Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para marzo, 2012

Pasados y apariencias

Uno

Creí que había sido un caso aislado el que sucedió aquella vez, o quizá simplemente me quise engañar. El hecho fue que no le di importancia. Pero poco tiempo después otro niño, esta vez de unos diez años, se me acercó y me preguntó, diciéndome “señor”, si le podía explicar dónde quedaba un sitio que estaba ubicado a unas cuantas cuadras más adelante. Ese día me dije que mi barba lamentable, informe y de tres meses era la que había provocado que aquel infante me llamara “señor”, pero estaba equivocado, y el destino me lo haría entender.

Días después, ya con mi barba cortada, se me acercó un muchacho en el supermercado, un adolescente- su abundante acné facial lo delataba- tratándome de “usted” y consultándome si sabía en qué pasillo estaba la salsa de tomate. Esa vez fue un golpe duro, aquel muchacho me trató con la distancia con la que se trata a un mayor, con la seriedad y el tono de voz con que se marca distancia con alguien que no pertenece a tu generación, y que está un escalón por arriba de aquello que llaman adolescencia.

Allí comprendí que ese “usted” era la prueba irrefutable de que hay cosas que han quedado en el pasado, en la certeza de que no volverán jamás, y que tendré que recordar con melancolía hasta el último latido de mi existencia. Momentos que dijeron adiós para siempre. El tiempo no para jamás.

Dos

Como creyente que soy, pensé que Dios había puesto ante mí una epifanía aquel día que me bajé en la estación Zona Rental para hacer la transferencia a la Línea 3 del Metro de Caracas. Pero luego la razón se apoderó de mí y me hizo caer en cuenta que antes de buscar respuestas divinas a los hechos, debía descartar las cosas que eran obvias haciendo uso de la razón. Pocos segundos después descubrí que mi vista simplemente me había jugado una mala pasada.

¿Cuál fue mi epifanía frustrada por la razón? Mientras esperaba para salir del vagón, y la gente de afuera intentaba entrar a los golpes sin dejarnos salir, vi a un señor cincuentón que entraba medio a la fuerza al vagón; pasó justo enfrente de mí. Tenía los dos primeros botones de la camisa desabrochados y una modesta cantidad de vello de su pecho se asomaba por encima de su camisa. Tenía unos pantalones viejos y unos lentes redondos de montura delgada. Estaba parcialmente calvo en la parte de atrás de su cabeza, pero en la parte delantera aún nacían, incólumes y decididos, grandes cantidades de cabellos, que disimulaban la inexorable calvicie que lo aquejará en la totalidad de su cuero cabelludo en un futuro cercano.

Su contextura física era un poco frágil y delgada. Tenía cara de filósofo y su mano derecha se aferraba a un libro que no supe precisar. Aquel hombre, aunque sea un poco, se parecía- tenía un aire- al gran escritor chileno Roberto Bolaño.

Quizá exagero, pero la caída de los lentes en la nariz de aquel señor, su mirada bohemia y su andar pausado y despreocupado me recordaron al Bolaño de las entrevistas por televisión, esas que vi hace poco montadas en Youtube.

El escritor chileno dejó este mundo hace mucho, a consecuencia de una crisis hepática que le robó la vida a pedazos en sus últimos años. Mientras su hígado se empeñaba en llevarlo al más allá, el escribía, en su modesta casa en España, enfrente de su computadora como un demente, como un desalmado, como si con cada letra que tecleara ganara un segundo más de vida junto a su esposa e hijos.

Murió de manera valiente, pegado a su computador escribiendo una novela, 2666, con la que él estaba seguro ganaría suficiente dinero para dejarle una situación económica a su familia acorde al amor que le dieron. Un día su hígado firmó el trato definitivo con el más allá, lo que lo condenó a varios días en coma hasta que su final, el final inminente, hizo acto de presencia y lo alejó del mundo de los mortales.

