Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para julio, 2012

Preguntas

¿Soy venezolano? Algunos de mis amigos dudan que lo sea. A pesar de que tengo una cédula desvencijada en mi cartera que me hace dueño de un número, algunos no me consideran de su patria. Hablo como ellos, como arepas como ellos y me gusta el pabellón, pero decir fríjol en vez de frijol me hace víctima de sus risas y de sus dudas nacionalistas, muy bien argumentadas de paso.

No sé si soy venezolano, yo creo que sí, cabe acotar que tengo la certeza de que amo este país más que mucho de mis amigos, modestia aparte; pero de lo que sí estoy seguro es que siento una gratitud inmensa hacia esta patria que me vio crecer y me dio lo que ningún otro país me pudo dar: oportunidades.

¿Soy colombiano? También tengo una cédula que tiene grabado un número inverosímil, que asegura que soy de este país de gran café y de no tantas oportunidades. Si escuchar vallenato, comer pan de bono, ligarle a la selección Colombia y estar enamorado de Bogotá es ser colombiano, pues creo entonces que lo soy. Pero tengo la certeza de que esto no es suficiente.

¿Soy americano? La posición geográfica donde mi semilla germinó me hace creer que sí lo soy, que soy de este continente; desde Gringolandia hasta la Patagonia, pero mucho me temo que esta no es razón suficiente para catalogarme americano.

La verdad es que detesto el acento sureño, y la cultura de los demás países merece y debe mis respetos, pero no siento demasiadas ganas de conocerla a fondo. No es etnocentrismo, es apatía. Soy americano, defiendo nuestros intereses, pero todo de una manera muy general, muy falta de emociones. Me importa más lo cercano, lo querido. Soy un humano, pues.

Al final de cuentas siempre soy un turista adonde voy. Mi acento me delata.

¿Soy turista? Puede que sí. Voy a todos los lugares preguntando y mirando fascinado las cosas nuevas, aunque mis vivencias geográficas son tan escasas que considerarme un turista me parece excesivo, grotesco, falaz… una falta de respeto para aquellos valientes que se van con un bolso a sus espaldas a recorrer el mundo, aferrándose al azar como único dinero.

¿He amado? Por supuesto. Un par de veces a unas mujeres falsas e hipócritas que dejaron saldos rojos en mi vida. A mi familia, que lo son todo, y a mi equipo de fútbol favorito, que me ha llenado la vida de sinsabores inolvidables. He amado otras cosas, por sentado.

¿He sufrido? Un  día se fue. Fue una despedida sorpresiva, si es que la muerte no deja de ser sorpresiva alguna vez. Ese sufrimiento no se va, irá conmigo a El Paraíso, si es que lo merezco.

¿Merezco El Paraíso? El ser humano está lleno de miserias. No lo sé.

¿Soy católico? Lo soy, aunque no me apego del todo a los designios de La Biblia, muchos me parecen simplemente incumplibles. La muerte es un peso complicado, difícil de afrontar y la religión apacigua tu sufrimiento, te hace más llevadera la vida ¿Es hipócrita llevar una fe basada en el miedo? Por supuesto que no, y que no vengan a joder los curas con que no es valedero. Que Dios me perdone, en tal caso que esté errado.

¿Soy buen futbolista? Por supuesto que no. A los doce comencé a jugar y hasta los quince fui el patadura más grande de todo mi barrio. Luego un entrenador argentino, por supuesto con ego incluido, me enseñó a jugar al fútbol y a los dieciséis me convertí en un central sólido, solvente y de gran juego aéreo. Marqué un par de goles implacables de cabeza, que desembocaron en festejos exagerados, vergonzosos…

Luego entré a la universidad y tuve que dejar de entrenar. Engordé unos cuantos kilos y me salieron un par de estrías, que decoran resignadamente mi cuerpo. Llegué a ser un futbolista decente después de todo, aunque ya de eso solo quedan resquicios y un par de buenas jugadas y goles ocasionales.

¿Soy un buen periodista? Puede que no. Defiendo mis verdades, me gusta el periodismo comprometido, no creo en la objetividad ni en la verdad, no siento que haya nacido para ser neutral, sino para tomar partido, y a veces pienso que no hay grises en la vida-por suerte solo en escasísimos casos.  Quizá no sea uno bueno, pero de que soy periodista, lo soy.

¿Soy una buena persona? Me temo que sí.

