Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para septiembre, 2012

Las cosas han cambiado

Las cosas cambian, pero cuando se trata de fanatismo la cosa se complica.

Uno

Mi hermanita vio, por esos azares que tiene la vida, a Henrique Capriles Radonski cuando el candidato de la oposición realizaba una de sus ya afamadas marchas por alguna calle del Estado Carabobo. Mi hermanita lo persiguió por unos cuantos metros mientras le gritaba: “Capriles, te amo”. Luego de que le fue imposible seguirle el paso, y que sus ojos ya no lo podían divisar, mi hermana botó unas pequeñas y modestas lágrimas, que rodaron por sus mejillas. Dijo que estaba feliz, que la invadió un aura de alegría que no había conocido.

Mi hermana no sabe nada de política, pero eso del “aura” existe, y no hay que ser politólogo para sentirlo.

Dos

Capriles estuvo en Sabaneta, pueblo del estado Barinas conocido por ser el lugar donde el presidente Chávez vio la luz por primera vez en su ya algo extensa existencia. Allí estuvo Capriles, en el sitio donde hace 3 o 4 años era una estupidez pensar que un candidato opositor pudiera si quiera atreverse a entrar a caminar en sus calles ¿No los pone a pensar este hecho? ¿Ha cambiado algo?

Tres

Cuando entré a la universidad conocí a una mujer bastante linda que estudiaba en mi salón. Se distinguió siempre por su buen gusto al vestirse y por su caminar provocadoramente sexy, sin alcanzar lo obsceno o lo vulgar.

En el primer semestre logramos entablar una amistad algo endeble- en el primer semestre todos creen que son amigos de todos-  pero nos tratábamos con cierta naturalidad que a mí no me parecía en lo absoluta fingida.

Nos íbamos constantemente juntos en el Metro, porque ella vivía en un edificio de clase media alta en alguna estación de la línea tres del Metro de Caracas. Ya comenzado el segundo semestre, llegó un día a la universidad con una Cheroke bastante presentable. No tardé mucho en pedirle que me diera la cola hasta la estación de Metro cercana a su casa. Ella aceptó  sin poner demasiados peros en variadas ocasiones.

Ya en el cuarto semestre comenzó a enfrentar problemas con las materias de la universidad y terminó por retirarse. Alegó que no le gustaba tanto la carrera como creía y que comenzaría a estudiar otra allí mismo en la universidad.

Me la conseguí  algunos meses después en la feria, y me aseguró que le estaba yendo bastante bien y que estaba a punto de pasar al segundo año de estudios. Le creí, o eso pensé en aquel momento. Nunca más la volví a ver en la universidad.

Para celebrar el final del sexto semestre, el salón y antiguos compañeros nos reunimos para despedirnos, porque ya cada uno estudiaría su especialización y nos teníamos que separar. Hubo mucho licor y algunos se dieron a la tarea de conquistar lo inconquistable. Nada serio pasó, por supuesto. Allí volví a verla. Estaba muy cambiada, principalmente porque sus pechos se veían muchísimo más abultados y su rostro reflejaba un aura de perversidad algo encantadora.

No la he vuelto a ver más hasta ahora. Pero un día supe de ella gracias a una compañera de clase que, anonadada, me comentó que la había visto en un restaurante lujoso de Caracas, acompañada de un hombre mucho mayor a ella y que hacía gala de una extensa cartera llena de tarjetas de crédito y unas cuantas chequeras.

Ella vestía provocativamente con unos pantalones de cuero y dejaba relucir sus prótesis, mientras aquel señor mayor la trataba de una manera un tanto distante, pero en sus miradas había complicidad y comunes acuerdos. Cada quien cumplía su rol.

Cuando los dos se pararon de la mesa para irse, ella vio a mi amiga y enseguida se puso tensa y aceleró el paso hacia la salida. La esperaba una limosina y un chofer que le abrió la puerta. No fue capaz de volver hacia atrás y mirar a la cara a su ya ex compañera de clases.

Ahora mi amiga se mercadea en el mundo de los placeres y las refriegas amorosas ocultas, da a conocer su pericia y conocimiento entre las sábanas de los hoteles más caros de nuestra ciudad capital. Parecen ya muy lejanos sus delirios de ser comunicadora social. Ahora su manera de comunicarse se expresa de otra manera. La chequera y los gritos simulados de placer son ya sus jefes.

Pronto nos veremos…

 

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El amigo

Jugando al futbolito conocí un día a un muchacho buena gente. Él era mucho mayor que mis amigos y yo, nos llevaba unos 15 años. A él no le interesaba demasiado el fútbol.  Se la pasaba rebotando por doquier una pelota de baloncesto, mientras andaba con sus chores largos y sus camisas de los Miami Heat o de Tracy Mcgrady.

