Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para junio, 2011

Soy de derecha ¿y qué?

En este país a nadie le gusta la derecha. El mito que ronda en cada calle y en cada rincón de nuestro país es que la derecha es sinónimo de explotación, de oportunismo, de corrupción y de riqueza para pocos y pobreza para muchos. Si ya por el hecho de decir que simpatizas con las ideas de derecha te acusan de oligarca y burgués, decir que eres capitalista es una aberración tal que lo mínimo que podrías recibir serían miradas de odio fulminantes y probablemente los gritos airados de algún comunista reencauchado de los que hay por todos lados.

Si analizamos nuestros inicios democráticos, nos toparemos con que aquellos hombres que forjaron nuestra democracia simpatizaron siempre con las ideas marxistas ortodoxas, y no tan ortodoxas. Rómulo Betancourt fue un reconocido defensor del comunismo hasta bien entrado a la treintena. Jóvito Villalba siempre mantuvo una distancia más que prudencial con la derecha y mantuvo su partido (URD) bien en la Centro-Izquierda. Rafael Caldera también se mantuvo en el “Centro” con su partido Social-Cristiano (COPEI), pero haciendo énfasis en la palabra “Social”.

De hecho, cabe mencionar que una de sus promesas de gobierno fue echar por tierra aquellas medidas Neoliberales que había tomado Carlos Andrés Pérez antes de ser destituido. Es importante resaltar que llegado a la presidencia, Caldera apenas y modificó el plan inicial de Pérez ¿Qué pasó? ¿Por qué no lo echó por tierra? ¿No que el Neoliberalismo era malo? Estoy seguro que Caldera se dio cuenta que el país se le venía abajo si llegaba a modificar aquel satanizado plan económico. Al final, la promesa se quedó en eso: en promesa.

Si vemos que ya en nuestros inicios democráticos los presidentes que nos gobernaron siempre fueron de una tendencia Social-Demócrata, y si le agregamos que nuestros gobiernos anteriores fueron militares, está de más explicar cuáles son las causas del odio del venezolano a todo lo que no sea de la Izquierda. Pero aun así, antes del gobierno del Presidente Chávez, siempre se respetó la propiedad privada y se apoyó a la inversión privada.

Si bien, no me atrevería a decir que en Venezuela existía una economía de mercado plena, como se conoce en Estados Unidos o en Europa, creo que nuestro país a pesar de la figura del “Papá Estado” siempre gozó de la posibilidad de la producción privada y de jugar un poco a la Ley de la Oferta y la Demanda. Ahora, cuando el Estado expropia las empresas privadas para “dárselas al pueblo”, cuando sigue subsidiando la gasolina para venderla a un precio irrisorio, cuando intervino PDVSA y ahora ésta produce un millón de barriles menos que hace diez años, cuando los empleados públicos rondan los cinco millones, cuando la inflación llega al 30%, las carreteras están destruidas, los anaqueles de los supermercados están vacíos, el Metro de Caracas con retrasos y cayéndose a pedazos, cuando nuestros jóvenes salen corriendo del país y vemos a un Estado hipertrofiado, creo que no nos parece tan malas esas ideas de ese “Señor burgués” llamado Adam Smith.

Hay que tener claro que creer en la totalidad funcional de las teorías de Smith es igual de descabellado que creer en las teorías de la sociedad perfecta de Marx, pero hay una cosa que me queda aún más claro que esto: No quiero que Venezuela sea una Vietnam, una Corea del norte, una Unión Soviética, una Cuba o lo que fue la Alemania Comunista.

Quiero que Venezuela sea igual de próspera que Noruega, que la propiedad privada sea un derecho fundamental en nuestro país y que no sólo esté escrito en una constitución que se moldea dependiendo de las circunstancias, quiero a una Venezuela con empresas privadas que le brinden trabajo a los venezolanos, quiero unas carreteras asfaltadas y en buenas condiciones, quiero que la inflación sea cero, que nuestra economía se maneje principalmente con la Ley de la Oferta y la Demanda, que los anaqueles estén llenos de productos de diferentes marcas, que no haya problemas de electricidad, que las cárceles funcionen como entes para reformar a las personas y no como guetos, que el sistema de salud funcione y que los colegios eduquen y no que ideologicen.