¿Soy buen amigo? Lo soy. Tengo fuertes tendencias a la imprudencia y a banalizar hechos que para los demás son serios, pero soy buen amigo; no me cabe la menor duda.

Por supuesto, en mi vida hay grandes miserias, que por suerte están archivadas en el sitio donde todos los demás se niegan a darlas a conocer: en la relación con el santísimo.

Pronto nos veremos…

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Bogotá

Uno

Estoy en la carrera 70, al lado de la ciclovía, esperando un taxi. Se me acerca una señora muy delgada con una tristeza que le invade el rosto; la veo venir más y más hacia mí. Sigo a la espera de que un taxi se pare. La señora me toca el hombro y me dice que vive en Chía y que la acaban de robar unos jóvenes que la encañonaron con una pistola. De sus ojos comienzan a salir lágrimas.

Veo el rostro de la mujer y tiene un leve parecido a alguien que no recuerdo. Me pide por favor que la ayude con alguna moneda para la buseta. Me ruega que la ayude, que solo quiere estar en su casa. Me parece que su historia es muy verosímil o que es tan adicta a la droga que su vicio la ha convertido en una gran actriz. No tengo monedas. Saco mi billetera y le doy dos mil pesos. Me ve con ojos de alegría. Me dice que dónde podemos descambiar el billete para darme las vueltas. Le sonrío, le digo que se lo puede quedar todo. La mujer me bendice, me reza una pequeña oración y se va.

La veo caminar y de repente sé a quién se parece: a mi profesora de historia.

Dos

La señora que limpia se ríe de todo. Una vez charlando me dijo que a ella la habían hecho mientras sus papás se reían, y luego del comentario se rio. Es una mujer amable. Me lava la ropa sin reproches y me dice con una sonrisa: “¿Más ropa? Está tomando mucha confianza, pues”- y se echa a reír. Cocina muy bien, además. Ahora que lo pienso bien, no creo que haya conocido jamás a una persona amargada buena en la cocina. El arte de la culinaria exige alegría, sino es vulgar.

Otro día charlamos y me dijo que era ciega. Yo no le creí. Se desenvuelve bien en las labores de la casa y cocina con sutileza. Le digo que eso no puede ser verdad ¿No me vio el otro día cuando llegué a la casa con bastón?- me preguntó. Recordé que sí, que ella había llegado con bastón. Le pregunto que cómo es capaz de llevar a cabo sus tareas con tanta agilidad siendo ciega. Me responde que no es totalmente ciega, que ve solo un 20%, pero que sufre de una enfermedad hereditaria que la condenará a la ceguera total, más temprano que tarde.

¿Por qué no se opera?- le pregunto. Porque mi enfermedad no tiene cura- me responde y se echa a reír, resignada. Mi tía interviene en la conversación: es que esta es una mujer muy verraca- dice, con marcado acento bogotano.

La señora se va, se desliza como pez en el agua a pesar de su casi ceguera total. Es una mujer muy verraca, verdad que sí- pienso yo, y me sorprendo hablando colombiano.

Es que hay cosas que no se olvidan, solo se apartan por un momento, medito.

Tres

El Santa Fe de Bogotá salió campeón del fútbol profesional colombiano, luego de 37 años de escasez. Los hinchas hicieron cola desde las siete de la noche del día anterior para tener boletas. Intenté adquirir una; fue imposible. La pasión del fútbol en Colombia es otra cosa.

Mientras escribo estas líneas, se escuchan los bocinazos de los carros por la carretera. Es la algarabía del fútbol. Los psicólogos comparan la alegría de un título con un orgasmo ¿Sabrán ellos como es un orgasmo después de 37 años de abstinencia? Lo dudo.

Cuatro

Colombia es una verdad a medias, una mentira a medias. Este país está lleno de cifras económicas que viajan por el mundo diciendo que el PIB aumentó, que hay menos desempleo y que la prosperidad ha embargado a esta nación gracias a la inversión extranjera.

Yo lo que veo es a una prima recién graduada que no consigue empleo, a un conocido que no puede estudiar medicina porque el semestre cuesta 15 millones de pesos y la misma pobreza que vi hace unos pocos años cuando vine. No veo por ningún lado toda esta prosperidad que me contaba la televisión.

La salud pública es un caos, conseguir empleo es tarea difícil, la buena educación está reservada para la clase alta y la resignación es un compañero fiel de muchos colombianos.