No se equivocó, su novela un éxito y su familia, en lo económico, no se vio en apuros. Escribió grandes novelas, pero su vida fue la mejor de todas.

Quizá confié demasiado en mis ojos ese día y aquel hombre no se parecía en nada a Bolaño, quizá la razón más plausible simplemente sea que sigo atado de por vida a la trama de Los Detectives Salvajes, y veo parentescos a mi alrededor con el escritor chileno que no dejan de ser simples analogías.

O posiblemente ese señor sí que tiene un aire al Bolaño escritor, pero aquello, a estas alturas, ya me parece banal. En mi poder tengo algo mucho mejor que un simple y leve parentesco físico: sus delirios literarios plasmados en sus libros inigualables.

Tres

Conocí a una bohemia española esta semana. Estaba sentada en el suelo mugriento de las cercanías de la estación de Bellas Artes, justo enfrente de unos murales que resaltaban con estrambóticos colores a unos asesinos del siglo pasado, que en los caprichos de la historia, se han convertido en grandes héroes para muchos. Me le acerqué para hacerle una entrevista con fines académicos. La sobresalté con mi voz porque en aquel momento estaba confeccionando una pulsera a base de retazos de cuero barato y alambres de color amarillo.

Me dijo: “Pues coño, que me has asustado”, y luego se rió. Llegó a Latinoamérica huyendo de Europa, aquel continente en donde muchos especialistas ya pronosticaban una crisis económica que azotaría sin contemplaciones a sus pobladores. “Me vine a Suramérica harta de España, harta de Europa y harta de que me dijeran lo que tenía que hacer. Aquí supe de verdad lo que era la libertad”, me explicó.

Fue un rato alucinante el que pasé con aquella mujer encantadora, que me explicaba cómo la familia puede llegar a no servir para nada  y me decía que su vida era la literatura, y que si pudiera solo dedicarse a eso lo haría con vehemencia. ¿Te gusta Vargas Llosa?-le pregunté. Sí- me dijo- pero me gustaba más el de antes; este, el que se ha vendido a las editoriales y a la lógica del mercado, me parece del montón. Él dice que aprendió de verdad a ser escritor en Barcelona, pero no es cierto: él era escritor en Perú, Europa lo ha jodido”.

¿Eres de izquierda?- consulté. “Sí- afirmó- pero en este país hay que cortar muchas cabezas. No se puede estar de acuerdo con muchas cosas, pero la oposición no propone nada. Ojalá la Derecha propusiera algo y lo haga bien, pero no lo veo”. ¿Y Cuba?- expresé. “No me atrevo a decir nada sobre cómo mejorar las cosas en Cuba, pero de lo que sí me atrevo es a decir que no pudiera vivir en un país donde el gobernante me dice lo que tengo que comer, lo que tengo que pensar y lo que no puedo hacer. Cuba es, en muchísimos casos, indefendible”.

A unos cuantos metros de donde yo hablaba con aquella mujer, había una pared en donde estaban escritas cosas contra el capitalismo y la derecha, pero aquello no importaba ni para ella ni para mí- un convencido neo liberal; nos despedimos con gran afecto y dejando al destino un nuevo encuentro. ¿Y la literatura? “La literatura existe porque la realidad no es suficiente”- razonó.

Pronto nos veremos…

Anuncios

El sosiego de la ceguera

Me reencontré hace unos días con un conocido que llevaba años sin ver. Los dos nos vimos a la salida de la estación del ferrocarril, pero el cansancio de las idas y venidas de aquel día- intuyo- apartó a un costado las cortesías y nos hicimos los que no nos habíamos visto.

Luego, cuando estaba en la camionetica, el azar hizo que nos volviéramos a encontrar y esta vez se sentó cerca de mí y nos saludamos con aprecio, como queriendo recuperar el tiempo que llevábamos sin vernos.

