Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para noviembre, 2010

Monólogo en el Camp Nou

Una semana, Siete días, ciento sesenta y ocho horas u once mil setecientos sesenta minutos-como más le guste – era lo que llevaba esperando el partido entre el Real Madrid y el Barcelona. Hacía una semana que me comía las uñas porque la ansiedad se apoderaba cada día más de mí y quería que fuera lunes de una vez por todas para ver el mejor clásico de la actualidad ¿y qué fue lo encontré? Un monólogo, un entrenamiento, una “caimanera”, un partidillo que veía atónito e incrédulo.

El Barcelona fue lo que es: una aplanadora. Tomó la pelota desde el primer minuto y se apoderó de los tiempos y los espacios en la cancha del Camp Nou. Los jugadores del Madrid corrían de arriba para abajo como persiguiendo fantasmas y cuando dejaban de correr era porque se daban cuenta que la afición Culé gritaba “Goooooool” y tenían que volver a sacar la pelota de las redes del arco y jugarla desde la mitad del campo, otra vez.

Así fue el partido: Un Xabi manejando los tiempo en la mitad del campo, un Iniesta “clarito” de la cabeza y pasando la pelota con profundidad y si complicarse y un Messi explosivo, rápido, impredecible… simplemente genial. En la acera de enfrente todo parecía risible: desorganización, improvisación, malos pases, torpeza, mal trato del balón y una cara de Mourinho que decía todo sin necesidad de decir nada.

No lo pude evitar: me decepcioné. No me decepcioné por el partido en sí, sino por lo tibio de la reacción del Madrid; parecía que sólo esperaba que se acabara el partido, así como un condenado a muerte espera que el verdugo encienda el interruptor y la electricidad acabe con su vida; eso fue el Madrid de hoy: un condenado a muerte. Ni siquiera la capacidad sobrehumana de Mourinho logró, por lo menos, maquillar una derrota humillante e impensada.

Con tristeza digo que no tengo una opinión nueva que escribir ¿A quién le sorprende este Barcelona? ¡A nadie! Un equipo tan hecho y tan engranado como el blaugrana no escandaliza a nadie porque ya estamos acostumbrados a que nos dé estos espectáculos. Muy en el fondo creí que este Madrid se sacudiría el yugo del Barca, pero no sólo no fue así, ahora lo hundió en lo que podría ser una profunda crisis en el estado de ánimo de los jugadores y lo apartó del primer lugar de la liga.

Como última acotación que decir: le pido expresamente a todos los amantes del fútbol que a la hora de hablar de Cristiano Ronaldo no hablen de él nombrándolo por su apellido: díganle Cristino, porque me parece una falta de respeto llamar a este jugador tan pecho frio y tibio como el monstruo brasilero Ronaldo, que aunque gordo o trasnochado siempre dejaba todo en la cancha y respondía con goles y entrega sobre el terreno de juego.

El “gordito” Ronaldo nunca tuvo mucho cabello que peinarse pero sí mucho fútbol que dar; Cristiano utiliza mucha laca pero el fútbol siempre lo deja en el espejo del baño de su casa.

Si alguno le queda duda de quién es el mejor jugador del mundo, sintonice ESPN y vea la repetición del partido; llegará a una sola conclusión: Lionel Messi. Y a Mou, una sola cosa: a trabajar que queda mucho por hacer en este Real Madrid y a pelear que queda mucha liga por delante.

¡Felicitaciones a los Culés!

Pronto nos veremos…

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Ilusiones a lo Vinotinto

Aunque el mundial haya quedado atrás, el fútbol jamás descansa. La Copa América se aproxima y las eliminatorias mundialistas no están muy lejos de comenzar. Si bien, Venezuela se encuentra ahora “sumergida” en su pasión beisbolera, dentro de un par de meses este deporte desaparecerá de la escena deportiva y el fútbol llenará de alegría nuestros corazones otra vez y las camisas vinotinto comenzarán a desfilar por las calles de nuestro país.