Sí, para lograr todo esto no queda de otra que echar mano de medidas Neoliberales controladas, privatizar nuestra economía y abrirle paso a los capitales extranjeros para recuperar nuestro país; en palabras más criollas: Capitalismo.

Hasta el son de hoy, no hay otra manera de generar riquezas que no sea ésta; sin riquezas no hay nada que repartir, y por consiguiente, no hay beneficiados ni mejora de la calidad de vida de nadie. El socialismo tal como lo concibe el presidente fracasó en China, en la Unión Soviética, en la Alemania comunista, en la isla caribeña de Cuba y fracasará aquí.

Creo en el Capitalismo solidario, en las empresas privadas, en las medidas Neoliberales, en la economía de mercado, en la propiedad privada, en el poco intervencionismo del Estado y creo que el Socialismo es una receta fracasada antes probada y que sólo ha dejado miseria y dolor. Señor Chávez, me gusta la derecha ¿Y qué?

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El café que nadie tomaría

Sube las escaleras de su edificio hasta el piso cinco, donde se encuentra su apartamento: el 5 B. El pasillo se encuentra oscuro y el suelo está lleno de mugre: La conserje hace mucho que no hace aseo en aquella zona que pareciera abandonada por la junta de vecinos. Es el último piso de aquella estructura desvencijada y construida hace tanto tiempo que ya nadie sabe con exactitud el año en que alguien la habitó por primera vez.

Algunos inquilinos que rozan ya los sesenta años, y que llevan ahí casi toda su vida, se atreven a predecir que fue construida en el gobierno de General López Contreras; la verdad, nadie sabe algo con certeza. A él le importa un carajo en que gobierno dictatorial de esos militares brutos se construyó aquella edificación; ya bastante le costaba levantarse todo los días y saber que vivía en una esquina miserable de un barrio en el centro de Caracas olvidado por la gracia de Dios.

Todas las noches, cuando llegaba del trabajo y ponía un pie en la planta baja de aquella edificación, se persignaba y le daba las gracias a Dios por haberlo hecho llegar sano y salvo a su casa- promesa que ahora siente que el magnánimo ha incumplido de una manera mucho más canallesca, dolorosa y sorpresiva de la que nunca se pudo imaginar.

En aquel pasillo oscuro, a causa de los racionamientos de luz que el gobierno de otro militar bruto dirige en la actualidad, se apresura en sacar las llaves de uno de los bolsillos de su chaqueta de Blue Jean y, entre tanta oscuridad, hace ademanes para introducir la llave en la cerradura de la puerta. Tras varios intentos fallidos, y uno que otro recordatorio nada agradable a la madre del presidente, consiguió introducir la llave y entrar a su apartamento.

Aquel cuchitril de mala muerte constaba de una cocina de un tamaño pírrico, donde cabía a duras penas la estufa, una nevera pequeña, un par de cajones para guardar utensilios de cocina y una tabla de madera de no más de un metro de diámetro que servía para picar las verduras, y en varias ocasiones hizo las veces de comedor.

La sala era un hueco de no más de cuatro metros, en donde había una mesa en el centro con dos sillas. A un costado, un sofá de cuero maltrecho por el tiempo; una lámpara marrón, que tenía una campana de tela blanca y una mesa de madera con un mantel beige, lleno de manchas por doquier de líquidos de procedencias irreconocibles, eran las únicas cosas que adornaban aquella sala. No había pinturas ni fotografías por ningún lado. Cualquiera que entrase a aquel apartamento hubiese pensado que allí vivía un bohemio insensible o un asesino en serie.

Se quitó la chaqueta y la tiró sobre el sofá, ese mismo sofá maltrecho que había sido testigo presencial de sus muchas horas de insomnio, de sus dolores crónicos en todo el cuerpo, de sus desvelos y desvaríos literarios, de sus borradores de novelas fracasadas, que ninguna editorial estaba dispuesta a publicar, y de sus innumerables refriegas amorosas con mujeres de dudosa procedencia que entraban y salían de aquel apartamento para apaciguar su soledad.

