Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para agosto, 2011

Porque siempre hay una razón

Para ti, que sabes quién eres.

 Uno:

Mi vecino de enfrente bombardea la cuadra, por lo menos una vez al mes, con un reguetón a todo volumen que me desespera y me da a entender, una vez más, que la racionalidad humana es, en muchos casos, eventual, efímera y muy pocas veces le damos un gran uso. El reguetón y sus cantantes son la gran muestra de esta afirmación.

 Dos

El mismo vecino siempre me saluda y me trata con respeto y cariño: es un muy buen tipo. Cada vez que nos vemos me estrecha la mano y me pregunta qué tal me trata la vida. Yo lo trato con cortesía. Es un buen chamo, pero siempre que nos encontramos tengo el impulso de preguntarle ¿Cuándo mierda me dejarás de joder la vida con tu maldito reguetón? Es tan buen tipo que nunca soy capaz de decírselo.

 Tres

La vida es una mierda. Es injusta, desleal, muchas veces le da mucho a quienes merecen pocos, ayuda a los que no merecen ayuda, le da suerte a los que no deberían tenerla y les da vida a los que no deberían vivirla.

 Cuatro

La muerte es un mierda. Es caprichosa, desleal, artera e insaciable. Se lleva consigo a los inocentes, asusta a quienes merecen vivir, hace apariciones rápidas con la intención de llevarte consigo y luego te deja sólo para divertirse, sabe que luchas contra ella toda la vida y al final siempre vas a perder, pero somos tozudos y nos ilusionamos simplemente con tener un round más con ella, para así aplastarla aunque sea por un momento. Ella sabe que va a ganar y sabemos que nosotros vamos a perder, pero aferrarse a esta causa perdida (La vida) es tan divertido, emocionante, placentero y lleno de alegrías que sabemos que vale la pena estar en el bando equivocado.

 Cinco

Creo en Dios desde que tengo uso de razón. Sigo creyendo en él con una seguridad y una firmeza que sólo menguó un poco hace ya algún tiempo. Él me demostró que siempre ha estado conmigo y yo le creí y le creo, por eso le soy sincero siempre que hablo con Él y le digo que no soy un gran hombre ni un buen cristiano y que mi fe se basa en mi miedo a morir; creo que Él lo entiende y me perdona por eso. Sé que Él sabe que en realidad ninguno de nosotros somos grandes hombres o grandes mujeres, y aún así está dispuesto a recibirnos en su casa cuando él decida que nos toca visitarlo. En realidad, nunca aceptaremos con agrado la invitación de Dios, pero Él igual nos recibe a nosotros y a los nuestros con agrado y alegría, y sea cual sea ese lugar, siempre será algo mejor a este mundo lleno de mierda e injusticia; aunque nos cueste aceptarlo y no sea un gran consuelo para nosotros los mortales.

 Seis

Este domingo fui a la iglesia. Nunca lo hago, excepto cuando los compromisos sociales me obligan. Se lo prometí a Dios y le cumplí. Tenía dos grandes razones para cumplir a mi promesa y no podía fallarles ni a ellas ni a mí mismo. Estando en la iglesia descubrí dos cosas: No me sé casi ninguna de las oraciones y me aburre de sobremanera esos canticos que están acompañados con la guitarra de algún entregado feligrés. Aunque parezca raro, disfruté el sermón y no me aburrí un solo instante. Le pedí a Dios, especialmente por las dos razones que me habían llevado ese domingo a la iglesia, y le prometí, no sé si con demasiada seguridad, que trataría de ir más seguido. Espero cumplir con mi promesa. Yo sé que me perdonó por mis pecados y yo sé que Él cuidará de mis pedidos.

 Siete

Mis amigos me exigen que me compre un Blackberry y me odian a veces por mi reticencia a hacerlo. Yo le pido a mis amigos que no sean tan imbéciles y se gasten el dinero que les cuesta ese aparato en otra cosa, como comprar buenos libros, pasar un buen fin de semana en la playa o hacer feliz a alguien con ese dinero, o lo que sea; ellos me odian por eso. Entonces sé que por momentos he sido odiado o repudiado por mis amigos, aunque ese odio haya sido efímero, o quizás no tanto. A pesar de esta certeza, sé que ellos me quieren y yo los quiero a ellos, y que nuestra amistad es una razón más para vivir y levantarse todo los días.

 Yo disfruto leyendo a Vargas Llosa y ellos disfrutan idiotizándose en ese aparato que ellos creen necesario pero en el fondo saben que no lo es tanto, pero como dice el dicho: “No hay peor engaño que engañarse a sí mismo”. Cada quien disfruta la vida a su manera, eso es bueno y me parece genial, aunque no es un gran consuelo en este caso; pero el cariño y las razones para compartir con ellos están allí y eso es lo que importa.

 Ocho

Winston Churchill decía que si a los veinte no eres comunista es porque no tienes corazón, pero que si lo seguías siendo cuando tenías cuarenta es porque no tienes cerebro. Esta frase ha trastornado mi vida un poco. Ya yo tengo veinte años pasados y no sólo no soy comunista, sino que me considero un fiel creyente del capitalismo, el liberalismo, la propiedad privada y por supuesto de la democracia. Pero a pesar de que no tengo cuarenta años, tampoco me puedo considerar inteligente o que tengo cerebro. La razón es porque más de una vez ha quedado en evidencia que mis conocimientos son bastante limitados en muchas cosas.

 Es por esto que al estar en un limbo intelectual en lo que se refiere a esta frase, siempre he preferido decir esta otra del mismo Churichill que dice: “La democracia es la peor basura que ha creado el ser humano, con diferencia de todo lo demas”. Esta frase me gusta más y no me hace estar en un limbo intelectual, por eso digo ¡Qué viva la democracia, carajo!

 Nueve

 En mi universidad hay una mujer flaca, fanfarrona y que me habla muy poco porque cree que soy inferior a ella y que es una pérdida de tiempo desperdiciar palabras conmigo. Camina con una seguridad fingida y se viste con un aire afrancesado que a mí en vez de parecerme algo atractivo más bien me parece una vestimenta bastante equívoca teniendo en cuenta el continente en que vivimos.

 Habla pestes de la universidad e igual sigue estudiando en ella, se siente muy superior porque conoce Europa, compra su ropa en Miami y habla ingles. Una vez se le quedó mirando feo a una amiga y ella me lo contó. A la única conclusión que pudimos llegar mi amiga y yo , aunque ninguno de los dos sabe hablar inglés, es que esa persona es una cabrona ¿o no amiga? ¿Cómo se dirá cabrona en ingles?, me pregunto.

 Diez

Mi misma amiga y yo compartimos muchos gustos, amistades y secretos. Ella es una buena mujer y está llena de buena fe. Una vez cometimos un error, que a ella le resultó ser una bendición, y a mí mi error me sigue pareciendo simplemente un error; lo bueno de mi error es que ahora es nuestra fuente principal de risas y carcajadas.

Ahora la bendición de ella no está a su lado, se ha vuelto omnipresente. No es lo que ninguno de nosotros quería pero Dios lo ha querido así. Aunque cueste un poco aceptarlo ahora, sé que mi amiga es una persona tan maravillosa que Dios y la vida la recompensarán con creces su sufrimiento. La vida es una mierda, como dije arriba, pero es tan divertido vivirla que siempre vale la pena levantarse para pelear otro round contra la miseria, la injusticia y contra la mismísima muerte.

 Sé que este blog ha hablado siempre de política, de mi odio al impresentable de Chávez, de mi amor al fútbol o mis análisis futboleros con respecto a algún partido o torneo; pero esta vez la protagonista de este blog eres tú, amiga mía, la mujer que forma parte de mi vida, y la de muchos otros, y que ahora, aunque la vida no te sonríe y te ha dado un duro golpe, sé que tu gallardía y tu ganas de ser una periodista y una mujer de bien están muy por encima de este dolor que ahora sientes. Saldrás adelante por ti y por esa bendición, que aunque ahora no ves, estará contigo para siempre.

 Sólo espero que este artículo, que resume muchas de nuestras conversaciones pasadas y lo que no te he podido contar en estos días por causas que tú y yo sabemos, y que no valen la pena ventilar, te haga sonreír y llorar, pero esta vez de alegría.

 Este artículo es para ti, amiga mía; te preguntarás en un principio por qué no tiene tu nombre, pero tú y nuestros allegados sabrán enseguida que está tan impregnado de ti y de nuestra amistad que no vale la pena ponerle nombre a algo tan obvio.