Nosotros lo veíamos cuando llegábamos a eso de las cuatro de la tarde  a la cancha con nuestras camisas de equipos de fútbol, yo siempre con la del Inter, por supuesto, y él estaba allí, en la cancha, con su gran afro,  tirando su pelota de básquet al aro, casi siempre solo, y de vez en cuando con algún amigo suyo con cara de facineroso con el bigote pintado de amarillo, a causa de la exposición constante al agua oxigenada.

Alguna vez lo escuché hablando con uno de sus compañeros de juego de ciertas hazañas sexuales que había llevado a cabo con alguna mujer de turno. A pesar de su orgullo al mencionar a las damas que le proporcionaban placer, siempre se refería a ellas de manera un tanto discreta, respetuosa y sin dar mayores detalles. Un hombre que respeta la intimidad, o por lo menos parcialmente, es alguien que merece respeto.

Lo veíamos a la distancia y con algo de miedo. Era un hombre mucho mayor que nosotros y contaba con un cuerpo algo fornido, adornado con algunas estrías que brotaban de sus axilas y se extendían un poco por sus brazos.

De repente, no lo vi más por unos largos meses. Lo volví a ver un día que se apareció en la cancha, aunque ya no lucía igual. Se había rapado la cabeza, ya no vestía sus camisas de equipos de básquet  y, si bien tenía sus largos chores, lucía zapatos para jugar al futbolito. Para sorpresa de todos, ya no había ningún balón que rebotara junto a él y aquel día jugó con nosotros a intentar marcar goles, oficio que él no había cultivado nunca en su vida.

Tras algunas semanas en que sus movimientos se veían forzados y sus piernas no reaccionaban a sus esfuerzos,  comenzó a forjarse un estilo de juego y a sacar a relucir  algunos mínimos, pero nada despreciables,  dotes para jugar al fútbol sala. Se convirtió en un modesto futbolista.

A la par de aquellos esfuerzos, se unió a nuestro grupo de amigos y se involucró activamente en las tertulias futbolísticas y en los torneos de fútbol sala que jugábamos un par de veces al año. Confesó ser un hincha algo comedido del Milán y un seguidor del proceso político que lleva a cabo Chávez en este país. “Chávez no es del todo bueno, pero esas ratas de la Cuarta República no volverán nunca más”, sentenció esa vez.

Años después, cuando surgió más confianza, me contó que había sido reclutado por los militares un día que fue a la panadería a comprar pan.  Unos hombres vestidos de verde se le acercaron y le pidieron la cédula. Tras comprobar que era mayor de edad, aquellos pusilánimes que se dedican al oficio innoble, rastrero, desleal e inútil de “defender la soberanía de la patria” lo arrastraron a una camioneta y lo llevaron a Fuerte Tiuna. Su mamá no comió pan esa noche.

Tras ser forzado a inscribirse en el grupo de los rateros defendidos por la ley- algunos valientes los llaman militares-  vivió un año en la disciplina castrista y, según me dijo, se acostumbró rápido a obedecer a imbéciles con mayor rango que él y que le repetían constantemente lo superiores que eran a su persona.

Allí hizo grandes amigos, según me dijo. Tras salir de Fuerte Tiuna con un rango bajo y adiestrado en arte innoble de matar, y experto en defender la soberanía en caso de una guerra que nunca va a acontecer- o que perderíamos fácilmente, claro está- comenzó a hacer estudios de administración de empresas y de publicidad, carreras en las que se graduó mucho después del tiempo normal, y con grandes sobresaltos, debido a su debilidad a las mujeres fáciles y de su apego a ciertos licores baratos.

Cuando marcó su primer gol en la cancha, la algarabía en el equipo fue total. Fue un cabezazo furibundo, luego de un tiro de esquina, y la pelota se incrustó en el ángulo superior derecho del arco. Se vio su alegría en el rostro, luego de semanas de intentos fracasados. Marcó su primer gol  y eso no se olvida. “Combive, soy como Pirlo, un hombre implacable en el área”, dijo entre risas aquella vez.

Un día, ya siendo amigos, lo encontré en el Metro. Estaba muy bien vestido y me dijo que iba a una entrevista de trabajo “burocrática” a la Alcaldía de Caracas. Ya llevaba trabajando un año y medio allí por contratos y esperaba que lo dejaran fijo en el cargo, con la esperanza de comenzar a disfrutar de todos los beneficios que esa posición ofrece.

