Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para diciembre, 2011

Reflexiones

Uno

Para mí ver una película es una manera desesperada de gastar el tiempo, pero Medianoche en París vale el desperdicio.

Dos

Las artes audiovisuales son un ladrillo pesado, carente de felicidad para mí y no le hallo gusto alguno, pero hay que vivir y sentir el poder que tiene una imagen, un momento, y saber lo que genera en el ser humano… menos mal que hay gente que estudia esa cosa.

Tres

Los seres humanos no alcanzamos a realizar si quiera un sueño cuando ya sabemos que en realidad lo que logremos se lo vamos a dejar a nuestras futuras generaciones y no lo disfrutaremos lo suficiente; no alcanzamos a saber qué es la vida y como vivirla cuando nos enteramos que en realidad no estamos viviendo, sino que estamos muriendo… Todo es efímero.

Cuatro

Los budistas tienen como filosofía de vida no querer a nadie; ellos comprendieron que el dolor es una experiencia lo suficientemente miserable y lamentable que pasarse toda la existencia con el firme propósito de no vivirla valía la pena. Ellos no quieren a nadie ni a nada, ellos evitan el trato con los demás para así impedir crear lazos de amistad, ellos no se tratan más de lo necesario… tienen una vida solitaria pero carente de sufrimiento, no extrañan el amor porque nunca lo han sentido ¿Valdrá la pena vivir así? Creo que todo depende de las circunstancias.

Cinco

Estuve hablando con mi profesora de redacción hace un par de meses. Me invitó a almorzar porque le pedí que leyera un borrador de una pequeña historia que escribí y le comenté que me diera sus impresiones. Yo comí unas pastas infames y ella un pasticho que no pintaba mal. Hablamos de todo, trato de no ser tan fuerte conmigo con respecto a mi manuscrito, pero en términos generales creo que ese día mi futuro como escritor sufrió un duro revés, si es que alguna vez existió.

Seis

Aquel día de la charla con mi profesora hablamos también de Dios. Ella es una ferviente practicante de la fe cristiana y yo un ferviente temeroso de la muerte. Le expliqué que mi fe no se basaba en sólidas columnas sino en un miedo incuantificable a morir. Ella me dijo que eso no estaba bien pero que tampoco era algo fuera de lo común. Quedamos para charlar otro día sobre nuestras percepciones teológicas; ese día no ha llegado. Que Dios perdone mi fe endeble y que me permita estar a su lado desde el momento, que espero sea dentro de muchísimos años, en que ya no deba estar aquí.

Siete

Soy un fiel creyente en las propiedades milagrosas que tiene el capitalismo. Baso este pensamiento en esta simple ecuación: Para tener desarrollo hace falta dinero, para tener dinero hay que tener capitalismo y si se tiene capitalismo habrá recursos para dar una mejor calidad de vida. Hasta ahora no hay otra manera de generar riquezas; quizá el filósofo de Chávez invente una; con este gobierno ya nada se sabe ni se da nada por sentado. El hecho es que a pesar de mis profundas convicciones, bastante tiradas hacia la derecha,  no logro entender este fervor por ir a comprar lo primero que se vea en las tiendas sin razonar un poco a la hora de gastar el dinero. Estas son las bondades de los países petroleros, estamos hasta el cuello de mierda y siempre hay dinero en la calle para comprar pendejadas.

Ocho

Todos los pensadores, más que todo los demócratas, siempre utilizan esa famosa frase de “Todos tienen derecho a buscar la felicidad” pero  ¿De verdad alguna vez alguien la ha conseguido? ¿Será que la felicidad forma parte de las “utopías necesarias”? ¿La felicidad está por ahí a la espera de ser encontrada? ¿O nos conformamos con apariciones fugaces de ella? He allí un problema existencial.

Nueve

La famosa eternidad. La verdad es que siempre he visto a la eternidad como una meta a conseguir, casi de manera desesperada, pero ¿Alguien se ha puesto a pensar lo que significaría vivir eternamente? ¿Alguien le tendrá miedo a la eternidad? ¿No será la eternidad peor que la vida? ¿Qué coño hace uno si vivirá eternamente? ¿Para qué molestarse por algo si habrá una eternidad para acomodarlo? ¿Será la eternidad mejor que la muerte? Ahora que lo pienso bien, no sé qué tan entretenida pueda llegar a ser la eternidad, la verdad.

Diez

Reflexionar no sirve para un carajo si después no haces nada. Eso me recuerda una anécdota que me contó mi profesor de filosofía una vez: Un periodista le pregunta a un filósofo conocido ¿para qué sirve la filosofía? Y el filósofo le responde: Para que personas como usted no hagan preguntas tan estúpidas.