 Sólo espero que este escrito sea una razón más para vivir y para que siempre recuerdes que hay un motivo para levantarte de la cama, mirar la mañana y saber que la vida es una basura, pero que vivirla es una aventura tan hermosa y magnífica que las adversidades son sólo un impuesto que pagar para seguir disfrutando de esta fiesta. Además, tú tienes un plus por encima de todos nosotros: Siempre estarás acompañada en esta travesía, y por partida doble.

 Con gran cariño, Tomy.

 Pronto nos veremos…

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La felicidad detrás de la catástrofe

El resultado de la irracionalidad humana.

(Tercera parte)

Se había levantado hacía poco de la cama. Me había dicho que esa “chocolatina” le había abierto el apetito y que iba a ir a la cocina a picar cualquier cosa. ¿Quieres algo, mijito?- me preguntó- Un vaso de yogurt, abue, por favor- le dije. Regresó de la cocina con mi vaso de yogurt y un sanduche de jamón y queso.

–  ¿Los revolucionarios también comen sanduches no?- me preguntó, divertida.

Nos reímos a carcajadas.

Luego comer rápidamente mi sanduche, y ella devorar la pera que había traída en pedacitos en un posillo, se me vino a la mente una pregunta interesante:

Abuela ¿Tú en ese ambiente no llegaste a sentir alguna vez cierto fanatismo o cierto agrado con el nazismo?

No, fíjate que afinidad o respeto por la ideología nazi nunca tuve. Yo sí estuve metida en eso de las Juventudes Hitlerianas, pero el día que fui para las reuniones de eso estuvimos dos horas así con el brazo levantado, haciendo el saludo a Hitler, y no volví más. Y eso no era que uno se podía salir cuando le daba la gana ni nada, yo me salí porque casi me desmayo de estar tanto tiempo con el brazo levantado y la capitana que estaba a cargo dijo que yo estaba muy joven para estar en eso y no volví más.

¿Pero te metiste en eso porque quisiste o porque te obligaban?

No, yo estaba metida en eso porque dizque me gustaba ponerme el pañuelito y el nudo ese que le ponían a uno. Eso era la novedad en la infancia en ese momento y todos los niños se metían en parte por eso; y bueno me metí en eso por bruta nada más.

¿Por moda más que por alguna afinidad al nazismo?

Sí, por pendejadas de niña nada más. Yo nunca me sentí aficionada a eso.

¿Ni a la figura de Hitler?

No, y menos con mi mamá que siempre estaba pendiente de eso. Además que yo veía sufrir mucho a mi mamá por la guerra y con la nostalgia de volver a Colombia y al verla así lo único que queríamos era que todo se acabara.

Llevando ya varios días aquí en Venezuela, ¿ Te atreves a decir que la propaganda política que existe ahora en Venezuela haciendo referencia al presidente Chávez es muy parecida a la que había en Alemania en ese entonces con Hitler?

Pues no sé, eso sí sería mentirte. Seguro por lo niña que era que uno en esa edad no se fija en tanta cosa. Lo que sí es que no me atrevería a decir que aquí hay más propaganda de lo que lo que había allá en ese entonces, o que es igual o que aquí hay menos, pero te puedo decir que aquí en Venezuela hay mucha publicidad de Chávez y allá también la había con el nazismo. Lo que sí te puedo decir es que allá sí todo el mundo decía: ¡Hitler va a ganar! ¡Hitler no sé qué! ¡Los alemanes van a ganar! Y siempre eso se decía, pero nunca sabíamos nada del todo. Lo que se sabía era que Hitler estaba preparando, poniendo a las personas más altas, más presentadas y todo para hacer una nación gente toda elegante y bonita, y entonces ellos cogían a hombres muy altos, buen mozos, que se le veían fuertes ¿no? Y entonces les conseguían mujeres muy bonitas para que tuvieran relaciones y mejorar la raza alemana: Ésa era la locura de él.

¿Se escuchaba eso en la calle?

Sí, todo eso se decía en la calle.

Recuerdo también que tu abuelo estuvo en la SS

¿Mi abuelo estuvo en la SS? ¿Tu marido?

Sí, a él lo reclutaron ya a lo último porque tu abuelo era un hombre muy alto y muy guapo. Y bueno estuvo en la SS; pero afortunadamente no lo marcaron, porque tú sabes que todos los de la SS tenían dos eses (SS) aquí (se toma el brazo).

¿En el brazo?

Sí aquí en el brazo. Los tatuaban pero a él no lo alcanzaron a tatuar.

¿Todo eso sucedió al final de la guerra?

Los de la SS eran el ejército poderoso de Hitler. Lo reclutaron al final de la guerra porque él era muy joven aún para que lo reclutaran antes. Pero ya al final de la guerra eso se llevaban niños, viejos, jóvenes y todo. Si tú vieras; nosotros estábamos, Elfride (Su hermana) y yo íbamos por la plaza de la iglesia y vinieron dos muchachos- cuando eso decían: Que toda la juventud a luchar para ganar la guerra, no podemos permitir que Alemania- eso lo decían por los altavoces- pierda. Entonces vinieron dos muchachos, nos tiraron al suelo y se llevaron las bicicletas. Se fueron en bicicleta, y no sólo a nosotras, a todos. Venían ese grupo de muchachos de 14, 15 o de 16 años y eso era fiebre para ir al frente a luchar para que Alemania ganara. Se iban al frente hasta en bicicleta. Eso era una locura mijo, eso era muy feo. Todavía recuerdo como si fuera hoy como las mamás lloraban al ver a sus hijos yendo en bicicleta para el campo de batalla ¿Es que qué iba a hacer unos niños de 14 ó 15 años a la guerra? A buscar la muerte nada más.

Me imagino que más que todo los adolescentes eran los más apasionados por ir al frente.

¡Uy Mijo!

Justo cuando me terminó de responder esta pregunta, bostezó y vi en sus ojos cansancio. Sentí que ya era suficiente y que debía dejarla descansar. Al día siguiente tendría que tomar un vuelo y necesitaba dormir para poder afrontar su viaje de regreso a su amada Colombia; ese país en el que no nació pero que ella siente tan suyo como tan suyo siente el colombiano el vallenato o el himno nacional.

Cuando ya di la entrevista por terminada y le iba a decir a mi abuela que ya nos podíamos ir a dormir, de la nada, soltó una frase tan demoledora que estoy seguro no olvidaré jamás.

“¿Sabes? Mi mamá y nosotras, sin decir nada, nos arrodillábamos todas las noches a rezar para que Alemania no ganara”.

¿En serio?– pregunté incrédulo.

Sí. Uy, mi mamá cuando Alemania perdió la guerra dijo: Ay Dios mío gracias. ¿Tú sabes lo que hubiera sido si Alemania ganaba la guerra?- me dijo.

Siempre hay un lado humanamente desgarrador en todas las guerras- pensé.

Luego, y yo no tuve nada que ver, mi abuela terminó la entrevista con un par comentario que reflejan la parte sensible que toda guerra siempre tiene.

–  ¿Saber Tomy? Cuando la guerra se termino y nos trasladamos a Munich conocí a una mujer de lo más simpática; no te vas a poder creer esta historia. Cuando estuvimos en Múnich en la Funk Kaserne (Cuartel) había muchos mexicanos. Había una viejita gordita mexicana muy simpática que cantaba tan lindo tan lindo, y ella era tan amorosa con nosotras, especialmente con mi mamá; y bueno ella se fue para su México y nosotros nos fuimos para Colombia. Un día llegó una carta que decía: Por favor, esta carta es de México de una amiga de la señora Domitila Montoya de Muller, que vive en Colombia. Al cartero que la reciba, que la tenga en sus manos, ella vive en Pereira. Por favor hágasela llegar.¿Podrás creer que esa carta llegó Tomy?

¡Impresionante! ¿Recuerdas que decía la carta?

Sí, decía: Querida Tilita, le decía, sabes que siempre fuiste mi compañera ideal allá en la Funk Kaserne. Cuando nos sentábamos y tus hijas decían: ¡Gloria! ¡Gloria! Canta- ella cantaba mexicanas de esas así todas…tú sabes. Era tan linda esa viejita, y nos llegó esa carta. Mi mamá lloraba el día que la recibió porque era una cosa que a uno le parecía mentira.

¿Y sabes otra cosa?-agregó- Cuando la guerra termino, y dividieron a Alemania en dos, los rusos llegaron y ni nos dejaban dormir con las puertas cerradas, eso no lo permitían ellos; pero al comienzo, cuando los rusos no habían llegado y no les habían dado esa parte de Alemania(Saalfed Saale), estaban los americanos y con ellos sí estuvimos bien. Incluso recuerdo que los mexicanos- porque en las filas gringas había muchos mexicanos- iban a la casa y mi mamá les hacía comidita y todo; ellos nos llevaban comida para que mi mamá les preparara porque estaban cansados de comer comida de lata. Recuerdo que se reunían ahí donde nosotros vivíamos y cantaban, hablaban y comían. Incluso recuerdo de un soldado que se enamoró de Elfride (Risas).

