Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para agosto, 2012

Ironías

 Otra de las  ironías, creada por mi buen amigo Ángelo Freda.

Uno

Mis padres nacieron en unos pueblitos algo remotos y miserables, que quedan en algún lugar de la geografía del departamento de Bolívar, en la costa colombiana. Uno de esos pueblos se llama Mompós, lugar con iglesias preciosas y calles coloniales que valen la pena visitar; hermosura proporcional al calor sofocante, a la pobreza y a los constantes cortes de los servicios públicos.

Mi mamá contó con menos suerte. Nació en un pueblo cercano a Mompós, llamado Margarita, que es famoso por sus fiestas de agosto y por la miseria que se apodera sin remordimientos de su población. Un lugar donde la misericordia de Dios se expresa en horas de luz a la semana y una mata que da un fruto delicioso llamado pomelo. Por lo demás, aquello es insignificante.

Mis papás siempre me contaron que en esos pueblos, más que todo en Margarita, tener luz era un lujo y bañarse en una regadera un verdadero acontecimiento. Por suerte la comida nunca faltó, a Dios gracias. Mis padres se reían de esos tiempo duros y contrastaban aquello con la vida que tenían hace poco,  muy diferente a la del pasado, por descontado.

Pero ahora la risa ya ha comenzado a quedar de lado y la rabia y la frustración han entrado en la escena cuando recuerdan aquello. Ya es cada vez más constante que mi papá compare su actualidad con ese pasado que había dejado de lado, y lo rememore con asco y frustración. Eso pasó hace poco, cuando el servicio de agua en nuestro municipio llevaba tres días suspendido y nos tocó bañarnos con baldes y vasijas. Cada vez que mi papá recolectaba el agua del pote parecía recordar ese mundo de necesidades que había dejado atrás. “Y pensar que yo pasé ya por esta guevonada”- decía.

La luz también nos da nuestras sorpresas. El pasado domingo, el candidato de la oposición vino a mi municipio, esto como parte de las visitas que anda haciendo a lo largo del país llevando su mensaje de progreso y unidad nacional.

Solo diez minutos después de que el candidato terminara su discurso, se produjo un falla eléctrica que dejó sin luz a todo el pueblo, fallos que el jefe de gobierno en repetidas ocasiones aseveró que no se producirían más porque ya se habían solucionado todos los problemas concernientes a esta temática. Son estas las ironías de la política y los contrastes que ofrecen cada uno de los planes de gobierno.

Mientras tanto mi papá y mi mamá siguen rememorando, y los baldes a la espera del próximo corte.

Dos

Conocí una vez a un hombre mientras hacía una cola en un aeropuerto. Todos los que estábamos en la fila teníamos como destino la ciudad de Caracas. Aquel hombre en especial tenía unos 48 años y hablaba con un fuerte tono de voz. Llevaba varios días en Bogotá, según lo que le entendí, por cuestiones de negocios.

Intercambiaba ideas con una familia: una pareja y sus dos hijos. Comenzó a comentar que la televisión venezolana, no sin razón, era una basura indescriptible y que tanto el canal del Estado, el canal 8, así como Globovisión eran un bodrio asqueroso e infame que no valía la pena ver. Era duro con sus palabras.

Aseguró que Venezuela era un país que se encontraba en el atraso y que no estaba viviendo un buen momento; pero asimismo aseveró que él era una persona apolítica y que tanto Chávez como los líderes de la oposición le daban asco. “Esos políticos no sirven para un carajo”, decía.

Era un hombre cuanto menos controversial y contradictorio. Tras asegurar que Venezuela estaba mal, comenzó a decir que este país era una maravilla y que el de aquí no se iría nunca, no sin antes enfatizar nuevamente que la política no le interesaba y que para le daba igual quién fuera el presidente. “Eso a mí no me afecta”.

Cuando aún estaba tratando de entender qué estaba tratando de decir aquel sujeto con toda esa verborrea, su discurso dio un cambio radical y comenzó a hablar de las bondades de la política colombiana y las oportunidades que ofrecía el país cafetero. Expuso que en Colombia vio más oportunidades para invertir, más seguridad para su familia, mejores autopistas que las venezolanas y una variedad de comida y precios que le sorprendieron. “Cuando tenga que mandar mis hijos al extranjero para que estudien, Colombia es una gran opción”, dijo.

Yo, al final, no terminé por entender un carajo de lo que ese hombre decía. Solo le pedí a Dios, mientras le rogaba también que el avión no se cayera, que sujetos como aquel no fueran los que decidieran el futuro de mi país.