Colombia no es verdad, o lo es, pero no para muchos.

Cinco

Voy a hacer mercado. En la puerta del supermercado se me acerca una familia, con su ropa hecha jirones, pidiéndome un pedazo de pan porque tenían hambre. Dicen que son desplazados, que las FARC les robaron todo, inclusive sus sueños. Son personas campesinas, no cabe duda.

Les digo que no tengo pan, que cuando salga les doy uno. Cuando hago las compras y voy afuera no están ya allí. Hacen 14 grados. Pudo más el frío que el hambre, concluí.

Seis

¿Y cómo está Chávez? ¿Sigue jodida la cosa por Venezuela no? Es que no logramos entender como ustedes los venezolanos pueden  tener a un bufón de presidente. Mucha vergüenza deberían sentir.

Ojalá fuera solo vergüenza- les respondo.

Siete

Fui a uno de los cementerios de Bogotá a enfrentar dolores, a caer en la resignación. No había conseguido las lápidas que fui a visitar cuando dos jóvenes se me acercaron a ofrecerme sus servicios en levantamiento de lápidas, limpieza de las mismas, corte de grama y pintura en los nombres de los fallecidos.

Yo no quería acomodar nada, solo quería estar allí y pensar en los viejos tiempos; pero las tumbas estaban impresentables y mi tía, que me acompañaba, decidió acomodarlas, darles una imagen más decorosa. Los dos jóvenes se pusieron a trabajar y no pude dejar de pensar en estos tipos que comercian con el dolor ajeno, con las muertes dolorosas, con los momentos de intimidad y con los recuerdos que aplacan el dolor para ofrecer servicios sobre un terreno que no ofrece más que dolor y desdicha.

Lloré mientras ellos trabajaban. Mi tía les dio treinta mil pesos cuando terminaron. Cuando me fui me dio pesar, pobres pendejos que se buscan el pan. Que la muerte sirva para algo, por lo menos para ellos.

Ocho

La última vez que vine a Bogotá admiré, aprecié y defendí con orgullo el buen tino que tenían sus pobladores con respecto a la música que escuchaban.  Cuando me montaba en un taxi, la música que sonaba era algo típico de este país, música clásica o rock en inglés, idioma que no entendía, pero que demuestra sapiencia en este arte de juntar instrumentos y crear melodías.

Ahora que recorro sus hermosas calles me encuentro que el reggaetón, como en Caracas, se ha apropiado de las mentes de sus pobladores y ha invadido por completo las emisoras de radio y la manera de festejar de los colombianos.

El reggaetón es un cáncer que se esparce por toda Suramérica y parece que no ha habido cura posible para salvar al mundo de esta peste. Una lástima, mi orgullo ha sufrido un duro golpe.

Nueve

De aquí no me quiero ir. Bogotá es una ciudad, con defectos, pero lo es. Caracas es un inodoro con autopistas, una mueca de concreto triste, víctima de sus gobernadores.  Pero la casa de uno es la casa de uno, y allá está la mía, por lo menos por ahora.

Pronto nos veremos…

Crónica de un vuelo

Uno

Una mujer de rasgos asiáticos está delante de mí. La acompañan un hombre mayor, de cabello canoso y que hablaba sin parar, pero en susurros, en un idioma que me parece que era portugués brasilero. Su otro acompañante era un muchacho de unos  18 años; utilizaba lentes oscuros y de sus orejas colgaban unos audífonos que reproducían una música inclasificable. Él hablaba poco, aunque se comunicaba cada tanto con el señor canoso de los susurros.

Cuando la cola rodó lo suficiente para que este trio extraño llegaran a la recepción de pasajes, una mujer regordeta y amargada les pidió el pasaporte. Luego vio extrañada la pantalla y le dijo al señor canoso que esa cola no era para su vuelo, que el vuelo a La Habana era en la aerolínea de enfrente y que se llevaría a cabo a las cuatro de la tarde y no a las siete de la mañana como este.

El señor parecía no entender el castellano, y tras una nueva explicación por parte de la recepcionista amargada, al fin logró comprender y le explicó a sus dos acompañantes que se habían equivocado, que tendrían que esperar  hasta las cuatro para ir a su destino.  Se fueron con cara de no entender demasiado.

Nunca más los volví a ver.