No me extrañó, el amor es valiente y se abre paso, incluso, en los momentos más sangrientos e irracionales de los seres humanos.

Miré nuevamente al televisor, seguía en Mute. Había un hombre de apellido complicado que, según decía la pantalla, era un especialista en Medio Oriente y respondía con cara de sabelotodo las preguntas que una periodista de hermosos pechos le hacía con una cara de seriedad fingida.

Volteé y le dije a mi abuela que ya estaba bien así, que con todo lo dicho ya era suficiente. Había transcurrido más de una hora desde que comenzamos a hablar. Ella me miró con amor y me dijo con tono de culpa:

– Ahí mijito, cómo me gustaría decirte más cosas, pero ya estoy vieja y hay muchas cosas que no recuerdo.

– No te preocupes abuela-le dije- ya con lo que me has contado escribo un buen artículo y me vas a mandar directo al estrellato periodístico.

Nos echamos a reír.

La dejé tranquila y cada uno se fue a su cama a dormir.

Al día siguiente nos levantamos temprano y la ayudé a cargar las maletas al carro que la iba a llevar al aeropuerto de Maiquetía. Antes de subirse al vehículo, próximo a irse, me abrazó y otra vez vi en sus ojos unas pocas lágrimas y una mirada que reflejaba la tristeza del adiós.

Me abrazó y me dio las gracias por todo lo bien que me había portado con ella. Escribe tu artículo y luego me lo pasas para echarle un vistazo- me dijo con una sonrisa. Un instante después me repitió lo mismo que me había dicho la última vez que vino.

– Tomy, ya estoy vieja y no me gusta viajar. Ya yo no estoy para estas andanzas. De ahora en adelante te tocará visitarme tú a mí en Mompós. Yo sé que a ti no te gusta ir a ese pueblo, pero si me quieres ver te tocará ir. Yo de mi pueblito no salgo más.

Mompós es un pueblo lindo y caluroso, como el infierno mismo, perdido en algún lugar de la geografía del departamento de Bolívar, al lado del rio Magdalena.

– Pues me tocará sacrificarme entonces, abue- le dijo esbozando una sonrisa.

– Allá te espero y te consiento, me dijo.

Me abrazó por última vez y me susurró al oído:

Ich liebe dich, Tomy. Auf Wiedersehen.

Auf Wiedersehen, Oma- le dije.

Luego subió al carro y éste arrancó casi enseguida. Mientras la veía alejarse en aquella camioneta, y con su pasaje de vuelta directo a Bogotá en las manos, sentí que esta vez estaba hablando en serio, que quizás ahora sí era verdad que no iba a volver y que no pisaría nunca más suelo venezolano.

No sé si me llevaras al estrellato periodístico abue, pero eres la mujer más fantástica, fenomenal y una de las que más adoro en esta vida; sólo por eso, mi amor hacia ti no tendrá límites jamás- susurré.

Mientras tanto, me tocará ir ahorrando para mi pasaje a Colombia- me prometí.

Desde las idas y venidas de su padre en los diferentes países de Suramérica, desde su nacionalismo radical, desde el amor que sus padres se profezaron en Pereira, desde el miedo que sintió su madre de dejar ir solo a su marido a la guerra, desde el viaje en barco que la llevo a Alemania, desde el miedo de perder la vida en uno de los bombardeos, desde las huellas imborrables que dejó el Holocausto, desde el reclutamiento del que iba a ser su futuro esposo a la SS, desde las canciones que les cantaba aquella mexicana bonachona y buena gente en la Funk Kaserne, desde las lágrimas que le produjo a su madre leer aquella carta de esa mujer, desde la derrota de Alemania y la estadía de los norteamericanos y los rusos en Saalfed Saale y desde el soldado mexicano enamorado de su hermana, quise compartir esta historia- que forma parte de la vida de mi abuela- y que yo tuve el honor y el placer de escuchar de su boca.

Espero que les haya gustado.

Pronto nos veremos…

Mi abuela vio a Hitler

Saalfeld Saale: El lugar donde se desarrolla esta historia

 

(Segunda parte)

Volvió pasados unos pocos minutos. Se sentó en la cama y tomó de su bolso una barra inmensa de chocolate. Abrió el empaqué y me ofreció un gran pedazo, mientras que con la otra mano, ella se llevaba un gran trozo a la boca.

– Coje mijito, es chocolatina dietética. No es tan buena como la normal pero sabe rico. Tú sabes que a mí esta diábetes hijuemíchica no me deja comer nada de las cosas ricas.

La tomé y me llevé a la boca un gran pedazo; sabía bastante bien, incluso no tan diferente como el chocolate normal. Apenas tragué el primer bocado, pregunté a quemaropa:

¿Cuándo estuviste en la guerra viviste en un sótano, abuela?

No. Durante la guerra vivíamos en un edificio: un apartamento. Pero cuando tocaban la alarma, eso tenía tres sonidos- uno muy lento, el segundo un poquito más rápido y ya el tercero era seguido seguido seguido.

¿Qué significado tenía cada sonido?

El primero era el que prevenía al pueblo de que podía haber bombardeo. En el segundo era que ya uno tenía que ir corriendo a los sótanos, y ya el último era que ya estaban encima de uno.

¿Y qué hacían? ¿La única posibilidad era esperar que no bombardearan tu casa?

No, uno corría a los sótanos. Cada edificio tenía sótano y había sótanos muy firmes y allí era donde iba mucha gente. Y corrían para allá y los que alcanzaban a llegar se metían allí, y los que no alcanzaban a llegar a esos sótanos se refugiaban en los edificios.

¿Y cómo era el día a día en la guerra? ¿Llena de miedo y precauciones?

¡Claro mijo! En la ciudad donde nosotros vivíamos fue tal vez la última que bombardearon muy seguido porque al principio no nos dábamos casi ni cuenta, pero después sí fue bombardeo tras bombardeo y ya a lo último no eran aviones grandes los que venían a bombardear sino que eran unos que los llamaban mosquitos. Los llamaban mosquitos porque eran tan pequeños que esos bajaban tanto que acribillaban a todas las personas que vieran. A esos les llamábamos mosquitos.

Lo impresionante es que viajaban a tan poca altura que tú alcanzabas a distinguir al piloto. Entonces todo el mundo cuando veía que los mosquitos venían todo el mundo se tiraba en el suelo, trataba de ocultarse. Los pobres campesinos que estaban en ese momento labrando sus tierras a esos los mataban ¿A dónde podían ir ellos?

¿Cómo hablaba la gente de Hitler?

El que hablara mal de Hitler se iba a un campo de concentración aunque fuera alemán.

¿Aunque fuera alemán?

Aunque fuera alemán, porque la hermana de mi suegro la metieron a un campo de concentración y ahí murió su esposo.

¿Por habla mal de Hitler?

Sí.

¿A la hermana de tu suegro?

¿Por hablar mal de Hitler en dónde? ¿En la calle?

Sí, la oyeron y entonces la investigaron y los llevaron a los dos. Él murió allá y ella se salvó. A ella la alcance a conocer aquí en Venezuela. Porque mis suegros llegaron a vivir aquí en Venezuela entonces allí la conocí. Ella me llegó a contar lo duro y difícil que fue la vida allá en el campo de concentración.

¿Llegaste a ver de cerca a Hitler?

Sí, una vez el pasó por Saalfeld, que iba de paso por allí. No lo vi tan de cerca, pero sí a unos 10 metros. El tren paró un segundito, y él salió por una ventanita y nos saludó y todo el mundo lo saludó a él. Se asomó rapidito por la ventana y lo alcanzamos a ver. Fue una locura había muchísima gente, apenas se enteraron que Hitler iba a pasar por ahí la gente se amontonó en la estación. Recuerdo que él nos saludó y tenía su bigotico y sacó la mano por la ventana. Te mentiría si te dijera que hablé con él pero de que lo vi lo vi.

No sé por qué, pero cuando mi abuela me dijo que había visto a Hitler tan de cerca se me vino a la mente cuando escuché que Napoleón Bonaparte, cuando invadió África y se paró encima de las pirámides de Egipto dijo: “Soldados, cuarenta siglos de historia os contemplan”.

Tú no contemplaste cuarenta siglos de historia abuela, pero sí que contemplaste, quizás, al ser humano más repudiado e histórico del siglo XX- supuse.

Cuéntame si tuviste alguna experiencia con respecto al Holocausto.

