Hört der Regen auf Strasse zu füllen

Archivo para septiembre, 2010

Miedos, posiblemente, sin fundamentos

Como lo dije en mi artículo anterior, el sábado me levanté- no tan temprano esta vez- y salí a comprar El Nacional para saber cómo se perfilaban las elecciones del domingo y para leer a los periodistas antes mencionados. Todo iba bien, compré el periódico y me acosté enfrente del televisor a ver la Serie A italiana, la que es para mí, la mejor liga del mundo.

Mientras disfrutaba del partido del Milan A.C contra el Génova, a eso de las dos de la tarde me invadió un fuerte dolor de cabeza que en poco más de una hora se convirtió en una fiebre que preocupó a mi madre y que me inquietó porque al día siguiente había elecciones y quería ir a votar, por primera vez en mi vida, fuese como fuese; incluso arriesgando mi salud.

Mientras veía que mi archirrival, el Milan, ganaba uno por cero el encuentro liguero gracias a un gol del vende humo y pecho frío de Ibrahimovic, mi estado empeoró un poco más y no tuve otra opción que dedicarme a tomar sopita- de esas que no saben a nada- y a tomar Atamel Forte esperando que el dolor de cabeza cediese y la fiebre dejara de lado su insistencia de preocuparme con respecto, a la que era ahora, una dudosa salida a votar el domingo debido a la situación lamentable en que se había sumergido mi salud.

Luego, me dediqué a ver el partido de mi amado Inter de Milán- que perdió, para mi desilusión- y el encuentro del Barcelona FC. Cuando ya eran las siete de la noche me di cuenta que la cosa no pintaba bien. Seguía con los mismos síntomas y cada uno de ellos había empeorado dramáticamente. Me acerqué a mi Laptop dispuesto a revisar una que otra cosa por internet y chequear mi blog. Me di cuenta que ni la página principal de mi blog ni la del servidor abrían. Eso me pareció raro pero no le di mucha importancia al asunto; no estaba de humor como para preocuparme de eso en ese momento. Debe ser el internet- pensé.

Aquella noche fue bastante mala. Pude dormir no más de tres horas y me la pasé dando vueltas en la cama con una bolsa de hielo en la cabeza esperando que así la fiebre dejara de joder un poco.

Cuando logré dormir algunas pírricas horas y me levanté- preso de mi ilusión democrática de ir a votar- me di cuenta que la fiebre sólo se hacía presente en mi cuerpo de una manera tímida, así que supe que podría ir a ejercer mi derecho al sufragio con mis síntomas de enfermedad un poco mermados. El dolor de cabeza seguía allí y amenazaba con hostigarme de manera indefinida, pero igual iría a mi mesa electoral, aún a sabiendas que este molesto dolor podría empeorar, cosa que de hecho sucedió.

Salí y voté como era debido y mi país lo exigía. Me devolví a mi casa y no pasó mucho tiempo para que la fiebre volviese y me dejara condenado a pasarme todo el día postrado en la cama. Volví a tomar- mi ya desactualizada Laptop- y me dispuse a revisar mi blog nuevamente: no abrió. Será el internet otra vez- medité.

Me quedé hasta las dos y pico de la mañana esperando los resultados del CNE, esa organización que se llena la boca diciendo que tiene el sistema electoral más rápido, confiable y seguro del mundo y nos tuvo a todos los venezolanos esperando más de ocho horas después del cierre de las mesas para dar los resultados de las elecciones ¡Como se burlan del pueblo estos cabrones!

Después de dar los resultados- en donde el chavismo se llevó treinta diputados más que la oposición- pero que no lograron llevarse la mayoría calificada, cosa que los va a obligar a sentarse, discutir y a llegar a acuerdos con esos “escuálidos feos de la oposición”- apagué la televisión e intenté dormir porque me tendría que levantar temprano para ir al médico por órdenes expresas de mi mamá.