Lo volví a ver un par de semanas después y le pregunté si ya estaba trabajando fijo en la alcaldía. Me dijo que no, que el alcalde le ofreció seguir trabajando como contratado, aunque la ley lo prohíbe, ya que no estaban dispuestos a ofrecerle el salario que ganaría si no fuese contratado.

Una cosa bastante extraña, pensé, tratándose de un alcalde que está allí representando a un partido que dice proteger y defender los derechos de los trabajadores. Por supuesto, él no aceptó dicho trato taimado e ilegal. Por desgracia, esto no hizo que sus creencias con respecto al proceso político de Chávez tambaleasen. Estas se mantienen tan incólumes como siempre, ya que en asuntos de la fe no hay argumentos que socaven el fanatismo.

En su casa cuelga un afiche de Chávez. Igual seguimos celebrando los goles juntos, aunque cada uno sabe que el camino que elegirá el próximo 7 de octubre será distinto y que los separa una gran brecha.

Espero que su afiche no cuelgue en su portón el día después de las elecciones, pues si no está allí, todos sabremos por qué.

Pronto nos veremos…

 

Miserias

Uno

El vigilante de mi cuadra es un hombre bastante flaco y buena gente. Habla recurrentemente de fútbol, con bastante criterio, y es un gran opositor del ciclo que César Farías dirige en la selección nacional de nuestro país. Se le ve siempre con un periódico en las manos y lo lee y manosea por intervalos durante todo el día.

También lo acompaña una pequeña radio que hace brotar sonidos, sin siquiera parar un segundo, hasta que el sol se pone y el vigilante se va a su casa. En ese momento, su caseta se cierra y queda sumida en el silencio, que solo se interrumpe con el ruido de los motores de los carros.

Es un gran fanático del vallenato, y canta todas las canciones de Diomedes Díaz que su radio reproduce, aunque también tararea las letras de Maelo Ruiz y de Héctor Lavoe, mientras sus pies se mueven al ritmo de la salsa.

Siempre llegaba en camionetica a la urbanización, pero hace ya unos meses se compró una moto y se convirtió en un “vigilante motorizado”. Ahora sabemos que cuando un motor de moto barata ronronea es porque ha llegado a trabajar.

A veces lo veo con cierta lástima y tristeza. Él sumergido en sus periódicos y en el son que se escuche en la radio, de ocho de la mañana hasta las seis se la tarde. No me cabe duda que su trabajo es un empleo profundamente aburrido y humillantemente monótono.  No sé si llamar valiente a un hombre que se dedica ver transcurrir su vida sentado en una silla mientras la música suena y sus manos se ensucian de tinta de periódicos. Creo que le queda el consuelo de que es útil. No lo envidio, por descontado.

Dos

Para nadie es un secreto que son muchas las personas que están sumergidas en vicios que les hacen gastar parte de su sueldo hasta llevarlos cercanamente- o totalmente- a la quiebra o a la locura. Un día vi a un hombre en el baño del edificio donde trabajo sospechosamente oculto detrás de una pared, dándole la espalda a la puerta de entrada.

Parecía algo desesperado y se sonaba la nariz con gran entusiasmo. Me vio y se puso algo nervioso, pero lo ignoré. Tras terminar de vaciar las urgencias de la vejiga, lo vi enfrente del espejo de los lavamanos terminando su faena con su nariz. Cocainómanos hay por todos lados, sin duda.

Tres

Voy por la autopista. Una camioneta Toyota, de unos 300 millones de bolívares, tiene escrito en sus vidrios consignas a favor del Presidente Hugo Chávez y tiene dibujados corazones, en alusión a la campaña del oficialismo, por supuesto.

Delante de mí hay un Renault 6 destartalado. Su conductor maneja con una mano afuera. En el asiento del copiloto hay una mujer con un bebe en brazos. Cuando el Renault 6 pasa al lado de la camioneta , de repente el conductor comienza a utilizar la bocina y la mujer copiloto saca su mano por la ventana y mueve de un lado a otro su dedo índice y le grita con una sonrisa a la camioneta Toyota:  “Estás equivocado. Hay un camino”.

El conductor de la Toyota no bajó el vidrio.

Pronto nos veremos…

“El paraíso”

Uno

Estoy en el Metro, en la Línea 3 para ser más exacto. El tren cruza rápidamente las estaciones. Yo leo un libro de Ken Follett. Junto a mí se sientan dos hombres con camisas rojas con el sello de algún ministerio. Por supuesto, salta a la vista, son trabajadores del gobierno.

