Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para octubre, 2010

Huyendo de nuestra realidad

Voy de camino a la universidad. Mi cara refleja la poca emoción y el escaso interés que genera en mí este semestre aburrido y de pírrica fascinación. Me siento cansado, porque al no tener ganas de estudiar tampoco tengo ganas de ir a la universidad; me subo en el atestado y cada vez menos eficaz ferrocarril, y recuerdo y extraño el semestre pasado; un semestre de debate político, de interés histórico y de materias que me sumergían en una alegría por el saber que nunca había experimentado.

Todos estos pensamientos de nostalgia con respecto al semestre pasado están ambientados en un vagón donde los jóvenes escuchan reggaetón y salsa palurda a todo volumen, con sus Blackberrys, o en el peor de los casos, un Nokia último modelo, que enseñan con orgullo y con aire de superioridad al resto de los viajeros. Yo los observo y al mismo tiempo entro en un estado de amargura indescriptible ¿Qué coño les costará ponerse unos audífonos? Justo después de pensar eso, miro hacia el techo del vagón y leo un letreo que dice: Tu música no la tiene que escuchar los demás, usa audífonos.

No me queda de otra, me resigno. Saco mi Ipod del bolso y busco entre los artistas a Theloniuos Monk, el piano de este hombre lo cura todo, se los aseguro. Pongo una canción al azar y saco las interminables guías que tengo que leer para las detestables materias de la universidad e intento concentrarme en su contenido. Tras unas cuantas paradas improvistas del ferrocarril y la ineptitud del mismo, llego a Caracas. Como se deben imaginar, el Metro de Caracas es peor aún que el ferrocarril. Me hago a un rincón del vagón y rezo para que ningún desviado social me robe el Ipod o que alguna mujer entre y comience a vender dulces o a pedir colaboración porque no tiene trabajo y su hijo se está muriendo.

Eso no me molesta, en realidad me causa una profunda tristeza. Ver a aquellas mujeres pidiendo me genera un estado de impotencia muy grande porque sé que el bolívar que le estoy dando no va a sanar la salud de su hijo ni va a mejorar su calidad de vida; el problema va mucho más allá.

Mis miedos se hacen realidad, un hombre se sube al metro y comienza a pedir dinero por alguna causa que el privilegiado piano de Monk no me dejó escuchar. Miro a mi alrededor y veo a varios escuchando su reggaetón a todo volumen y a otros más educados con sus audífonos escuchando sabrá dios que cochinada. Muy poca gente le presta atención al viejo y yo apenas le pude proporcionar unas pocas monedas.

Una hora después, y tras muchas canciones de reggaetón y súplicas monetarias por parte de la gente necesitada de esa ciudad, llego a la universidad y recuerdo que es lunes, cosa que me alegra de sobremanera. Me alegra porque sólo ese día puedo ir a estudiar a sabiendas que las dos materias que voy a ver son lo único bueno de este semestre que me ha sumergido en una apatía por el saber de la que nunca había sido víctima.

Mientras discuto con el profesor sobre el funcionalismo, el marxismo y el estructuralismo en los medios de comunicación, veo que ya son las cuatro de la tarde y que se ha acabado mi único día de enriquecimiento intelectual de toda la semana. Mis amigos y yo nos vamos a charlar un rato a la feria y a comer un poco de cualquier basura con conservantes y a tomar aquella rica pero dañina bebida del “imperio” llamada Cola Cola.

Cuando nos sentamos a la mesa, veo que todos mis amigos sacan su Blackberry de tres millones de bolívares y se sumergen en la tecnología de aquel aparato impresionante pero tan inútil a la vez para el uso que le dan. Como, gracias a dios, no tengo un Blackberry, me resigno nuevamente y me pongo a pensar. Medito sobre lo que me ha pasado en el día y comienzo a recordar las clases de sociología en el semestre pasado y le busco razones al porqué de la música cochina a todo volumen de mis acompañantes de viaje, al porqué de las personas que me rompen el corazón cuando entran a pedir plata porque su hijo se está muriendo, al porqué de que mis amigos se sienten disfuncionales y rechazados sociales si no tienen un maldito Blackberry, y llegué a las siguientes conclusiones, o bueno, más bien a las siguientes observaciones.