Once

El 2011 se nos escapó de las manos. Él se llevó consigo cosas muy importantes en mi vida y me dejó sinsabores que recordaré por siempre. Lo recordaré con el odio que siento al saber que soy una persona que nació para no perdonar, que esa es una tarea imposible de llevar a cabo para mí; perdonar se lo dejo yo a los sacerdotes, pero yo no perdono a nadie ni a nada.

Igual siempre habrá cosas lindas que recordar. Yo solo le pido a Dios que el año que viene, año electoral, nos ilumine el camino a todos los venezolanos y que este sea el periodo elegido para ver a un nuevo hombre con la bandada de presidente. Sería un lindo regalo. A trabajar por él.

¡Glückliches neues Jahr!

Feliz año para todos y que Dios los bendiga.

Pronto nos veremos…

Navidad

Aquí, ahí, allá...

Mis vecinos tienen gaitas en su reproductor de música que se escuchan a lo largo de casi toda la calle. Los niños corren por toda la urbanización ensuciando la ropa que seguramente sus padres compraron con gran sacrificio,  y quizás aguantándose unas colas inimaginables en las tiendas para que se vieran bien en esta fecha especial; a ellos les importa un carajo eso, son niños ¿a quién coño le interesa la ropa cuando tienes siete años y corres detrás de una pelotas o juegas a las escondidas?

También escucho los fuegos artificiales que explotan por doquier y que son quizás el símbolo más sonoro de la algarabía que trae este mes de reconciliación, paz y familia. Tengo 20 años y es la primera vez que no estoy allí afuera junto con mis vecinos viendo pasar a las mujeres y tratando de ver más allá de ese vestido negro o de aquella licra prometedora que al final nos deja todo a la imaginación, por desgracia. O también hablando sobre cualquier pendejada o principalmente de todo el rollo que fue comprar los regalos o que “las luces del coño esas las instalé y me di cuenta después que estaban dañadas y nunca prendieron”. Que “tengo hambre y mi mamá no quiere servir porque todavía es temprano”… Esas son las conversaciones, por lo menos hasta que el whisky y el ron hacen efecto y nuestro comediante presidente irrumpe en la charla y nos acordamos de todos los problemas y ya todo se jode.

Yo me declaré prisionero en mi cuarto y decidí encerrarme aquí a pasar la navidad más lamentable y miserable que he tenido en mi vida. Fue mi elección y quise que fuera así. Ahora quizá sé lo que siente un exiliado cuando está alejado de su tierra,  de sus costumbres y le toca conformarse con lo que haya. Yo pude tener un poco más y pasarlo de una forma un poco distinta, pero la tristeza persiste y no hay nada que la haga desaparecer. No tengo nada que celebrar y que Dios me perdone.

Aun así disfruté de una cena maravillosa y me atiborré de pernil y arroz de coco. También me aferré como un náufrago al pan de jamón y dije: “Exprópiese esa vaina, que eso es mío”-refiriéndome al pan de jamón, claro. Algo se ha de pegar del mal ejemplo gubernamental.  Al final el pan no estaba tan bueno, pero qué carajo.

Ahora que estoy encerrado por voluntad propia aquí,  se me ha dado por recordar aquella infancia no tan remota cuando siempre soñé con tener una pista de carritos y nunca la tuve. Quizá no fue culpa solo de mis padres, ahora que lo pienso bien siempre se me antojaba tenerla justo en esas fechas cuando la navidad o mi cumpleaños estaban muy lejos y la flexibilidad de la chequera de mi padre era escasa. Al final, solo vi una por televisión.  Normal, nunca la necesité.

Recuerdo aquella navidad cuando mi papá me dio de regalo un barco pirata. Fue un excelente regalo. A la semana siguiente nos fuimos para la playa y allí descubrí que si bien mi regalo era un barco, parecido a esos que salen en las películas gringas, cuando lo puse sobre el agua nunca flotó. Se iba de un lado porque la vela era muy pesada y de manera ineluctable el barquito se hundió una y otra vez mientras mi cara  de niño se preguntaba cómo era posible que un barco no flotara, para eso son ¿no? Mi abuela me veía desde la sombra ese día.

Hubo una vez que me regalaron una pequeña mesa para jugar al pool con mis amigos. Aquel regalo duró apenas unos pocos días porque al poco tiempo había botado las peloticas y hasta allí llegó. Sigo siendo un desastre jugando al pool, salvo cuando tengo unas rachas de suerte que parecieran un regalo divino. De resto, mejor lo veo por ESPN.