Bueno, cuando nosotros llegamos a Alemania ya había pasado lo que llamaron La Noche de los Cristales Rotos. Sabíamos, más que todo por el lado de mi tío, que él se casó con una judía y a ella se la llevaron a un campo de concentración, y allá murió. Ese fue un hermano de mi papa, que se casó con una judía, y como te digo se la llevaron y moriría en alguno de los campos de concentración. Él, la verdad, la verdad, se entristeció tanto que perdió la memoria, perdió el interés por todo.

¿Perdió el interés por la vida?

Por todo. Él se enloqueció y la tristeza tan grande por haber perdido a su esposa lo consumió y terminó suicidándose. Él se llamaba Ernesto, era un gran hombre. Recuerdo que ella era una gran pianista, pero como era judía se la llevaron al campo de concentración. Seguro murió allí; nunca más supimos de ella. Yo a veces no puedo creer que ese hombre haya sido tan inhumano.

¿Viviste algún bombardeo de cerca?

Sí. Una vez hubo un bombardeo. mi tío vivía al otro lado del río, donde estaba el ferrocarril, y nosotros vivíamos acá arriba. Entonces nos dijeron que el edificio, él tenía un restaurante grande y lindo, se había venido abajo y ellos estaban en el sótano. Al lado de ese edificio había una salsamentaría (Charcutería), entonces cuando nos enteramos que les había pasado eso nosotros fuimos a ayudarlos y a tratar de rescatarlos y sacarlos de ahí.

¿Quiénes fueron a ayudarlos? ¿Tu papá y tú nada más?

Sí, él y yo. Yo siempre andaba con mi papá y no me despegaba de él. Y bueno, llegamos al sitio y vimos algo así como un palo de escoba moviéndose y supimos que había sobrevivientes en el sótano. Entonces quitamos un montón de piedras- todavía bastante calientes- y abrimos un hueco y sacamos a todos los que estaban ahí. Sacamos primero a mi tío y a su señora y luego al resto de las personas.

Yo, como era tan delgadita y todo, yo me quedé en el hueco y me metí adentro a ver si había alguien más. Mi tío estaba muy pendiente de sus documentos y yo se los busqué.

¿Se los conseguiste?

Sí. Uno en tiempo de guerra todo el mundo tenía sus documentos en un lugar donde los pudiera agarrar rapidito y llevarlos al sótano si había bombardeo. Y bueno, entré yo ahí y había un hueco grande y vi que estaba la salsamentaría. Entré allí y vi un pedazo inmenso tocino ¡Grandísimo, grandísimo! Pero todo sucio pues; claro, con todas las ruinas y eso, le había caído encima toda la tierra. Lo Saqué y lo lleve para la casa. Eso fue una alegría muy grande porque nos duró mucho tiempo y comimos alverjas con tocino durante mucho tiempo (risas).

¿Ya cuando llegaste a Alemania hablabas al alemán?

No, yo no hablaba nada de alemán.

¿Entonces aprendiste alemán allí en Alemania?

Sí. Nosotros llegamos a Saalfed Saale, entonces tu bisabuelo tenía una parte de una fábrica de aluminio que estaba a las afueras de Saalfed con un hermano que se llamaba Herman.

Entonces nosotras teníamos que ir al colegio de ese pueblito, que era muy chiquito, y recuerdo que lo primero que nos enseñaron fue: Dies ist eine krawatte (Ésta es una corbata) eso fue lo primero que nos enseñó el bobo del profesor ese (Risas).

La acompañé en su risa. Era la primera vez en toda la entrevista que mi abuela se reía, pero supuse que antes nunca tuvo motivo alguno para hacerlo ¿Cómo reírse recordando un episodio de su vida tan triste?

¿Eso fue lo primero que les dijo? – le pregunté, todavía riéndome.

(Risas) Nunca se me olvidará. Y se cogía la corbata y decía “Dies ist eine krawatte”. Elfride (su hermana) y yo nos burlábamos de él porque no salía de ahí, pero bueno, fue él el que nos enseñó hablar alemán.

Desde el miedo a perder la vida en los bombardeos del enemigo,desde las ausencias desgarradoras que el Holocausto le dejo a su familia y a la humanidad, desde la experiencia inolvidable de haber visto de cerca a un personaje que la historia nunca olvidará, y desde la cómica historia de sus inicios en el idioma alemán, mi abuela les seguirá contando esta gran historia en la próxima entrega.

¡No te la pierdas!

Pronto nos veremos…

Un viaje inesperado

La protagonista de esta historia

Nació nueve o diez años antes de la guerra. Ella no se acuerda exactamente del tiempo, no porque sea una de esas señoras que se andan por las ramas a la hora de expresar su longevidad, sino porque era tan joven que las fechas, a estas alturas de su vida, se le hacen un poco esquivas.

La volví a ver después de transcurridos dos años. La última vez que vino fue en el 2009 y me aseguró que no iba a volver más, que ya estaba muy vieja para andar con la viajadera y que en esta etapa de su vida sólo le interesaba leer, ver películas-si son ambientadas en la segunda guerra mundial mejor- cocinar y viajar a su finca a sembrar sus maticas y a consentir a su hijo- dicho sea de paso, mi tío.

Pasados estos dos años, incumplió- gracias a Dios- la promesa que me había hecho y volvió a tomar un avión rumbo a Caracas. Sé que no lo hizo porque le naciera, sino porque su salud había menguado un poco en estos dos años- la maldita diábetes no da tregua- y mi tía la obligó a venir a hacerse unos chequeos médicos para que el mandato de Dios hacia la eternidad se prorrogara un poco más y pudiésemos tener a mi abuela aquí por mucho más tiempo, y por qué no,  también las espectaculares panquecas que ella cocina- o Pfannkuchen, como les dice ella en su alemán impoluto.

La vi, entonces, una noche de un miércoles en la casa de uno de nuestros familiares el mismo día que llegó. Cuando entré a la casa oí su voz en la biblioteca y ella escuchó mis pasos subiendo las escaleras: Los dos supimos que faltaban segundos para vernos. Nos fundimos en un fuerte abrazo y vi en sus ojos claros unas pequeñas lágrimas recorriendo sus mejillas. La volví a abrazar y le dije:

– Pareces una niña de veinte años abuela- y me reí.

Ella esbozó una sonrisa y me miró con cariño.

– Gutten Abend, Tomy- me dijo,  y me volvió a abrazar.

Luego de decirle unas cuantas cosas cariñosas al oído, caminamos hacia la biblioteca y saludé a todos los que estaban allí y, que igual que yo, deseaban darle la bienvenida a Venezuela.

– Te veo más gordito y ese cabello largo te hace parecer al Che Guevara, mijito- me dijo con cariño.

– Bueno abuela, tú sabes. Ando ahora metido a revolucionario y no descansaré hasta que la revolución del proletario se apodere del mundo y convierta a esos burgueses explotadores en sólo un mal recuerdo ¡Qué viva la Internacional! – y nos echamos a reír.

Tras charlar unas cuantas cosas con los reunidos allí presente,  le dije que me encantaría que me contara con lujos de detalle cómo fue su experiencia en la segunda guerra mundial, porque estaba interesado en publicar un artículo sobre aquel evento tan decisivo en la humanidad durante el siglo XX.

– Uy, pues, es que ya eres todo un periodista, mijito. Claro que te cuento lo que tú quieras- me dijo mientras me picaba el ojo con amor.

Nos seguimos viendo durante unas semanas más, pero no fue hasta un día antes de su vuelta a Colombia cuando le pude hacer la entrevista. Tanto ajetreo y las idas y venidas a las citas médicas fueron los obstáculos para que nuestra charla no se pudiera dar antes.

Al fin, la noche antes de su viaje, saqué mi cámara, la puse sobre una mesa y la prendí.

– No me digas que me vas a grabar, mijito- me preguntó.
– No te pongas nerviosa abuela, eso es sólo para transcribir la entrevista luego. No tienes por qué preocuparte- le dije.
– Menos mal mijito, porque yo así toda fea como estoy ahorita no me puede grabar nadie- y se rio.

Nos acostamos en la cama y saqué un papel con unas cuantas preguntas de interés que le quería hacer, lo demás tendría que fluir conforme la entrevista se fuese extendiendo.

El Nazismo llegó al poder de la mano de Adolf Hitler en 1933. Hitler lo llamó el Tercer Reich, y según él, esta nueva Alemania perduraría por mil años. Ese grupo terrorista del cual formó parte Hitler, y que se hicieron llamar Los Camisas Pardas, formaba parte del pasado y el Nacional-Socialismo se erguía como el partido único y supremo de Alemania.