El médico me dijo que tenía Dengue, así que esta última semana que me queda de vacaciones las voy a pasar tirado en la cama sin hacer nada- cosa que no me desagrada del todo, aunque estar alejado de la cancha de fútbol sala por “retiro obligatorio” no me hace mucha gracia. Cuando llegué a mi casa volví a prender mi Laptop, me dispuse a revisar mi blog por tercera vez ¿Y adivinen qué? No abrió.

Que mi blog no quiera abrir ya me parece bastante extraño. Probé en otras computadoras y la dirección donde se encuentran mis escritos no se hizo visible; dura una eternidad cargando para luego decirme que es imposible abrir la página, tanto de la principal como la del servidor. La verdad, no sé qué pasa.

Tal vez fue culpa de la fiebre o del dolor de cabeza que me han atacado sin clemencia en estos últimos tres días- y que según la doctora serán más- pero hace algunas horas llegué a la conclusión de que existía una alta probabilidad de que algún hacker chavista se haya topado con mi blog “al azar” y que haya leído aquellos pocos artículos que he escrito sin compasión y con bastante insistencia- lo acepto- atacando sin clemencia al régimen pro comunista que nos gobierna.

Existe la posibilidad que aquel hacker chavista no sólo haya clausurado mi blog, sino que haya hecho gala de sus dotes cibernéticos para colarse en mi ordenador, lograr entrar en mi Hotmail y leer los correos electrónicos que la CIA me manda semanalmente agradeciéndome mi colaboración como espía Yankee, pagado por el imperio, para criticar- desde un blog que no lee ni mi mamá- el “gobierno socialista” de Venezuela.

Todo esto lo pensé y me lo llegué a tomar en serio a causa de la fiebre y el dolor de cabeza que padecía. Luego de haberme quedado dormido y levantarme con mi sentido común menos alterado por las altas temperaturas que me azotan debido al Dengue, llegué a la conclusión de que lastimosamente no era pagado por la CIA ni por nadie, porque si ese fuera el caso, no tendría una Laptor de 40gb de disco duro y 1gb de memoria Ram, ni tendría que aguantarme el Metro de Caracas todos los días cada vez que voy a la universidad; seguro que tendría un hermoso carro sincrónico de unos doscientos millones de bolívares y una Laptor igualita a la de Bill Gates.

Descubrí que lo de la CIA es una utopía, porque si aquella agencia estadounidense me pagara por criticar a este gobierno- cosa que hago todos los días y de manera gratuita- no tendría necesidad de seguir estudiando y seguramente ya no viviría con mis padres; pero ahora que lo pienso bien, quizás lo del hacker chavista sea cierto y algún loco cibernauta ultraizquierdista me haya jodido mi blog y justo ahora me esté vigilando; no lo sé, pero pueda que sea así.

En tal caso que esta loca teoría sea cierta, tendré que verme en la necesidad de abrir un nuevo blog e instalarle unos cortafuegos muy buenos para que este sabotaje no se repita.

¿Será que leer tantas novelas de Jhon Grishman me han vuelto paranoico? ¿Será que escuchar a Chávez mil veces diciendo que el FBI lo quiere matar me ha vuelto un demente? ¿Será que de tanto leer el blog de Yoani Sánchez, Generación Y, me ha ocasionado que me sienta perseguido por algún régimen izquierdista? No tengo idea, sólo sé que he escrito estas líneas porque la fiebre y el dolor de cabeza me lo han permitido y porque la preocupación por mi blog- sí, ese que no lee nadie- va en aumento en medida que pasan las horas y no lo logro saber por qué no puedo ingresar a su página.

No se preocupen lectores inexistentes, que aunque me haya vuelto un paranoico debido a la fiebre, no descansaré hasta ver que mi blog abra nuevamente y pueda seguir publicando mis mediocres artículos; en tal caso que no sea así, crearé uno nuevo-buscando la ayuda necesaria, debido a que mis conocimientos informáticos son bastante escasos- y publicaré este artículo que escribo con la zozobra de saber si lo divulgaré en mi antiguo y querido blog o si tendrá que ser el escrito debut de uno nuevo debido a un trastornado hacker chavista.

Paciencia, pronto lo sabremos.