Buscó su celular y lo prendió para que lo sacara de aquella semioscuridad en la que se encontraba el apartamento. Cruzó la sala y se dirigió a su cuarto. Aquellas cuatro paredes, donde dormía la mayoría de las noches, y que eran testigo de su llanto e impotencia por las metas que nunca fue capaz de cumplir, era un lugar tan lleno de gracia y orden que hacía total dicotomía con la sala y la cocina. En su habitación yacía una cama grande, una mesita de noche con una laptop antiquísima, y junto a aquella mesa, había un gran armario con una cantidad de libros tal que no había espacio donde ponerlos y se apilaban unos encima de los otros. Poemas de Benedetti, Piedad Bonnet, Antonio Machado, Octavio Paz; libros de Adam Smith, de Webber, Manuel Caballero, Jhon Katzenbach, Jhon Grisham, Carlos Ruiz Zafón, Ken Follet, García Márquez, Vargas Llosa, Borges, Jaime Bayly, Sábato, Galeano y un sinfín de autores más, se apretujaban en aquel mueble que hacía ya mucho tiempo que había sobrepasado su capacidad de almacenaje.

Fue hasta la mesa de noche y cogió una caja de pastillas. Sacó tres de ellas y las engulló con un vaso de agua que estaba en la mesita desde la noche anterior. Echó un vistazo y agarró un libro que decía en la portada: La Sombra del Viento. Lo tomó y sacó un papel doblado y amarillento que estaba dentro de él; lo guardó en el bolsillo de su pantalón. Salió del cuarto con un andar pausado y resignado y caminó hasta la cocina. Allí prendió la estufa y buscó la cafetera: Le echó agua, dos cucharadas de café y la dejó sobre la hornilla.

Aprovechó que estaba en la cocina para buscar una vela en las gavetas y darle un poco de luz al lugar; consiguió una entre los trapos para lavar y la prendió con el fogón de la estufa; caminó hasta la mesa de la sala y se sentó pausadamente- como midiendo cada uno de sus movimientos. Su mirada estaba extraviada, su mente muy lejos de aquel lugar mugriento y su aspecto reflejaba la situación miserable en la que se había convertido su vida desde hacía tantos años. Pensaba y pensaba y no recordaba la última vez que había sido feliz.

Estiró su mano y sacó unos papeles que estaban en uno de los bolsillos de su chaqueta de blue jean; los desdobló con gran parsimonia, como con la esperanza de encontrar allí algo escrito que le devolviera la fe en la vida. Mientras releía palabra por palabra de esos exámenes médicos y las conclusiones a las que habían llegado los doctores, no pudo evitar maldecir su suerte y odiar a Dios por la vida miserable, llena de falsedad y fracasos en que lo había sumergido.

Recordó cuando su madre lo abandonó cuando él apenas era un niño y lo dejó a su suerte en un orfanato de mala muerte, donde lo trataron como una escoria y como un error de la humanidad; recordó cuando su papá lo abandonó aquella tarde gris en ese hospital donde mandaban a morir a los pobres, tras agonizar varios meses con un cáncer que le apagaba la vida a diario; recordó al editor gordo, incapaz y pusilánime que le negó la oportunidad de publicar una novela que escribió con austeridad y virulencia durante meses, diciéndole con aire de erudito que se dedicara a otra cosa; recordó esos últimos años en los que tuvo que trabajar en ese colegio público lleno de facinerosos y cleptómanos dando clases de castellano por un sueldo miserable, que apenas y le alcanzaba para vivir en esa pocilga mugrienta y llena de cucarachas donde estaba ahora.

Su vida en general había sido un desastre, pero quizás su peor decepción fue no haber sido nunca capaz de escribir una novela presentable que le abriera las puertas de la literatura y que le generara suficientes dividendos para vivir de la escritura y mandar al carajo ese trabajo indigno y descorazonador como era darle clase a esos desalmados sin principios que tenía como alumnos.

Ya no habría tiempo para intentar nuevamente llevar a cabo aquel sueño homérico, en sus manos estaban los exámenes que confirmaban que moriría dentro de poco tiempo y agonizaría en algún hospital insalubre de la misma enfermedad que había muerto su padre.