Charlan en un español bastante limitado, lleno de malas pronunciaciones y algunas palabras soeces. Hablan de las elecciones presidenciales. En realidad es el que está enfrente de mí el que habla, el otro solo lo escucha y asiente. Puede que no le interese lo que le dice su “camarada”, o puede que esté de acuerdo con todo lo que este expresa; es difícil precisarlo.

El parlanchín comienza a darle un resumen a su amigo de lo que dijo el presidente en su última cadena. Es aquí cuando aquel hombre lanza la frase más estrepitosamente estúpida, políticamente hablando, que he escuchado en toda mi vida: “La simple presencia del comandante ya es sinónimo de soluciones. Solo faltó su presencia en Monagas para que los trabajadores se tranquilizaran y vieran las bondades que les ofrece este proceso. Chávez logra calmar las aguas”.

¿La sola presencia de Chávez es sinónimo de soluciones? ¡Coño!- pensé. Las aguas que el presidente no ha logrado calmar son la de los ríos de nuestro país, porque ahora todo los puentes se están cayendo- medité.

Aquel hombre se bajó en la estación Mercado. Se acomodaba su camisa roja y se alejó hacia las escaleras eléctricas a paso seguro.  Y pensar que mi color favorito es el rojo- murmuré.

Dos

Hay un puesto de los muchachos del Comando Venezuela cerca de mi casa. Todos los días están allí ofreciendo papeles que ya he leído varias veces, pero que les sigo aceptando para incentivar su lucha, mi lucha.

A cien metros de allí hay uno del gobierno. Ellos tienen parlantes con música que profesa el mesianismo, los del Comando Venezuela con las justas tienen sillas en las que sentarse. Los hombres que están en la tolda chavista parecen sicarios, hombres que en cualquier momento te pueden asesinar. Siempre están acompañados de mujeres regordetas y adiposas que corean las canciones de la lucha chavista.

Los muchachos del Comando Venezuela no parecen sicarios, pero parece que la pesadez y la desmotivación inundaran sus rostros. Un señor me ofrece el mismo papel que he recibido y leído mil veces. Le sonrío y le digo: “Hay un camino”. El hombre se ríe: “Así es, muchacho”. Los otros esbozan sonrisas también, mientras yo pienso si el esfuerzo alcanzará.

Tres

Por cuestiones del azar me encontré una de estas tardes entrando en el Celarg. Llovía y regalaban un pasquín “cultural”. Me senté y lo ojeé un rato; nada que valiera la pena. Lo único que realmente me sacó del aburrimiento del acto inerte de pasar las  página fue ver una foto de una pintura, que retrababa a Chávez vestido con la indumentaria de Bolívar y en el fondo estaban los principales logros de la “revolución”: El satélite, las estrellas- que simbolizaban las misiones- un mapa de la Venezuela “revolucionaria” y en su mano derecha una hojilla, que representaba el programa que el lacayo de Mario Silva tiene en el canal del Estado.

Aquello si me causó risa. Ver dibujado al mesías supremo con una hojilla en la mano, que representa al bufón y chupamedias número uno del gobierno chavista. Aquello me apareció inaudito. Mis profesores de historia tenían razón: Este es el único país en el mundo donde las cucarachas vuelan. Lo imposible está a la vuelta de la esquina.

El periódico me sirvió de paraguas hasta que llegué a la Plaza Altamira. Luego lo que quedaba lo arrugué y lo tiré a la caneca de la basura. El Chávez heroico terminó donde se merecía: en el lugar de lo desechable.

Cuatro

Una mujer cincuentona entra en el metro. Es morena, bastante flaca y llora sin cesar. Una mujer joven y regordeta la acompaña, y en sus brazos lleva a una niña de cuatro años. Se sientan enfrente de mí. La mujer mayor no logra reprimir su llanto. Saca de su bolsillo su celular, busca un contacto y lo llama. La llamada no cae. Se desespera. Sigue llorando y comienza a gritar vulgaridades.

La mujer gorda que la acompaña le quita el celular en intenta llamar. La llamada no cae. No se dan cuenta que en el metro no hay señal.  Esta también se pone a llorar, mientras le dice a la niña que tiene en los brazos que si no se tranquiliza la “va a entrar a coñazos en la casa”. La niña asiente, asustada.

La mujer mayor dice que tienen que llamar al abogado, que a su hijo no lo pueden trasladar a la cárcel que “queda en el interior”. En su voz se nota el miedo de las consecuencias que eso le traería a su hijo. En sus ojos se nota la rabia por lo que hizo y la desesperación que esa acción le produce a ella. Sí, su hijo mató el día anterior a alguien. Sí, su hijo es un asesino.

Pronto nos veremos…