Dos

Detrás de mí había una familia argentina; lo supe porque hablaban con esa extraña e incorrecta manera de pronunciar la “y” y porque hacían un uso excesivo del adverbio de tiempo recién. Los padres parecían mayores, por ahí por los cincuenta, pero las dos hijas no superaban los dieciocho.

A la mayor la vi primero. Lindas piernas y buena cintura. Tenía el cabello amarilló y ojos claros. Era una linda chica. Su hermana llegó luego. A simple vista se notaba que era la menor, no tendría más de quince. Igual de bella que su hermana, pero versión menos adolescente.

Su padre tenía cara de ser mal suegro; sus muecas en la cara hacían ver una amargura profunda, quizá inentendible. De repente, una de las maletas de las hijas se cae y reposa sobre mi pie derecho. La mayor me ve apenada y me dice: “Che, lo siento, señor”.

Me trató de señor. Allí se acabó el encanto.

Tres

Un señor con acento cachaco hablaba sin mediar en la cordura, como si aquel acto de pronunciar palabras sin parar fuese su salvamento de la muerte.  Tenía cara de científico loco. Su cabello escaseaba en la parte superior de su cabeza, mientras que a los lados una pequeña melena tapaba el cuello de su camisa.

Tenía lentes de montura gruesa, como de esos que salen en las películas gringas de los inicios de los noventa. Había un hombre a su lado que le decía “profesor” y azuzaba sus cavilaciones, que luego iban a parar casi a gritos en los oídos de los que nos encontrábamos cerca.

Lo vi luego en el avión. En algún momento pensé que podía ser un terrorista.

Cuatro

Un grupo de amigos con acento paisa estaban sentados en la parte de atrás del autobús que nos llevaba hasta las puertas del avión, cruzando la pista de aterrizaje. Uno de ellos les dijo a los otros: “Como jode Chávez ¿no? Ese man sí habla; pero pá qué, ese man tiene nuestros votos ¿Sí o qué?”. Los amigos se rieron y se dedicaron a frivolizar de una manera burda la política venezolana, mientras se reían a carcajadas de sus conclusiones más que reprochables.

Luego, rápidamente, comenzaron a hablar de café. Uno se reía porque el tinto no se parecía a un guayoyo o que las diferencias entre los dos tipos de café eran irrefutables. Luego su conversación se desvió hacia la textura del líquido y de la calidad de este.

Seguro entraron en el avión, pero no los vi más. Creo, incluso, que nos los recuerdo bien. Quizás pudieron ser un producto de mi imaginación.

Cinco

La vi en la cola del pasaporte junto a su pareja. Se besaron un par de veces y los dos se hablaban cariñosamente. Luego ella debió pasar a hacer los chequeos finales para abordar el avión y se despidieron cariñosamente.

Luego de que el avión aterrizara en nuestro destino, sonó su Blackberry. Miró la pantalla alegremente y respondió con mucho cariño a las preguntas que le hacía su interlocutor. Colgó. Cuando nos sellaron el pasaporte, había un hombre joven esperándola afuera. Se besaron en la boca y se dieron un abrazo largo, mientras él le decía cosas en el oído.

Se fueron agarrados de la mano, mientras que en el rostro de ella se dibujaba una sonrisa complacida.

Seis

Cuando el avión se puso en movimiento recé brevemente para que no sucediese nada y  llegáramos bien a nuestro destino. Luego me puse a leer a Bolaño, mientras que el avión surcaba el cielo venezolano.

Antes de despegar, una linda mujer se me acerca y me pregunta si el baño está ocupado. Le sonrío y le digo “I don´t Know”. Enseguida me doy cuenta que le respondí en inglés-como si hablara ese idioma- y me siento profundamente ridículo ante semejante lapso inexplicable. Por suerte ella sonrió.

Luego, el piloto, por medio del micrófono en cabina, nos da la bienvenida y nos explica la hora calculada de vuelo y presenta a todo el personal a bordo. Luego repitió lo mismo en inglés y me dio un pequeño ataque de risa. Creo que jamás había escuchado un inglés tan lamentable en toda mi vida, y en esa lista me incluyo. La gente me ve reprochándome un poco mi risa, pero creo que comparten mi percepción.

Una hora y media después aterrizamos. Allí se me vino a la mente una opinión que he guardado conmigo desde hace mucho tiempo: Bogotá es la ciudad más hermosa en la que he estado jamás. Luego salí del aeropuerto y la vi cara a cara. Nos reencontramos.