Ya lo había meditado y de algo estuvo seguro apenas le confirmaron su estado aquella tarde: él no pasaría por lo mismo que pasó su padre. Él no mendigaría ni rogaría a ninguna enfermera para que le pusieran más morfina para aplacar el dolor, él no pasaría los últimos días de su vida postrado en una camilla de algún hospital, él no esperaría con resignación y tristeza que la muerte tocara su puerta, él no permitiría que aquella enfermedad miserable le consumiera el cuerpo y lo dejara convertido en un fideo, él no permitiría que pasara los últimos minutos de su existencia odiando a su madre por su cobardía y sintiéndose un pusilánime por no haber logrado ser lo que siempre soñó: un escritor.

Dejó los exámenes sobre la mesa y se levantó con firmeza de la silla. Caminó hasta la cocina y se agachó en el suelo. Metió la mano debajo de la nevera y sacó un pequeño revolver que había comprado hacía mucho tiempo, por si algún ratero se le ocurría entrar a su impresentable apartamento a robarle sus miserias. Se paró y caminó nuevamente hasta la mesa de la sala. Se sentó en la silla y revisó si el revolver tenía balas: Sí tenía. Sacó el papel amarillento y doblado de su bolsillo, el que había agarrado hacía unos minutos de uno de sus libros, y lo abrió con lentitud.

Las manos le temblaban y de sus ojos brotaban lágrimas de miedo, tristeza e impotencia. Apenas tuvo el valor, levantó su mano derecha, donde tenía aquel pedazo de papel, y leyó en voz alta: “No es que tenga miedo de morirme. Es tan sólo que no quiero estar allí cuando suceda (Woody Allen)”. Yo tampoco quiero estar allí, por eso no quiero vivir lo que tu viviste papá- susurró para sí mismo.

Tomó el arma con la mano izquierda y la posó sobre su sien. Las manos le temblaban y por un momento creyó que el pánico no lo dejaría hacer lo que planificó esa misma tarde cuando aquellos médicos con voz de tristeza falseada e incapaces de disimular su lástima lo desahuciaron y le dijeron que no había nada que hacer. Quien dice que suicidarse es el camino de los cobardes es un imbécil- pensó. Instantes después, en un momento de desafuero, apretó el gatillo y acabó con su vida.

No hubo gritos- y menos en ese barrio acostumbrado al sonido de un arma-, no hubo gente desesperada, no hubo sollozos, no hubo personas intentando derribar la puerta del apartamento, sólo hubo un silencio desgarrador y efímero que fue interrumpido por el sonido de la cafetera indicando que ya estaba listo el café.

Pronto nos veremos…

El facineroso de la FIFA

Joseph Blatter fue electo presidente de la FIFA, nuevamente, para que cumpla su cuarto mandato seguido en la institución. El suizo, reelecto esta semana, tendrá a su cargo al mayor ente del fútbol hasta el año 2015, y ya ha dicho que se retirará de la vida ejecutiva cuando se cumpla este plazo (Tendrá 79 años cuando decida “colgar los mocasines”).

Blatter llegó a la presidencia de FIFA en el año 1998 con un currículum extraordinario y una reputación impoluta. Desde la década de los 70 ya se desempañaba dentro de la FIFA y fue una pieza fundamental para organizar los mundiales de España 82, México 86, Italia 90, Estados Unidos 94 y Francia 98. Además de estas hazañas, el suizo puede alardear de haber sido uno de los supervisores más importantes de la logística en la copa de 2002, cuando se decidió darle la sede a Corea y Japón, el evento futbolístico de más envergadura e importancia en toda la historia por lo que significó que la sede fuera compartida por dos países.

También colaboró en la ardua tarea de los derechos de televisión y mercadotecnia en todos en los grandes eventos hechos por la FIFA a nivel mundial. Logró que este ente le prestara mayor atención al fútbol de salón y colaborara de mejor manera a desarrollar el fútbol femenino y azuzar a su práctica. Se podría decir que todo lo que son los campeonatos a nivel mundial de fútbol sala y el gran desarrollo del fútbol femenino en los últimos tiempos son, en gran medida, gracias a Blatter y a sus “medidas sociales” para incentivar la práctica del fútbol.

