecho memorable. Una tarde al llegar del colegio, un hombre con una voz fortísima y grave hablaba sin parar en la sala de su casa. Esa voz no le era para nada conocida, por lo que se asustó un poco. Al entrar, vio a su madre tejiendo, no había más nadie allí. Al ver la cara de desconcierto de su hijo, Marta le dijo:

–          He comprado una radio.

Aquello no era un televisor, pero ese fue el día más feliz de su infancia.

3

En las tardes, al llegar del colegio, Franco escuchaba las noticias junto a su mamá, mientras ella seguía cosiendo y recortando telas. Todos los resúmenes noticiosos hablaban de atentados de los guerrilleros y de campesinos desplazados de sus tierras. De vez en cuando, cuando el sonido del aparato no lo obnubilaba, se daba cuenta de que Marta lloraba furtivamente, borrando rápidamente sus lágrimas con las manos, y que al terminar el noticiero se quedaba mirando a la nada, perdida en sí misma.

Un tarde, mientras aquella voz grave y ausente de las noticias hablaba, su madre lo vio y le dijo:

–          Ellos nos quitaron todo, inclusive a tu papá.

Por primera vez Franco lo entendió todo. No hubo necesidad de decir nada.

Al acostarse, algo había cambiado en él, aunque no logró saber qué.

4

En las noches, luego del noticiero, Franco sintonizaba la estación de Deportes para escuchar los partidos del Independiente Medellín, equipo del que se hizo hincha por su amigo Miguel,  a quien conoció un día jugando fútbol en la cancha del barrio, y quien era mayor que él.

Miguel iba regularmente al estadio a ver los juegos. Cuando no conseguía entradas, invitaba a Franco a su casa a ver los partidos por televisión. La primera vez, Franco no salió de su asombro:

–          ¿Cómo hace usted para tener plata y comprarse un televisor?

Miguel se rio.

–          ¿Sabe quién es Pablo Escobar?

–          Por supuesto- aseveró- él y las Farc salen todo el tiempo en las noticias.

–          Pues yo trabajo para él. Se gana tan buen dinero que me doy estos gustos. Cuando quiera le cuadro un trabajito.

–          ¿Pero ese hombre no es malo?

–          ¡Qué va! Malo para los políticos.

Se quedó pensativo por unos segundos.

–          ¿No soy muy joven para que me den trabajo?

–          En este negocio, no.

Ese día el Independiente Medellín ganó, pero la inocencia de Franco se fue al cielo. La niñez, había quedado atrás.

Pronto nos veremos…

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En la unión está la fuerza

maduroLos tiempos ya han cambiado, incluso los sacos y corbatas se han abierto un hueco en el imaginario revolucionario, y sus líderes se presentan a las citas importantes con trajes occidentales. Pero la incertidumbre, el miedo y la esperanza  no se pueden borrar con colonias caras y ropa elegante.

La revolución se tambalea, como también lo hace la salud del gran líder del “Socialismo del siglo XXI”. Mientras que en La Habana los médicos siguen luchando por establecer su voluntad, en la Venezuela de los Maduros  y los Cabellos se rumoran pugnas por el poder, rumores que no están comprobados y que pueden ser solo parte de la imaginación criolla.

“Aquí nadie tiene intenciones personalistas”, dice el segundo a mando del timón ante la ausencia del mesías, pero el hecho es que político que se respete quiere el poder para él, pues político que renuncie al poder es político que no lo es. Así sigue la cosa: sin gabinete reelecto, los que ya estaban siguen, pues esperan- en la mismísima espera- que su coroto no quede libre.

Pronto nos veremos…