Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para junio, 2012

La variabilidad de la pasión

Hay una multitud de gente enfrente de una gran pantalla en una concurrida plaza de Caracas. Las personas que allí se encuentras están vestidas con las camisas de sus equipos favoritos; no podía ser de otra manera: la pasión del fútbol, azuzada por la Eurocopa, invita hasta a los menos fanáticos a enfundarse la camisa del país  de sus papás o abuelos y apoyar a aquella nación que sus familiares tuvieron que dejar en el pasado para buscar un futuro mejor, porvenir no siempre encontrado teniendo en cuenta las particularidades de cada caso y las idas y venidas de este país.

El partido correspondía a la semifinal entre Francia y España. Por supuesto, la multitud era una marea roja, a pesar de que se podía observar a uno que otro caminar por allí con la camisa gala. La gente gritaba “¡España, España!”, mientras que más de una chica suspiraba por el arquero español, Iker Casillas, cuando la cámara lo enfocaba.

También, uno que otro señor mayor, la mayoría con grandes barbas, dejaban salir de su boca palabras soeces, con acento peninsular, cuando La furia española erraba un gol de cara al arco francés. “Joder tío ¿Estás de coña? ¡Me cago en la leche!” y se tomaban  la cabeza y volvían a mirar la pantalla con sus rostros llenos de dudas y frustración,  ante la incapacidad de su equipo por hundir la pelota en las redes y desatar la algarabía.

Una hermosa mujer  de unos veintitantos, rubia, de ojos claros y de grandes pechos mostraba con orgullo, se le notaba en la manera exageradamente erguida en que se paraba, una linda camisa de la selección española con el nombre de Xabi Alonso en la parte posterior de esta. Tenía un gran vaso de plástico lleno de cerveza, que bebía constantemente sin apartar sus ojos de la pantalla grande.

Tras varias jugadas erradas, y un partido más o menos flojo por parte de Francia, España logró armar una buena jugada, y tras un centro por la banda izquierda, Xabi Alonso logró conectar la esférica y mandar la pelota a guardar. La gente explotó de alegría mientras que uno que otro fanático de la selección francesa posaba sus manos sobre su cara, sabiendo que las esperanzas de la clasificación a la siguiente ronda habían sufrido un golpe mortal.

Entre tantos gritos y saltos, a la hermosa rubia la tropezaron y toda la cerveza de su vaso se derramó en su pechos, provocando no sé si la indignación o la furia de esta, ya que después del acontecimiento la rubia se mostró  impertérrita ante los sucesos del partido y miraba la pantalla fríamente, mientras se tomaba la camisa con la mano izquierda y hacía esfuerzos, vanos,  para que la camisa no se transparentase y dejara ver su hermosa figura.

Junto con la cerveza derramada, a muchos otros también se les desapareció la alegría por el gol de su país adoptivo, ya que sus miradas se comenzaron a posar en la rubia, mientras que esta trataba de disimular su incomodad ante las miradas lujuriosas de estos hombres.

Luego España marcaría otro gol, pero ni la rubia lo pudo celebrar ni a muchos hombres les interesó siquiera saber qué sucedía; ahora la diversión y el atractivo estaban fuera de la pantalla. La rubia lo acaparaba todo.

Al final, cuando el partido se acabó, la mujer esbozó una media sonrisa de satisfacción por la victoria, dio media vuelta y se fue, mientras su camisa se ceñía a sus pechos. La multitud se abrazó y gritó de alegría ante la victoria y una canción de fondo comenzó a entonar “Qué viva España…”.

Dos señores mayores se dieron la mano y uno de ellos le pregunta al otro con acento español:

–          Joder ¿Has visto a esa tía?

–          Sí- responde el otro- creo que fue lo mejor del partido.

Cosas lindas del fútbol.

Pronto nos veremos…

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Aquellos muchachos

Aquellos muchachos entran a las aulas de clase hablando, gritando muchas veces, en ese dialecto raro que proviene de los barrios pobres de Caracas, y que muestra un castellano lleno de las mismas palabras y del aporreo constante hacia los verbos  y los sustantivos.