Mi abuela me regaló una vez un Uno. No fue de navidad, pero hoy se me da por recordar todo. Estábamos en una tienda con mi tía y le dije que me lo regalara. Mi tía no me lo quiso pagar y mi abuela se fue corriendo a la otra caja mientras mi tía hacía otra cosa y me lo compró a escondidas. Ya ese Uno no existe, sus cartas deben estar esparcidas en algún basurero público. No importan que ya no estén, yo las recuerdo. No he vuelto a jugar más nunca Uno.

Para un cumpleaños le pedí un nikko a mi tía de regalo. Ella no me lo podía ir a comprar así que le dio su tarjeta de crédito a mi abuela para que me acompañara  a comprarlo. Tras ver unos cuantos, me decidí por uno hermoso de color rojo y que daba vueltas sobre sí mismo. Un día se me acabaron las pilas y tras sentirme frustrado por no poderlo manejar,  le inventé una conexión y lo enchufé al toma corriente. Ese día aquel hermoso nikko murió víctima de una sobrecarga eléctrica. Siempre se comportó a la altura.

Pero ahora que se me ha dado por rememorar tantos sucesos, una foto tuya me ve desde la mesa de noche mientras escribo estas líneas, y quiero pensar que en realidad no es tu foto la que me mira sino que eres tú misma la que lo hace y me recuerdas todo lo que siempre me decías: que tengo que estudiar,  que tengo que aprender hablar inglés, que el inglés es muy importante ahora y que si no lo aprendo ahorita no lo voy a aprender nunca.

Que eres tú recordándome que si yo no estudio mi futuro será gris y nunca saldré adelante, que me consiga una muchacha buena gente para vivir el resto de mi vida junto a ella y que nunca le falte al respeto, que maneje con cuidado, que no ande muy rápido, que del apuro solo queda el cansancio. Todas aquellas cosas que siempre me recomendaste y que si bien no las aprendiste en una universidad, las aprendiste en el mayor centro de estudio del mundo: La vida.

También recuerdo esa semana en que te quedaste a dormir en la casa y tejiste aquel centro de mesa hermoso que luego nos regalaste y que ahora es el adorno principal de nuestro comedor. Las matas del jardín que infinidad de veces fueron regadas por ti y que la última vez que las vistes te alegraste ante lo bellas que estaban. Son esas cosas las que recuerdo ahora.

Pero aunque se me ha dado por pensar en tantas cosas este 24 de diciembre, en lo que principalmente pienso es en ti. Ahora que lo pienso bien, mi navidad no es tan miserable como lo escribí en un principio,  porque sé que tú estás aquí en este momento y eres la primera en leer estas líneas; aunque también sé que esto no es consuelo.

Me imagino que no lo es  por la incapacidad que tenemos para aceptar las pérdidas y seguir adelante sin tener esta sensación de que algo irreparable ha sucedido y que no hay nada que podamos hacer.  Quizá también sea esta terquedad de aferrase a lo imposible y creer que todo es para siempre cuando no es así. Quizá también el ser humano debe tener siempre sus utopías para tener ganas de seguir viviendo; no lo sé, la verdad.

Estas cosas son  las que se me vienen a la mente mientras escribo esto, pero el sosiego de tu presencia, aunque no estés aquí, es suficiente para darme cuenta que las razones para seguir son muchas y que la esperanza de que el año próximo será mejor son alentadoras, aunque sé que siempre faltará algo: tú.

Para ti abuela, que vives en el recuerdo incansable de tantos días de alegría y felicidad, que tuviste la capacidad de entregar tu amor sin restricciones,  sin pedir nada a cambio  y que, sin exigirlo nunca,  recibiste el afecto de cientos de personas, aunque siempre nos quedáramos en deuda contigo.

Sé que estás aquí, aunque no te pueda ver.

Nos vemos por ahí, seguro.

Pronto nos veremos…

La gasolina: ¿nuestra fortaleza?

Venezuela: Tan hermosa y tan golpeada

Hace un par de días estaba revisando por twitter las informaciones de los distintos medios y me di de bruces con la noticia de que en varias ciudades de Venezuela, como Barquisimeto, había escasez de gasolina y existían grandes colas para hacerse de este preciado combustible.

Al día siguiente tenía que salir con el carro a hacer unos depósitos al banco y me di cuenta que el carro estaba falto de gasolina. A la primera gasolinera que fui me recibieron con conos en los dispensadores, como muestra de que no había combustible, y los trabajadores estaban sentados bajo la sombra de un árbol mientras jugaban a las cartas o al dominó; el juego exacto se me hizo imposible de apreciar.