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Mi futuro, tu futuro, nuestro futuro

Estaba bastante cansado. Venía de jugar una larga partida de fútbol sala con mis amigos y el cuerpo estaba comenzando a pasarme factura. Le dije a mis compañeros que ya no iba a jugar más, porque aparte de estar cansado, ya se me estaba haciendo tarde- cosa que en este país no es para tomarse a la ligera; después de las ocho de la noche, literalmente, estás a la buena de Dios. Llegué a mi casa y me duché; luego me acosté a ver un poco de televisión- y por lo que recuerdo- no duré mucho tiempo despierto; así que más bien fue la televisión la que me miró a mí y no yo a ella.

Antes de acostarme, sí recuerdo que tomé mi celular y activé la alarma para que sonase a las nueve y media de la mañana del día siguiente. No es que me haga mucha gracia levantarme tan temprano un fin de semana, pero es que todos los sábados publican en El Nacional: Cristóbal Guerra y Jaime Bayly- dos periodistas que son dignos de admirar y, por supuesto, de leer.

Jaime Bayly es un analista crudo, directo y sin pelos en la lengua. Le importa una mierda si está enfrente del mismísimo Jesucristo o si está charlando con cualquier invitado de mucho menor renombre; su actitud es siempre la misma. Su humor negro y corrosivo, que siempre incluye una dosis magistral y muy bien administrada de ironía, es simplemente encantador. Y por supuesto, sus libros y relatos no dejan de ser magistrales obras que no tienen desperdicio alguno.

Como cualquier hombre serio y crítico, es un ferviente enemigo de Chávez; lo odia con ahínco y ha dedicado muchos de sus programas para hacer gala de su ironía en contra del mandatario venezolano. El chavismo lo ha catalogado como un “espía de la CIA” y un “chupa medias del imperio”, adjetivos que le han caído de maravilla para seguirse mofando de un gobierno que ha hecho hasta lo imposible por parecerse más a un circo que a realizar una administración seria.

Cristobal Guerra es saco de otro costal. Un periodista deportivo serio, respetuoso y muy conocedor de fútbol. Sus artículos son un llamado a la sensatez y un análisis serio del acontecer futbolístico internacional. Sus escritos están llenos de buen manejo histórico y sus análisis dignos de formar parte de los Records Guinners- debido a los constantes aciertos en los resultados y por ser capaz de ver, en el fútbol, más allá que lo que la gente corriente logra apreciar.

En fin, dos sujetos inteligentísimos que valen lo suficiente como para levantarse a tempranas horas de un sábado y sacrificar algunas horas de sueño.

El celular sonó. Estiré mi mano izquierda y lo silencié de inmediato. Me levanté con una lentitud desesperante. Logré ir al baño y dejar mi cara de una manera presentable. Me puse una liga en mi largo y desaliñado cabello y caminé a la mesita donde mi papá siempre deja las llaves de los carros. Tomé las llaves del Fiat. Noté que no estaban las llaves del otro carro, pero estaba tan sumergido en aquel limbo que divide el estar despierto y el estar dormido, que no le presté atención a aquella desaparición.
Cinco minutos después, me encontraba justo enfrente del kiosco donde compraba siempre los periódicos.

Apenas eche un vistazo, me sorprendí. Leía en las portadas de los diarios nombres como: El revolucionario, Últimas noticias, El Correo del Orinoco, El socialista, Los Camaradas, La Revolución, entre otros nombre parecidos; pero El Nacional, El universal o el Tal Cual no aparecían en el anaquel. Está bien que el Tal Cual no apareciese porque ese periódico no sale los fines de semana pero ¿y los demás? Extrañado, le pregunto al sujeto del Kiosco qué había pasado con los otros periódicos, él simplemente me dijo: Ya no están, pero cómprame alguno de estos; son más baratos y los hace el gobierno. Me di media vuelta, prendí el carro y salí corriendo de allí. Visité otros Kioscos pero El Nacional no aparecía por ningún lado, y mucho menos algún artículo de Jaime Bayly.