¿Cómo le voy a pedir a un muchacho que cumpla una norma tan fácil como escuchar su música con audífonos cuando en este país el noventa y tantos por ciento de los crímenes no se resuelven y las normas y las leyes no se cumplen? ¿Cómo le voy a pedir a un hombre que no entre a mendigar dinero en el Metro porque está enfermo o porque su hijo se está muriendo cuando en este país los hospitales se caen a pedazos y no se le paga a los médicos? ¿Cómo le puedo pedir a mis amigos que dejen de utilizar su Blackberry para comunicar sus frivolidades- sí, porque utilizan ese aparato nada más para decir estupideces y vanidades en la mayoría de los casos- cuando en este país cada vez es más difícil decir lo que se piensa porque el gobierno amenaza con cerrar los medios de comunicación?

Cuando me hice estas preguntas no tuve más que aceptar una vez más la realidad en la que me levanto y vivo todos los días. Alcé nuevamente la vista y vi a mis amigos con sus ojos enterrados en el Blackberry; así que mientras mis compañeros de clase dejan en la pantalla de ese aparato las pocas neuronas que les quedan, yo saqué una hoja y un papel y escribí este artículo mediocre que ahora comparto con ustedes; mientras, paralelamente, pensaba que libro de Vargas Llosa me compraré cuando mi papá me dé la mesada del próximo mes.

Pronto nos veremos…

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¿Qué Mourinho es defensivo? Mírame a los ojos, llevo una semana sin dormir

Estoy feliz. Lo estoy porque veo que un gigante, que estaba dormido, está comenzando a sentir en su rostro una luz que se cuela por la ventana y lo obliga a despertar de su sueño, uno que nos parecía que sería eterno. Este resplandor que azota sin clemencia su rostro es un llamado a la alegría, al buen fútbol, a los goles, a los festejos, al compañerismo, a los títulos, a las ganancias y a un Santiago Bernabéu rebosante de hinchas y de fe. Esta luminosidad milagrosa tiene nombre y apellido: José Mourinho.

Hoy vi como el Madrid le encajaba seis goles a un Racing de Santander preso del pánico debido al buen fútbol desplegado por el equipo de la capital española; no podía ser de otra manera, con Mourinho en el banquillo rival, cualquier equipo tendría miedo. El Racing se conformó con ir a buscar la pelota dentro de su arco y rezar para que el tiempo pasara deprisa, pensar en el próximo rival y creer que nada de lo que pasó este sábado ocurrió alguna vez.

No lo pude evitar, me alegré. Me alegré porque fui uno de los primeros en decir que Mourinho iba a sacar adelante a este Real Madrid hundido en una profunda crisis, me alegré porque me acordé de las personas “que dicen saber de fútbol” que dijeron que Mou era defensivo, que sus equipos jugaban feo y que no le gustaba el espectáculo. Ahora yo me pregunto ¿Marcar seis goles en un partido es jugar defensivo? ¿Marcas más de quince tantos en cuatro partidos es “jugar feo”? ¿Quién pone parámetros en el fútbol para decir cuándo se juega bonito y cuándo no?

Una cosa es saber armar una defensa sólida y solvente y otra es jugar defensivo ¿pero saben qué? Independientemente de la diferencia, Mourinho hace las dos cosas a la perfección y sin despeinarse. Es un tipo con una capacidad sobrehumana, un intelecto que, particularmente, jamás he visto en un técnico de fútbol. Es un hombre que trabaja cada día, que habla con los jugadores, que les brinda seguridad, les da confianza en sí mismos, y lo mejor de todo, siempre los protege de las críticas y del escarnio público.