Cuando llegué a la segunda gasolinera, esta vez no me recibieron con conos y con trabajadores que jugaban bajo la sombra de un arbusto, sino una gran cantidad de vehículos que se apilaban unos tras otros a la espera de llenar el tanque. Cuando ya llevaba más de media hora en la cola, una camioneta destartalada, de esas que hacen mudanzas y van de aquí para allá de forma incansable, se agregó a la cola, justo al lado de mí, y aquel ambiente de aburrimiento y desesperación- tan típico de las colas- se convirtió en algarabía y júbilo.

¿Por qué? De esa camioneta, que se caía a pedazos, el hombre que la manejaba tenía puesto a todo volumen una salsa reconocida y pegajosa  y solo en pocos segundos los conductores que estaban en la fila comenzaron a golpear los volantes de sus carros al ritmo de esa canción que dice qué precio tiene el cielo, que alguien me lo diga, si yo con esta historia siento que la gloria ha llegado a mi vida…

El trabajador de la gasolinera no se quedó atrás  y mientras metía el surtidor de gasolina en el agujero de los tanques de los vehículos, bailaba y aplaudía al son de esta reconocida canción.  El conductor de aquella camioneta semiderruida se bajó de ella y comenzó a hablar cordialmente con el sujeto del carro siguiente como si se conocieran toda la vida. Gracias a la música, los males de la escasez de gasolina se olvidaron  por un momento y aquel ambiente avinagrado en el que estábamos sumergidos todos los que hacíamos la cola se llenó de fiesta gracias a ese sujeto sucio y de aspecto despreocupado que vino con su salsa a alegrarnos la vida.

Minutos después, me tocó el turno a mí y el empleado de la gasolinera me saludó cordialmente-mientras seguía bailando- y me dijo que no había gasolina sin plomo, así que me tendría que conformar con la que había. Como es obvio en este país, uno consume lo que haya y le expresé que no se preocupara, que llenara el tanque con lo que hubiese.

Mientras aquel sujeto bailaba, yo le pregunté si era verdad aquellas noticias de que había escasez de gasolina. El hombre fue tajante en su respuesta: Sí chamo, está pelúo conseguir gasolina ahorita. Hice una mueca de desprecio en mi rostro ante la noticia y simplemente le respondí: Este gobierno sí jode, vale.

Aquel comentario fue más un desahogo que una de mis constantes, y muchas veces, tediosas críticas al régimen de turno. No esperaba que aquel hombre, que se divertía al ritmo de Marc Anthony, me respondiera absolutamente nada, pero me equivoqué. Mientras tomaba un pote de agua y jabón para lavarme el parabrisas me comentó: Bueno chamo, este es el socialismo mesmo de este gobierno ¿Qué podemos hacer? Solo nos queda bailar y reír para no llorar.

Me reí y le dije que no, que sí podíamos hacer algo; que las elecciones del año que viene eran la luz al final del camino, pero mi comentario no fue escuchado y aquel hombre se alejó a atender otro carro mientras seguía aplaudiendo y bailando dejándose llevar por la letra de una nueva canción.

Al minuto le pagué la gasolina y le dejé dos bolívares de propina por su caballerosidad y por lavarme el vidrio. Mientras iba de camino al banco no pude más que pensar que este país no sé si tiene los seres humanos más pacientes y bondadosos o los más conformes y resignados; quizá sea un poco de todo. Solo espero que este descontento que crece poco a poco- pero que no sé si alcance- se vea reflejado en las urnas el año que viene y nos regale un país más viable y unido.

Tengo que confesar que hace un par de días no se me ocurría nada para escribir en este blog, pero como sabrán este gobierno ha hecho de la realidad venezolana una caja de sorpresas y solo hay que salir a la calle para darse cuenta que hay tantas historias que contar, tantas sujetos sucios y bonachones con su salsa a todo volumen que merecen ser escuchados y que existen tantas razones o causas para escribir sobre esta Venezuela que en el repertorio nunca habrá escasez; como sí la hay en nuestros supermercados.

Como diría la frase de la famosísima de la serie estadounidense Los expedientes secretos X: “La verdad está ahí fuera”; y es verdad,  en Venezuela solo hay que saber ver.

Para ustedes, queridos lectores,  defensores de nuestra verdad y creyentes en el santísimo, les deseo una feliz navidad y unas felices fiestas.

Que Dios los bendiga.

¡Porque sí hay otro camino!