La charla comenzó enseguida. Me contó que había dejado la universidad porque la informática dejó de apasionarlo y no estaba dispuesto a darse de golpes con los números, que nunca fueron su fuerte, por una carrera que lo llenaba de sinsabores y apatía. Dijo que hacía tres años que no estudiaba y que se había desempeñado en la más variedad de empleos imaginables. El penúltimo había sido de bodeguero en la cantina de un instituto universitario cercano a mi casa.

A pesar de que era poco más de mediodía, el calor característico de Cúa era benevolente y los rayos del sol solo molestaban. Era por esto que mi acompañante decidió no quitarse el sueter que había utilizado para protegerse del frío paralizador en el que sumerge el aire acondicionado del ferrocarril. No está haciendo calor ¿Verdad men?- dijo mientras se quitaba el bolso y lo ponía sobre sus piernas.

De tanto insistir, me comentó, un día lo llamaron del IFE (Intituto Ferrocarril del Estado) para que se  pusiera al frente de un  trabajo vacante en la estación Charallave Norte, donde tendría que hacer las veces de mensajeros, secretario y otras múltiples funciones sin nombre específico en la nómina. “Hago de toda vaina, chamo”- aseguró.

Luego de esto, su casi monólogo- no me dejó decir más que monosílabos- continuó. Me expresó que lo “ladilla” de trabajar en el ferrocarril era que te obligaban a ir a las marchas y concentraciones que el presidente Chávez y el PSUV organizaban. “Si no vas, te metes en un rollo feo chamo”- me comentó  con un deje  de despreocupado en su voz, como si aquello fuese una cosa común y sin demasiada importancia.

Obvio, me escandalicé. Le pregunté si estaba molestando o si era eso verdad. Me aseguro que aquello era tan cierto como que en el día el sol aparece y en las noches la luna entra en la escena. Él no estaba trastornado en lo absoluto, parecía fastidiarle más aquello antes que indignarlo. Pero luego la alegría latina entró en la escena y selló su comentario con una frase que parecía sacada de un chiste: “Es verdad que a veces me da ladilla, pero al mismo tiempo es de pinga, pues. Muchas veces nos llevan en autobuses a las concentraciones y  nos dan sánduches y jugos  para que no pasemos hambre. Además, a veces van unas mujeres buenísimas y uno se pone a joder con ellas”- y sonrió, me imagino que recordando alguna faena memorable junto con alguna compañera de marcha.

Ya yo había escuchado algo parecido de una compañera que estudía en la UNEFA y me había comentado que la obligaban a ir a las marchas de Chávez; la coaccionaban diciéndole que su puesto en la universidad correría grave peligro si no aparecía en las marchas y se dejaba ver por el “supervisor”. A ella no le creí del todo, no le di crédito a sus palabras, pero aquel día le creí.

Ingenuo y soñador, le pregunté a mi amigo que qué pasaría si no llegaba a asistir a las manifestaciones chavistas. No se reflejó duda en su rostro y me respondió sin titubeo alguno. “Si no vas una vez, no pasa gran cosa; pero si ven que no eres un asistente recurrente te botan. Allí siempre hay un supervisor que está pendiente; con tal de que él te vea aunque sea una vez está bien. Luego te vas si quieres”.

Me pareció escandaloso aquello, aunque no sé de verdad por qué. Aquello siempre ha sido una verdad a voces que los medios y las personas, que han buscado trabajo en los entes públicos, comentan indignados siempre. “Me tienen en la lista Tascón, yo firmé pues”, he escuchado varias veces.

Él se marchó antes que yo, ya que su casa está más próxima al terminal que la mía. Me estrechó la mano y me dijo que les mandara saludos de su parte a mi madre y a mi hermano. Se puso los audífonos y se bajó de la camionetica. Parecía un hombre feliz y una persona conforme con su trabajo y su vida, o esa fue mi impresión.

Llegué a mi casa poco después, pero en el camino no pude dejar de pensar que todavía hay cientos de miles de personas que viven una realidad paralela a la del país, personas que tapan las falencias del día a día detrás de los audífonos de sus reproductores de música y que hacen transcurrir su vida ajena a la de los demás, en la ceguera absoluta.

