Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para mayo, 2012

Los ahogados gritos de gol

El fútbol como un pilar fundamental de una vida y una pasión que nunca deja de renovarse 

La nostalgía de la patria madre aún se respira en la familia Portaz.

Cuando se entra al taller donde trabaja Roberto Portaz, se puede observar a primera vista una bandera albiceleste colgada en la pared. Atareado con algunas herramientas en las manos, y rodeado de cientos de trastos que se aglomeran por todos lados, sin mayor organización que la improvisación, se le puede observar arreglando desde zapatos hasta lavadoras. “Yo trabajo en lo que sea. Yo no le tengo miedo a ningún oficio”, dice con satisfacción, mientras se seca el sudor que brota sin cesar de su frente.

En su mesa de trabajo se encuentra, religiosamente, una jarra de plástico tapada con agua caliente y un vaso lleno de hojas verdes, en el cual sobresale un pitillo. Cada poco tiempo toma el envase y absorbe un poco del agua de esas hojas, sin despegar nunca los ojos de lo que está haciendo. Aquello que toma durante todo el día y sin parar es mate, una de las bebidas por excelencia de su país. “Esto no es como las hojas que se consiguen en Argentina, allá saben mucho mejor; pero con lo que consigo aquí me las arreglo”, dice mientras toma otro sorbo.

Roberto nació en Buenos Aires, Argentina, en 1961 en el seno de una familia de clase media-baja bonaerense. Su mamá era ama de casa y su padre trabajaba en una fábrica que ensamblaba carros. Justo enfrente de su hogar, había un potrero enorme donde los muchachos jugaban al fútbol todo el tiempo.

Aunque ahora cuenta con más de 50 años, fuma una caja de Malboro diaria, su rostro siempre muestras vestigios de cansancio y su conato de panza oculta un pasado atlético, Roberto Portaz jugó en la Primera División del Fútbol Profesional Argentino.  Él vivió este deporte como pocos lo pueden hacer: desde la cancha. “El fútbol en mi país es una cosa que se te mete en la cabeza y en el corazón sin darte cuenta, cuando vienes a ver estás abocado a él con una entrega indescriptible”.

En el potrero cerca de su casa, él comenzó a jugar con la pelota desde muy pequeño, desde que tiene uso de razón. Al comienzo, no tuvo claro si quería ser jugador profesional; solo vivía la pasión de este deporte como un argentino más.

 “¿Cómo me voy a olvidar, gallina puta lo que te espera? ¿Cómo me voy a olvidar? Vas a morir en La Bombonera”. Cántico de la hinchada de Boca Juniors.

Los padres de Roberto eran, y son, unos confesos hinchas de Ríver. “Vos tenés que ser del equipo millonario”, le decía su madre; pero Roberto tenía otros planes. Cuando comenzó a tener consciencia del fútbol, y la pasión que acarrea un equipo, empezó a preguntarse si de verdad él podía ser hincha de Ríver. No tuvieron que pasar muchos años de existencia en su vida para darse cuenta que el equipo millonario no identificaba sus creencias y su forma de pensar. “Yo desde muy chico le pregunte a mi padre: papá ¿Qué hincha del equipo millonario ni que pelotudés? Yo no soy millonario un carajo ¿no ves cómo vivimos? Yo soy pueblo, soy de la clase baja, somos de los que nos jodemos ¡Yo soy hincha de Boca!” y desde allí se aferró a los colores azul y oro.

Cuando Roberto tenía 16 años, jugaba para un equipo de fútbol de su barrio y en unos de esos encuentros, un amigo de su padre se le acercó y le dijo si le interesaba ir a probar suerte al Club Ferrocarril Oeste, uno de los equipos de fútbol ubicado en Buenos Aires; no lo dudó: aceptó. “En esos momentos la cosa no es como ahora que había cientos de observadores mirando a los chicos. En esa época uno entraba recomendado a los clubes”, recuerda.