Pronto nos veremos…

 

 

Caracas

Cuando llegué a Caracas tenía tan pocos años que decir que recuerdo aquel día cuando entré a sus fronteras sería decir mentiras. Yo no recuerdo aquello, y tengo la sensación que, teniendo en cuenta la sobrepoblación de la ciudad capital, sería bastante estúpido pensar que Caracas se acuerda de mí.

Soy solo uno más de los millones que viven allí o que la visitan diariamente, como es mi caso. Aunque no crean que viví allí en algún momento de mi vida, lo hice cuando apenas comenzaba a vivir. Fue en un apartamento en algún lugar de Chacao. Chacao no es exactamente Caracas, pero como si lo fuera.

No solamente digo esto porque el municipio de Chacao, en detalles específicos, forme parte del estado Miranda y no del Distrito Capital, lo digo también porque aquello no se parece a la Caracas que vivimos, sentimos y sufrimos todos los días ahora. Chacao es como un iceberg en medio de un mar gélido en la nada o como un oasis en el Sahara.

Como fue muy poco el tiempo que viví en ella, tengo que aceptar que en ese momento no aprendí a quererla. La aprendí a querer cuando me mude a las afueras, en un pueblito, e ir a Caracas, cosa que no sucedía todos los días, era un acontecimiento que valía la pena recalcar. El bullicio, el Museo de los niños, el Metro, la aglomeración de gente, los semáforos, los centros comerciales, las colas… todo eso que no vivía en el pueblo en donde residía me parecía extraordinario.

Ahora que lo pienso bien, mis idas a Caracas eran como ir a Nueva York, guiándome por las películas gringas que veía por la televisión y que mostraban esa ciudad inconmensurable. Pues Caracas era lo más parecido a eso que salía en la televisión para mí. La Nueva York de las invenciones de Hollywood, por supuesto.

Pero ahora que he crecido me doy cuenta que mi relación con Caracas se ha enturbiado, se ha enfriado, se ha convertido en un tire y afloje de sentimientos y sensaciones que varían dependiendo de las circunstancias del día o también de una retahíla de reproches que me hacen aborrecerla. Caracas es esto y, por supuesto, mucho más.

Caracas también forma parte de mi patriotismo hacia este país, que me parece una mujer hermosa pero cohibida por los embates de la historia y las miserias de nosotros mismos. Cuando ese patriotismo sale a flote, cosa que sucede regularmente, amo a Caracas tanto que la veo como parte fundamental de mi familia,  pero esta muchas veces se empeña en mostrarme toda la mierda que la rodea y creo que intenta que la desprecie.

A veces pienso que Caracas no es la culpable de toda la porquería y basura que es ahora, que ella es solo parte de un plan malévolo que la convirtió en una ciudad tapizada de propaganda gobiernera, de un mesías que se aferra al poder como un moribundo a la vida, y en lugar estéril e impresentable.

Lo peor de todo es que para aquellos que comen por lo estético, Caracas les ofrece mucho, pero esto se ve tapizado por los errores históricos que vienen de un pasado que nos condena y que a mi generación no le pertenece, pero que nos duele.

Caracas está adornada con cinturones de miseria que te llenan de sorpresa en un principio y que luego te convierten en un hombre sin sentimientos, apático y distraído. La cosa es tan grave que el que no sabe disfruta de esos cerros que brillan hermosamente en las montañas por las noches, pero cuando se da de bruces con la realidad en el día, disimula su sorpresa con la música del ipod o la radio del carro.

Pero tenemos, como no, el cerro de El Avila que nos saluda todos los días desde su magnificencia en la altura y nos dice: “Pana, aquí estoy yo que soy de pinga. No todo es malo; hay esperanza”. Esfuerzo que le agradecemos y admiramos, por supuesto.

Pero por desgracia vemos muchas veces el mensaje que nos transmite el cerro de El Avila mientras nos encontramos en un tráfico que nos roba horas y horas de vida a la semana. Eso invita nuevamente al pesimismo, por descontado.

Lo peor es saber que la vida en Caracas, y en este país en general, vale lo que te costó tu teléfono celular. El consuelo estúpido de muchos por ahí es que al menos la vida humana tiene precio de Blackberry no solo en este país, sino en algunos cuantos más de América Latina, como si a mí me importara primero la vida de los costarricenses antes de la mis compatriotas. Esto también es un matiz del venezolano. Nos dicen que tenemos sentido del humor, pero yo creo que somos burlones, que es otra cosa.

Ya tocado el tema del tráfico, que alguien nos explique a los caraqueños cómo nos devolverán las horas perdidas en nuestro tráfico infernal a costa de la apatía gubernamental para solucionar el problema. Sí, la apatía gubernamental también forma parte de esto que llamamos Caracas y Venezuela.