Pronto nos veremos…

No valía la pena

Uno

Un hombre negro de unos 40 años y de escaso cabello comenzó a gritar de manera desmesurada y fastidiosa consignas a favor de Chávez, mientras estaba en la cola de los torniquetes de la estación de Cúa. Eran casi las nueve de la noche y los gestos de agotamiento en las personas eran visibles; pero aquel sujeto parecía con más energías que nunca, con ganas de salir a darle la vuelta al mundo en moto, como lo hizo alguna vez, y en parte, el asesino que estaba estampado en su camisa y que el mostraba con orgullo.

¡En el socialismo se siembra el amor! ¡Mi comandante es el mejor presidente del mundo! ¡Chávez le ofrece amor a su pueblo incondicionalmente! ¡Chávez de aquí hasta el dos mil siempre!- gritaba eufórico aquel negro con cara de salsero y pinta de buen bailarín. Luego de que salió de la cola se acercó a los trabajadores del IFE (Instituto de Ferrocarriles del Estado) y les dio la mano a todos, mientras expresaba que su comandante llegaba hoy a Venezuela. Los trabajadores le sonrieron, como apoyándolo modestamente en sus aseveraciones, y luego le dieron varias palmadas en la espalda.

Me provocó gritarles: ¡Qué viva Capriles, carajo! pero no lo hice. Estaba muy cansado. No iba a ganar nada. No valía la pena.

Dos

Estaba esperando que llegara el ferrocarril para enrumbarme hacia a Caracas. Mientras esperaba, una chama, que por cierto fue novia de un gran amigo que se fue del país, charlaba animadamente con un hombre ya entrado en años. Discutían sobre temas políticos y sobre alguna problemática europea de la que no estaba enterado. Ella no sabía que me tenía delante, y que estaba escuchando su conversación, o por lo menos se hizo la que no sabía, y yo me hice el que no la había visto y el que no escuchaba.

Aquel hombre mayor le estaba explicando a ella que ya el mundo no se podía dividir entre capitalistas y comunistas y que ahora en el mundo existía, como en China, “comunismos capitalistas”. La ex novia de mi amigo- estudiante de sociología- le dijo que sí y que incluso sus profesores estaban en desacuerdo con muchas cosas de Chávez pero que lo apoyaban simplemente porque era de izquierda.

Me quise voltear y preguntarle al señor: ¿Comunismos capitalistas? ¿Con qué se come eso? ¿Desde cuándo el comunismo se puede despegar de su doctrina económica, abrirse al capitalismo, y seguir siendo catalogado como comunismo? Pero no lo hice, en ese instante llego el ferrocarril y la gente se empujaba y se aglutinaba en la entrada para pasar a empujones. Luego de estar dentro del vagón los volví a ver y escuché otra vez a aquel hombre desarrollando sus teorías sociales descabelladas. Pero ya no estaban tan cerca de mí.

La seguridad con que desplegaba aquel señor sus argumentos me hizo desistir. Me arrepentí y no quise intervenir en su conversación. Un libro en mi bolso esperaba ser leído. Si hablaba no iba a ganar nada. No valía la pena.

Tres

Mientras caminaba por las calles de mi pueblo vi a un niño de unos cuatro años jugando con un papagayo en el jardín arenoso y feo de su casa. Era la una de la tarde y el sol arreciaba, furibundo. Aquel chiquillo tomaba con su mano derecha el pabilo y jalaba una y otra vez el papagayo, a la espera que este se levantara  e iniciara su vuelo rumbo al cielo.

Pero no había viento, no soplaba por ese lugar ni la más insignificante brisa, y el papagayo indefectiblemente caía al suelo instantes después de que el niño, con sus ojos llenos de anhelos, trataba de que su invención surcara los cielos.