Como buenos latinos, siempre soñamos y nos ilusionamos con proezas que difícilmente lograremos: Que Venezuela llegará a las semifinales de la Copa América o que iremos al mundial de Brasil 2014, porque ahora hay una plaza más y nuestras posibilidades aumentan, son algunas de las frases que se escuchan en las calles cuando el balompié le arrebata un poco de protagonismo al béisbol e incita al venezolano a hablar de fútbol.

Ésta es la parte linda de todo esto ¡Se habla de fútbol en Venezuela! Y mejor aún, se habla de fútbol nacional. Pero ahora dejando de lado todo este rollo nacionalista y quimérico, hay que poner los pies sobre la tierra ¿De verdad nuestra selección nacional tiene armas suficientes con que pasar, si quiera, de la fase de grupos de la próxima Copa América? ¿Tenemos con que disputar mano a mano un cupo al Mundial con selecciones como Argentina, Paraguay, Uruguay, Chile, Ecuador y hasta la decaída Colombia? Se ve bastante complicado ¿no?

Todas estas ilusiones que nos hacemos no son del todo culpa de nuestra facilidad a esperanzarnos con cosas imposibles. Esta selección, que viene creciendo en la última década, nos ha mal acostumbrado a tener fe en resultados que difícilmente lograremos. Le hace buenos partidos a Colombia, a Chile, a Bolivia y de repente cae goleada por Ecuador o empata con Perú; nos lleva a la cima y cuando todo el país se paraliza enfrente del televisor, esta misma Vinotinto es la encargada de lanzarnos de golpe al suelo y sin paracaídas.

Ésta es nuestra selección, un manojo de irregularidades que es capaz de dar todo en un partido y al siguiente ni siquiera tocar la pelota ¿Hasta dónde, en verdad, el fútbol venezolano se ha desarrollado? ¿De verdad podemos ilusionarnos con ir al mundial? ¿Podemos tener confianza ciega en estos jugadores? ¿Con que tengamos a uno que otro compatriota en las ligas europeas es suficiente? La verdad, no lo creo.

Algo está claro, las cosas han mejorado mucho a nivel futbolístico en este país: los estadios reciben cada vez más gente, nuestra selección gana cada vez más partidos, nuestra liga se cotiza cada vez más y las ligas del exterior comienzan a preguntar por los jugadores criollos, pero más allá de esto, no hay nada.

No es fácil crear un proyecto futbolístico a gran escala en un país como Venezuela que apenas está comenzando a vivir lo que es el balompié. Paciencia y darle tiempo al tiempo es la receta ideal para nuestro fútbol, que crece cada día más pero con muchas irregularidades y contratiempos.

Las cosas grandes llevan su tiempo de gestación y nuestro fútbol no puede ser la excepción. A recibir las victorias con alegría y moderación y a aceptar las derrotas con resignación y paciencia, ésta es la única opción que nos queda a los venezolanos, por lo menos por ahora.

Pronto nos veremos…

Las razones del odio

Este fin de semana me encontré con uno de mis parientes. Yendo en contra de todo el pensamiento y la opinión que compartimos en la familia, él es uno de los pocos que apoya incondicionalmente al régimen que nos gobierna en la actualidad.

Puedo decir a su favor que es un chavista estudiado; no es de esos que se ponen una camisa roja y salen a la calle a gritar consignas a favor del gobierno cuando muchos de los que lo hacen no tienen ni la más remota idea de qué significa en verdad la palabra revolución, de quién es Marx, en qué consta un gobierno de izquierda y muchos menos sabrán lo que significa vivir en comunismo.

Me imagino que este familiar apoyará este disparate de gobierno por ese afán de cambiar el mundo que a muchos de los adolescentes les da cuando aún no han vivido lo suficiente y todavía no se enteran que el comunismo es muy lindo en el papel, pero cuando la llevamos a la práctica no hace más que crear estragos y producir pobreza en la población. Yo creo que es por eso que este querido familiar se apega a los ideales de la izquierda, porque piensa, como cualquier militante del PSUV, que estos “políticos corruptos” que han manejado el país hasta la famosa “Cuarta República” sólo han generado corrupción y desigualdad en la nación.

