Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para octubre, 2012

Dios está aquí

 

En las calles de Mompós aún se puede respirar el aire colonial que sus calles exhalan. Cuando no hay nadie transitando por ellas, y se les mira por un tiempo, no es difícil imaginarse a unos cuantos españoles azotando a esclavos negros semidesnudos, que arrastran grandes piedras o carretillas llenas de cajas provenientes de la madre patria.

Sus casas son de techos altísimos, idea que tuvieron los colonizadores para tratar de mitigar un poco el clima, que ronda entre 34 y 40 grados. Tan abrumador es el calor, que cuando se sale de la ducha, uno no se alcanza a poner la ropa cuando ya gotas de sudor recorren nuevamente tu cuerpo.  No hay cura para esto en Mompós, a veces ni siquiera la costumbre de vivir aquí.

En las mañanas, cuando los rayos del sol comienzan a reflejarse en el río Magdalena-río que mantiene aislada a la isla- se pueden observar niños con ropas hecha jirones, gastadas, caminando descalzos vendiendo queso de telita y almojábanas, comidas típicas de la costa colombiana.

Aparte de su belleza colonial, Mompós es conocida por sus iglesias, siete en total, donde los fieles recurren constantemente  a renovar su fe.  Son pocos los días cuando se ve un templo vacío. La mejor prueba de devoción ocurre en semana santa, cuando gran parte del pueblo sale a las calles y camina haciendo alabanzas y llevando en brazos al Jesucristo crucificado.

Ese acto profundo de fe es solo comparable en magnitud a la miseria que rodea el pueblo y al abandono que lo han sumergido sus alcaldes. Aquí Dios está en los templos, pero no en los corazones de los políticos.

Pronto nos veremos…

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¿Esto era así?

Un par de compañeros de la universidad y yo fuimos a la Biblioteca nacional. No es que hayamos querido ir para saciar nuestras ansias de conocimientos-la verdad por delante- sino a cumplir con un deber académico que un profesor nos exigió. Por supuesto que los tres conocíamos el centro de Caracas, pero lo que nos encontramos allí ese día mientras recorríamos sus calles- me imagino también que azuzados por la tristeza de nuestra última derrota electoral- nos pareció algo realmente irreconocible, un Capitolio tan distante a ese que nosotros recordábamos de tiempos pasados.

Nos recibieron, cosa de esperarse, anuncios y pancartas por doquier del candidato del PSUV. Eso no es de extrañar,  no es motivo de espanto o sorpresa. Lo realmente lamentable fue observar como todos los lugares públicos y las calles del centro de Caracas se encuentran pintadas y abrumadoramente llenas de consignas oficialistas y de “héroes revolucionarios”. El rojo brota por todos lados,  el símbolo del PSUV se abre espacios como sea y el mesías en su pose de victoria sobresale más que ninguno, erigiéndose como el líder de la faena.

Cuando llegamos a la Biblioteca Nacional, un edificio bastante lindo por cierto, nos recibió la cara del líder en la entrada. Los tres, hombres adversos al proceso, nos sentíamos un tanto desubicados. Le explicamos a la recepcionista que estábamos en la búsqueda de unos periódicos de la década de los ochenta. Ella, enfundada en su camisa roja con consignas revolucionarias bordadas en las mangas y en el pecho, nos pidió nuestros bolsos; los dejamos allí. Luego nos explicó cómo llegar a archivos y siguió chismorreando con su compañera.

La chica de archivo que nos atendió estaba enfundada en la misma camisa. Nos pidió secamente las fechas que buscábamos y nos exigió de una manera más o menos educada que llenáramos unos formularios de no sé qué. Sin importarnos demasiado, rellenamos las casillas y se los dimos. Nos trajo unos rollos y nos señaló con sus labios las computadoras que podíamos utilizar.

Al rato, cuando ya habíamos averiguado lo que queríamos, se nos dio por echar un vistazo en la sala para ver cuáles libros se estaban ofreciendo y qué eran esos adornos que sobresalían en las paredes. Entre fotos y más fotos de Chávez y entre distintos libros de pensadores marxistas, ubicamos un gran rollo de papel que, colgado desde una columna,  caía al suelo y se extendía con una longitud realmente inapreciable a simple vista.