Aparte de todas estas cosas maravillosas que se pueden destacar del mandato de Blatter, no se puede dejar de lado el gran papel que ha cumplido la FIFA, desde que él llegó a la presidencia, en el continente africano. Blatter afilió a la FIFA con la Organización Mundial de la Salud (OMS) para tratar el tema de la polio en el continente negro y hacer los mayores esfuerzos para erradicarla.

Po otro lado, la solidaridad de Blatter también se sintió en muchos campos de refugiados a lo largo del mundo, donde se hicieron donaciones de equipos deportivos y la FIFA dio su apoyo incondicional a todas las víctimas.
Así mismo, con el suizo en el poder, la FIFA se ha inmiscuido como nunca en la lucha contra la explotación infantil, llegando incluso a formar parte y firmar un tratado con la Organización Internacional del trabajo para salvaguardar los derechos y la vida de los niños en el mundo.

Todo lo descrito anteriormente puede validar lo que siempre ha expresado Blatter: “El fútbol siempre tendrá una responsabilidad con la sociedad”. Ahora bien, así como lo bueno se debe resaltar, tampoco podemos dejar de lado la parte “oscura” de este hombre que maneja los hilos del ente más importante del fútbol.

En el año de 2002 explotó la primera acusación formal hacia Blatter, que vino por parte de Lennart Johansson, quien lo acusó de corrupción y de haberle ofrecido cien mil dólares para que votara por él en las elecciones de ese año. El entonces diputado de Sepp Blatter, Michael Zen-Ruffinen, preparó un expediente que perfiló estas alegaciones de corrupción dentro de la FIFA. Este expediente daba detalladamente ciertas irregularidades económicas de las que había sido artífice el suizo. Las acusaciones fueron apoyadas por el jefe de la UEFA, Lennart Johansson. Toda esta información fue dada a las autoridades suizas, pero éstas mantienen, hasta el día de hoy, un silencio sepulcral que nadie comprende. ¿Qué habrá pasado con estas acusaciones? No sé por qué, pero no se me ocurre ninguna razón honesta para la causa de este silencio.

Luego de este golpe, en el año 2006 el periodista Andrew Jenning publicaría un libro en donde se da a conocer una investigación exhaustiva que demuestra la gran cantidad de sobornos hechos por Blatter a diferentes funcionarios de la FIFA, y también cómo muchos de éstos reembolsaron a la institución ese dinero “donado” por miedo a las investigaciones que se estaban haciendo para comprobar estas sospechas cada vez más omnipresentes en el órgano rector y en la opinión pública.

Lo realmente despreciable de todo este manojo de rumores, pruebas inconclusas, declaraciones airadas de víctimas y de intereses encontrados por parte de los ejecutivos de la FIFA, es la actitud acanallada, miserable y antidemocráctica de Blatter. He aquí el porqué: El suizo se inmiscuyó en una problemática de la Federación Española de Fútbol, donde algunos dirigentes exigían votaciones a la presidencia por mantener diferencias con el presidente de esa Federación, Ángel María Villar.

Blatter dijo que si esas votaciones se llevaban a cabo él tomaría fuertes medidas en contra de los clubes españoles, medidas que hubiesen podido llegar a ser la exclusión de los equipos de ese país en cualquier competición europea. ¿Por qué le tenía miedo Blatter a esas elecciones? ¿Había intereses de por medio que se hubiesen visto afectados si Villar perdía la presidencia? Quién sabe; lo único claro es que fue una postura bastante intervencionista, polémica y no exenta de mucha especulación.

Una de sus últimas joyas fue el veto que sufrieron algunos estadios de Perú, de Ecuador y de Bolivia por estar a más de 2500 metros sobre el nivel del mar. La FIFA dijo que la razón para no jugar al fútbol en estadios que se encontraban a más de esa altura era porque se ponía en riesgo la vida de los futbolistas. La verdad, jamás había oído semejante decisión basado en un argumento tan hipócrita y canallesco.