Ésta sería la típica postura que todo comunista y revolucionario de este país tomaría para dar respuesta al porqué de la pobreza que nos ha azotado a lo largo de nuestra historia. Pero la cosa no terminaría allí; como cualquier comunista que defiende sus ideales, este familiar pone como ejemplo de vanguardia política y económica a la isla revolucionaria, igualitaria y feliz de Cuba. Yo, siendo un hombre de ideales capitalistas y neoliberales, no hice más que reírme de dicho disparate, y, a continuación, le expresé mi opinión con respecto a este comentario tan distante de la realidad cubana.

Odio todo lo que tenga que ver con el sistema político que rige en Cuba- y en todos los países comunistas en general- por razones muy básicas: no puedo concebir que en un país los ciudadanos no puedan salir a la calle a manifestar abiertamente sus diferencias en contra de las políticas de Estado. No puedo apoyar un país donde la libertad de expresión está vetada y los medios de comunicación son un instrumento del gobierno que se manejan a su antojo. No puedo hablar bien de un sistema político que consta solamente de un partido político (Partido Comunista). No se puede apoyar a un gobierno que suprime el sufragio universal. No se puede llamar democrático a un país en donde se llama a elecciones y sólo existe un candidato en la papeleta. No se puede respetar a un gobierno que no permite la propiedad privada y reprime la voluntad individual. No se puede abogar a favor de un gobierno que estatiza los medios de producción y no deja que se fabrique nada sin su consentimiento. No se puede apoyar a un sistema político que no le brinda oportunidades a su pueblo y sólo le ofrece una “cartilla de racionamiento”. No se puede defender a un gobierno que no le permite la libre entrada y salida a sus ciudadanos de “su” propio país. En fin, no se puede hablar a favor de una idea política que reprime las libertades de su pueblo.

Éstas son las razones de mi odio a todo lo referente a la Cuba Castrista y a su modelo económico que mata de hambre y hace vivir a sus ciudadanos con una mordaza en la boca y con un rostro que refleja pánico cada vez que se habla de política en la isla. Mi familiar no aceptó mis razones y las rechazó de manera tajante expresando que esos argumentos eran inválidos y que Cuba era el país maravilloso que nuestro presidente comenta hasta el cansancio todos los domingos en su programa Aló Presidente.

Como yo no soy el dueño de las verdades absolutas, les dejó todo esto a su criterio; eso sí, dejando una pregunta en el aire ¿Se les parece a algo todo lo descrito anteriormente? Cualquier parentesco con nuestra realidad, es pura coincidencia ¡Se los juro!
Pronto nos veremos…

Ignorante por omisión

Decidí este miércoles quedarme en la azarosa, intransitable, casi invivible y descuidada Caracas. Mi tía me había ofrecido quedarme en su casa a dormir para así poder compartir un rato familiar conmigo. Como ella sabe que para mí quedarme a dormir en Caracas es sinónimo de tortura, amargura y tristeza, se jugó una de sus cartas sucias y me dijo que si me quedaba ese día con ella me invitaría a comer pizza en un restaurante cercano a su casa.

Dicho restaurante no es cualquier cosa; el cocinero es un hombre italiano de estatura más bien mediana y calculo yo de unos ciento cincuenta kilos, nada más. Pero luego de probar una de sus pizzas, hace ya algunos meses, logré darme cuenta del porqué de su peso. Si yo preparara unas pizzas tan exquisitas como las de ese italiano, seguro que ya me hubiese muerto de un paro cardiaco y pesando no menos de trescientos kilos.

Lanzándome esa carnada sucia y totalmente intencional, acepté la invitación de mi tía y llegué a su casa pasadas las ocho de la noche. Como soy un fanático enfermo del manejo, me cedió las llaves de su Mitsubichi- para mi desgracia automático- y fui yo el encargado de manejar hasta el restaurante mientras sentía que mi pie izquierdo se molestaba conmigo porque jamás se había sentido tan inútil como ese día; si no hay embrague, mi pobre pie izquierdo no pinta nada aquí. Qué cagada son los carros automáticos- pensé.