Cuando nos acercamos, el gran rollo de papel tenía por título: “Lecturas recomendados por Chávez a lo largo de 13 años de Aló Presidente”. Nos quedamos atónitos, eran más de 300 títulos los que estaban allí impresos. Uno de mis amigos dijo: “Tú me tienes que estar jodiendo ¿Acaso alguien pudo ponerse a escuchar todos los Aló Presidente que han habido en estos catorce años para hacer esta lista?”. Lo miramos impasibles, dando con nuestra mirada una afirmación a su hipótesis.

Él nos miró, incrédulo, y dijo: “A la mierda. Vámonos para el coño”. Lo seguimos, los tres pensando en el acto homérico de pasar horas y horas escuchando al presidente para saber qué libros ha recomendado leer en todo este tiempo a los venezolanos.

Recogimos nuestros bolsos y caminamos a la salida. Cuando estuvimos afuera, mi compañero siguió con su protesta: “¿Tú has visto esa vaina?- nos preguntaba-  esto parece más un lugar de culto que una biblioteca ¿Cómo es posible que hayamos llegado a esto? A esta etapa de idolatría y fanatismo por un hombre, por un político ¿Acaso Chávez es Dios para estarle rindiendo pleitesía? Y pensar que acaba de ganar unas elecciones y estará por seis años más. Nos jodimos, marico- gritaba, enfatizando su enojo- nos jodimos. Esto se fue a la mierda”, sentenció.

Caminamos hacia la estación de Metro. La cara de Chávez por doquier y la estatua de Simón Bolívar en la plaza fueron testigos de nuestra marcha triste e indignada hacia el transporte público. Guardando las distancias, creo que este fanatismo radical es una pequeña Alemania Nazi, es el desborde de amor por una persona más que por los hechos, es llevar a un hombre al endiosamiento, es creer en su palabra por encima de la de los demás.

Eso fue lo que vimos, esa es la Venezuela en la que vivimos ¿Esto era así antes?

Pronto nos veremos…

Tampoco se perdió demasiado

Lo siento queridos lectores, pero no puedo comenzar este artículo haciendo uso abusivo de los adjetivos y narrándoles segundo a segundo cómo me sentí cuando dieron los resultados electorales el pasado 7 de octubre.

No me juzguen ustedes mal, pues, creyendo que soy un insensible y que no hubo sentimiento alguno que aflorara de mí ser aquel día de tristeza, rabia y lamentaciones. Lo que sucedió, amigo lector, es que diez minutos antes de que dieran los resultados electorales, se fue la luz en parte de mi municipio y no escuché aquellos resultados algo fatídicos para estos venezolanos, como yo, que creemos en una Venezuela un poco mejor y más llena de justicia.

Por esta causa ajena a mi voluntad, le explico a usted que me lee, escuché los resultados a deshora, mientras mis vecinos y compatriotas celebraban la victoria de su mesías y salvador en urbanizaciones aledañas a la mía que sí tenían electricidad. Gracias a su polvora y cohetones fue que logré saber que la lucha democrática en la que yo me embarqué, junto a Enrique Capriles Radonski y seis millones y medio de venezolanos más, había fracasado.

Supe en ese momento que el autobús del progreso se había quedado con muchos asientos vacíos que ni la esperanza y el furor, como se llamó una hermosa crónica de Leonardo Padrón, pudieron llenar. Duro golpe, lágrimas y decepción.

Pero no se amilane usted, amigo lector que cree en mi lucha y en la de esos seis millones y medio más, no caiga usted en la antipolítica y en el discurso falto de sentido común e inteligencia de algunos que aseguran, con verbo furibundo, que en las pasadas elecciones ganó la ignorancia, el fanatismo y la estupidez.

Repetir dichos “argumentos” es comportarse como un animal y no como un ciudadano. Tildar a esos compatriotas que, con igual ilusión que nosotros, salieron a votar por la opción que ellos creían mejor para este país- y apoyaron a Chávez- y decirles ignorantes y kamikazes a bordo de la destrucción y la democracia de Venezuela no soluciona nada. Caer en los rencores es un camino fácil, pero supremamente destructivo. Es apoyar el discurso del presidente, ese que nos llena a nosotros de etiquetas que son, en mayoría, ajena a nuestras ideas, realidades y pensamientos.