Con Mou, los partidos no comienzan cuando el árbitro hace sonar el pitido inicial; con él, el compromiso arranca en el tablero unos días antes del encuentro, en la rueda de prensa de entre semana, en las concentraciones, en los almuerzos, en las charlas; en fin, el partido se está jugando justo después que el colegiado ha pitado en final del anterior. Por este simple hecho, Mourinho es una fuera de serie.

“Tengo mucho respeto a Mourinho como entrenador, con todo lo que ha logrado pero nunca será el técnico de mi equipo. Yo creo que un técnico tiene que hacer más cosas a parte de jugar bien, tiene que representar al club, a la institución, a los socios”. Éstas fueron unas palabras que dijo Johan Cruyff hace pocos días haciendo alusión al técnico portugués. No sé qué es para Cruyff “representar a la institución”, sólo sé que Mou la sabe de representar de una sola manera: Con títulos, con verdades, encubriendo a los jugadores por sobre todas las cosas, con muchos goles, con buenos partidos y respetando a la hinchada. Tal vez a Cruyff le sirvan otros métodos, pero Mourinho le va de maravilla con éste.

Con la simpática ironía que lo caracteriza, el técnico del Real Madrid respondió a este comentario de la siguiente manera: “Mira mis ojos, llevo una semana sin dormir”. Yo no soy madridista, así que les puedo asegurar que no llevo sin dormir más que unas cuantas horas; pero con un técnico de la capacidad del portugués, le puedo afirmar con total franqueza a cualquier hincha del Madrid que duerma tranquilo y confiado, que se siente enfrente del televisor y disfrute de este conjunto merengue que rebosa calidad y buen fútbol.

Todavía queda mucha temporada por delante y no debemos acelerarnos a los acontecimientos; el trabajo de Mourinho está muy lejos de ser culminado, pero me quedo con la certeza de que si veo a un madridista por las calles con unos ojos que demuestren que lleva tiempo sin dormir, es porque debe ser que es uno de esos que reprochó la llegada de Mou a la casa blanca y ahora no descansa tratando de buscar una excusa para las críticas que hacía meses atrás, y de las cuales hoy se arrepiente.

El equipo merengue está para grandes cosas, cuando vean a Casillas levantar las copas, se acordarán de mí.

Pronto veremos…

La fama, el tiempo y sus consecuencias

Es increíble el inminente paso del tiempo. Hace unos meses todos nos enloquecíamos por el inicio del Mundial, y ahora vemos tan de cerca la próxima Copa América que ya parece distante aquel momento cuando los españoles levantaron el trofeo y se consagraron los campeones del mundo.

El tiempo es así, pasa con rapidez por la vida de todos y eventualmente no nos permite recordar cosas maravillosas; pero, caprichosamente, su transitar a veces no nos hace olvidar aquellos momentos que no vemos con alegría. Por suerte, el tiempo no ha borrado de mi memoria- y espero que no borré jamás- aquel 27 de marzo cuando cumplí doce años y mi papá me regaló mi primera e inolvidable camisa del Inter de Milán; desde aquel lejano día, mi padre me unió sentimentalmente al club que me ha brindado tantas alegrías inolvidables, y al cual que me sentiré eternamente agradecido.

Esta anécdota de mi vida me hace recordar de alguna manera lo que es la situación actual de nuestra selección nacional: La Vinotinto. Hace pocos días nos enfrentamos a nuestro similar de México. El partido fue bastante disputado y los mexicanos no lograron hacerse con la victoria en su casa. La prensa mexicana veía el partido como un encuentro de poca importancia y no le dan mérito al desarrollo que ha tenido nuestro fútbol en los últimos años; pero eso es saco de otro costal, aquí lo importante es otra cosa. Con dos golazos de gran factura, Arango le aguó la fiesta a los aztecas y nuestra Vinotinto rasguñó el empate en un partido donde el segundo tiempo fue un monólogo mexicano.