Cuando llegamos al restaurante y pido una fabulosa pizza seis sabores, recuerdo que mi tía- una fanática moderada de la lectura- tiene una colección bastante buena de diferentes autores de gran calibre en una pequeña biblioteca ubicada en uno de los cuartos de su hermosa casa. Después de comer esa obra de arte gastronómica y charlar un poco de cualquier cosa con mi tía, nos fuimos al carro y manejé de vuelta a su hogar.

Cuando llegamos, mi tía me dijo que iba a tomarse unos medicamentos y que regresaba en unos cuantos minutos; yo, preso de la curiosidad por echar un vistazo en su pequeña librería de aquel cuarto en el segundo piso, me escabullí como James Bond por las escaleras y entré con sigilo a esa recamara privilegiada donde se encuentran resguardados, en orden alfabético, todos los textos.

Prendí la luz, y afanado por el miedo a ser descubierto, miré efímeramente cada uno de los autores de los libros hasta que encontré al que andaba buscando: Mario Vargas Llosa. Tomé una, dos y hasta tres novelas del autor peruano y apagué la luz, esperando así no dejar pruebas que me pudieran incriminar con respecto a mi irrupción secreta en ese cuarto.

Con “mis” tres libros agarrados con mi mano derecha y apoyados contra mi pecho, corrí escaleras abajo hasta el cuarto de huéspedes-donde iba a dormir- y los guardé rápidamente en mi bolso. Luego subí a charlar otro rato con mi tía, hasta las doce de la madrugada, y fue allí donde, simulando cansancio y sueño, me despedí de ella y le dije que me iba a dormir.

Cansancio y sueño no habían en mí, pero las ganas de ojear los libros de Vargas Llosa eran tan grandes que no podía pasar un minuto más esperando para poder posar mis ojos ante aquellas magníficas hojas escritas por el último Premio Nóbel de Literatura. Cuando tomé uno de los libros-Travesuras de la niña mala- lo hice con la seria intensión y convicción de que le devolvería todos y cada uno de los libros a mi tía apenas los terminara de leer. Los pondría justo en el sitio donde los saqué furtiva e ilegalmente y así podría mitigar el cargo de conciencia que me embargaba por haber sido tan deshonesto con mi querida tía.

Todo este rollo ético y moral se fue al carajo cuando comencé a leer dicho libro y no supe nada de mi vida hasta que mis ojos se comenzaron a cerrar solos y llevaba unas setenta páginas leídas; el libro me había abstraído de la realidad y me había sumergido en su mundo ficcionario. Cuando vine a ver, estaba completamente enamorado y entregado a aquellas hojas, ya amarillentas por el pasar del tiempo, pero que poseían la gran virtud de guardar en ellas la magia de aquella historia apasionante que sólo un hombre de la talla de Vargas Llosa puede crear.

¿Cómo pudo pasar tanto tiempo para que me interesara leer a este sobrehumano escritor? ¿Cómo era posible que a mis tardíos diecinueve años sea que se pasara por la mente comenzar a leer uno de sus libros? Qué ignorante puede llegar a ser una persona sin ni siquiera darse cuentas; es así, una persona que nunca haya leído a Vargas Llosa se puede declarar, fácilmente, como un completo ignorante de su realidad y de su vida en general.

Así, sin pena, digo con la mayor sinceridad del mundo que todos estos años de mi vida he sido un ignorante más en este mundo de ignorantes por doquier; pero mi caso es peor que el de los demás, porque yo siempre he tenido la posibilidad de leerlo y mi estupidez nunca me permitió hacerlo. Por este simple hecho, toda mi vida he sido un ignorante por omisión, porque siempre omití los libros del Nóbel de literatura, Vargas Llosa, de mi vida. Algo lamentable pero cierto.

Ahora sólo rezo para que mi tía no lea esto y tenga una prueba más que irrefutable de mi culpabilidad con respecto al robo que sufrió este miércoles en su casa; mientras me esperanzo en esta quimera, me voy porque tengo dos novelas más que leer.

Pronto nos veremos…

Gardel ya no se escucha

La televisión transmite uno de los partidos más emocionantes y espectaculares del fútbol mundial: River vs Boca; ESPN es el encargado de brindarnos esa alegría y regalarnos la oportunidad de que nuestros ojos se posen en aquellos uniformes llenos de historia y triunfos espectaculares que retumban en nuestra memoria y nos hacen sentir cada día más enamorados de este hermoso deporte.