Observé al niño por unos segundos, así como también vi que lo observaba su padre desde el porche de aquella casa semiderruida y de zinc, con unos chores raídos encima y mostrando al mundo su pecho y su abdomen plano a causa del hambre.

El papagayo nunca voló, el viento seguía en su tozuda actitud de no aparecer; pensé en decirle al pequeño que lo dejara, que su invención no volaría porque no había brisa y que sus esfuerzos serían infructuosos, pero vi en su rostro aquella alegría infantil de la que gocé algún día, vi que se divertía en sus intentos fracasados y preferí que él mismo descubriera el porqué, que fuera él el conocedor de la verdad.

Pude haberle enseñado, pero no, hubiese arruinado su diversión. No hubiese ganado nada. No valía la pena.

Cuatro

Hoy estaba enfrente del televisor viendo el partido entre Totteham y Bolton.  Cuando el partido estaba en los últimos suspiros del primer tiempo, de repente, un jugador del Bolton, Fabrice Muamba, nacido en la República “Democrática” del Congo, se desplomó y comenzó a convulsionar, sin ninguna acción de roce o golpe visible que haya podido generar que aquel jugador sufriese el ataque.

El partido se suspendió y todos los hinchas en el estadio enmudecieron; los narradores solo decían monosílabos o hablaban tartamudeando, dando muestras del impacto que les causo el hecho. Llegaron los médicos e intentaron reanimar al jugador dentro del engramado, infructuosamente; luego lo subieron a la camilla y lo llevaron camino a la clínica más cercana.

Se me nublaron los ojos  mientras le pedía al santísimo que hiciera acto de presencia y salvase la vida de aquel defensa guerrero. No sé si me escuchó, pero mis rezos sí que valieron la pena, así como también lo valieron los aplausos de los hinchas mientras se llevaban al jugador a la ambulancia o la lucha que ahora mismo tiene el congoleño por aferrarse a la existencia.

Valió la pena todo esto último, como también lo vale recordar la sonrisa de mi abuela y sus fabulosas pfannkuchen.

Pronto nos veremos…

Situaciones

Uno

Me he sorprendido los últimos días, varias veces, sentando enfrente del mueble de mis libros observándolos, mirando sus lomos y leyendo sus títulos y autores sin habérmelo propuesto en ningún momento, sin haberme planteado si quiera que aquella tarea generara en algún momento algo útil o práctico. Simplemente paso enfrente del mueble y me quedo allí mirándolo, y cuando reacciono me encuentro sentado frente de él sin hacer nada relativamente provechoso.

He pensado el porqué de que este extraño fenómeno acontezca con relativa frecuencia y la verdad es que no logro hallar un argumento lógico a tal situación. A veces saco un libro de su lugar y lo ojeo, en algunos casos aprecio el olor a papel y tinta que desprenden sus hojas, y fantaseo con que en aquella historia ya leída los protagonistas son mis allegados y disfruto imaginándolos cumpliendo aquellos papeles inexistentes y disparatados, siendo ellos parte de esa verdad dudosa y esa mentira encantadora que es la literatura.

Otras veces los saco de sus estantes y pienso en una nueva manera de reubicarlos para ganar espacio y darle cabida a una nueva adquisición- cabe acotar que mi colección de libros supera ya el centenar, no es mucho, pero hacerles espacio es una tarea ardua y complicada- y les quito el polvo que han acumulado por el paso de tiempo y acomodo los dobleces que se hacen en sus puntas; como si aquello formara parte de algún tipo de rito o prueba de fidelidad.

En términos generales creo que aquel acto, si se quiere inconsciente, que realizo con ellos es una forma de demostrar que aquellas páginas dejaron huella en mi pensar y sentir y que hay algo que indefectiblemente me ata a ellos, y me atará, hasta el resto de mis días.

Siempre se deja algo en cada página que queda atrás.