El Tratado de Versalles humilló al país teutón luego de que la primera guerra mundial se acabara, y la ideología nacionalista, xenofóbica,  llena de odio y de sed de venganza que profesaba el nacismo resumía el sentir del pueblo alemán. En poco tiempo, Hitler desechó el Tratado de Versalles y se negó a cumplirlo. Impulsó la propiedad privada y en pocos años Alemania se recuperó de la grave crisis social, moral y económica en la que había estado sumergida y Hitler se convirtió en el mesías y el redentor del pueblo alemán.

Mi papá era alemán y mi mamá era colombiana. Se conocieron en Pereira y un tiempo después se casaron y se fueron a vivir a Barranquilla. De Barranquilla siguieron a Panamá, donde yo nací- me dijo con voz melancólica, como dándose cuenta de cómo pasa de rápido el tiempo.

¿Qué fueron a hacer en Panamá?

Bueno, porque mi papá era ingeniero eléctrico y le ofrecieron trabajo allá y se fueron. Allí nací yo de pasada, después de nacer allí no volví nunca más. Luego, después de estar en Panamá, seguimos a Barranquilla. Estando en Barranquilla se presenta la oportunidad de que mi papá se devolviera a Alemania. Él siempre tuvo muchos deseos de irse para allá y mi mamá quiso acompañarlo, por lo cual terminamos viajando mis padres, mis tres hermanas y yo en plena guerra.

Se había acostado y recostaba su cabeza sobre dos almohadas de plumas. Respondía las preguntas con tranquilidad. Tenía las manos entrelazadas sobre el pecho.

Si tu papá era alemán y tu mamá colombiana ¿Cómo terminaron juntos? ¿Qué hacía tu papá en Colombia tan lejos de su país?

Bueno, como te dije anteriormente mi papá era ingeniero eléctrico graduado en Alemania. Entonces él tenía muchos contratos; pasaba de un lugar otro. Lo transferían a todos lados. Estuvo en Colombia, estuvo en Panamá y bueno,  llegó a estar en Cali, en Pereira,  en muchas partes porque él instalaba plantas eléctricas. Él trabajaba para una empresa alemana haciendo eso.

Tan malo que soy yo para los números y mi familia está llena de ingenieros. Parece que el único mi impresentable para las matemáticas soy yo-pensé irónicamente.

Cuéntame cómo fue esa travesía de Colombia a Alemania en barco estando en plena guerra

Nosotros salimos de Buenaventura en el departamento del Valle del Cauca en Colombia. De ahí pasamos por el Canal de Panamá, seguimos a Estados Unidos y ahí en Estados Unidos estuvimos dos semanas en un hotel muy lindo en alguna de las ciudades costeras de Norteamérica. La verdad es que no recuerdo bien en cuál ciudad es que estuvimos ese par de semanas. De ahí embarcamos nuevamente y salimos para Alemania.

¿Mucho miedo?– pregunté, suponiendo la respuesta.

¡Uy mijo! Sí, porque siempre había el miedo de que hubiesen submarinos enemigos que pudieran atacar el barco. Y bueno, llegaríamos bien a Alemania.

¿A qué ciudad de Alemania llegaron?

¡Uy mijo! Ahí si me “corchaste”. La verdad es que no recuerdo, eso fue hace tanto… Lo que sí te puedo decir es que la meta era llegar a Saalfed Saale, que era donde vivían unos parientes de mi papá. Fue ahí donde  duramos y vivimos todo el fin de la guerra.

Existió otra experiencia bélica en la familia según tengo entendido.

Sí claro. Mi padre también estuvo en La Primera Guerra Mundial.

Tanto daño que le ha hecho el nacionalismo a tantos países en todo en mundo y mi bisabuelo fue todo un nacionalista radical- pensé.

¿Cuál fue su participación en La Primera Guerra Mundial?

Estuvo como soldado raso. Él estuvo en el frente y lo hirieron y lo dieron de baja.

¿Dónde lo hirieron?

En el abdomen. Recibió una bala y lo llevaron a un hospital; allí lo incapacitaron para seguir participando en la guerra.  Después de allí no volvió nunca más al frente.

¿Cuál fue el motivo que llevó a tu padre a la guerra? ¿Fue simplemente por amor a su país o porque sentía alguna afición o fanatismo hacia el nazismo y hacia Adolf Hittler?

No, para nada. Había un letrerito en Colombia que decía que los alemanes que no viajaban para Alemania tenían que internarse- no era un campo de concentración- era un simple campo en Melgar, donde iban todos los alemanes y los vigilaban todo el tiempo. No los maltrataban ni les hacían nada, sino que mientras estuvo la guerra les quitaron todos sus bienes pero después que ya terminó la guerra ellos recuperaron todos sus bienes. Pero mi papá no quiso eso; prefirió viajar y mi mamá no lo quiso dejar ir solo, entonces se fueron.
Si tú analizas eso era un peligro muy grande, pero mi mamá nos llevó a la guerra.

¿Pero fue esa una decisión judicial que lo obligaba a irse de Colombia?

No, para nada. Él podía elegir entre irse a vivir a esa parte (Melgar) donde se vivía más o menos bien, cómodo y sin  peligros de nada, o irse para Alemania; y como él era tan patriota quiso viajar.

El televisor estaba prendido y su reflejo, junto a una lámpara que había prendido mi abuela, era la única luz que iluminaba ese cuarto. El televisor estaba en Mute y logré ver de refilón en la pantalla un titular que decía una cantidad lamentablemente grande de muertos a causa de la guerra civil en Libia.

Es que la humanidad no ha tenido tiempo ni siquiera de llorar sus muertos. No sale de una guerra cuando ya está metida en otra- medité.

Justo en ese momento mi abuelita se levantó de la cama, no sin mucho esfuerzo, y me dijo que se iba a poner su pijama, que esa ropa de “ejecutiva pobre” que tenía puesta ya le molestaba y deseaba estar más cómoda.

– Ni se te ocurra apuntarme con esa cámara cuando me ponga la pijama, porque me muero de la vergüenza. Ahí sí que cancelo la entrevista y no te mando al estrellato periodístico- me expreso, y luego caminó con una sonrisa en sus labios hacia el ropero.

Desde el comienzo de esta historia en un país tan ajeno a la guerra como Panamá, desde la ciudad de Pereira, la cual sirvió como testigo del amor que profezaron sus padres para que ella naciera, y desde el fanatismo desenfrenado y el nacionalismo visceral que sentía su padre hacia Alemania, mi abuela les contará en la próxima entrega cómo era el día a día en Alemania en plena guerra.

¡No te la pierdas!

Pronto nos veremos…

Negociaciones fracasadas

La Caracas detrás de la demagogia

El hombre mandó su currículo a un correo electrónico que le facilitó una mujer simpática, parlanchina y bastante buena gente, que conoció un día en un barrio pobre de Caracas mientras ellos dos, y varios jóvenes más, se reunían en esa comunidad golpeada por la falta de oportunidades, para que ellos mismos les contaran cuáles eran sus problemas y cómo ellos creían que los podían solucionar para hacer de ese barrio un lugar mejor.

Bajo una llovía efímera, pero frecuente, el hombre anotó ese correo electrónico en su celular de cien bolívares, mientras veía a unos muchachos morenos, musculosos y malhablados jugando baloncesto en esos lapsos de tiempo en que la lluvia cedía, el sol se asomaba tímidamente y sus rayos alejaban del ambiente esa sensación de pesadez y flojera que generaba la llovizna y el cielo grisáceo.

Cuando abandonó aquel barrio, mientras sus habitantes comían, con una sonrisa de satisfacción en sus caras, un gran sancocho hecho a leña, el hombre se ilusionó con la idea de que al mandar su currículo a aquella dirección electrónica, una voz le hablaría a su celular para decirle que estaban interesados en contar con él.

Un par de días después, mientras el hombre caminaba para la estación de Metro, charlando con un amigo, su celular de cien bolívares vibró y él lo atendió de manera despreocupada y diciendo aló de forma desdeñosa, dando a entender que la conversación que mantenía con su compañero era más importante que aquella llamada imprudente; del lado de la otra línea escuchó una voz seria, pausada y con un hablar correcto, que le decía que había recibido su currículo y que si estaba interesado en ir a una entrevista de trabajo, un par de días después, a una dirección que él desconocía.

Incrédulo ante aquella llamada, el hombre balbució una afirmación y le agradeció a aquel sujeto de hablar correcto por su llamada y su interés.  Pasado los dos días, el hombre se puso una camisa ajustada de rayas gruesas, azules y blancas, y se peinó de manera tal que su cabello se viera medianamente presentable y coherente a la presencia que debe tener una persona al cargo que él solicitaba.