Pronto nos veremos…

 

 

El luchador

El luchador estuvo aquí, en busca de su anhelo

Quizá sea por paranoia o porque los periodistas deben cuidar eso de “la confidencialidad de la fuente”. El hecho es que no me voy a arriesgar a nombrarlo por su nombre y apellido, porque en esta locura en la que se la pasan los chavistas viendo espías gringos por todos lados, quizás a mí también se me pegó un poco de estas alucinaciones, y pueda que algún “cuidador de la revolución” lea mi blog. Por esto, por respeto a él y a su gran corazón lo mantendré en el anonimato.

Todo comenzó un día del mes de febrero. Una compañera de clase me insistió que la acompañara a cubrir una huelga de hambre que algunos valientes enfermeros habían emprendido en Altamira. Estaban allí luchando por algunas reivindicaciones salariales que ellos creían justas y más que razonables para su gremio. Por supuesto, llegaron a esos extremos porque todas las vías legales ya establecidas se habían agotado y el Ejecutivo Nacional se negaba a darles el tan ansiado aumento salarial que con desesperación pedían estos aguerridos enfermeros.

Fuimos una mañana. Había llovido toda la noche y las colchonetas donde dormían los huelguistas estaban húmedas y varias goteras empapaban sus artículos personales. Las pancartas estaban hechas nada y las consignas apenas se leían: la tinta de los marcadores se había chorreado por las cartulinas hechas jirones y sus palabras eran casi imposibles de leer.

Los colaboradores buscaban tobos para ponerlos donde estaban las goteras, algunas personas se acercaban y donaban pedialite, otras cuantas rehacían las palabras ya borradas por la lluvia en cartulinas nuevas, algunos periodistas estaban allí tratando de que sus cámaras no se mojaran y nosotros estábamos allí con el solo propósito de entrevistar a algunos colaboradores, y si era posible, a algún enfermero en la huelga.

Lo que iba a ser una visita de interés periodística se convirtió en un lazo de hermandad y solidaridad tan fuerte por aquellos enfermeros y su causa que volvimos allí durante más de una semana durante todos los días y ofrecimos nuestra ayuda incondicional en lo que se pudiera hacer. Al segundo día de estar ahí, un hombre de aspecto desvencijado, un poco dejado, de mirada melancólica y andar atropellado, se nos acercó y nos pidió el favor de que le prestáramos nuestra cámara para que él tomara unas fotos para el periódico donde trabajaba.

No podía ser de otra manera, sentimos gran suspicacia al verlo, y más cuando nos pidió un favor al que solo se recurre a un amigo, no a un desconocido, pero en su hablar nos dimos cuenta de que era un hombre honesto y necesitado: solo quería nuestra ayuda. Mi compañera, pensándolo bastante, le entregó la cámara y esperamos a que volviera.

Vino un par de horas después, cuando ya la preocupación y los nervios de mi compañera estaban al punto del colapso, y nos devolvió la cámara. Lo vimos al día siguiente y nos saludamos con efusividad y cariño. Mientras esperábamos a que se llevara a cabo una rueda de prensa por parte del líder de los huelguistas, nos comenzó a contar su vida.

Nos pareció un poco raro, uno no anda por ahí contándole la vida a unos recién conocidos; pero en su verbo pude apreciar anhelos de desahogo y también de frustración.Mientras en su pecho colgaba su hermosa cámara y con su mano derecha agarraba un bastón para recostar su peso sobre él (Nos contaría luego que tenía un problema en la espalda por una golpiza que le dieron por razones que ahora no recuerdo) y de su boca comenzaron a salir palabras, palabras y más palabras durante más de una hora.

Fuimos incapaces de interrumpirlo en algún momento de su relato. En sus ojos vi conatos de lágrimas que solo él sabrá por qué nunca dejaron de serlo para convertirse en la respuesta al desahogo de sus palabras. Inició contándonos que estaba casado con una mujer que ahora apenas y recuerdo detalles sobre ella. Nunca la conocí y solo sé algo de aquella extraña mujer por lo que él me contó ese día. Nos dijo que tenía un hermoso bebé de poco más de un año. Nos comentó con orgullo y sin titubear que aquel niño era su soporte y su bien más preciado en este mundo.

Su relato paró por un momento, suspiró con tristeza, y nos dijo que aquel chiquillo había nacido con un defecto en su corazón (nombró la enfermedad exacta con rencor, pero ahora, la verdad, se me hace esquivo recordarla) y dijo que la operación costaba más de 150mil bolívares. Solo era necesario ver la austeridad con que se vestía aquel hombre para saber que aquel sujeto con las justas tenía cómo vivir el día a día. Se nos vino el ánimo al piso a mi compañera y a mí.