Fastidiado de dar vueltas, me devolví para mi casa; no entendía nada. Cuando llegué, mi papá estaba furioso, me reclamó que por qué había agarrado el carro sin su permiso, que qué cosa había sido tan importante para que no me hubiese ido caminando o en autobús. No comprendí el reclamo de mi padre, él sabe que siempre tomo el carro para comprar el periódico todo los sábados; no logré defenderme de los gritos de mi papá porque cuando terminó de regañarme, se fue a su cuarto.

A los cinco minutos volvió con 50bs y me dijo que ahora tenía que ir a echarle gasolina al carro. Era la primera vez que mi papá me castigaba de esa manera tan absurda ¿Qué complicado tenía ir a echarle gasolina al carro? Lo que si me pareció insólito es que me hubiese dado 50bs para llenar el tanque de gasolina cuando no se necesitan más de 6bs, y eso como mucho. Salí de la casa y diez minutos después me paré enfrente de la gasolinera; había delante de mí por lo menos cincuenta vehículos. Me espanté ¿Qué coño pasaba?

Cuando por fin me tocó mi turno y estuve al frente del expendedor de gasolina, le pregunté al muchacho que cuánto costaba el galón, él me respondió fríamente: Eso era antes muchacho, ahora vivimos en socialismo y como hay escasez de gasolina porque el imperio nos la roba; ahora nada más llenamos la mitad del tanque de cada carro y nos pagan la tarifa básica de 50bs. Eso era cuando estaba el capitalismo, ahora todos somos iguales y nos dan la misma cantidad de gasolina a todos. Si no hubiese sido porque no me quedaba casi combustible, hubiese prendido el carro y me hubiese largado de allí de inmediato.

Después de estar tres horas en aquella cola infernal, llegué a mi casa dispuesto a dormir el tiempo que perdí en la mañana. Apenas mi mamá me vio, me dijo que la tenía que acompañar a hacer mercado. De muy mala gana, y tras un intento de persuasión fallido, acepté. Saqué las llaves del carro y cuando salí a la calle para prenderlo, mi mamá me gritó: ¿Qué haces hijo? El carro se mueve nada más para casos de emergencia.

No sé qué coño pasaba, pero no estaba entendiendo nada de lo que pasaba ¿Cómo que para casos de emergencia, mamá?- dije. ¡Claro!-contesto ella, ya nos quitaron el otro carro, así que no nos podemos poner a inventar; hay escasez de gasolina y no hay repuestos para los vehículos ¿Qué nos quitaron el otro carro?- exclamé. Por supuesto, Tomás- me dijo. Aquí vino un representante del gobierno y dijo que no podíamos tener dos vehículos, que ahora se vivía en socialismo y que había mucha gente necesitada de carros, que nosotros no podemos ser unos acaparadores.

Sentí que el mundo se me venía encima.

Bajamos a la parada donde se toman los autobuses, y por primera vez en mi vida, vi aquello tan lleno de gente. Vecinos que yo sabía que tenían carro ahora los veía andando en autobús ¿El universo se vino en mi contra, o es que dormí más de un día y no me he enterado de algo?- me pregunté. Mi mamá le dijo al conductor que parara justo enfrente de una placita donde habían unas cuantas personas vendiendo uno que otro gramo de carne y algunas verduras ¿Qué haces, mamá?- pregunté. Mi madre me miró y exclamó: Te dije que íbamos hacer mercado, hijo ¿Qué parte de eso no has entendido? Pero mamá- dije- pensé que íbamos a ir a Makro o al Unicasa. Ella contestó: ¿En qué mundo vives, Tomas? El gobierno hace rato que expropió el Makro y el Unicasa porque eran unas empresas capitalistas que explotaban a sus empleados. Ahora, como todos somos iguales, compramos aquí, en este pequeño mercadito, lo que haya. Ahora somos socialistas.