Tras perderse un par de veces y reconfirmar con algún peatón la dirección en la cual lo citaron, se dio cuenta que había llegado media hora antes de lo que le habían dicho y decidió recostarse en una baranda a pensar en lo especial y feliz que se sentiría si le dieran aquel trabajo que tanto soñaba.

Mientras esperaba que el irremediable paso del tiempo lo llevara a la hora prevista de la cita, dos hombres dedicados a salvaguardar la paz y la seguridad de ese edificio,  se recostaron en la misma baranda, a unos tres metros de él, y comenzaron a hablar, en un castellano bastante limitado y palurdo, sobre política, sobre las aventuras furtivas e íntimas que habían emprendido con mujeres de dudosa reputación hacía ya muchos años, y de las buenas “féminas” que transcurrían en aquellos pasillos que ellos, sin armamento alguno, pretendían defender con la vida en caso de que algún facineroso entrara a hacer de las suyas, o por lo menos eso era lo que intentaban aparentar aquellos dos sujetos bien entrados en carnes, y a pocos años de la tercera edad.

Tras ver pasar a un par de mujeres, y observar las miradas libidinosas de esos dos sujetos pegadas a los cuerpos de aquellas jóvenes, el hombre se aburrió de esperar-y de escuchar las historias, seguramente exageradas, de esos dos señores- y tomó la decisión de subir al lugar donde lo habían citado y correr el riesgo de ser catalogado de apresurado antes que de impuntual.

Entró a una oficina pequeña y una secretaria le preguntó que qué se le ofrecía; tras explicarle el motivo que lo llevaba a visitar esa pequeña oficina, la secretaria le dijo que se sentara y que lo llamarían en cualquier momento. El hombre se sentó, muy ansioso y nervioso, y para calmar los nervios comenzó a ojear un periódico de hacía dos días que se encontraba encima de una mesa impoluta.

Tras leer el editorial que hablaba sobre unas escuchas ilegales por parte del gobierno a unos altos ejecutivos poseedores de grandes empresas en Venezuela,  la misma secretaria que lo recibió vino acompañada de una mujer bastante alegre y educada, la cual lo invitó a seguir a una oficina repleta de cuadros y con una mesa llena de recortes de periódicos. En la mesa había un par de computadoras que tenían abiertas varias páginas de internet de muchos periódicos de diferentes países, y donde los titulares reseñaban muertes, asesinatos, hambrunas y más muertes.

Lo invitaron a sentarse, apenas le explicaron un par de cosas importantes,  y luego le dijeron que tenía que responder unas cuantas preguntas para que la empresa se diera cuenta si estaba empapado del tema y si iba a ser capaz de desenvolverse en el ambiente de trabajo. El hombre entró en pánico ante la sorpresa de aquel cuestionario y sonrió para simular tranquilidad. Le dieron una hoja llena de preguntas, de las que sabía la gran mayoría de respuestas, pero que el nerviosismo no le dejaba responder.

Tras tranquilizarse y hacer memoria, logró resolver el cuestionario en su mayoría, y teniendo dudas en un par de respuestas. Luego la mujer amable lo acompañó hasta la salida y le dijo la frase típica en estos casos: Nosotros te llamamos. El hombre sonrió, dio amablemente las gracias y salió con paso dubitativo de la pequeña oficina de la entrada. Apenas salió del edificio, la euforia y la tristeza se apoderaron de él y sus sueños y su seguridad de salir de allí victorioso trastabillaron.

Llamó a un amigo intelectual de grandes conocimientos- aunque sus ideas de izquierda tienden a ensuciar mucho su sapiencia-  y corroboró sus respuestas con él y descubrió que tenía el 70% del examen aprobado. Quizás no sea suficiente-pensó.  Le dio las gracias a su amigo y el hombre se devolvió triste a su casa, tras lo que pareció ser su primer fracaso laboral.

Unos cuantos días después, se vistió con chores cortos y una camisa vieja y salió de su casa dispuesto a jugar un partido de fútbol sala con sus amigos. Luego de que comenzará el partido, su entrenador de fútbol de la infancia, un descendiente de españoles, que es un tipazo, lo saludó eufóricamente y el hombre le devolvió el saludo de manera cariñosa a aquel gran hombre de barriga prominente y de gran corazón.

Unos cuantos minutos después uno de los compañeros de juego del hombre hizo un rechazó en la defensa y mandó el balón a la casa de una vecina. Tras tocar el timbre y gritar en muchas ocasiones, se dieron por vencido y llegaron a la penosa conclusión de que no había nadie en la casa y que el juego se había acabado.

El hombre aprovechó el final obligatorio del juego para acercarse a su entrenador y darle un fuerte apretón de mano y saludarlo amablemente. Llevaban tiempo sin verte. Tras charlar un par de asuntos triviales, el profesor le preguntó al hombre cómo iba la universidad, a lo que el hombre le contestó que ya había pasado al séptimo semestre. El profesor le preguntó que a qué se iba a dedicar y el hombre le contestó que a la política o al fútbol.

Aquel sujeto buena gente le dijo al hombre que se dejara de pendejadas y que se dedicara al fútbol, que no estuviera metiéndose en esos rollos políticos, que la situación del país no andaba para andar “pendejeando” con la política, y que no se buscara problemas  en eso porque este país estaba fregado y el presidente no iba a soltar el poder nunca,  y que éste se iba a quedar en la presidencia hasta que se muriera.

Dedícate al fútbol que eso es lo tuyo– le aconsejó su profesor. El hombre sonrió y le dijo que las dos cosas le apasionaban mucho y que el tiempo sería la encargada de decidir por cuál rama se iría. Su profesor hizo una mueca de descontento y le dijo que se dejara de ideales pendejos, que el dinero lo podía conseguir era en el fútbol y que la política en este país estaba jodida y que aquí iba a ver era sangre y no consenso.

El hombre sonrió con tristeza y le dijo que el fútbol le apasionaba mucho y que era capaz de dedicarse a ese deporte el resto de su vida a cambio de que él fuera a votar el año que viene,  y que no votara por el truhán de turno; su profesor contestó: Yo siempre he votado hijo, toda mi vida. Pero el año que viene no me puedo poner a inventar con mi voto, porque si voto por el que no es, entonces no voy a poder salir del país a la hora de que pase algo aquí. El hombre lo vio con tristeza y le dijo: Pues estás jugando con el futuro de tu país y de tus hijos. Me traicionarás a mí y a tu país– agregó, tratando que esa falacia de apelación a la emoción surtiera efecto en él. Pero no fue así.

Dedícate al fútbol y no inventes pendejadas que vas a terminar preso– agregó su profesor antes de que se despidiera.

De camino a su casa, el hombre pensó en lo que le había dicho su profesor de la infancia y llegó a pensar que este país, que Dios no lo quiera, estaba en un punto sin retorno de la catástrofe. Luego recordó que ya habían pasado varios días y que no lo habían llamado del trabajo.

Se vio allí, caminando rumbo a su casa, con la certeza de que no lo llamarían de su trabajo soñado y que si el país estaba en manos de personas como su profesor, todo estaba perdido.

No todos tienen que ser como él. Además, la esperanza es lo último que se pierde ¿o no?– murmuro para sí.

Pronto nos veremos…

Verdades a voces

–          Es que ellos creen que nosotros somos pendejos. Cuando nos quitan el agua eso dura hasta dos días en llegar, y cuando nos vuelven a poner el servicio, al día siguiente nos quitan la luz ¡Hasta por tres o cuatro horas!

–          Sí vale, es que no sirven para nada. Se excusan en ese rollo de que como vivimos en una urbanización somos unos burgueses y unos oligarcas ¡Qué pendejada es esa, vale!

–          Eso mismo digo que, pero qué va, ellos parecen que nos tienen arrechera porque somos de clase media y nuestra urbanización le dio palo en las elecciones al gobierno; porque eso es así mi hermano ¡Ellos saben que en Las Brisas no votamos por Chávez y las alimañas que tiene a su alrededor!

–          Y eso sin contar como está el servicio del aseo mi pana, eso da vergüenza vale ¿Cómo es posible que hace seis, siete u ocho años el camión pasara dos veces a la semana y ahora como mucho dos veces al mes? ¡Es que no sirven para nada, vale!

El conductor del autobús era un hombre cincuentón de mucho cabello y bastante dicharachero. Tenía puesto un pantalón caqui color negro y una camisa de un verde de esos que uno no sabe si es oscuro, claro, marino o sabrá Dios qué. El pasajero con el que hablaba era un hombre de piel blanca, brazos velludos, con un conato de panza y tenía puesto unos lentes de montura negra que le daban un aire de intelectual.