Cuando ellos escriben, los signos ortográficos no trabajan, presumo que están en huelga, y las tildes brillan por su ausencia; aquellos muchachos aseguran que su uso es excesivo, que esa rayita no se necesita para entender este idioma.

Cuando les sacas un libro y les comentas por quién fue escrito desconocen a todos los autores, inclusive a Gabriel García Márquez. ¿Quién es ese?- preguntan en su ignorancia literaria inconmensurable.

Sus ropas provienen en gran medida de Indiana, mientras que algunos tienen en sus manos Blackberrys provenientes de no sé dónde. No se quitan las gorras, y las mayorías de estas se ubican en sus cejas, cerca de sus ojos; eso les da una imagen ruda, una impresión que muestra rebeldía y un mensaje claro: no te metas conmigo.

Todos viven en Carapita, o cerca, y tienen que tomar un jeep para llegar a su casa; para allá arriba no hay autobús valiente que se adentre en sus calles. Algunos  pocos juegan al fútbol o al béisbol, pero allá donde viven el deporte que los representa es el baloncesto: solo este juego de hombres grandes, altos y fuertes les da la imagen que quieren mostrar.

De hecho, uno de ellos tiene una cura en la cara. Al comienzo evade las preguntas y se niega a responder el porqué de su herida, pero después de tanto insistir comenta entre risas que fue por un golpe que le dieron unos muchachos, luego de que estos no aceptaran su derrota en una partida de pelotica de goma y se tuvieran que ir a los golpes para hacer valer su victoria. La  recompensa era de 50 bolívares por ganar. Me aseguró que la golpiza valió la pena; esos 50 bolívares eran de su equipo. Lo volvería a hacer, dice sin ápice de duda.

Cuando se pasa la lista y alguno de los estudiantes que se nombran no responde, sus compañeros dicen: “No está, se murió”. Sorprende la manera tan simple y descomplicada que tienen estos muchachos para relacionar la ausencia con la muerte.  Es que la ven todos los días, o casi todos.

Solo uno no vive en Carapita. “Me tuve que mudar-dice con tristeza- a mi mamá le salió una casa en Plaza Venezuela. El gobierno se la dio”. Pero le molesta vivir en Plaza Venezuela, quisiera volver a Carapita. “En mi nueva casa la cosa es ladilla, pues. En Carapita siempre hay algo que hacer. Siempre sucede algo. Ahí no me aburro”.  Su mamá va a votar por Chávez.

Pero también dice que quiere estudiar. “Yo quiero ser ingeniero petrolero o abogado”, comenta con cierto tono de duda, que hacen presumir que sus palabras son una farsa. Seguirá yendo al colegio entonces, o eso dice.

En el salón, otro de ellos comenta que tiene que ir a buscar la nota de inglés el lunes al colegio. Le pregunto, en tono de broma: Do you speak english?- y se me queda mirando raro, como si aquello que le dije en ese idioma extraño no existiera. “No me hable así, profesor. Yo no sé es nada”. Le pregunto, entonces, qué le enseñan en su clase de inglés. Me responde: “Yo no sé, solo sé que quiero pasar esa m…”.

Quizá lo más impresionante de aquellos muchachos es que te llamen profesor. Allí descubres que el tiempo pasa para todos y que tú no estás exento de nada.  Aquella palabra- profesor- te da un aire de intelectual y de supremacía a la que no estás acostumbrado, pero que disfrutas con el tiempo.  Te acostumbras y te llenas de orgullo, aunque sabes que en el fondo no es que sepas demasiado.

Cuando salgo del salón, una muchacha morena de cuerpo privilegiado me pregunta en ese dialecto de barrio, parecido al castellano, si he visto al profesor de robótica. No tengo ni idea de lo que me habla y le respondo que no, que no lo he visto. Vislumbro enseguida que me ve con una mirada llena de deseo, de ganas, y mientras lo hace, mueve su cabello con su mano, como aquellas modelos de champú que salen en la televisión.

Luego paso por su lado y sus ojos me siguen. No sé qué me ve; no le presto atención, pero siento su mirada sobre mí. Creo que se sintió ofendida por mi respuesta tan escueta.