La efímera vivencia del sueño

Roberto se presentó a la práctica siguiente de Ferrocarril Oeste. Hizo las pruebas necesarias y su olfato de gol, su buen posicionamiento dentro del área y su facilidad para mandar a guardar la pelota en el arco con cualquiera de las dos piernas, convencieron al entrenador de las inferiores que  a aquel muchacho no lo podían dejar ir.

Su entrada a Ferrocarril Oeste concordó con la dirección de una presidencia nefasta y un club que se endeudaba mucho más rápido de lo que podía pagar sus deudas. Esto conllevó que un club animador del campeonato de Primera como “Ferro” se fuera quedando sin jugadores ante la incapacidad de pagar los salarios; las divisiones inferiores del club tuvieron que enfrentar el final del torneo del año 1981. “Yo entré al equipo y unos meses después se descubrió que la dirigencia había robado de todo y que el club estaba en picada. Los jugadores buenos se fueron y nos llamaron a nosotros para que jugáramos en Primera. Ya el equipo estaba condenado al descenso”, rememora.

Por cuestiones del azar, de un momento a otro, Roberto se vio debutando un fin de semana en la Primera división del torneo doméstico argentino cuaando contaba con casi 20 años. A aquella temporada le restaban solo tres partidos. “Ya el equipo estaba descendido pero recuerdo que logramos ganar un partido, empatar otro y perder el final. Jugamos contra Argentinos Juniors y recuerdo que jugué contra Sergio Batista. Jugué también contra Ramón Díaz, en un partido contra Ríver”, ejemplifica.

El Final de una realidad a la que se aferraba

Aunque sus labores ahora están muy separadas del fútbol, Roberto una ez, en el pasado se codeó con grandes del fútbol argentino.

Cuando Ferrocarril Oeste desciende en la temporada siguiente, el club se declara en incapacidad para seguir disputando torneos oficiales por falta de dinero, y la dirigencia les dice a los jugadores que no habrá fútbol hasta que las cosas mejoren económicamente. Para mantener el ritmo físico, los dirigentes decidieron que todas las categorías del equipo jugarían torneos en las canchas de fútbol sala hasta que la solvencia del club sanase. Roberto se hartó al poco tiempo de jugar al “Papi fútbol” y se planteó dejar la práctica del deporte por primera vez.

Un día, estando en el colegio, se enteró de que el supervisor del instituto donde estudiaba estaba detrás de su novia- su esposa actual- y se acercó a él pidiéndole que se alejara de ella porque si no iban a tener problemas. El supervisor hizo caso omiso de la advertencia y unos días después Roberto lo vio y allí mismo en el colegio le dio una muenda que le costaría la expulsión del instituto. Ese día supo que no estudiaría más. “Le advertí que se alejara de mi novia porque si no lo iba a cagar a trompadas; el estúpido siguió detrás de Graciela y un día le entré a golpes. Después de ahí el boludo no jodió más”, recuerda con una risa melancólica.

La crisis de Ferro, la expulsión del colegio y el dubitativo apoyo de su madre para que siguiera en el fútbol, lo llevaron a que tomara la decisión de abandonar el club y comenzara a ganarse la vida. “El equipo estaba muy mal.  Aparte de eso, mi mamá no quería que yo siguiera en el fútbol. Ella quería un ingeniero electrónico en la familia. Aparte de que yo no ganaba una moneda por jugar, en esa época el fútbol era más romántico, más visceral; no andaba pendiente uno solo de la plata. Al final hice lo que mi mamá quería y ni fui futbolista, ni fue ingeniero electrónico y ni siquiera terminé el colegio. Fue la última vez que le di bolas a mi vieja”.

El nacimiento del rebelde: La izquierda como camino a un mundo mejor

“Yo soy de izquierda porque me gusta compartir y tener consciencia social. Hay pocos que tienen mucho y muchos que tienen poco. Eso se debe equiparar”.