El escenario es el Monumental de Ríver. Un estadio enorme que alberga a una hinchada con un corazón aún más grande que la capacidad de su recinto. El césped de aquella hermosa cancha tiene el privilegio de haber sido pisada por grandes jugadores de la historia del fútbol suramericano, y ella sabe que fue y es respetada por todos los que hozaron alguna vez festejar una victoria en su territorio; por eso no deja nunca de sentirse orgullosa del club al que representa y jamás recibe con cariño a ningún equipo que no sea al de sus amores: Ríver.

Este domingo no fue la excepción, en la tarde noche argentina salieron al terreno de juego los más grandes de la historia del fútbol del país del sur: Ríver en su clásica camisa blanca con su línea diagonal roja en el pecho y Boca con su famoso azul y oro.

El estadio a reventar y los cánticos pintorescos fueron los encargados de terminar de sazonar el clásico y de entregarnos a nuestro anhelo de goles y buen fútbol; pero nada puedo haber estado más lejos de la realidad.

En un partido aburrido, mal jugado, lleno de pelotazos, con poca precisión en los pases y yendo en contra de los cánones del fútbol, Ríver se llevaría la victoria tras un tiro de esquina y un cabezazo furibundo a contra pique en donde el balón se incrustaría con rebeldía y decisión en el palo derecho del arquero. El vuelo inútil del guardameta no serviría de nada y el monumental explotaría de alegría y los abrazos de la hinchada y los besos al escudo del equipo de sus amores no se harían esperar. Hermosa alegría que sólo algo tan lindo como el fútbol provoca y nos satisface.

Aparte de este sentimiento lindísimo que genera un gol, con pesadez digo que no paso absolutamente más nada en el resto del compromiso. Pero el fútbol es así, no siempre nos brinda buen juego, pero con toda la responsabilidad del caso digo que por entrega, garra, lucha y corazón, Ríver es un digno vencedor del Súper Clásico argentino. Cuando las cosas no están saliendo bien, la personalidad de los jugadores se hace más necesaria que nunca, y así fue como el equipo millonario se alzó con la victoria.

Dejando de lado las pasiones que generan encuentros como éste, la preocupación acerca de la calidad del fútbol argentino sigue latente. ¿Qué pasa con el fútbol gaucho que cada día es menos protagonista? ¿Qué pasa con los grandes clubes de este país que se encuentran en la baja tabla? ¿Qué se está haciendo mal? ¿Por qué los últimos fracasos mundialistas? Este último Súper Clásico resumió en la cancha todas estas interrogantes.

Antes, los argentinos jugaban al fútbol como bailaban al tango: estudiaban a su pareja, se le acercaban con dulzura, el roce de sus cuerpos era armónico y sutil, los movimientos se hacían con gracia y perfección y la voz de Gardel era la encargada de poner el ritmo a tan preparado acto. Hace ya algunos torneos que los futbolistas no tratan con igual cariño a la pelota y lo que vemos sobre el terreno de juego es un baile tosco, rústico, sin gracia y muy improvisado (Algo casi tan vulgar y deprimente como bailar al reggaetón). Todo parece indicar que la voz de Gardel se ha acallado en los terrenos de juego del país sureño y que lo que ahora reina es el maltrato en contra de lo único que nos da alegría a los que queremos este juego: la pelota.

¿Qué pasa con la belleza del fútbol argentino desde hace unos años para acá? Difícil encontrar una respuesta.

Pronto nos veremos…

Ataúdes en movimiento

Los venezolanos, en especial los que viven en Caracas y sus alrededores, viven diariamente lo más cercano que se puede estar a una tortura al estilo Pérez Jimenista o a lo preso cubano. Lo acepto, exagero un poco, pero todo indica que hay que exagerar en este país para que la gente caiga en cuenta del verdadero acontecer al que nos enfrentamos día tras día y dejen de estar sometidos a esa apatía social y política que nos está haciendo tanto daño.