El Metro, por otro lado, está colapsado y nuestros ministros nos hablan de que eso es culpa de la Cuarta República, que no pensó que el crecimiento poblacional ocasionaría esto algún día. Pues ese “algún día” es hoy, y los ministros con sus boínas y sus camisas del Che Guevara echan la culpa a un pasado que solo pocos se creen.

Caracas te recibe con cifras de asesinatos que nos hacen creer que estamos en guerra, con motorizados que se han apropiados de las autopistas y, en algunas partes, con acumulaciones de basura porque ese servicio no es eficiente en este país.

Pero no se preocupe usted, señor turista, que si su intención es conocer Caracas no tendrá problema alguno con el servicio del agua y la luz, pequeños defectos estos que la revolución no ha solventado y que los sufren solo los habitantes del “interior” del país. Usted sabrá, la capital de todo país es un lugar muy sensible políticamente hablando y si esto sucediera aquí pues los votos se van y los delirios de permanecer en el poder con ellos.

Pues sí, esto es Caracas: Sueños de niño, propaganda política, democracia en crisis, calles llenas de basura, centros comerciales con fondo de cerros de miseria, autopistas con cráteres lunares, colas infernales,  servicios de transporte deficientes, motorizados que te amenazan de muerte en la autopista, asesinatos a nombre de una marca de celular, una montaña que te dice que no todo está perdido, unas arepas de sabores indescriptibles y una calidad humana que no conseguirás en ningún otro lado.

Entonces siempre llego a la misma conclusión: Caracas es como una mamá, puede ser lo que sea, pero nunca dejará de ser tu madre.

Pronto nos veremos…

Aquellos hippies agradables

Llegué al aeropuerto El Dorado de Bogotá a las 6:40am, hora colombiana. Mi vuelo salía, según lo estimado, a las 10:00am. De caminó al aeropuerto me monté en un taxi que conducía un rolo parlanchín. Apenas me vio entrar con mi gran bolso a su pequeño Spark, me buscó conversación y nos pusimos a hablar sobre trivialidades. En la radio se escuchaba un vallenato de Diomedes Díaz que ambientaba la charla.

¿Adónde viaja, mijo?- me preguntó, alegre.  Le respondí que iba para Caracas, que estaba de vacaciones en Bogotá, pero que ya me tocaba volver. Como era de esperarse, el taxista buena gente y parlanchín me comenzó a preguntar de la situación política de Venezuela y enfatizó numerosas veces que él no se explicaba cómo los venezolanos podíamos tener un bufón como presidente. No me pregunte lo inexplicable, le respondía yo.

Charló amenamente conmigo durante todo el trayecto. Ya me habían dicho que el taxi me iba a salir muy costoso, y más porque de seis de la mañana a siete y media es hora pico; pero no había demasiado tráfico y pensé que el precio que me habían dicho disminuiría considerablemente. Cuando llegamos, el taxista hablador me cobró casi el doble de lo presupuestado, y eso que no había tráfico. Le pagué resignadamente, aunque después de eso ya no me pareció tan buena gente.

En el aeropuerto no habían abierto aún la taquilla de la aerolínea Conviasa. Un policía, o polocho, como son conocidos los protectores de la ley en los bajos fondos bogotanos, me expresó que esa aerolínea abría a partir de las siete, aunque su semblante no mostraba demasiada seguridad en la información que me daba.

Me acerqué a la taquilla a esperar y delante de mí había dos jóvenes de unos 26 años que estaban sentados sobre sus pertenencias. Eran una pareja, o eso aparentaban ser.  Ella llevaba el pelo corto de un color rojo realmente hermoso. Vestía con una camisa marrón de tiras y una falda larga muy a lo gitana. Él llevaba unos jeans desvencijados, una camisa descolorida y de su cuero cabelludo brotaba un drelo delgado, casi delicado.

Los observé por unos segundos. Su apariencia mostraba que no eran de este continente, y sus bolsos y ropa eran un calco de esos viajeros europeos que salen por la televisión y que vienen a recorrer Suramérica de mochileros, a conocer un mundo que los fascina por lo desconocido.

Yo me senté a un par de metros de ellos, comencé a leer un libro de Umberto Eco, que me aburría sobremanera- no lo dejé por esa sensación desagradable de dejar un libro a medias- y espere pacientemente el pasar del tiempo.  Los oía hablar en un idioma con fuertes sonidos provenientes de la garganta: eran franceses.