El 24 de marzo de 1976 se produce un golpe de Estado aplaudido a escondidas por el pueblo argentino. Fue derrocada la esposa de Perón, María Estela Martínez de Perón, y los militares llegaron al poder nuevamente a través de las armas. El gobierno de la esposa de Perón, llegada al poder tras la muerte de su esposo, no era apoyado por el pueblo de Argentina y creyeron que luego del golpe se llamaría a elecciones. La realidad sería otra.

Lo que fue la vida bajo la dictadura militar en Argentina se ve bien reflejada en la película La Noche de los Lápices, dirigida por Héctor Olivera, la cual relata la persecución que el Estado realizó a los ciudadanos que no estaban a favor del régimen.“ Yo dejé de jugar al fútbol 5 años después que llegaron los milicos al poder; en esa época el fútbol quedó opacado en mi vida por la política. La situación económica estaba muy dura. Les regalaron el país a los ricos y a los gringos. Yo sé lo que hizo la Derecha en mi país y de las muertes de las cuales fueron cómplices los estadounidenses. No hay nada más hipócrita en este mundo que los gringos ¡Ellos son más asesinos que nadie!”.

Los dos meses y medio en que los argentinos se olvidaron del fútbol

El 2 de abril de 1982 la forma de ver la vida para Roberto cambiaría para siempre: Argentina le declaraba la guerra a Inglaterra por la soberanía de las Islas Malvinas. Esta guerra, según el documental La Guerra de las Malvinas, realizado por el canal History, fue el despliegue militar más importante de Inglaterra luego de la Segunda Guerra Mundial, y fue la distracción ideal para alargar la dictadura en Argentina por parte de la junta militar. “Ya el régimen estaba llegando a su fin, el pueblo ya no le estaba interesando morir y el reino del terror ya no surtía efecto en nosotros, y los milicos lo intuían. Por eso le declararon la guerra a Inglaterra, porque sabían que eso era una deuda pendiente en nuestra historia, era algo que uniría al pueblo y haría olvidar la miseria en que vivíamos”.

Roberto en esos momentos trabajaba como chofer de ambulancia para un hospital de Buenos Aires. Allí, viendo a los soldados heridos se aferró más que nunca a los ideales de la izquierda. “Yo los vi tirados en camillas ensangrentados, con las articulaciones afuera, con su piernas destrozadas y sus brazos mutilados. En ese momento sé que a mí, ni a ningún argentino, se nos pasaba por la mente otra cosa que no fuera ver regresar a nuestros amigos de la guerra. En esos dos meses el fútbol, ni nada más, importaba tanto como la vida de los argentinos”.

El adiós a la patria

Cuando la guerra se acabó y la dictadura se vino abajo, Argentina volvería a vivir en democracia. El pueblo eligió en 1983 a Raúl Ricardo Alfonsín, quien logró disminuir la inflación del país, pero la condiciones de vida seguían siendo bastante adversas. En 1989 Carlos Menem llega a la presidencia de Argentina y la producción nacional y el desempleo volvería a condiciones alarmantes. Su gobierno fue denominado por el portal web especializado en historia de Argentina “Portalplanetasedna.com” de la siguiente manera: “Una vez en la presidencia, Menem cambió el mensaje populista de su campaña por un duro programa de ajuste, cuyo carácter ultraliberal provocó divisiones en la CGT y acusaciones de diversos sectores”

Cuando el gobierno de Menem llega a su fin y Antonio de la Rúa toma las riendas del país en 1999, Roberto esperó a ver qué cambios traía consigo el nuevo gobierno y qué condiciones de mejora ofrecería al pueblo, pero el nuevo mandato no satisfizo sus esperanzas, ni las de Argentina, y cuando De La Rúa renuncia a la presidencia en 2001 ante la presión popular, Roberto decide tomar a su familia e irse de Argentina. “Las condiciones de vida eran ya insostenibles. Lo único que le faltó a Menem fue privatizar La Casa Rosada”, ironiza.