Es indudable, muchos no están allí para aprender algo, pero no se pierden las esperanzas. La labor de enseñar a unas personas que no desean aprender nada es ardua, trabajosa, y en la mayoría de los casos, estéril.  Aun así, nunca ha dejado de ser una aventura.

Los alumnos se van y uno de ellos lo hace haciendo burla de la camisa que tengo puesta. Él no aprendió nada aquel día en mi clase, pero yo aprendí algo de él: la Venezuela que quiero solo se forjará con su ayuda, y con la de aquellos muchachos, como él, que son la mayoría.

Pronto nos veremos…

En mi país

En mi país suceden cosas extrañas, tan extrañas que a veces preferimos no creerlas o simplemente ignorarlas; pero tomar estas posturas no significa que el problema no está allí afuera, al acecho, a la espera de una víctima más, esperando una oportunidad para atacar. Desgraciadamente, esa nueva oportunidad puedes ser tú.

Uno

En mi país el gobierno se preocupa más por subsidiar la gasolina a precios irrisorios antes de darles buena educación y salud a sus ciudadanos. Puede parecer una locura, pero en esta nación los venezolanos llenamos el tanque de nuestro carro con el sencillo que tenemos en el monedero. Bienvenidos al absurdo.

Dos

En mi país el gobierno no habla de inseguridad sino de “sensación de inseguridad”, azuzada por los medios “desestabilizadores” e imperialistas. Mi gobierno se ha aprendido al caletre el libro de “La izquierda para Dummies” y ve a los delincuentes no como unos enemigos de la sociedad, sino como unos hombres rebeldes y contra sistema que son víctimas de las desigualdades sociales provocadas por la clase dominante. Bienvenidos al siglo XXI, amigos izquierdistas, por si no se han dado cuenta.

Tres

En mi país el gobierno le paga el ataúd y el velatorio a la familia de la víctima, en tal caso que haya sido asesinada. El gobierno no se preocupa por evitar esa muerte, sino que le da dinero a cambio a la familia, como si este pudiera servir de intermediario entre Dios y el asesino y llegar a un consenso por la vida perdida.

Cuarto

En mi país el gobierno no da cifras oficiales con respecto a las personas asesinadas. Pero como más rápido caerá un mentiroso que un cojo, se estima que aquí, en la Venezuela socialista y defensora de la vida, en lo que va de año han asesinado a 1725 personas; en el mes de mayo las víctimas oscilan en 489 perecidos.  Parece que la construcción del “hombre nuevo” no es algo que se le da muy bien a la “revolución”.

Cinco

En mi país, un país petrolero, nuestras carreteras se caen a pedazos. No es fácil ver cómo nuestras vías de transporte están olvidadas por un gobierno que habla de darle “la mayor cantidad de felicidad posible a su pueblo”; de lo que sí estoy seguro es que este gobierno nos ha hecho unos especialistas en esquivar huecos mientras manejamos, y en ser record mundial en mentadas de madre, gracias a las colas que soportamos por el mal asfaltado. Prepárate Pastor Maldonado, que ya manejar por las carreteras de este país es toda una aventura. Dentro de poco, no será difícil para ningún venezolano correr en la Fórmula 1.

Seis

En mi país los cortes eléctricos son frecuentes, inclusive más de un año después que Chávez dijera que la crisis eléctrica estaba solventada. Las mentiras van y vienen, y más cuando tienes los dólares de PDVSA para financiar medios propagandísticos pro-gubernamentales. Por suerte, muchos no creemos en ellos.

Siete

En mi país el presidente se enferma y sus ciudadanos no saben a ciencia cierta qué enfermedad padece el mandatario. Nos tenemos que guiar por sus declaraciones y sus explicaciones escuetas. Pedir un informe médico es una locura, creer en la palabra del mesías debe ser una obligación.

Son estas solo algunas cosas de las que suceden en mi país. Por suerte, existen muchas otras que son realmente buenas, aunque las malas tengan delirios de silenciarlas.

Pronto nos veremos…