Dos

Está en la cola del supermercado. Ya se ha hecho de los productos que le hacen falta y espera pacientemente, sentado en el carrito del supermercado, que la cola se agilice y llegue su turno para pagar. Para engañar al tiempo lee un libro, mientras los cajeros pasan incansablemente los códigos de los productos por la computadora y los demás clientes ponen poses de desespero y cara de pocos amigos ante la espera.

Su libro es de una reconocida escritora estadounidense, candidata infinidad de veces para ganar el Premio Nobel de Literatura. Eso él no lo supo sino hasta que compró el libro en un remate, porque le gustó la reseña en la parte posterior del texto, y esa misma noche se adentró en la dudosa, pero ferozmente consultada, información de Wikipedia y se empapó sobre quién aquella escritora. Allí se dio cuenta que en los azares con los que cuenta la literatura se puede llegar a adquirir un libro a un precio pequeño de una escritora de reconocimiento mundial.

Delante de él hay una pareja joven con un niño de no más de tres años. La mujer era linda, pero en su barriga apreció los estragos dejados por aquel embarazo relativamente reciente: sobresalía una panza que no terminaba de encajar con su contextura de cuerpo; y sus pechos, generosos y atractivos, se mostraban ligeramente caídos, desapareciendo así la altivez de los que debieron gozar años recientes. Su esposo era moreno, con un bigote de tres días, un conato de panza y vestía deportivamente, atuendo que no iba de la mano con su pequeño pero notable sobrepeso.

Mientras leía su libro en aquel incómodo carrito de supermercado, un mechón de su largo cabello se salió del nudo que lo ataba y calló sobre su ojo derecho, interrumpiendo así su lectura. Dejó a un lado el libro y desanudo la cola de su cabello para recogérselo nuevamente. Tras terminar y retomar la historia que leía, el niño de la pareja, que corría de un lado para el otro azuzado por la aparente inmortalidad de su edad, se le quedó mirando y luego le preguntó a su papá:

–          Papi ¿Esa persona que está ahí es un hombre o una mujer?- dijo mientras lo señalaba.

Su padre, sorprendido por la pregunta, lo miró con su cara roja de vergüenza y le dijo:

–          Deja de ser tan irrespetuoso, hijo.  Claro es un hombre ¿no le ves la barba?

–          ¿Entonces por qué tiene el cabello largo?- repreguntó aquel niño, resguardado en su inocencia incólume.

–          Pues porque hay hombres que tienen el cabello largo, eso no tiene nada de malo. Deja de preguntar cosas tan irrespetuosas- le reprochó su padre con su cara todavía roja,  a causa de la situación incómoda en la que su hijo lo inmiscuyó.

Él escuchó todo, aunque no despegó los ojos de las páginas de su libro. Por supuesto que no se molestó ante el cuestionamiento infantil del niño y se rió para sus adentros por la ocurrencia de aquel chiquillo dicharachero y de risa fácil.

Ojalá tuviera licencia para decir lo que pienso sin tener consecuencias- pensó aquel hombre, mientras el libro que tenía en sus manos  lo adentraba en una historia sin punto de retorno.

Tres

Un amigo me dice: “Chávez no es malo, él es un buen presidente; los malos son todas esas ratas y ladrones que tiene como ministros”. Entonces yo le digo: “Sí, pero los ministros los nombra Chávez, y lo peor es que se hace de la vista gorda cuando sus gestiones son malas; lo que de verdad le importa es que aplaudan cuando él hable”. Mi amigo me ve de manera extraña, como calibrando una respuesta cuerda o una amenaza furibunda, pero al final cambia el tema y comienza a hablar de otra cosa. Sabe que muy posiblemente tengo razón. Me odió por eso.

Pronto nos veremos…

El ruego

El poco cabello que le quedaba lo llevaba al ras, dándole a conocer al mundo que hacía bastante tiempo que se había resignado a la calvicie, a la certeza que en su cabeza no volvería a crecer cabello alguno. Con su mano izquierda se tomaba del posa manos que tenía a un lado de su cabeza, mientras que con la mano derecha agarraba su Blackberry. No parecía darse cuenta que afuera del vagón del ferrocarril la vida continuaba, a expensas o no de su atención o conocimiento.