El país no futbolero que le abre las puertas a la pasión de una vida

Cuando ya tenía planificado irse de Buenos Aires, una tarde del año 2000, Roberto fue a la casa de su hermano a pedirle dinero, luego de un día en que no había logrado ganar un peso y no tenía cómo darle de comer a sus hijos. Ese día, tuvo que esperar la llegada de su hermano del trabajo viendo la televisión, y por cuestiones del azar, en el noticiero pasaron un discurso de Hugo Chávez. Esa noche, Roberto ya tenía un nuevo país al que ir.

“Aquel día no había logrado ganar nada. En mi casa no había qué comer y me daba una vergüenza enorme llegar con las manos vacías y ver a la cara a mi esposa; por eso fue a pedirle plata prestada a mi hermano. En esas, escucho un discurso de Chávez por la televisión y pensé: Este hombre se parece a mí, a cómo yo veo el mundo. Unos meses después mi hermano nos pagó el pasaje a todos y nos vinimos a Venezuela. Aquí logré darle de comer a mi familia”.

Venezuela no le daría a la familia Portaz solo una situación económica estable, sino también la oportunidad para que Roberto se reencontrara nuevamente con el fútbol, solo que esta vez lo viviría de otra manera: ahora él sería el técnico.

Dirigió durante más dos años a Las Brisas Fútbol Club, un equipo que formó a pulso, junto con otros vecinos, para llevar a los muchachos de las zonas aledañas donde vivía a practicar el fútbol y llevarlos a competir en el torneo local de Cúa, en el municipio Urdaneta. “Yo recogí a unos pibes que solo jugaban futbolito y que la primera vez que pisaron la cancha de fútbol me dijeron: profe ¿Todo esto hay que correr? A esos muchachos los hice ganar partidos contra equipos que llevaban años jugando al fútbol en el municipio. Yo los vi sonreír y celebrar sus goles. Por eso soy de izquierda, a mí no me daban una moneda por dirigir, pero tuve el placer de ver a mis jugadores celebrar un gol. Eso no lo compra el dinero, la guita no lo es todo en el mundo”.

La segunda despedida del fútbol

La vuelta al fútbol es una asignatura pendiente.

Álvaro tiene doce años y es el cuarto de los cinco hijos que tuvo Roberto. Él recuerda la época de su padre cuando dirigía el equipo del barrio, y cree que su papá debería volver a ser técnico. “Mi viejo nos sacó campeones del torneo de aquí de Cúa cuando yo tenía 8 años. No pudo seguir dirigiendo porque la plata no alcanzaba, pero mi papá respira fútbol todos los días. Quizá vuelva a las canchas”.

Graciela es la esposa de Roberto; ha estado con él desde la adolescencia y ha sido compañera fiel en todas las aventuras que él ha emprendido en su vida, tanto para bien como para mal. “Él solo dejó el equipo cuando ya las deudas no se podían pagar y el tiempo que le dedicaba al fútbol le restaba horas de trabajo irrecuperables. Él trató de aguantar cuanto pudo, pero tuvo que dejar de dirigir porque la casa se nos venía abajo”.

Así Roberto debió abandonar la dirección técnica; la razón fue la misma de siempre: el dinero. Cuando tomó esa decisión, las cosas en el fútbol le estaban sonriendo nuevamente: Ya había dirigido a uno de los dos clubes del municipio y lo llamaron para que colaborara en el equipo que representaba en los sonares nacionales a Cúa, pero no pudo ser. “No pude más y tuve que largar el asunto de la dirección técnica. La situación económica se volvió a apretar y primero está la familia”.