Las preguntas que nos debemos hacer son: ¿Por qué Chávez sigue ganando elecciones? ¿Por qué después de catorce años sigue teniendo el apoyo popular? ¿Por qué si tenemos una inflación alta y una inseguridad que nos afecta a todos, pero en especial a los pobres, Chávez sigue siendo el líder para la mayoría? ¿Qué debemos hacer? ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Acaso esos ocho millones no viven la realidad que sufrimos nosotros? Aquí está el meollo del asunto.

Yo creo tener, o eso creo, respuestas para todas esas preguntas, pero este artículo no tiene la finalidad de dar a conocer mi análisis del país, posiblemente equivocado, sino de decirle a todos los que me leen que el camino no se ha perdido, que el camino solo está en malas condiciones, pero que se puede seguir asfaltando para que ese autobús del progreso no se quede abandonado- porque no está averiado- y se pueda poner nuevamente en funcionamiento y recorrer la autopista hacia Miraflores. Nada está perdido aún, hermanos, solo lo estará en el preciso instante en que dejemos de luchar. Solo ese día este país será de Chávez, pero esperando que eso no suceda, no se la pongamos tan fácil entonces.

Yo soy optimista, y tengo razones para estarlo ¿Por qué? Porque hay una unión, porque los partidos políticos de oposición dejaron de echarse cuchillos entre ellos y se unieron para derrotar a un enemigo en común: El programa político de Chávez, porque ahora no somos cuatro millones-como las elecciones presidenciales pasadas, sino que somos seis millones y medio- porque a pesar de todos los recursos del Estado y su maquinaria, Chávez no llegará jamás a esos supuestos diez millones de votos, porque ahora la brecha entre los seguidores de Chávez y los que disentimos nos son tres millones sino uno y medio ¿Se perdió? Sí, pero con las botas más puestas que nunca.

Ahora bien, se puede aceptar sin problemas el luto que embarga ahora a muchos de los seguidores de nuestra opción de país. Se perdieron unas elecciones que habían traído grandes esperanzas e ilusiones de la mano de un político luchador y gallardo como Capriles Radonski; un hombre que recorrió gran parte de país tratando de convencer a los más pobres de que se podía estar mejor. Eso no había pasado en 14 años y ocurrió ahora. Perder no significa rendirse.

Pero quedarse en ese luto y en ese guayabo electoral para siempre es un suicidio para la democracia de Venezuela, que ahora no se encuentra en sus mejores condiciones; cuando uno está enamorado y esa persona te deja, siempre hay espacio para algunas semanas de resignación y dolor, pero este no es el caso. Esta pérdida, más que sumergirnos en el dolor, nos tiene que dar ánimos para seguir. Tenemos unas elecciones de alcaldes y gobernadores a la vuelta de la esquina- el segundo tiempo de este “partido de fútbol”. Tenemos cómo remontar el juego, pero si nos quedamos en la regadera llorando por el gol a último minuto que nos marcaron, Chávez gana el partido.

Tenemos que entender que aquellos que votaron por el presidente tienen sus razones, y que si nosotros no logramos comprender cuáles son estas ni qué tipo de vida tienen esas personas, seguiremos sin deducir por qué Chávez estará en Miraflores por mucho más tiempo.

No caigamos en la antipolítica ni creamos en supuestos líderes de la oposición como Ramos Allup o como John Goicoechea que despotrican de un esfuerzo nunca antes visto en nuestra nación, y que no terminan de comprender que, aunque la oposición no es perfecta, Chávez y su programa político son una amenaza que supera grandemente cualquier defecto interno. Ellos no solo son de la oposición, sino que son la oposición de la oposición. Con que Chávez desprestigie nuestra unión es más que suficiente como para que ahora nosotros mismos creamos en oportunistas y arribistas y auto implosionemos nuestra lucha por sus críticas.

Yo, como muchos, fui víctima de los apagones, incluso el día de las elecciones presidenciales, el mismo día en que más de ocho millones de compatriotas votaron por el continuismo; pero aquí no hay tiempo ni espacio para los rencores, y mucho menos para el derrotismo.

Solo Dios puede borrar de mi rostro esta media sonrisa y este optimismo que me embarga, pues solo Él puede ser capaz de frenar este vendaval democrático que se aproxima. Sigue habiendo un camino, y está ahí para quien lo quiera ver y para quien se quiera unir y transitarlo. Esta lucha sigue, y apenas está comenzando.