Nos comentó también dónde vivía, pero aquel barrio de nombre extraño no me sonó para nada, cosa que no es raro teniendo en cuenta que la geografía de Caracas me es bastante esquiva. Él mismo retomó el tema de su hijo, nosotros no fuimos capaces de adentrar en esa problemática, no teníamos corazón para meter el dedo en ese dolor que le carcomía la vida aquel hombre de sufrimiento grande pero de fácil sonrisa.

Le pregunté si había ido al Hospital Cardiológico Infantil de Antímano a ver si le daban una ayuda allí. Ese hospital es para la gente de bajos recursos, le dije casi con desesperación. Su rostro se tornó sombrío y con rasgos de ira; me dijo que sí había ido, que su jefe le había ayudado a hacerse de una cita “porque allí las colas son infernales” y que las cosas habían terminado bastante mal. Sin aguantar un segundo, le pregunté por qué las cosas le habían ido mal, su respuesta fue tan desgarradora y tan parecida a una novela que rozaba lo irreal.

El día de la cita con la encargada de las cirugías, llevó a su pequeño bebé y todos sus exámenes para comprobar la enfermedad y ver la gravedad del asunto. La mujer lo atendió de buena gana y le dijo que lo iba a ayudar. La cosa tuvo un cambio de 180 grados cuando aquella mujer le pidió su número de cédula y sus datos personales. Al ser introducidos aquellos datos en la computadora el rostro de aquella mujer se enserio y le dijo que ya no era posible prestarle ningún tipo de ayuda a su pequeño. ¿Por qué?- preguntó él desesperado. Porque aquí no se le presta ayuda a los escuálidos como tú. Sabemos que firmaste. Llévate a tu pedazo de carajito de aquí- concluyó aquella tipa.

Cuando le dijo “pedazo de carajito” a mi chamo perdí los estribos, me monté encima del escritorio y me le fui encima a la vieja esa cabeza de…- me expresó con los ojos inyectados de ira. Luego llegaron los de seguridad y me sacaron de la oficina antes que le partiera la cara a esa caraja. Le pregunté lo obvio: ¿No te metieron preso? Casi-me dijo. Llamaron a la Guardia Nacional y yo andaba con mi chamo en los brazos, por suerte el guardia que me llevó era un pana mío y el tipo me dejó libre sin cargos ni nada.Me pidió que no hiciera otra cosa así porque no me iba a poder ayudar otra vez. Gracias a él sigo en la calle.

Terminó su relato de esta manera. Miré mi reloj y vi que era hora de almorzar. Le dije que fuera con nosotros a comer. Nos dijo que no tajantemente, que él no tenía dinero. ¿Entonces qué vas a comer?- le pregunté. Voy a la panadería, me compro un pan y mil de mortadela y con eso como bien. Eso es lo que como casi todo los días, todo mi sueldo lo agarro para ahorrarle la operación a mi chamo. Apenas llevo 50 y pico mil. Los doctores dicen que si no lo opero dentro de unos pocos meses… y no dijo más; no salía voz alguna de su boca.

Mi compañera y yo casi le rogamos que nos acompañara, que yo lo invitaba a almorzar. Se negó, pero le expliqué que ese orgullo no lo llevaría a ningún lado y de tanto insistir nos acompañó. Comimos una parrilla con la mejor guasacaca que he probado en mi vida. Ese es el atractivo de ese lugar: La guasacaca, sin lugar a dudas. Ese fue el último día que lo vi. Lo último que recuerdo que haya dicho ese día fue que votaría para las presidenciales el año que viene sin falta, que esa sería una forma de venganza ante el horror que vivió aquel día en el hospital y de la odisea que es su vida día tras día.

Lo volví a ver en mi universidad el día del debate presidencial. Le grité y cuando me vio sonrió y se acercó a saludarme. Me dio la mano afectuosamente. Le pregunté por su esposa; me respondió que ya no era casado, que su mujer lo había abandonado. Obvio, le pregunté por su hijo: Sigue luchando- me dijo sobria y tristemente. Luego se fue a hacer yo no sé qué y no lo volví a ver más. Su cámara seguía siendo su única arma, su bastón su verdadero aliado y su existencia un manojo de preocupaciones y de luchas constantes.

Su vida no había cambiado mucho, con la sola diferencia que el tiempo de su hijo se agota segundo a segundo y las canas y las arrugas de su cara son el principal indicio de esto.

