Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para noviembre, 2012

El cuarto contiguo

Desde aquella fatídica mañana en que la policía irrumpió en su casa, las cosas no volvieron a ser iguales para Martha. Cuando se despertó y entró a la habitación contigua, jamás pensó que  toda su vida cambiaría para siempre. En realidad, son muy pocas las ocasiones en las que el destino te da la oportunidad de saber que tu existencia dará un rumbo inesperado y posiblemente fatídico.

Pudo haber muerto ella también ese día, desparramada en el suelo al lado de la cama. La impresión de ver aquello le produjo que sus pulmones trastabillaran- agobiados por 40 años de cigarrillos- y un repentino y feroz ataque de asma estuvieron a punto de arrancarle la vida; pero por suerte Caridad, la señora de limpieza, escuchó los gemidos de dolor y la ayudó a colocarse la medicación. Luego las dos lloraron juntas, arrodilladas con sus brazos apoyados en la cama, hasta que la casa se llenó de gente que entraba sollozando a la habitación y las acompañaban en el dolor.

Tras los papeleos y trámites burocráticos de costumbre, volvió a la casa dos días después, vestida de negro y apoyada en un bastón que soportaba su abatimiento. Caridad se ofreció a prepararle algo de comer, pero Martha no se preocupó en responder. Se acercó nuevamente a la habitación contigua a la suya, esta vez con pasos apesadumbrados, y vio que el cuarto seguía igual, que la cama continuaba destentida. Quiso entrar, pero le faltó valor. Dio media vuelta y se dirigió a su habitación; Caridad la observaba desde la sala.

–          No quiero que toques nada en ese cuarto- espetó Martha, mirándola a la distancia- déjalo tal cual como está.

Esta vez la que no quiso responder nada fue Caridad.

Hacía tiempo que Martha no leía la biblia, pero el momento era propicio para buscar consuelo y recordar el pasado, así que hurgó en su mesa de noche y sacó una pequeña biblia desvencijada escrita en alemán. Enseguida recordó que aquel librito se lo había regalado su padre, con la esperanza de que cada vez que lo leyera su fe se renovara; por aquel entonces ella solía hacerlo forzando la vista en un oscuro refugio de Hamburgo, donde su familia se escondía mientras las bombas de los aliados destrozaban la ciudad de su padre y nacionalismo ciego de los alemanes.

En contra de lo que pensó antes de acostarse, durmió toda la noche, algunos minutos después de que comenzara a leer. La despertaron los rayos del sol que se colaban por la ventana. La  biblia descansaba aún en su regazo. La lectura había funcionado, consiguió consuelo, logró dormir bien, aunque se sentía igual de desconsolada, igual de abatida que el día anterior. Aún era pronto –pensó- mientras intentaba levantarse de su cama, quizá con el tiempo… ¿tiempo? ¿Puede tener tiempo una mujer de 80 años?- meditó.

Salió de su habitación, tomó las llaves que estaban en la mesa de noche y caminó hacia el otro cuarto; la puerta estaba abierta. Tampoco tuvo coraje esta vez para entrar. Miraba todo detenidamente desde afuera, pero en especial la cama. Duró allí unos cuantos segundos antes de que cerrara la puerta. Introdujo la llave en la cerradura y puso el seguro.

Días después la llamó un nieto desde Suiza, diciéndole en un alemán impoluto, que iría a Caracas a pasar unos días con ella. Lo recibiría con todo el gusto, le dijo. Al colgar, llamó a Caridad y le explicó que no la necesitaría por un par de meses, pues tendría visita y necesitaba su cuarto para que durmiera su nieto.

–          Pero señora- dijo sorprendida- ¿Por qué me tengo que ir? ¿Por qué no duerme en el cuarto contiguo al suyo?

–          Eso no se puede- dijo lentamente.

–          ¿Por qué? En ese cuarto no duerme nadie.

–          Te equivocas, Caridad- explicó Martha- En esa cama descansan los recuerdos.