Comencé a tener el presentimiento que era preso de algún programa humorístico de cámara oculta. Miré a todos lados y descubrí que aquel día que estaba viviendo, de chistoso y de humorístico no tenía nada. No alcancé a ver ninguna cámara oculta, así que lo que estaba experimentando era real y muy serio. Cuando mi mamá terminó de comprar uno que otro pedazo de carne y algunos vegetales, nos fuimos a la parada a esperar un autobús que nos llevara de vuelta a mi hogar- ese que extrañaba y del que me arrepentía de haber salido aquel sábado. De camino, comprobé que el centro hospitalario cercano a mi casa tenía las puertas cerradas, había una cola inmensa a las afueras, logré leer un letrero que guindaba de la puerta: No hay insumos, no se está prestando servicio.

Además de esa inscripción que invitaba a la muerte a aquellos enfermos que se acumulaban a las afueras del hospital, logré ver a la Guardia Nacional en cada rincón de las calles mirando con ojos de espías a todo el que pasara. Extrañado ante tal cantidad de efectivos de la Guardia Nacional, le pregunté a mi mamá por qué había tantos militares en las calles; ella simplemente contestó: Ellos son los que cuidan a la revolución, Tomas.

Aquello ya había sobrepasado todo los límites que alguna persona pudiese soportar. Todo esto me parecía inverosímil. La cosa se puso aún peor cuando llegué a la casa- y tras varios intentos fallidos, dándole a los interruptores- comprobé que no había luz. Eso sí fue todo lo que pude aguantar; cuando ya me encontraba pensando seriamente en el suicidio, un tormentoso pero conocido ruido se hizo escuchar; no logré saber de dónde provenía. De repente, no estaba en la sala de mi casa meditando mi suicidio; estaba en mi cama, con mi cara igual de impresentable y mi cabello desaliñado pero extramente aliviado: todo había sido un sueño. Suspiré.

Agarré el celular, que no dejaba de sonar, y por primera vez en mi vida no apagué de manera violenta aquel chirrido impertinente, que se vanagloriaba con interrumpir mi sueño sin ningún pudor. Esta vez lo tomé con mi mano DERECHA y lo contemplé con cierta admiración; Gracias por haberme despertado-pensé.

Era sábado, 25 de septiembre. Salí al jardín y vi estacionado los dos vehículos de mi papá. Abrí la nevera para tomar agua y comprobé que había luz. Tomé las llaves del Fiat y lo prendí; manejé hasta el kiosco. Me relajé al ver El Nacional en el anaquel, lo tomé y me fui a la sección de Escenas y de Deportes, respectivamente. Observe que el nombre de Jaime Bayly y de Cristóbal Guerra estaban impresos entre sus páginas. Miré al cielo agradeciéndole a Dios.

Antes de este sueño estaba convencido de que saldría a votar el 26 de septiembre. Pero aquella “Mirada al Futuro” me hizo caer en cuenta de lo que todos los venezolanos nos estamos jugando este fin de semana. Cuando digo “nos estamos jugando” es porque “todos” somos venezolanos y las consecuencias las viviremos “todos”.

Saldré a votar este domingo por la democracia, por una Asamblea Nacional equilibrada, por un país unido, por creer que la “división” no existe entre hermanos, por una Venezuela donde los chavistas y los opositores no se vean con odio; en fin, saldré a votar por este país que me dio todo lo que el mío (Colombia) no me pudo dar y por el que me siento infinitamente agradecido.

Ya sé que el voto es secreto, pero como a mí me vale una mierda que sepan que soy opositor y de derecha – porque también los de DERECHA somos gente y somos venezolanos- les digo que votaré por AD (Acción Democrática) en honor a Rómulo Betancourt, aquel hombre que se jugó el pellejo por este país e hizo esfuerzos casi inverosímiles por fundar la democracia y la participación ciudadana en esta hermosa pero golpeada nación.

No sé cuál será el futuro del país después del domingo, y si de verdad la democracia terminará de morir este 26 de septiembre; pero si las cosas no salen bien, por lo menos tendré el consuelo de decirle a mis hijos dentro de 10 ó 15 años- con la mano en el corazón y mirándolos a los ojos- “Yo salí a votar ese domingo y no formé parte de todo esto”.