Este viernes fui a la universidad con carro así que me salvé de la odisea que tuvieron que vivir todos los caraqueños el día de ayer con el famoso Metro de Caracas. Algo escuché decirle a una compañera de clase, de que había problemas en el servicio subterráneo, pero como es común que siempre tenga problemas, no le presté mucha atención a lo que me contaba.

Cuando compré hoy el periódico me enteró que metieron a 33 personas en la cárcel porque protestaron en la estación Propatria y ocasionaron “Severos retrasos” en la línea uno. Leyendo el artículo, descubrí que todas esas personas que protestaban- unas trescientas que esperaban pacientemente en el andén- llevaban allí más de media hora a la espera de que algún vagón llegara y los trasladase a su lugar de destino. Cuando por fin llega el metro, el operador dice por los parlantes que ese vagón no está prestando servicio comercial debido a que sería trasladado al taller por fallas mecánicas.

Los usuarios, en su desespero, decidieron no abandonar el tren y comenzaron a corear consignas en contra del servicio paupérrimo que presta el Metro de Caracas. Hartos del retraso, de los vagones sin aire acondicionado, de las colas inverosímiles y del sorprendente aumento de los delitos dentro de las estaciones, decidieron quedarse allí, protestando, peleando por sus derechos, exigiendo soluciones, buscando un mejor servicio público; en fin, se quedaron allí por sus derechos y haciendo uso de lo más hermoso que tiene una democracia: La libertad de expresión.

Nada los acobardó, ni siquiera las armas de los policías, y se quedaron allí hasta que “Las autoridades” amenazaron y comenzaron a llevarse a los usuarios presos por “secuestro a los trenes” y sabrá Dios que estupidez más.

Me indignó leer la noticia, y me entristecí aún más cuando observé que los diputados chavista dijeron que toda esa protesta fue “premeditada y organizada” por los partidos políticos de oposición. ¡Si señor! Aunque usted no lo crea esa fue la excusa que dieron los abyectos al gobierno para justificar la protesta ciudadana, que valientemente hicieron muchos caraqueños el día de ayer hartos de que se burlen de ellos y les digan que aquí todo está bien.

A pesar de mi indignación, cuando vi las fotos que distintos medios tomaron ayer a la protesta, sentí orgullo. Sentí orgullo porque al verles las caras airadas y furibundas a los protestantes vi a una Venezuela activa, a una Venezuela que siente, que sufre, que llora y que se preocupa. Cuando vi las imágenes, vi a un pueblo despierto que grita y que no deja que se le pisotee.

Me imagino que nuestro presidente y sus lacayos verán que el país está perfecto, pero ¿Cómo no verlo así? Tenemos que ponernos en sus zapatos. Ellos están en Miraflores, con aire acondicionado, en una buena silla, con una excelente asistenta y una mujer de uniforme que les lleva lo que quieren cada vez que lo desean. ¿Se entiende ahora por qué se ve todo tan bien desde Miraflores?

A veces las cosas las cosas terminan así, unos viajan en avión a no sé qué parte de Europa y África a firmar no sé qué tratados, y otros nos quedamos aquí, aguantando empujones en el transporte público, rezando para que no nos saquen la cartera del bolsillo y a la espera de que en el próximo vagón que nos montemos haya aire acondicionado y no se vaya la luz, porque nos quedaremos atrapados a la mitad de un túnel , en un calor infernal y preguntándonos si esto es un medio de transporte o simplemente un ataúd que se mueve.

Al paso que vamos, no sabremos diferenciarlos.

Pronto nos veremos…

Prohibido leer

Que el pánico no se apodere de ustedes; el título de mi artículo no hace alusión a algún decreto que haya hecho últimamente el gobierno ni mucho menos. El nombre que lleva es a causa de un asunto que preocupa cada día más y al cual no se le ve solución aparente.

Hace un par de semanas mi papá me había depositado mi mesada y decidí acercarme a una librería para darme el gusto de comprar un par de buenos libros y entregarme a la lectura. Cuando entré en ese recinto sagrado colmado de libros en los estantes, se me olvido que el resto del mundo existía y sólo me dediqué a caminar por los pasillos y a derramar mi mirada sobre portadas infinitas que tenían grabados incalculables títulos que podían satisfacer cualquier gusto.