Pronto nos veremos…

Aquella vieja señora

Un niño de no más de diez años se monta en el Metro y comienza a gritar, en un acento oriental, que va a cantar una canción llanera en el vagón y  le pide a los pasajeros que le colaboren con cualquier moneda que les haga peso extra en los bolsillos.

Lleva ropa desvencijada: una camisa de botones que hace tiempo perdió su color, un blue jean con varios parches y unos zapatos plagados de mugre y medio despegados.  El niño se apoya en uno de los espaldares de la silla y comienza a recitar una canción, mientras que los demás usuarios parecen no prestarle demasiada atención.

Un muchacho leía un libro en uno de los asientos del vagón, hasta que la irrupción del pequeño niño lo obligó a despegar los ojos de las páginas. Los altos tonos de la canción evitaban que se concentrara.  Al lado de él, había una mujer de unos cincuenta años, de pechos caídos, abdomen voluminoso y con grandes ojeras. Vestía unos jeans baratos y una camisa de la UNEFA.

Cuando el niño terminó la canción y recibió unas pocas monedas de los pasajeros,  el muchacho volvió a tomar el libro y retomó por unos instantes la lectura, hasta que fue la mujer que tenía al lado la que lo interrumpió esta vez:

–          Estos niños se las ingenian con lo que sea para rebuscarse unas monedas ¿No crees?- y lo mira a los ojos con una sonrisa.

El muchacho, sorprendido ante la pregunta a quemarropa de la desconocida, esboza una sonrisa y responde:

–          Sí, hacen lo que pueden. Aunque ya esto de pedir dinero en el Metro se ha vuelto una costumbre desde hace tiempo.

La mujer lo observa por un par de segundos antes de responder. Lo mira de una forma extraña, cercana, casi íntima, y él lo nota.

–          Sí, verdad que sí ¿Qué libro es ese que tienes ahí?- y señala con su mano el texto que el muchacho tiene entre sus manos.

–          Es un libro que me mandaron a leer en la universidad- responde él-  se llama El Túnel, de Ernesto Sábato.

La mujer lo mira otra vez, pensativa, sin decir palabra. El muchacho siente la tensión  en la conversación ante el silencio de la mujer y le pregunta:

–          ¿Da usted clases en la UNEFA? Mi hermano estudió allí. Quizá le dio clase a él.

–          No creo- responde esta vez rápidamente- no llevo mucho tiempo dando clases allí ¿tu hermano se graduó cuándo?

Su voz era un poco intimidante, atrevida, casi sexual…

–          Se graduó de allí el año pasado- responde.

–          Yo llevó allí dos años, pero creo que no le debí haber dado clases a tu hermano. Si es tan lindo como tú lo habría relacionado contigo enseguida. Tengo buen ojo para esas cosas.

El muchacho sonríe educadamente,  disimulando la sorpresa que le dio haber escuchado aquella insinuación de esa mujer adiposa y pasada de carnes.

El Metro llegó a Plaza Venezuela, la última estación, y el muchacho se despide educadamente de la señora, pensado que aquella conversación quedaría zanjada en aquel instante, pero la mujer persiste.

–          ¿Vas dirección Palo Verde? Voy contigo, espérame- dice con una sonrisa, mientras su cuerpo se meneaba de un lado al caminar.

Luego de subir las escaleras, el muchacho hace un nuevo intento.

–          Bueno señora, yo tengo que agarrar la Línea 2. Creo que aquí sí que nos despedimos- y hace un esfuerzo por sonreír.

–          Ya va, no te puedes ir así. Cualquier cosa que necesites me puedes contactar. Yo soy profesora de matemáticas, soy escritora y bueno… entre otras cosas- y hace una mueca con la boca haciendo énfasis en lo último dicho- ¿Por qué no anotas mi número?

El muchacho, nuevamente sorprendido por el acercamiento, y asqueado por el panorama tan poco aventajado que ofrecía el colgante cuerpo de la señora, sonrió y le dijo:

–          Sí, claro ¿Por qué no?

La mujer comenzó a dictarle número por número, mientras él simulaba que los marcaba en su celular barato y le pedía su nombre para hacer más creíble la treta.

La mujer, luego, se despidió con una sonrisa y un adiós lleno de alegría, que lo asqueó. Justo antes de darse vuelta, observó que a aquella mujer le brillaban los ojos por la esperanza de la posible llamada, llamada que él, por supuesto,  nunca realizaría.

Pronto nos veremos…