Vestía una camisa barata, de color azul, de esas que se compran en la calle a un precio más elevado del real, pero muchísimo más barato que al costo que se consigue en las boutiques donde la clase alta se regocija y pasa la tarjeta de crédito sin remordimientos, sin si quiera darse cuenta de cuánto gastan…

Su pantalón era una copia de Levis y su Blackberry mostraba las marcas del paso del tiempo. Era un modelo viejo, con la pantalla rayada, las teclas inelegibles y la bolita de mando se mostraba constantemente rebelde ante los mandatos que el dedo de aquel hombre, de mediana estatura y panza de bebedor recurrente,  le imprimía con virulencia y rabia.

Tenía la apariencia de un hombre tosco, que en algún momento de su vida trabajó en alguna constructora y se las vio mal, viviendo del día a día, pero siempre con el suficiente dinero para empinar el codo y maltratar su hígado. No parecía ser un mal tipo, pero algo en él daba la impresión de ser una persona tosca, de trato brusco y de tendencia machista.

Con su gran y áspera mano derecha tecleaba, con un poco de dificultad, un mensaje de texto. Su español era bastante chapucero e impresentable; no había tilde alguna en ninguna de las palabras escritas y los “que” y los “por” sufrían los estragos de los impresentables cortes para dar espacio a más caracteres; si a eso se le suma la inexistencia de puntos y comas, está demás decir que existía cierta dificultad en entender lo que aquel hombre, sacado de algún personaje de Los Picapiedras, escribía.

Estaba pidiendo perdón, o eso expresaban sus palabras. Le decía a alguna mujer, por el tono suplicante de sus palabras se trataría de alguna que le interesaba mucho, que lo perdonara, que aquella rencilla acontecida hacía pocas horas no era motivo para esa pelea estéril, para esa escaramuza sin sentido que no podía eclipsar el amor que se profesaban. Escribía pausadamente, pero no porque estaba buscando las palabras apropiadas para la futura reconciliación, sino porque sus grandes dedos golpeaban dos y tres teclas a la vez y tenía que utilizar su uña cuidadosamente para activar solo aquella que necesitaba.

A pesar del tono desesperado y cursi que escupían sus palabras, su rostro estaba serio, casi inmóvil, imperturbable…  no se lograba generar relación alguna entre la preocupación que mostraba su mensaje de texto y la mirada que exhibía aquel hombre. Levantaba la vista de vez en cuando y observaba la nada, como pensando si aquello escrito surtiría el efecto deseado o si el daño provocado fuese mucho más complejo y fuerte de lo que realmente él apreciaba.

En sus ojos no brillaban la luz del amor, más bien su mirada era parecida a la de un hombre acostumbrado a esas rencillas amorosas, a esas situaciones incómodas que no eran más que algo frívolo y banal que no valía la pena prestarle demasiada atención. En su semblante no había un ápice de remordimiento, no manifestaba que existiese culpa alguna ni que habitara en su ser ningún tipo de arrepentimiento.

Cualquiera se hubiese dado cuenta: aquel mensaje era parte del protocolo,  un ardid meticulosamente orquestado, un cliché barato pero funcional en esas circunstancias, un recurso para salvar una relación que no le importaba, pero que le daba dividendos, le hacía sentir importante y le daba un sentido a su pose machista.

Al final, el ferrocarril se detuvo en su parada. Aquel hombre caminó a la puerta sin demostrar si quiera incomodidad ante los pequeños roces que los afanados usuarios se propinaban para salir primero y llegar antes que nadie a los torniquetes; parecía un hombre más que imperturbable, su pose inalterable parecía casi a la de un psicópata.

No cabía duda: su ruego a aquella mujer era mentira, falso, falaz… su amor era tan impostado como la imagen de originalidad que sus pantalones baratos intentaban demostrar.