Yo vi el Maracanazo sentado en un taxi

Era martes. Mi tía me había llamado ese día en la tarde reclamándome que no la había visitado hacía más de dos meses. Ella tenía razón, no le había hecho ningún tipo de visita desde hacía un buen rato y ya era hora de que compartiera con ella, por lo menos una tarde.

No tenía planes para el siguiente día, así que le dije que llegaría a su casa a la hora del almuerzo. Me expresó que me iba a invitar a comer Risotto en un club donde es socia, que queda a un par de cuadras de su hermosa casa y donde la gente de plata de Caracas se regocija y relaja. Yo no tenía ni idea de qué era esa comida, mi paladar es algo miserable e ínfimo para una mujer como mi tía que ha recorrido el mundo y ha probado exquisiteces de los países más hermosos y reconocidos de Europa, y ella lo sabe: “Quédate tranquilo mi tomy, que te va a gustar”- me dijo.

Me levanté temprano al siguiente día para intentar llegar al ferrocarril de las 10:40. Lo logré. Me senté en el primer vagón que vi y abrí mi libro: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Ésta era la segunda novela de la trilogía de Stieg Larsson. Aquellos tres libros que el escritor sueco- no sé cómo- había logrado imprimirles una magia y una dosis adictiva que generaba que no pudiese despegar los ojos de aquellas páginas chorreadas del verbo privilegiado de Larsson.

Me entregué a la historia de aquel libro y no supe nada de la existencia de cualquier otra cosa sino hasta que sentí que el ferrocarril se detuvo; alcé la vista: ya había llegado a Caracas. Tomé el Metro- estaba abarrotado de gente, como de costumbre- y me dispuse a llegar a Chacaíto. Cuando llegué allí tome un taxi que me dejó enfrente de la casa de mi tía.

Ella cumplió lo prometido. Me llevó a comer al club donde los ricachones y acomodados de la clase alta caraqueña degustan de un buen almuerzo. Nos sentamos en una mesa y un mesero de extraño origen nos atendió. Apenas lo escuché hablar, supe que era italiano. Le dije en tono de broma que si no era hincha del Inter quería que me atendiese otra persona. Al comienzo, el muchacho no entendió mi rápido castellano; tras unos segundos comprendió lo que le decía y me dijo que no, que no le gustaba el fútbol; que él era el único italiano en este mundo que no le gustaba ese deporte. ¡Menuda sorpresa! Jamás creí conseguir un italiano apático al fútbol; la excepción a la regla- supuse.

Aquel muchacho de castellano palurdo fue el que me trajo a la mesa el Risotto. Nada mal sabía, aquella comida italiana a base de un arroz un poco más grueso que el corriente sabía muy bien- aunque si me hubiesen puesto a elegir entre eso y la pasta con salsa bechamel de mi madre, la pasta hubiese sido la elegida con mucha holgura.

Compartí con mi tía una hora más en aquel restaurante antes de devolvernos para su casa y pasar el resto de la tarde charlando de cualquier cosa. A las seis de la tarde le dije que era el momento de irme, no quería llegar tarde a mi querido pueblo. Ya era hora de retirarme de Caracas, aquella metrópolis de tanto ajetreo y personas por doquier, la paz de mi pueblito me hacía falta.

Le pedí que llamara un taxi, y así lo hizo. Me comunicó que llegaría dentro de veinte minutos, los cuales los aprovechamos para seguir charlando de boberías y preocupaciones políticas. Pasado los veinte minutos escuchamos un pito justo enfrente de su casa: era el taxi. Me despedí de mi tía con un beso y un fuerte abrazo. Caminé por las escaleras de su jardín y llegué hasta la salida. Aquel taxi era un Capri Classic de color blanco, seguramente modelo 77. Se bajó un hombre bastante mayor, setenta y tantos, sino es que había llegado ya a los ochenta. Me gritó algo que no pude entender, pero que tomé como un saludo, así que le sonreí al viejo.

Apenas me monté en aquel Capri Classic ocho cilindros, motor poderoso y de unos asientos espaciosos, aquel anciano me volvió a saludar de una manera ininteligible; yo sólo dije: buenas noches. Ese hombre de tercera edad, cabello canoso, piel arrugada y con un conato de panza se volvió a dirigir a mí de manera inmediata apenas pronuncié aquel “Buenas noches”. Esta vez le logré entender. Un viejo simpático es este tipo- pensé.