No sé si fue ese hermoso olor que desprenden los libros nuevos o la fascinación que sentí ante tanta hermosura literaria que tuve ante mí, que no pude aguantar la tentación: tomé tres libros y los llevé a la caja. Mientras caminaba hacia allí y pensaba en el gustazo que me iba a dar leyendo semejantes libros, me di cuenta que quien me iba a atender era una mujer de piel blanca, ojos azules, cadera prominente y pechos voluminosos. Si no hubiese sido porque en ese momento los libros que iba a comprar me tenían sumergido en una profunda meditación, seguro que la quijada se me hubiese ido al suelo.

Me quedé embobado, apenas puse los libros sobre el mostrador, mis ojos bailaban de arriba observando a aquella mujer que no podía pasar desapercibida ante la retina de nadie. Aquel monumento maravilloso a la belleza humana fue la misma que me sacó de golpe de mis cavilaciones literarias-hormonales al decirme que el total de la cuenta eran 735 bolívares. Cuando me dijo eso, enseguida le pregunté si andaba de broma, pero su cara no daba resquicio alguno de que su seriedad se pudiera poner en tela de juicio. Mi día perfecto terminó allí.

Ante lo imposibilitado que me sentí para dejar uno de los libros, le entregué a la chica mi tarjeta de débito y le dije que la pasara, no sin antes sentir que había dejado casi toda mi mesada en aquella librería y que tendría que pasar hambre el resto del mes.

Como soy un esperanzado de la vida, intenté ver esto por el lado bueno: había comprado tres buenos libros y había estado en presencia de la mujer más despampanante y espectacular de la que mis ojos se han posado alguna vez. Esto lo pensé aún estando en presencia de aquella mujer, pero apenas salí de la librería, me embargó un sentimiento de amargura y de resentimiento indescriptible. Me robaron como un guevón- pensé

Tras varios minutos de amargura, llegué al metro y me senté a leer uno de los textos que había comprado. Me entregué a la fascinación literaria y mi amargura desapareció al instante. Al día siguiente llegué a la universidad y me conseguí con uno de mis profesores, tras verme el libro en mi mano derecha, me dijo que se alegraba mucho de que leyera ese autor porque él lo seguía y era muy bueno. Le conté de mi mala experiencia del día anterior y el precio inverosímil que me había costado cada uno de los libros; creyendo que el profesor se iba a sorprender, en realidad, el sorprendido fue yo; sin inmutarse me dijo: No sé de qué te sorprendes, acuérdate que en este país no hay dólares preferenciales para los libros. Luego se despidió cordialmente y se fue.

Al instante, fue imposible para mí caer en cuenta de la gravedad de este hecho, pero luego llegué a entender la real dimensión del problema ¡Hasta leer es caro en este país! Qué decepcionante que un muchacho universitario como yo tenga que dejar casi todo su dinero del mes para disfrutar de la lectura; o peor aún, por lo menos yo tengo dinero para siquiera intentar comprar un libro, pero ¿Y los que no tienen? ¿Ellos no leen? Difícil de saber.

Revisando un poco el periódico hace unos días, me enteré que el ilustre escritor peruano, Mario Vargas Llosa, último Premio Nobel de Literatura, nos ha dado la alegría de publicar una nueva novela que se titula El sueño del Celta. Revisé por internet los primeros párrafos del libro y me enganché enseguida; sentí la necesidad imperante de comprarlo lo antes posible.

Lo consulté con mi estómago y éste me dejó bastante claro que no estaba dispuesto a pasar nuevamente largos ayunos; lo consulté con mi cuenta bancaria y ésta también me dejó bastante claro que ni el mejor economista lograría mantener contento a mi estómago y satisfacer mis ganas de leer. Sin remedio aparente, y tras varios conatos de gastritis, llegué a la penosa conclusión de que tendré que posponer mi curiosidad literaria para el otro mes.

Todo está bien en este país ¿no? Yo siendo ustedes, me lo pensaría.

Pronto nos veremos.