Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para diciembre, 2012

Una tristeza muy triste

Una tristeza muy tristeHace unos días fue a mi universidad Carlos Subero, periodista que escribió el libro “La Alegría Triste de Emigrar”, donde relata las historias de los venezolanos que se fueron del país y emigraron a Estados Unidos o Canadá. No pretendo, claro está, hacer un análisis de su texto ni mucho menos, solo quise mencionarlo porque el título de este artículo está inspirado un poco en su libro, recientemente publicado.

Mi título resume simplemente mi sentir en este momento. No pretendo, esta vez, tratar de tener la razón, empresa titánica en la que he fracasado constantemente, sino expresar lo que sentí la noche del 16 de diciembre cuando se dieron a conocer los resultados de las elecciones regionales.

La verdad, siendo muy sincero, que hayamos perdido gran parte de las gobernaciones me parece ya un hecho anecdótico. Lo que de verdad desató mi furia y mi posterior tristeza fue el nivel de abstención que hubo por parte de la ciudadanía. Apenas fue a sufragar algo más del 50% de los electores, eso en un país totalmente polarizado donde nunca faltan las razones para quejarse de cualquier cosa.

Cuando fui a votar, llegué a mi centro a las siete de la mañana, recordé cuando ejercí por primera vez mi derecho al sufragio. Fue en el 2010. Lo hice lleno de ilusión y mucha alegría. Fui incluso con la preocupación de mi madre a mis espaldas, pues ese fin de semana estuve postrado en la cama por un dengue que no cesaba en su intento de fregarme la salud. El domingo, con los resquicios de la enfermedad merodeando todavía por mi cuerpo, me levanté temprano y vote con anhelo, esperanzado por un país y una ciudadanía que este 16 de diciembre siento que me dio la espalda, que me traicionó, que abandonó a Venezuela.

Vi con tristeza la apatía en mis amigos y vecinos, vi centros de votación casi vacíos y mucha gente en las playas riendo y celebrando no sé qué, mientras que solo algunos votaban y se devolvían a sus casas a ver las noticias.

Tuve compañeros que viajaron 400 kilómetros para votar en su centro de votación, tuve amigos que se levantaron conmigo temprano e hicieron la cola para votar, tuve a mis padres y a mi hermano que fueron responsablemente a ejercer su derecho y siento que ese país que se fue a las playas,  se quedó en su casa tomando cerveza y mirando todo por la TV nos birló, nos humilló y nos mancilló a todos los que cumplimos con Venezuela. Sí, me siento traicionado por ellos, me siento traicionado por esta sociedad apática que parece solo importarle su ombligo.

Muchos me dicen que era normal esperar una abstención como esta, pero yo no acepto ese argumento. Venezuela no es un país latinoamericano normal, donde es común ver que el interés de las personas por las elecciones presidenciales y por las regionales no es la misma, como pasaba anteriormente aquí también.

Este es un país donde la oposición se juega a muerte cada elección, donde lo que le podamos quitar al chavismo ya es un logro, donde arrancarle una alcaldía al PSUV es una meta vital para nuestras aspiraciones de ganar terreno político a un gobierno que cada vez entiende menos de democracia y se acerca más a la demagogia y al mesianismo político.

No me importa que esto no lo entienda el chavismo, pero que los opositores hayan decidido voluntariamente no ir a votar y regalarle 20 gobernaciones al chavismo me parece inaudito, un hecho realmente increíble, casi diabólico, totalmente cantinflesco. Tuvimos la oportunidad de darle un golpe al oficialismo y muchos se fueron a la playa a tomar cerveza y a mirar culos con bikinis; eso me asquea, me repugna, me llena de frustración.

Siempre trato de ser equilibrado, pero este domingo las ganas se me quitaron, este domingo me di cuenta que merecemos el país que tenemos, que merecemos el gobierno que tenemos y que merecemos el presidente que tenemos. Le volvimos a regalar la partida a Chávez; pudimos robarle algunas gobernaciones, pero nos dio flojera luchar, nos dio flojera preocuparnos, nos dio flojera amar a nuestro país.

He sido, a lo largo de mi vida, muy crítico con esas personas que se van del país buscando un futuro mejor y abandonan Venezuela;  pero hoy, mientras escribo estas líneas, me parece ya no tener argumentos para criticar su poco patriotismo, ya no tengo ganas de entender el país, creo sentir ya lo que ellos sintieron cuando hicieron sus maletas y se largaron, pero con una diferencia vital: a pesar de todo yo no me voy a ningún lado, sigo estando aquí. Mientras pueda votar yo no me voy a ningún otro sitio. A pesar de mis lamentaciones, mi voto siempre estará en la urna.

Mi fe por la democracia sigue intacta, pero no puedo decir lo mismo de mi fe por el pueblo venezolano. Aquí sigo, con mi dedo manchado de tinta morada, mientras muchos se recuperan todavía de su resaca del domingo. Solo espero que algún día, tanto para ellos como para mis seres queridos, jamás tengan que dejar de ver las 15.000 muertes anuales de este país como simples estadísticas y las deban observar desde el cementerio nacional, donde estas dejan de ser números y se convierten en realidad.

De esta manera, el domingo volvimos al militarismo, les dimos 11 gobernaciones a militares chavistas. Ya no son los civiles los que gobiernan.  Les dimos el país a hombres que los enseñan a dar y obedecer órdenes y no a crear consenso.

Capriles ganó, mi voto sirvió para esa victoria, pero eso es “una alegría muy triste”.

No me puedo despedir sin dejar de decir esto: siento que este país, casi ineluctablemente, se fue a la mierda; y lo que más me duele es que nosotros, los que nos hacemos llamar de oposición, miramos a otro lado y no hicimos nada, nos fuimos a la playa, nos olvidamos del país.

No se preocupa usted, camarada que no votó, seguro que en el futuro las playas estarán en el mismo lugar de siempre, pero no le aseguro que las urnas para sufragar las vuelva usted a conseguir. Quizá las verá en la morgue, como toda nuestra democracia.

Pronto nos veremos…

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