Comenzamos a chalar de inmediato, ese hombre tenía un acento extranjero bastante arraigado- su castellano era bastante peor, incluso, que el del italiano del restaurante. No me importó, le entendía- claro que con un poco de esfuerzo- casi todo lo que me decía. Además, era un señor que caía bien a la primera. Después de decirle a dónde me tenía que llevar y discutir otras frivolidades como el tránsito, el estado de la carretera y cosas por el estilo, no aguanté la tentación y le pregunté de dónde era. Soy brasileiro- contestó aquel simpático hombre. Lo supuse- pensé.

Cuando me confirmó que era brasilero no pude sentir otra cosa que no fuese impotencia por haber desperdiciado cuatro minutos de tiempo hablando pendejadas con ese viejo simpático que de todo se reía. ¡Es brasilero, coño, háblale de fútbol!- medité. Sin poder contenerme, le pregunté de qué equipo era hincha, el anciano sonrió y me dijo: Del mejor equipo del mundo, del Santos. Yo le dije que era seguidor de un gran equipo, con una historia tremenda; él asintió.

Me comentó de la belleza de Brasil, de las hermosas playas y de las espectaculares mujeres que estaban en aquel exuberante país. Si vas a Brasil ve consciente de que te vas a enamorar- me dijo entre risas aquel señor. La charla se puso aún mejor cuando comenzamos a hablar del Brasil de México 70, de lo bien que jugaba Pele, de lo grande que fue Garrincha, de lo espectacular que jugaba Bebeto, de lo solvente que era en la defensa Dunga, del que era -para él- el mejor delantero de la historia: Romario; en fin, de la rica y preciosa historia futbolística que tenía el país amazónico.

Aquella charla me había enriquecido y dado muchos más conocimientos con respecto a la historia futbolística de Brasil, pero no fue hasta cuando estábamos a la altura de Plaza Venezuela- metidos en un cola infernal- que aquel señor me expresó que había estado en el Maracanazo. Yo estuve en el Maracaná en el cincuenta, tenía como 18 años, tu edad- me dijo. Íbamos ganando y estábamos confiados, pero luego nos empataron y faltando pocos minutos para el final nos marcaron el segundo- dijo con voz melancólica- nunca he llorado tanto en toda mi vida- me confesó.

Aquello me dejó atónito, tenía a mi lado a un hombre que había estado en el Maracanazo, no lo podía creer. Nunca pensé que pudiera conocer a un hombre que haya vivido aquel magno evento tan de cerca como este pintoresco señor. Me siguió relatando detalle a detalle aquel día doloroso para Brasil.
No quería que la cola de Plaza Venezuela cediese, escuchando hablar a aquel hombre llegué a sentir que amaba el tráfico caraqueño y que si me seguía hablando de fútbol, me podría quedar en aquella cola toda la maldita noche si fuese necesario.

Al final, la cola cedió y poco después ese anciano me dejó enfrente de la estación de Metro. Le dije que cuánto le debía y me respondió con su portugués castellanizado: Dame sesenta bolívares, por buena gente y porque la charla estuvo buena. Saqué el dinero de mi bolsillo y tuve la sensación de que si me hubiese cobrado el triple de lo que en realidad costaba la carrera, se los hubiese pagado con propina incluida. Hice un amago de despedirme, le dije efusivamente a aquel hombre canoso e intelectual del fútbol, que había sido un honor conocerle.

Le extendí mi mano con un gran respeto y cuando él me la estrechó, supe que había tocado más de setenta y tantos años de historia futbolística. Le dije que había sido un placer enorme haber compartido ese tiempo con él y que ojalá tuviese ocasión de volver a verlo. Él me miró y me dijo que el honor había sido suyo. Agitó su mano derecha como símbolo de despedida. Prendió su Capri Classic de 8 cilindros y motor potente y arrancó en dirección a algún lugar.