Unos minutos después, ella me mira y me pregunta algo en un español un poco atropellado, pero bastante presentable. No le entendí a la primera y me acerqué a ella y le pedí que me repitiera la pregunta. Quería saber si yo iba a viajar a Caracas, si aquella fila era para el vuelo 501 de Conviasa. Le respondí que sí, que esa era la taquilla. Me sonrió, una sonrisa hermosa, y me dio las gracias.

No perdí la oportunidad y le dije si era de Francia. Dijo que sí con la cabeza. Después de allí, me enzarcé en una conversación con ella y su pareja sobre la realidad latinoamericana, sobre sus percepciones de nuestro continente  y aquellas cosas que les habían sorprendido ver aquí.

Ella hablaba con una bolsita de coco picado, que agarraba con su mano derecha. “Me encanta esto; que lástima que en Francia no allá”- y señaló la bolsita. Le sonreí. Me ofreció, pero decliné. “Disfrútalo tú mejor, que yo como de eso aquí cuando yo quiera”. Pues te envidio- me dijo. Luego nos reímos los tres.

Me dijeron que llevaban ahorrando 13 años para venir a conocer Suramérica, era el continente que se morían por descubrir, pero nunca habían tenido la posibilidad de venir. Su viaje de “exploración” inició en Buenos Aires, donde si bien me dijeron que habían comido una carne espectacular, no les pareció demasiado interesante y bonita la capital argentina. “Buenos Aires no tiene nada que nosotros no hayamos visto. Es muy europeizada, es una ciudad sin alma- y se trabó varias veces para pronunciar “europeizada”.

En cambio, me dijeron que Lima era una ciudad con vida propia, que su comida los había hipnotizado  y que la capital de Perú tenía un no sé qué que hacía que no te quisieras ir. Me hablaron también de La Paz. Dijeron que Bolivia les encantó, pero que la pobreza del país andino era algo supremamente difícil de digerir.

Luego llegaron a Colombia, el país que más les había gustado de todos. “Tenemos algunos amigos que también estuvieron aquí en Colombia y se quedaron maravillados. Que sorprendente es la calidez humana del colombiano. Un país hermoso”.

Conocieron gran parte de la costa colombiana, Santa Marta, Barranquilla, Cartagena y el Cabo de la Vela. Me mencionaron otros pueblitos de la costa colombiana que yo desconocía, excepto uno que he escuchado nombrar mucho en canciones vallenatas, pero en el que nunca he estado. Cuando me hablaron de su estadía por estos sitios, los dos franceses cruzaron miradas cómplices, placenteras… me dio la impresión que la costa colombiana había sido lugar y testigo de refriegas amorosas apoteósicas y maratónicas que habían dejado huellas imborrables para aquellos dos europeos hippies. Que les rinda, pensé.

Ahora estaban en Bogotá, la cual no habían conocido demasiado porque habían llegado el día anterior, y ya ese día tenían que viajar a Caracas para hacer trasbordo a un viaje que los llevaría a Madrid, y luego a París.

Les pregunté por qué no iban a conocer Venezuela. Me respondieron que estaba dentro de sus planes, pero que luego las cosas cambiaron, se enrollaron y ya no tenían tiempo de conocer nada más; pero que tenían planeado volver. “Aún queremos conocer Paraguay, Uruguay, Chile, Brasil, Venezuela y Ecuador; ese es nuestro próximo viaje. Ya tenemos diez meses paseando por Suramérica, es tiempo de volver a Francia”.

Obviamente, me preguntaron por Venezuela “y el loco del presidente”. Cuando les dije que en Caracas mataban a 60 personas promedio por fin de semana, las quijadas casi se les van al piso. Me miraban aterrorizados mientras les daba los pormenores de nuestra vida. Luego de esa charla no sé si les quedaron ganar de pisar suelo venezolano en su próximo viaje.

Luego abrieron la taquilla y nos pidieron los pasaportes. Nos revisaron los pasajes y mientras guardábamos las maletas les perdí de vista. Los volví a ver en el avión. Cuando despegamos miraban atontados por la ventana, como si las alturas los pudieran hacer disfrutar de aquellas cosas de Bogotá que no pudieron conocer.

Al llegar a Maiquetía nos despedimos cordialmente. Me dijeron que si quería anotara sus correos para que el día que visitara Francia les escribiera y nos tomáramos un café. Me dijeron que vivían en Grenoble, en algún lugar de Francia. Les dije que volvieran, que visitaran Venezuela, que este país tenía unas playas espectaculares y unas seres humanos extraordinarios.

Luego se fueron. Mientras se alejaban escuché que murmuraban algo en francés. Yo vi el libro donde me habían escrito sus correos y su dirección, y mientras caminaba hacia la cola para que me sellaran el pasaporte, me pregunté si alguna vez yo conocería Francia.

Pronto nos veremos…