La conversación se vio truncada porque el autobús se llenó rápidamente de pasajeros y el sol avasallante y el calor inclemente que azote sin compasión a esta zona de la geografía nacional es realmente aterrador, y seguir parados allí hubiese significado que los pasajeros sudorosos, en su afán de recibir un poco de aire por las ventanas, le hubiesen recordado al conductor, no de una manera muy cariñosa, a su madre.

Cuando aquel hombre dicharachero prendió el vehículo y se dispuso a arrancar, apenas pudo recorrer unos cuantos metros ¿La razón? Había un embotellamiento en la salida del terminal porque algún “desubicado” estaba recibiendo pasajeros en una parte del terminal donde está prohibido, y esto ocasionaba el trancón.

Esto parece una problemática inverosímil porque en todo el frente de la parada de autobuses hay un letrero enorme que dice que: “Se prohíbe el ingreso de pasajeros a las unidades de servicio público en otro sitio que no sea en la parada, que ya está debidamente señalada”. Aquel letrero de inmensas proporciones poco importa, estamos en Venezuela, un país que se rige por la anomia ¿Qué otra razón puede haber?

Tras pasar unos cuantos minutos metidos en esa cola a la espera de que el conductor artero y felón a la ley se dispusiera a arrancar, como buenos venezolanos y latinos, la conversación entre nuestros dos personajes se reanudo de manera ineluctable.

–          ¿Es que tú has visto, mi pana? Yo no entiendo como ese chamo que maneja ese autobús recoge gente ahí sí está prohibido. Es que por eso es que yo no creo en esa mariquera de que la culpa de todo lo que nos pasa es de los gringos o de los colones que nos fregaron la vida ¡La culpa es de nosotros! En Venezuela viven los venezolanos y no hay más nadie que tenga la culpa de nuestros problemas que nosotros mismos.

El conductor hizo una mueca entre contrariado y al mismo tiempo feliz porque la “conversa” iba a seguir. Esbozó una leve sonrisa, que no alcanzó a ser más que una simple mueca, y prosiguió con el debate.

–          Yo tampoco lo entiendo, hermano. El letrero lo dice clarito, pero qué se le va a hacer. Claro, yo estoy de acuerdo contigo, este país está como está por nuestra insensatez, y claro, por este gobierno del coño que no sirve para nada. Yo te lo juro mi pana, el día que este gobierno caiga ¡Yo trabajo gratis ese día, no joda!

El pasajero sonrió cómplice de la ocurrencia de su amigo de discusión y no dudo en apoyarlo.

–          Claro papá, el día que esta vaina se venga abajo yo trabajo gratis y el sueldo que me corresponde ese mes lo dono,  y luego me voy a caer a curdas para celebrar el fin de esta pesadilla.

Justo en ese momento al conductor imprudente que generaba el tráfico, supongo, estuvo en presencia de una epifanía que azuzó su sentido común,  y se le dio por arrancar y terminar, después de poco más de cinco minutos, con el trancón que él mismo generaba.

Así, el autobús dirigido por el hombre dicharachero  y su colaborador de ocurrencias,  tomó rumbo hacia su destino final: La Urbanización de Las Brisas. En el trayecto, que no es más que de un par de kilómetros, la conversación entre los dos sujetos se disolvió y lo único que se escuchaba en el autobús era una salsa con volumen moderado y un pasajero cantando entre dientes: Juanito, con mucha maña, llega al mostrador, saca su cuchillo sin preocupación; dice que le entreguen la registradora, saca unos billetes, saca un pistolón…

Allí, en ese autobús sincrónico ambientado por esa salsa pegajosa y de gran renombre, uno de los pasajeros grita que lo dejen donde pueda. El autobús se para y reanuda su travesía luego de que el pasajero le diera en monedas el pasaje al conductor. Luego, unos instantes después, se escucha una carcajada y algún muchacho de veinte y tantos le grita:

–          Vieja, déjame por aquí pues.

El conductor se coloca a un lado de la carretera  y detiene el bus. El muchacho le tira el dinero en la mano, se baja casi corriendo y apurando el paso por razones que obviamente desconozco.

–          Estos chamos de hoy en día no respetan a la gente mayor, mi pana ¿Qué vaina es esa de que me digan vieja?

Su amigo de ocurrencias, feliz porque hay un tema nuevo para reanudar la conversación, le dice:

–          Es que el declive y la podrición en la que está este país afecta todo, jefe: Desde la economía, la política, lo social, hasta llegando a la educación de la gente y las nuevas generaciones, pues.

Justo cuando vi en el rostro del conductor la intención de responder a lo antes dicho. Otro joven grita desde la parte de atrás del bus:

–          El mío, déjame por aquí.

Tú pagas ¿no?- le dice a uno de sus acompañantes.

–          No vale, que pague Chávez, que ése si tiene billete bastante- y se echa a reír.

El chofer, sintiéndose incapaz de reprimir su comentario, expresó:

–          Ah no, entonces ahí sí que nos jodimos, porque si esperamos para que ese incapaz pague nos vamos a morir de hambre.

Al instante de haber hecho ese comentario, gran parte de los pasajeros soltaron grandes carcajadas celebrando  el chiste de aquel conductor parlanchín que, me da la impresión, busca un refugio en el habla para no aburrirse en el ese trabajo tan monótono y repetitivo como es recorrer las mismas calles cientos de veces durante cada día de la semana.

Poco después,  me bajé del autobús en mi parada y sentí que aquel viaje de veinte minutos fue, quizás, el más entretenido que he tenido en mucho tiempo. Las únicas preguntas que se me vinieron a la mente después de abandonar la unidad y caminar rumbo a mi casa fueron: ¿Seguirá este descontento colectivo en alza para el 2012? ¿Será suficiente para salir de Chávez?

Sólo Dios sabrá…

Pronto nos veremos…

 

A mi hogar

Una de las grandes certezas que tengo sobre este lugar es que estaba aquí muchísimo antes de que si quiera mis abuelos existieran. Cuando llegué a este sitio, conocido sólo por unos pocos,  apenas comenzaba a vivir y la verdad es que nunca supe mucho sobre él. ¿Para qué saber algo sobre él? Dicen algunos, esto es una ciudad dormitorio ¿Qué tendría de interesante? Como dice el dicho: “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra”, se suele escuchar por sus calles.

Cuando yo llegué, si es que esta cosa traicionera y desleal que se hace llamar memoria no me falla, era unas cuantas calles con casas viejas y ancianos sentados afuera echándose aire con sus sombreros de hoja de palma y con la camisa desabotonada por el calor inclemente. “Estos caraqueños ya vinieron a invadirnos nuestro pueblo”, recuerdo que me contó una vez un vecino, que había escuchado decir eso a algún campesino parlanchín de los que hay por todas partes.

Aparte de esas casas viejas con señores habladores y buenas gentes, a las afueras del centro de este lugar se construyeron, y se construyen todavía, urbanizaciones que sirven para albergar la demanda de personas dispuestas a mudarse a este lugar huyendo de los altos precios de la vida citadina.

Jamás nadie, por lo menos que yo conozca, se mudó para acá con otra intención que no fuera alejarse del bullicio, del alto costo de la vida y de lo ajetreado que es vivir en la capital del país. Yo, como la mayoría, llegó a este pueblito porque mis padres no tenían cómo vivir en Caracas, además que ya estaban bastante grandecitos y con dos hijos y anhelaban independencia, o sea, tener una casa propia.

Recuerdo que abandonamos un lindo apartamento en Chacao, que le alquilábamos a un familiar,  y también el colegio donde estudie primer nivel; Si mal no recuerdo, aquel colegio del que no guardo recuerdo en absoluto se llama Promesas Patrias, o se llamaba. Mi mamá guardó mi ropa en una maleta y yo empaqué con recelo mis juguetes (Casi todos carros rojos; siempre me ha gustado el rojo) para que no corrieran ningún riesgo de perderse.

Metimos todo en un carrito chiquito y de motor pequeño, que era de la empresa donde trabajaba mi papá, y le pedimos a un vecino que nos ayudara con la mudanza de los sofás. Esa tarde me despediría para siempre de Caracas, una Caracas que mis pocos años de existencia no me permiten recordar y que jamás extrañé, no sólo porque no recuerdo del todo esa etapa sino porque la felicidad que me esperaba en ese entonces evitó que sintiera nostalgia alguna.

Tras una hora de viaje, llegamos a este lugar que sale en el mapa pero que muchos no saben si quiera que exista ¿Dónde queda eso? ¿En Anzoátegui?, preguntan algunos. Cuando entré por primera vez a esta casa, la misma que me sirve de refugio para escribir estas líneas, recuerdo que estaba llena de tierra por dentro y estaba recién terminada. Tenía un patio inmenso lleno de tierra y piedras en el cual supongo que jugué antes que mi padre sembrara con esmero y dedicación la grama que ahora la embellece.