Nuestro jugador más conocido a nivel internacional se despachó con dos goles que no dejan de asombrarme, y gracias a ello, se llevó los honores del partido. Seguramente, la hinchada se quedó tranquila y disfrutó del fútbol de nuestro mejor jugador; todos, excepto yo. Hace ya bastante tiempo estoy poniendo en tela de juicio la real importancia que tiene Arango en la Selección Nacional. No discuto su calidad, pero sí pongo bajo sospecha su verdadero compromiso con el país.

Las eliminatorias pasadas, Arango contó con el apoyo del país y del cuerpo técnico; salvo su gran partido contra Colombia, su gol contra chile- fue lo único que hizo en ese partido-, y una que otra pincelada de buen fútbol, en el resto de la eliminatoria, su rendimiento fue bastante pobre; tanto así, que muchos hinchas y periodistas levantaron la voz exigiéndole explicaciones al jugador del porqué de su mal rendimiento en la Selección Nacional y de su gran momento en Europa.

Yo tengo una teoría bastante simple y muy corriente. Yo creo que a mi amigo Arango le está sucediendo lo que le pasa a muchos jugadores: sabe que el dinero lo tiene en Europa-en su club- y no puede venir a poner pierna dura en la Selección porque sabe que a nivel económico no es mucho lo que el seleccionado le puede ofrecer; si nos vamos a términos futboleros, Arango sufre de algo llamado “Un jugador pecho frío” o en términos argentinos “Vende humo”.

Sé que al hacer esta crítica a un jugador de la envergadura de Arango- quizás el mejor jugador de nuestro fútbol en toda la historia- las tablas se me pueden venir encima, pero mi reflexión la hago de la manera más responsable del mundo.

Está claro que no es lo mismo jugar en la selección que en un club. En un equipo se entrena todo los días con los mismos jugadores y hay un trabajo continuo y a largo plazo; la selección es otra cosa. Pero insisto, cuando un jugador se enfunda la camisa de la selección de su país, la entrega, la garra y la lucha en la cancha se nota, independientemente de su funcionamiento futbolístico. Y esa garra y esa lucha ya no se la veo a un Arango apagado y apático al juego de nuestra selección. Ese temperamento y esa personalidad desaparecieron en la última eliminatoria, y mucho me temo que no volverá.

Así como el tiempo pasa e igual sigo recordando aquella hermosa camisa que mi padre me regalo siete años atrás, también pienso que este país sigue recordando a ese Arango de la eliminatoria de 2002 y 2006, y se niega a observar a este jugador desconocido que camina la cancha sin presencia, que a veces nos regala golazos maravillosos como los que vimos contra México hace algunos días, pero poco más.

No sé si ustedes se conforman con este Arango de golazos eventuales y de poca entrega, pero al mirar su rendimiento en la Bundesliga, no me cabe la menor duda que este jugador puede dar más por nuestra selección, pero no lo hace; está dando la impresión de “Estarse quedando con el vuelto”- como se diría en la jerga futbolera- y eso, particularmente, no me gusta. Los favoritismos en la cancha crean rencillas en el grupo y pueden ocasionar problemas futuros entre jugadores y Cuerpo Técnico.

La Copa América se avecina sin pausas y el reto mundialista no está muy lejos. Los venezolanos soñamos y nos esperanzamos con nuestra selección, y esperamos buenos papeles en cada una de las competiciones; sólo advierto que no se les haga extraño que aquel Arango que les regaló dos obras de artes en la cancha de la Ciudad de Juárez, se evaporé en los próximos compromisos de la Selección Nacional, y cuando hayan transcurrido los noventa minutos de cada encuentro, se hagan las mismas preguntas que siempre me hago yo ¿Y Arango? ¿Jugó?