Ella y él

Una vez conocí a una mujer extraordinaria, o por lo menos lo fue en esos momentos cuando la amistad estaba en su apogeo. Ella siempre destacó por su profunda sensibilidad social, y nunca escatimaba en esfuerzos para ayudar a las personas menos favorecidas de los barrios de Caracas. Cuando la conocí, era una tímida lectora de las teorías marxistas, aunque no me cabe duda que con Marx o sin él su lucha por la clase proletaria hubiera seguido adelante sin tener ninguna teoría social en la cual basarse.

Sus padres eran bastante diferentes a ella. Eran unos  adecos recalcitrantes, de esos que ven a Carlos Andrés Pérez como un dios y defienden fervientemente que, después de todo, el gobierno de Jaime Lusinchi no fue tan impresentable. Ella, como si hubiese nacido para desobedecer todo cuanto sus padres le decían, jamás creyó una sola palabra que proviniera de ellos en lo que se refiriera a los temas políticos.

Amante de las culturas indígenas, y una mochilera irrefrenable, comenzó sus estudios de Antropología en la Universidad Central de Venezuela, donde conocería a un muchacho en la escuela de Sociología que incentivaría sus lecturas izquierdistas.

Él era un ferviente marxista. Con boina en la cabeza y El Capital en sus manos, no tuvo que pasar mucho tiempo para que los dos terminaran envueltos en una relación de vaivenes realmente dramáticos, donde el amor y la importancia de la lucha de clases se juntaban y desataban explosiones de dimensiones impensables.

Como buen hombre defensor de las ideas de izquierda, coincidía, como todos los demás, en una capacidad infinita para acumular odios hacia el imperialismo norteamericano, aunque siempre defendió que la llegada al poder por parte del proletario debía ser de una manera pacífica y democrática, ya que la toma del poder por la fuerza era un recurso ilegítimo para los tiempos que corrían, argumento que rechazaban sus compañeros, incluyéndola a ella.

Dejando atrás su sencilla sensibilidad social y, tras ser arrastrada hacia la verdadera lucha de clases debido a sus lecturas, ella decidió inscribirse en el partido comunista y abandonar cualquier causa pacífica y democrática por alcanzar el poder.

A él le disgusto sobremanera dicha decisión. Siempre le pareció que el partido comunista venezolano era una conglomeración de ratas burguesas que decían defender los intereses del pueblo solo para lograr intereses propios. No lograron ponerse de acuerdo, y ese fue el motivo para que la inestable relación amorosa que mantenían se comenzara a venir abajo.

El punto de quiebre final entre los dos aconteció una tarde en los pasillos de la Universidad Central. La extrema izquierda universitaria organizó una manifestación a favor del presidente Chávez, en la que él no quiso participar por diferencias con la organización, que terminaría por subirse de tono y desembocaría en un enfrentamiento con los estudiantes opositores a las políticas del gobierno.

Observando de lejos la lucha, él logró diferenciar entre esa multitud de radicales estudiantes izquierdistas la figura de ella, al mismo tiempo que todos huían porque la policía se aproximaba parar capturar a los manifestantes. Los enfrentamientos dejaron como saldo dos estudiantes muertos.

Para él, eso significó otra prueba más de que la lucha violenta por el poder no era viable y para ella simplemente una estadística más del precio que se debía pagar por la lucha contra la hegemonía capitalista.

Allí se rompieron los lazos entre ellos, aunque los dos tendrían finales diferentes. Ella murió una noche en la frontera con Colombia- luego de adherirse a la guerrilla- a causa de los constantes bombardeos del ejército colombiano y él llegaría a ser alcalde gracias a su afiliación-varios años después- al partido de los padres de ella, ese que forma parte del pasado que él tanto dijo repudiar.

Lo ideales se acomodan donde pueden.

Pronto nos veremos…

 

Ni en esa época ni allí

En la izquierda una nevera de una familia venezolana en la Cuarta república. En la derecha una nevera de una familia en la Venezuela socialista. Cortesía: propaganda del gobierno en el Metro de Caracas.

Uno

Yo no nací, por suerte, en esa época donde los venezolanos compraban perrarina para comer porque los gobiernos adecos y copeyanos se robaban toda la plata y se iban a Miami a  gastársela allá, mientras hablaban su inglés con acento latino y tomaban Whisky 18 años con rocas. Según muchos, a esos políticos “maiameros” corruptos les encantaba tener el vaso en una mano y con el dedo índice de la otra darle vuelta al hielo. Luego, cuando nadie los veía, se lo chupaban porque “no había que desperdiciar ni una gota de whisky”.