Si bien es cierto que jugar a esas alturas conlleva una mayor exigencia física para los atletas y aumenta sus riesgos a sufrir alguna crisis grave de salud, cómo es posible que la FIFA haya podido tomar esta medida y no hacer algo, por ejemplo, en México, donde los futbolistas juegan a las doce del mediodía a unas temperaturas que a veces superan los 40 grados, bajo un sol inclemente que pone de igual forma su salud en juego. ¿Hay discriminación por parte de la FIFA por esta decisión? ¿Intereses de por medio? No lo sabemos, lo que sí está claro es que es una medida que discrimina a estos países y los obliga a dejar de jugar en estadios que ya forman parte de su cultura futbolística.

En lo último que se vio involucrado Blatter fue en otras acusaciones graves de corrupción y soborno hacia los dirigentes de la FIFA, todo esto a causa de las elecciones que ganó hace poco. Su rival, Bin Hammam, también estuvo enredado en la polémica y salieron pruebas que lo incriminan en varios sobornos hechos a algunos representantes de diferentes países para que votaran por él en las elecciones efectuadas esta semana. Aparte de eso, también se le acusa de “Haberle mojado la mano” a algunos ejecutivos del ente para que votaran por Catar como sede para el mundial de 2022, elecciones que ganaría ese país.

Al final de todo este embrollo, Bin Hammam cedió a la presión y retiró su candidatura como aspirante a presidente de la FIFA y dejó a Joseph Blatter como único candidato. Así mismo, el suizo salió airoso de las acusaciones y logró postularse para su cuarto mandato como la única persona que demandó el cargo. No sé ustedes, pero un hombre que sea correcto y de talante democrático jamás hubiese participado en unas elecciones donde sólo él es el candidato y donde varios dirigentes le pidieron que retrasara las elecciones para buscar a otro aspirante, con el fin de tomar una postura más participativa y democrática.

La gran mayoría de ejecutivos votaron por no retrasar las elecciones y el único candidato al puesto, Blatter, salió victorioso por una mayoría aplastante. Así, el suizo llegó nuevamente a la presidencia de una manera bastante antidemocrática, hundido en un escándalo de corrupción impresionante y, al parecer, donde se le acusa de formar parte del “amaño” para que Catar ganara la sede del Mundial de 2022.

El presidente de la Federación Inglesa de Fútbol, David Bernstein, fue un acérrimo rival de la candidatura “solitaria” de Blatter y éstas fueron sus palabras cuando las elecciones se llevaron a cabo: “He sido aconsejado por algunos que lo mejor es no hablar. Pero esta es una organización democrática y, por lo tanto, es un consejo que he decidido rechazar. Estas elecciones se han convertido en la carrera de un caballo debido a que no hubo ningún contendiente. Un nombramiento sin adversario establece un mandato defectuoso. Lo mejor es ponerse de pie y competir en una elección abierta y justa. Sólo haciéndolo así, el ganador tendrá la credibilidad adecuada en los próximos cuatro años.”

¿Qué tal? ¿Bernstein está en lo correcto? ¡Por supuesto que sí! Lo que dice el presidente de la Federación Inglesa de Fútbol es lo más honesto, sensato y democrático. ¿Qué podemos decir de Blatter? ¿A cuál Blatter recordamos? ¿Al que ayuda a los niños en África o a éste que participa y gana elecciones como los más grandes dictadores de la historia?

Lo que sucede es que al suizo le está pasando lo que le sucede a todo el mundo: El poder ya lo ha enfermado y lo ha convertido en un adicto al poderío. A Blatter ya se le notan las costuras y se ve como la fama y el poder lo han insensibilizado, acanallado y convertido en un manipulador del sistema para perpetuarse lo más posible en él: Se ha aprovechado de la democracia para ir en contra de ella, y eso es grave.

Hasta ahora no se han podido conseguir pruebas fehacientes para culpar a Blatter de todas las irregularidades de las que se le acusa, pero cuando el río suena es porque…

El dinero y el poder envilecen, como dijo Aristóteles, y he aquí una muestra más de cuánta razón tiene. Cualquier parentesco con la Venezuela actual es pura coincidencia ¡Se los juro!

Pronto nos veremos…