Pronto veremos…

Cavilaciones

Soy creyente pero odio a la iglesia. Soy capitalista pero no me gusta el consumismo absurdo (Blackberry). Soy de derecha y tengo la plena seguridad que jamás veré a la izquierda. Tengo amor propio pero no tengo autoestima. Creo en la democracia pero no cuando la utilizan para ir en contra de ella. Me gusta leer pero no lo que escribo. Me encanta leer, pero me da remordimiento no haber leído nunca a Vargas Llosa. Me apasiona leer, aunque los libros están carísimos. Amo el fútbol, pero no sus dirigentes. Soy un mal futbolista pero una buena persona. Soy una buena persona pero no cuando juego al fútbol. Me gustaría formar parte de la barra brava, pero la droga, el licor y la violencia no van de la mano con el fútbol ni conmigo. Quiero ser periodista, pero a veces escucho a algunos que me hacen pensar que cualquiera podría serlo. Me gustaría escribir una novela, pero no tengo los huevos para pararme enfrente de la computadora y hacerlo porque sé que nada bueno saldrá.

Utilizo el Facebook, aunque me parece algo muy dispensable. El Twitter es bueno, pero sería mejor para las neuronas cerrarlo unas horas al día. El internet es importante, aunque podría vivir sin ella. Soy hincha del Inter, y cuando veo jugar al Milan, sé que tomé la decisión correcta. No tengo nada en contra de los últimos tres meses del año, aunque cuando veo que comienza la temporada de béisbol, siento que se me amarga la existencia. No soy un gordo acomplejado, pero cuando veo que los gordos se dedican a jugar al béisbol, siento la necesidad imperante de ponerme a dieta. Nunca le presto atención a los idiotas, pero cuando dicen muy alto sus idioteces no logro no escucharlos.

Me encanta manejar, aunque no tengo vehículo. Amo a mi papá, aunque cuando no me presta el carro creo que debería joderlo de alguna manera. Creo en la voluntad, pero no en la voluntad del pueblo sin políticos. Defiendo a las mujeres, pero me molesta que ellas no se defiendan a sí mismas. Lucho en contra del reggaetón, pero cuando veo que las mujeres lo escuchan siento que pierdo mi tiempo. No me gustaba el jazz, pero escuché a Louis Amstrong. No me gustaba el rap, pero escuché a Tote King. Me encanta decir lo que quiero, pero soy cobarde; por eso leo a Jaime Bayly, porque él hace y dice lo que le da la gana y sin remordimientos.

Amo la rebeldía, pero la rebeldía sensata, por eso leo el blog de Yoani Sánchez. Creo en los partidos políticos, pero a veces tengo miedo de decirlo porque no sé qué me pueda pasar. Los partidos políticos son indispensables, pero cuando descubrí que existía un partido Stalinista pensé en la estupidez de alejarme de la política. Leo El Nacional, pero no sé hasta cuando pueda hacerlo. Adoro la libertad de expresión, aunque me gustaría ser dictador cuando escucho hablar a Chávez. Creo en la economía, pero no en la socialista. Creo en la gente, pero no en la de izquierda. Creo en mí, pero no lo suficiente.

Escribo lo que pienso, porque en este país no sé hasta cuando pueda hacerlo. Me levantaré mañana en democracia, pero no sé si lo haré pasado mañana. Le tengo pánico a la muerte, pero el día que este gobierno no me deje decir lo que quiera, me tomaré en serio el suicidio. No sé si tendré los pantalones para matarme, pero al paso que vamos pronto lo averiguaré. No sé si mi muerte le importe mucho al régimen, a Stalin no le importó las treinta y dos millones de personas que mató; me imagino que un suicidio no sería gran cosa. No sé hasta cuando pueda escribir, pero mi blog seguirá siendo mi arma y la libertad de expresión mi derecho.

Pronto veremos…

Patadas de ahogado

Antes que nada quiero dejar en claro que no tengo nada en contra de Argentina. Los argentinos siempre me han parecido unas personas arrogantes y fanfarronas (la sociología apoya esta teoría) pero nunca he tenido ningún sentimiento recriminatorio hacia ese hermoso país de la parte sur del continente.

Aquella nación de hermosas mujeres y peculiar acento tiene miles de encantos que no se pueden dejar de lado. Acepto que nunca he leído a Borges, pero me he prometido a mí mismo que apenas pueda compraré sus libros y me sentaré a degustar religiosamente de las palabras bendecidas de aquel hombre de intelecto sobrenatural.