Por suerte, tampoco, viví la época, o nunca vi a nadie, que hiciera  sopa con  piedras porque no tenía nada qué comer. He escuchado a mucha gente decir que ha consumido cosas realmente asquerosas a mi parecer, pero que alguien haya tomado sopa de piedras nunca lo había oído. De eso me enteré gracias al salvador, en una de sus tantas cadenas, cuando comentó esa anécdota “un tanto” inverosímil.

Tampoco viví en ese entonces donde las mujeres eran explotadas y utilizadas y no se les respetaban sus debidos derechos. Es verdad que somos una sociedad machista aún y que este gobierno ha realizado diferentes leyes para “salvaguardar” la vida laboral de las mujeres. Pero sinceramente, no creo que diciendo “usuarias y usuarios” en el metro o “venezolanas y venezolanos” las mujeres se sientan más protegidas que antes.

Son tan curiosos los “avances” de este gobierno en los derechos de las mujeres que ahora con esas vacaciones tan extensas que les dan después de dar a luz, las empresas han comenzado a preferir contratar hombres, ya que las mujeres podrían traer consigo grandes gastos. A nadie le gusta pagar sin que esa persona trabaje. Se pide lo justo, pero para las dos partes.

Yo, sinceramente les cuento, nunca he comido perrarina, ni me interesa hacerlo, pero si miramos bien,  la dieta a base de comida para perros no es muy rentable; sino echen un vistazo al precio de una bolsa en los supermercados.

Por otra parte, queridos camaradas, cuando digo los” venezolanos” mis amigas ni se inmutan, se sienten incluidas en esa palabra. Acúsenme de contrarrevolucionario, pero a mí esas diferentes tan pendejas me cansan un poco. Disculpen pues las damas, en el supuesto caso de que se sientan ofendidas por mis negativas filológicas a hacer esta diferencia de sexo en mi hablar.

Asimismo, la sopa nunca me ha gustado, y si llego a ver alguna a base de piedras en algún menú, no me atreveré a pedirla. No es que no quiera probar las delicias de la cocina proletaria, pero la sopa es prescindible.  Quizá esta sepa bien. Quién sabe.

Dos

Unas gentes muy  pobres salen a protestar en un barrio popular de Caracas. Varios periodistas se acercan al lugar y comienzan a hacer las averiguaciones del porqué de la protesta y el cierre de la avenida. Los huelguistas, furibundos, expresan que están hartos de las fallas eléctricas, de las fallas de la recolección de basura y de otras tantas limitaciones que los obligan a vivir aun peor de lo que se puede vivir en un barrio.

Cuando la entrevista se acaba, un periodista le pregunta a una mujer, que tiene puesta una camisa del PSUV, por quién votó en las elecciones presidenciales. La mujer responde:

–          Voté por Chávez

El periodista se sorprende y replica:

–          Señora, pero usted vive en unas condiciones paupérrimas aquí ¿Por qué votó por Chávez si no le ha cumplido?

–          Pau ¿Qué?- pregunta, ofuscada, la huelguista.

El periodista explica:

–          Paupérrima, o sea, que vive en malas condiciones aquí, pues. Si no le han cumplido ¿Por qué votó por el gobierno?

La señora lo mira como si fuese la pregunta más estúpida que le han hecho en toda su vida.

–          Pues porque él es mi comandante y él es bueno.

–          Pero señora ¡Por Dios! Las elecciones fueron hace dos semanas y usted ya está protestando otra vez porque no le han cumplido ¿Cómo es posible…? ¿Qué piensa usted que va a cambiar? – opina el comunicador nuevamente, sin entender bien el raciocinio de la mujer.

–          Ay no mijo, Chávez es bueno ¿Usted no oye cómo habla?

El periodista le sonríe con tristeza. No insistió más. Se retira cabizbajo, mientras se desabrocha el saco por el calor; luego se montó en el carro del canal y se va a escribir la nota.

Así es Venezuela: un tanto incomprensible.

Pronto nos veremos…