Entré a un colegio que quedaba cerca de mi casa, y que era casi igual de impresentable que mi hogar cuando apenas lo habían construido: Ventanas de varas de aluminio, paredes sin frisar, la cancha sin terminar y donde hoy hay plantas, cuando yo era un niño sólo había una polvareda con un par de columpios que subían y bajaban bajo un calor asfixiante.

Allí aprendí a escribir mi nombre, a lanzarle los tacos de madera a mis compañeros en vez de hacer pirámides con ellos, a mojarme en el agua lluvia, a creer que hablar inglés era fácil- cosa que me sigue siendo igual de difícil que siempre-, a jugar fútbol con una lata de refresco y a tenerle miedo a la camisa blanca que utilizaban los que pasaban a primaria porque tenía pánico de no pasar a segundo, y de desprenderme de mi camisa roja, el color que tanto me gusta, y cambiarla por ese color tan feo como es el blanco.

Luego de pasar primaria y llegar a bachillerato, seguí aprendiendo muchas cosas, aunque quizás a los profesores y a mis padres les hubiese gustado más que hubiese aprendido algo sobre lo que daban en clase y no…sobre otras cosas. En bachillerato aprendí a amar el fútbol, a odiar el béisbol, a pasarme los recreos jugando con mis amigos, a repugnar matemática, física y química, a pegar las barajitas de los álbumes Panini de los mundiales, a comer pan de guayaba después de salir de clase-cuando la inflación no era tan alta y el pan costaba 350 bolívares (de los viejos) y nos los 3bs que vale ahora, a no hacer las tareas por ir jugar fútbol  y a pasarme el día hablando de mujeres y de fútbol con mis amigos- más de fútbol que de mujeres, seguramente.

Aquí, en este lugar que es mi hogar, también forjé grandes ardides para copiarme en las clases de inglés y matemática, vivía, dentro de todo, feliz porque no se armaban esas grandes colas que ahora se hacen en la Valle-Coche, y en ese entonces ir a Caracas era un paseo y no una pincelada del infierno en la tierra al durar hasta cuatro horas en cola, y odié por momentos a una profesora ilusa que me obligó a hacer caligrafías creyendo que mi letra podía mejorar; pero qué va, la realidad la cacheteó de manera artera; desistió de su quimera y se dio cuenta de que mejorar mi letra es una causa perdida. Después de todo, aceptó con dignidad su derrota.

Cuando ya mis sueños de ser futbolista se esfumaron en esas canchas de tierra de las que cuenta este lindo lugar, así como se esfuma la ilusión de una victoria luego de un gol sobre la hora, descubrí que mi etapa universitaria iba a comenzar y que tendría que separarme de la vida feliz que había vivido en este sitio para trasladarme a esa Caracas en la cual había vivido hacía muchos años, pero que no recordaba ni me interesaba recordar.

Por suerte, estoy seguro de que fue un milagro, este gobierno logró cumplir aunque sea una de sus promesas y terminó el ferrocarril de Caracas-Valles del Tuy y la esperanza de toda mi generación de estudiantes se alegró de que nosotros fuéramos los primeros en ir a Caracas a estudiar sin necesidad de aguantar las insufribles colas. ¡Cuán ilusos fuimos!

Después de todo, el negocio no fue tan malo, ya no sufríamos de los trancones interminables en la autopista, pero tuvimos que internalizar nuestro rol de boxeadores para aguantar las trifulcas y escaramuzas que se forman en el ferrocarril luego de que la demanda de pasajeros es mucho mayor que la oferta de espacio que ofrecen los trenes. Pero bueno, antes todo era peor y no nos podemos quejar ¿o sí?

Por muy absurdo que parezca, fue cuando entré a la universidad, y que cada vez pasaba menos tiempo en este pedacito de paraíso que es este lugar, que fue que me enteré que en este mismo sitio donde yo soñé con ser futbolista y luego periodista-empresa que sí parece mucho más factible y viable- habían nacido y vivido grandes personajes de la historia  de nuestra nación, que habían llenado con su gallardía, inteligencia y lucidez las páginas de nuestra historia.

Aquí, quizás en este mismo pedacito de tierra donde tengo yo mis pies puestos ahora, nació y vivió el gran pintor venezolano Cristóbal Rojas, hombre reconocido como uno de los mejores pintores del siglo XIX de nuestro bello país. Seguramente en este mismo lugar donde yo crecí, este magnífico pintor dibujó sus primeros bocetos sobre cualquier hoja y se imaginó cuadros que luego pintaría. No lo sé, quizás estoy especulando, pero no puedo dejar de pensar que eso haya podido suceder.

En estas mismas calles que transito todos los días para llegar al tren y embarcarme rumbo a Caracas también vivió, hace muchísimos años, un hombre que algunos historiadores piensan que la historia lo ha dejado de lado y no lo ha puesto en el lugar que se merece: José María Carreño. Este hombre, que formó parte importante de la gesta independentista, fue Vicepresidente y Presidente provisional de la República en dos ocasiones, además de pasar a la historia como el hombre que le prestaría su camisa al libertador luego que éste no tuviera una para ser sepultado, o por lo menos eso es lo que dicen.

Asimismo, aquí, en esta tierra de sol inclemente y de calor apabullante, nacería también el General Ezequiel Zamora, hombre importante en la Guerra Federal de nuestro país en el siglo XIX, así como como también un hombre de ideas en pro del campesinado de la época.

Tampoco se nos puede pasar que aquí nació Víctor Guillermo Ramos Rangel, personaje honorífico que fue uno de los artífices del surgimiento de la Orquesta Sinfónica Venezuela, para luego de recorrer el mundo mostrando su música, dedicarse a la enseñanza en diferentes lugares de Caracas

María Teresa Castillo, mujer resaltante en la historia del siglo XX venezolano, también honra a este acogedor pueblo con la satisfacción de saber que una mujer de su inteligencia pudo nacer aquí, en el mismo pueblito donde Rojas soñaba y pintaba, Zamora pensaba y luchaba y donde Carreño construía una Venezuela independiente del yugo español.

Éste es el sitio donde crecí, donde soñé, donde me aferré a la vida y donde he forjado mis pensamientos, mis críticas y mis anhelos. Algunos no saben si quiera dónde queda, a veces se confunden y me preguntan si vengo de Cuba, yo sólo sonrío irónicamente y les digo que no, que a mí vivir en dictadura no se me da, que yo vengo de Cúa, y me miran confundidos tratando de entender aquella palabra con tilde en la u.

A veces me preguntan si aquí existen los cajeros automáticos, los bancos o si hay internet. Otras veces me preguntan si tengo que cruzar algún río o nadar para llegar a mi casa, o si hay carreteras o tengo que tomar una carreta arada con un burro para llegar a este hogar que tanto amo. Yo sólo sonrío y pienso que el ser humano nunca deje de ser lo suficientemente ignorante de la historia y su alrededor. Les digo que sí, que hay un pequeño barco que nos transporta hacia la otro margen; ellos me miran anonadados y yo me burlo en mis adentros.

He llegado a la conclusión de que los caraqueños no le entenderán jamás, ellos creen que tener centros comerciales y Metro son razones suficientes para estar por encima de nosotros, que vivimos una vida pacífica-quizás ya no tan pacífica a causa de la inseguridad inclemente- sencilla y alegre en un lugar donde vivir en paz no es un derecho que se le exige a una junta de vecinos sino que es un privilegio innato de esta zona.

Para algunos que sí han oído hablar de él, Cúa es un pueblo que queda a 70 kilómetros de Caracas, donde no hay centros comerciales ni un cine. Estoy seguro que no lo entenderán jamás, pero Cúa es mucho más que eso: es paz, es armonía, es alegría, es tranquilidad, es sencillez y el lugar perfecto para ver transcurrir tu vida con algarabía y parsimonia.

Es el lugar donde ha transitado la mayor parte de mi vida y es el sitio donde puedo sacar una hamaca, acostarme en ella para leer un buen libro y ponerme los audífonos en volumen bajito con alguna canción de Jazz y saber que nadie me molestará en aquella paz inquebrantable.

Estando aquí, sólo puedo pedirle a Dios que le dé una vida longeva a mi familia y a mí para seguir disfrutando de estos placeres incuantificables. Sí, Cúa es un pueblo que queda a 70 kilómetros de Caracas, pero para mí, y para otros muchos, es el punto sin retorno de la felicidad, es simplemente… mi hogar.

Pronto nos veremos…