Porque hay héroes en todos lados y en los lugares menos pensados. Tu historia merece ser contada, aunque sea en esta humilde tribuna.

Que Dios te bendiga a ti y a tu hijo.

¡Porque sí hay otro camino!

Pronto nos veremos…

Yo ya no sueño

Porque hay que luchar por seguir soñando

Decir que sueño ya sería exagerar. Hace mucho que ese verbo no se aplica en mi vida; la situación del país me ha alejado de mis quimeras y mi lado idílico. Me he convertido en un hombre un poco sombrío, serio,  amargado, algo frustrado y también con tendencias acanalladas. Ahora solo critico, me molesto por banalidades y pocas veces encuentro razones para sonreír y estar feliz; la realidad de mi nación me cachetea todo los días y hacerme el desentendido se me hace imposible.

Y es que ya yo no sueño con un gobierno que resuelva todos los problemas de inseguridad que tan duramente nos aquejan desde hace algún tiempo. Yo ya no pienso en ese paraíso en donde no haya asesinatos, robos, extorsiones, secuestros ni más de 60 muertes por fin de semana en Caracas. Eso era antes, ahora sería “feliz” si por lo menos un número decente de los asesinos fuesen atrapados y enjuiciados y que la policía custodiara ocasionalmente las calles del país. Solo eso.

Y es que ahora yo ya no sueño con cárceles que sirvan de correctivo para los delincuentes y los devuelvan a la sociedad hechos unas personas de bien, eso en este momento me parece una utopía. Yo solo pido que los reos de este país duerman en camas separadas, no más de dos reclusos por cuarto, que puedan comer tres veces al día un alimento medianamente aceptable y que alguien les explique el porqué están allí y hacerlos reflexionar, aunque sea un poquito, del daño que hicieron. Solo eso pido.

Eso de que se respeten las reglas de tránsito y haya fiscales por todos lados para hacer cumplir las normas me parece un hecho inaudito; eso lo podía haber pensado hace algún tiempo, pero ahora no soy tan arriesgado en mis diatribas. En la actualidad, solo pido que haya uno que otro fiscal regado por algún lado y obligue a los motorizados a respetar las normas y circular por las calles y autopistas de una manera aceptablemente civilizada.  Que hagan cumplir las leyes a los conductores de vehículos ya me parece exagerado,  eso lo dejaría como algo opcional y de apreciación para los fiscales ¿es esto un imposible?

Yo ya ni siquiera pido que tapen los huecos de las autopistas y avenidas del país, solo le ruego a Dios-y/o profeta y derivados- (entiéndase Mahoma, Buda, Maradona, Extraterrestres, Hinduísmo, judaísmo, mormones, testigos de Jehova y cuanta secta rara y exótica exista en el mundo) que cuando se dañe el tren delantero y trasero del carro, por los innumerables huecos de la carretera, mi papá pueda ir al mecánico y haya los repuestos necesarios para arreglarlo. Solo eso pido, Dios mío.

Siempre me ha gustado la lluvia, su sonido golpeando el suelo y las gotas chocando y resbalándose por el vidrio de las ventanas me alegra la vida. Pero eso era antes, ya no solo no quiero que llueva, sino que rezo fervientemente para que este acontecimiento no suceda mientras no me encuentre en mi casa.

Las colas que se producen cuando llueve son de una bestialidad tan grande que rozan lo inverosímil. Ya yo me dejé de esa mala costumbre de echarle la culpa al gobierno por las lagunas que se arman en las avenidas cuando aquellos chaparrones azotan Caracas, ahora las idas y venidas del clima he decido que son únicamente responsabilidad de los dictámenes divinos. Por lo menos Dios me escucha, aunque no sé si me responda.

Que exista una total libertad para expresar lo que cada uno piensa y que haya muchos medios independientes para hacer esto posible, me parece inconcebible. Yo solo sueño con que el gobierno no joda más a los pocos canales y periódicos que todavía le hacen oposición y los deje trabajar con la menor cantidad de contratiempos posibles. Ya ni siquiera me importa que el Estado tenga 11 canales a nivel nacional, que le sirven como medio propagandístico, y que la oposición solo tenga uno.

Es que ya ni siquiera me sobresalta que Chávez tenga gran parte del campo comunicacional y que amedrente a los “ni ni” de Televen y Venevisión para que no se metan con él; con que deje en paz a Globovisión y a los periódicos que quedan haciéndole oposición aún, me conformaría ¿Será mucho pedir, señor Chávez?