Sólo con saber que en aquel territorio nació Borges y que los argentinos aman el fútbol tanto como yo, son razones más que suficientes para respetar aquella nación que se levanta a ritmo de tango y a gritos de gol. Lastimosamente es inevitable para mí- yo creo que para todo el mundo- no dedicar unos cuantos minutos a charlar(o a escribir, en este caso) sobre las últimas declaraciones que ha dado el decadente personaje llamado Maradona.

Hace pocos días aquel astro del fútbol mundial estuvo en Rusia cumpliendo con algunos compromisos de mercadotecnia y aprovechó la oportunidad para darle a conocer “sus cariños” al que, con casi total seguridad, será el nuevo técnico de la selección albiceleste, Sergio Batista.

Maradona lo tildó de “carnicero”- término argentino que da para muchas interpretaciones- y aseguró que Batista no podía ser el nuevo entrenador de Argentina ya que no cumplía los requerimientos necesarios para una tarea de tal relieve e importancia. Ahora yo me pregunto ¿Maradona cumplía con esos requisitos para dicha tarea? No lo creo.

Afirmó también que él había hecho un papel bueno en el mundial y que la derrota contra Alemania había sido un mal partido, pero que su ciclo estaba firme y estaba en la capacidad de seguir adelante y llevar a Argentina a la gloria en el próximo proceso. Nuevamente me pregunto ¿De qué está hablando Maradona? ¿Un buen papel? ¿Un ciclo? ¿Qué ciclo? ¿Un mal partido contra Alemania? Apaguen las luces y vámonos; o bueno, si es posible, déjenlas prendidas y quedémonos, pero callen a Maradona ¡Por favor!

Haciendo gala de su ego interminable, expresó también – yo diría que amenazó- que su paso por la selección aún no había terminado y que no era seguro que el “carnicero” vaya a ser el nuevo timonel de la selección. Todos se preguntarán a qué se deberá que Diego esté tan seguro que no ha cerrado su vínculo con el seleccionado nacional; la respuesta es muy simple: está “encompinchado” con los Kishner, los cuales siguen apoyando a muerte a Maradona.

Todo parece indicar que La Casa Rosada le va a meter la mano a Grondona y le va a “pedir el favor” que restituya a Diego en su antiguo cargo y le dé las garantías necesarias para que pueda culminar su ciclo como es debido en la selección nacional. Lógicamente, todo esto es algo sucio y atroz; que la presidencia de Argentina se tenga que meter en la federación del fútbol para “interceder” por Maradona es algo reprochable y condenable.

Da mucha tristeza que un ídolo del fútbol tenga que hacer gala de tan cochinos malabares para intentar recuperar un puesto que nunca mereció y que cuando lo tuvo no hizo más que mancillar con mal juego y con declaraciones indignas. No es raro ver que Maradona dice y hace ante los medios de comunicación lo que la da la gana, pero apoya a un gobierno, como el chavista, que censura y reprime los medios venezolanos con leyes absurdas y ataques verbales deplorables. Éstas son las cosas de la vida que tienen mucha ironía pero muy poco de casualidad.

Poco importa el buen partido que hizo argentina- de la mano de Batista- contra España; las intrigas y los intereses políticos están por encima de todo eso, incluso del buen fútbol. Sólo queda sentarse a esperar y ver si Grondona – que de santo no tiene nada- no se deja intimidar por los “consejos” de los Kischner y tiene los pantalones suficientes para darle el timón de la selección a Batista: un hombre trabajador y conocedor de fútbol que se ha ganado a pulso la oportunidad de dirigir a su país.

Pronto sabremos en qué queda este juego inmundo y podrido de intereses en donde el fútbol queda de lado y la mano de la corrupción se posa sobre la albiceleste y elije con capricho el futuro de la pasión de los hinchas, que son los que pagan y sufren pero, paradójicamente, no tienen voz ni voto en esto. El tiempo nos dirá.