Pronto nos veremos…

La gran marcha

Un reconocido periodista deportivo, que sale frecuentemente ante las cámaras de televisión, se encontraba en Chacao. Tenía que hacer un programa en un afamado canal a las once de la mañana. Se le veía intranquilo, pues la apoteósica marcha del chavismo inundó muchas calles de la ciudad capital y transitar por las autopistas y avenidas de Caracas se hizo una lucha constante, y hasta cantinflesca, para llegar a los distintos lugares.

Tenía que ir a La Paz, pues allí queda el canal. No podía mover su carro,  pues las calles estaban colapsadas ¿Qué hacer? Yendo en contra de su reputación y de sus delirios de grandeza, tomó la opción de irse en Metro. No fue una buena decisión. Los vagones estaban abarrotados de gentes con camisas rojas y pancartas con la cara de Chávez gritándole majunche y burgués a todo aquel que se montara en el servicio de transporte con saco y corbata.

En los vagones vio, aunque era bastante temprano, a varios de los fanáticos del presidente sentados en los asientos murmurando cosas ininteligibles, mientras otros se apoyaban en los hombros de sus amigos advirtiéndoles que en cualquier momento podían vomitar, ya que llevaban bebiendo desde la madrugada. “Y eso que ni siquiera ha comenzado la marcha”, pensó el reconocido analista deportivo.

Intentó desenchufarse de esa realidad bufonesca en la que se vio sumergido en el Metro tonteando con su Blackberry de tres millones de bolívares. Uno de los manifestantes lo reconoció y le dijo: “El mío ¿eres tú el de Meridiano?”. Aquel muchacho no esperó respuesta y le avisó a sus acompañantes que “el pana de Meridiano” estaba en el vagón. Todos voltearon hacia él. Sonrió, tratando de ser cortés con aquellos borrachines mal hablados y sumergidos en el fanatismo político.

¿Vas pá la marcha, Meridiano?- le preguntaron. Él volvió a esbozar una sonrisa y permaneció callado, a la espera de que los ánimos caldeados por el licor gratis que habían bebido esos sujetos, cortesía del Gobierno Bolivariano,  no fueran a generar alguna rencilla o escaramuza en la que se viera perjudicado.

¿No vas a responder?- insistieron- ¿Acaso eres escuálido, Meridiano? Sin saber qué hacer, atendiendo al sentido común, volvió a reír y dijo que no, que no era un majunche, que lo de él era el béisbol y el fútbol y que no se metía en política.

Un hombre moreno y obeso, que en su borrachera manoseaba a una negra adiposa, supongo su esposa, lo miró con recelo, sin creer en lo que el periodista ofuscado decía. “No te creo, Meridiano, le dijo ¿Tú crees que nosotros somos huevones? Con esa pinta de burgués gringo que te gastas ¿Nos vas a decir que no te metes en política?”.

El periodista no tenía ánimos para pelear con borrachos fanáticos, aunque supo que era imposible ya mantenerse al margen. Miró a su acusador un tanto asustado, mientras intentaba inventar una mentira un poco más plausible, pero no se le ocurría nada. Cuando todos los chavistas lo miraban, a la espera de una respuesta, el acusador se echó a reír a carcajadas y, pasmado, vio como sus amigos de lucha también lo hacían. “No te preocupes, Meridiano, te estamos chalequeando el mío, a nosotros nos gusta burda como narras el fútbol pues. Con tal de que no seas un majunche, todo bien, pana”.

Respiró hondo, creyendo que el enfrentamiento con esos borrachines fanáticos era un hecho ineludible. Sonrió nuevamente, y dijo que lo suyo era el fútbol, y acompañó con carcajadas fingidas las risas de los vestidos de rojo.

Cuando llegó a la estación de La Paz, vio afuera a un puñado de chavistas conversando con botellas de anís en la mano. Algunos estaban agachados y vomitaban en la acera; sus amigos se reían y los sostenían para que no se fueran de boca y se ensuciaran con sus propios vómitos.

El periodista vio aquello con tristeza y murmuró para sí: “Parece que la construcción del hombre nuevo no va muy bien encaminada que se diga”.

Cuando llegó al canal, cinco minutos tarde, le dijeron que el programa había comenzado y que ya no podía entrar a estudio.

Pronto nos veremos…