Por lo más sagrado que en un futuro no espero que el presidente del país sea un hombre intelectual, graduado de buenas universidades, estudiado, o que haya tenido las mejores notas de su promoción; solo anhelo que el próximo presidente de Venezuela sea un hombre que tenga una carrera (La que sea), que esté interesado en las cosas de la política y tenga una buena educación. No pido a Churchill, a Obama, a Clinton, a Betancourt, o si quiera a un Uribe, solo pido a un hombre con un poco de sentido común y dos dedos de frente ¿Será posible esto, Dios mío?

No sueño con un primer mandatario que haya recorrido el mundo, que se haya relacionado con grandes personalidades e intelectuales, ni mucho menos un hombre de varios postgrados y reconocimientos guindados en las paredes de su casa. Tampoco pido un presidente que sepa hablar inglés, francés, portugués, alemán o alguna de esas lenguas importantes y conocidas; solo imploro por un presidente que hable correctamente el español, ni siquiera que lo hable perfecto, solo que lo maneje de una manera presentable. Nada más ¿qué tan difícil puede ser?

He criticado fervientemente durante parte de mi vida a las Fuerzas Armadas de este país. Siempre he dicho que no sirven para nada y que su funcionalidad es inexistente. En Venezuela no necesitamos ningún ejército sino una policía bien armada y preparada que esté en capacidad de luchar contra la delincuencia y el crimen organizado. Teniendo esta policía y aboliendo el ejército nos ahorraríamos millones de millones de dólares, los cuales podrían ser invertidos en educación y salud.

Pero ya yo me dejé de  esta lucha estéril y sin adeptos, ya no me importa que haya ejército y que nos matraqueen en los peajes por cuanta estupidez se les ocurra. Yo solo pido que a los soldados se les obligue a estudiar una carrera de verdad (porque ser soldado no es una carrera nada) y que les paguen un sueldo más alto y razonable para las exigencias de vida de la Venezuela actual. Solo eso ruego.

Siempre me he declarado un hombre de derecha. Creo en el capitalismo solidario, en las medidas neo liberales, en el poco intervencionismo del Estado en la economía y en la propiedad privada. Pero tener esta ideología política solo me ha amargado más la vida y me ha hecho un hombre triste, deprimido y de mal humor. Decidí dejarme de joder con rollos ideológicos y me he vuelto un conformista. Es por esto que ya no pido que en este país se le devuelva las empresas a los dueños ni que las compañías públicas trabajen con las privadas, ahora solo pido que le paguen a los expropiados, que Chávez no le joda la vida a Polar y que las pocas grandes empresas privadas que quedan las deje tranquilas y funcionando, tal como lo han hecho siempre.

Ya no pido neo liberalismo, capitalismo y oportunidades de superación para el pueblo por medio de la propiedad privada y el incentivo al trabajo, solo ruego que la estatización pare y dejen trabajar a los empresarios, por lo menos hasta que el susodicho pierda las elecciones y ya todos volvamos a soñar de nuevo ¿tan complicado les parece esto? Ya yo no sé qué es difícil y que no, por eso pregunto.

Es que ya ni siquiera me arrecha que el gobierno solo venda a precios subsidiados los libros de los izquierdosos con que nos quieren ideologizar, mientras que en las librerías normales comprar un libro de agrado cuesta 300% más.  Eso ya me parece juego de niños, ahora solo imploro con que llegue el día en que pueda ir a una librería y conseguir el libro que me guste, y que no lo tenga que comprar por Amazon, así lo tenga que adquirir aquí a precios estratosféricos.

Ir al supermercado y conseguir varias marcas de leche, azúcar, café, mantequilla, o cualquier otra cosa, es una quimera y ahora nos conformamos con lo que haya. Ya en este país elegir no es una opción y hay agarrar lo que exista en los anaqueles. Esto ya no me importa demasiado, lo único que imploro todo los días es que el gobierno no esclavice y ponga de rodillas al pueblo poniéndolo a hacer unas colas infinitas bajo un sol inclemente por un pollo, una bolsa de caraotas y un pote de mantequilla. Eso es prostituir al pueblo, aunque Chacumbele diga que no.

Las marcas ya no me importan, señor Chávez ¿Será posible que aunque sea podamos conseguir todos los productos sin necesidad de calarnos una cola y no parecernos tanto a Cuba? Díganme ustedes ¿Estoy pidiendo demasiado, amigos?

Ya eso de soñar no se me da bien, este gobierno me ha expropiado las ganas de hacerlo. Pero aún así, sigo teniendo el título de propiedad de mis ganas de luchar y de seguir adelante.

¡Porque sí hay otro camino!

Pronto nos veremos…