Esta fue la segunda despedida de Roberto del fútbol, quizá menos dolorosa que la primera, pero igual de recordada. Ahora su esposa trabaja de conserje en un edificio cercano al centro de Cúa, mientras él tiene un taller en la torre de enfrente donde se las ingenia para arreglar cuanto aparato se dañe en los edificios aledaños.

Sofía es la segunda y única mujer de sus hijos, y lo principal que rescata de su padre es el sentido del humor. “Siempre le saca la parte graciosa a todo”. Agustín, el tercero, se atreve asegurar entre risas que para su padre antes de la familia inclusive está Boca. “A veces pienso que mi papá quiere más a Boca Juniors que a nosotros”, asegura.  Lucas, el primero, no duda de que siempre exista la posibilidad de que su padre vuelva a dirigir, aunque las circunstancias ahora no se presten. “Mi papá está pendiente del fútbol siempre. No creo que dirigir nuevamente se quede en una asignatura pendiente”.

Mientras tanto, Roberto tiene los balones de fútbol desinflados en una esquina del taller junto con las camisas blancas del club, a la espera que la vida le ofrezca otra oportunidad de estar en los banquillos y de gritar los goles que las circunstancias del pasado lo obligaron a silenciar.

Aunque no lo puedas ver

La plaza de Altamira estaba teñida de rojo. Cientos de personas circulaban de un lado a otro con sonrisas en sus caras. Las autopistas adyacentes estaban abarrotadas de carros que se habían quedado atrapados en el embotellamiento. Sus conductores suspiraban ofuscados, molestos, inconformes con lo que estaban sufriendo. El tráfico en aquel momento era realmente insoportable.

En las calles cercanas y en la autopista que se conecta directamente a la plaza había numerosos autobuses estacionados a los costados, en sitios que en un día normal hubiesen significado una multa. De ellos se bajaban personas que hablaban sin parar, con un acento raro, ajeno a la entonación caraqueña.

En los vidrios de los autobuses estaban escritas consignas políticas a favor del presidente de la república, marcadas con ese betún  que se utiliza para darle color y brillo a los zapatos.  Algunos de los seguidores tenían cachitos y jugos de medio litro en la mano; comían mientras charlaban animadamente con sus “camaradas”.

Todos vestían de rojo. En sus pechos había una foto en grande de la cara del mesías; una cara amenazante que mandaba un mensaje claro: Estoy aquí, estoy luchando y no me voy. La gran mayoría tenía puesta esa camisa; los que no, tenían franelas negras o rojas con la cara del Che Guevara y un “Hasta la victoria siempre” a sus espaldas.

Muchos motorizados circulaban de un lado al otro portando símbolos del partido del gobierno. Tenían-o ponían- cara de matones, como si un rencor recalcitrante se hubiese apoderado de sus existencias. En realidad, aquellos motorizados no se dirigían a ningún sitio en especial; las calles estaban prácticamente cerradas y el tráfico común era inexistente. Los semáforos dejaron de importar y los seguidores del mesías circulaban alegres por las calles: en ese momento ellos eran los dueños.

De un lado de la plaza se escuchaba el sonido alegre de unos tambores, acompañados de otros instrumentos musicales autóctonos. Muchas mujeres de color, sintiéndose como pez en el agua, movían sus caderas- en algunos casos voluptuosas y adiposas caderas- al son del ritmo que escupían aquellos instrumentos aporreados por alegres morenos que nunca paraban de reír.

La fiesta estaba prendida: La música estaba, la gente estaba, las ganas estaban y la ocasión lo ameritaba. Todo estaba allí, pero faltaba una cosa: El mesías. Pero poco importaba: él puso el circo y el pan, su omnipresencia se siente ¡Se celebra a nombre de él!

Era primero de mayo. No había clase, no había que pagar el ticket de Metro ni había que levantarse temprano; pero en el aire se respiraban algunas cosas para unos pocos que estaban allí, y que no son fáciles de apreciar: el miedo y la esperanza.

Pronto nos veremos…