De caminó a la estación del metro, me miré la mano derecha y sentí que había sido un insolente en haber tocado tantos años de historia ¿Qué coño me había creído para haber sido capaz de estrecharle mi mano insignificante y carente de historia a aquel anciano? Me aprecié como un pusilánime y un miserable.

Saqué mi Ipod del bolsillo y busqué la canción de Historia de un taxi de Ricardo Arjona; intenté relajarme y digerir, por medio de las poesías hechas canciones del guatemalteco, aquel encuentro con la historia. Llegué a la conclusión de que en esos minutos que aquel anciano me había contado detalle a detalle su experiencia del Maracanazo, no estaba en ese tráfico infernal; estaba seguro que había estado en el Maracaná, con él, 60 años atrás, y que había visto el partido sentado en un confortable Capri Classic del año 77.

¿Los 4 fantásticos?

Hace pocos días sentí la necesidad de prender el televisor y empaparme un poco más de la opinión de los analistas con el acontecer futbolístico. Al no conseguir nada atractivo, me la jugué poniendo ESPN, y como era de esperarse, ESPN no me defraudó; conseguí a varios “analistas” charlando de fútbol y me senté dispuesto a pasarme un buen rato futbolero.

La situación no iba nada mal, decían cosas que me parecían medianamente coherentes y llenas de sensatez. La sorpresa comenzó cuando cambiaron de tema y empezaron a discutir del A.C Milan. El equipo rossonero se hizo con los servicios de Zlatan Ibrahimovic y de Robinho, lo que estos “analistas” bautizaron como unas contrataciones para arrasar con la Seria A y luchar seriamente en la Champions.

Después de escuchar a estos mexicanos- que ahora se encuentran por doquier en todos los canales deportivos- me embargó una sensación que no pude clasificar con ningún adjetivo ¿Habría escuchado bien? Sí, había escuchado bien. Estos “analistas” aseguraban, sin dar posibilidad de duda, que este Milan contaba también con Ronaldinho y con Pato, dos jugadores fundamentales en el buen funcionamiento de la escuadra milanista y que con ellos se completaría un cuarteto de lujo que le pasaría por encima a cualquier rival.

Dispuesto a no hundirme en una rabia que no solucionaría nada, decidí entregarme a la burla y a mofarme de semejantes comentarios tan fuera de lugar y sin fundamento alguno ¿De qué hablaban estos sujetos? ¿Un Milan arrasador? ¿Un cuarteto de lujo? ¡Vamos hombre por favor!

El equipo rossonero viene de pasarla muy mal la temporada pasada. Con las justas lograron clasificar a la Champions y su transitar por la Copa Italia y las competiciones europeas no hicieron más que avergonzar a sus aficionados. Este año intentarán hacer olvidar los errores del pasado; cambiaron de técnico y ficharon a Zlatan y a Robinho.

Este cuarteto, al que yo llamo, irónicamente, Los 4 fantásticos, será la base del equipo para enfrentar la temporada. Vamos a recordar un poco: Compraron a un Robinho que nunca ha terminado de explotar en Europa y que con sus famosas “bicicletas” me hace creer que es más un ciclista frustrado que un futbolista profesional. A un Ibrahimovic que juega cuando le place y que el sello que le representa se llama: Irregularidad. Tienen a un Ronaldinho pasado de peso, sin velocidad y con una larga lista de fiestas nocturnas y bares en donde “tiene que hacer acto de presencia”. Por último, nos encontramos con Pato, un jugador de talento pero que es el compañero de juerga de su gran amigo Ronaldinho, y que se ha hecho conocer en Milán como un recurrente cliente de discotecas y bares.

¿Con estos cuatro jugadores pretende el Milan formar la base del equipo para enfrentar la temporada? No sé ustedes, pero permítanme dudar de semejante utopía. A esto le debemos agregar un Gatusso bastante maduro, a un Pirlo viniendo de una grave lesión, a un Nesta con treinta y tantos y un arquero que genera más duda que confianza.

A estas alturas no logro saber si el conjunto rossonero es un Club de fútbol, una Asociación para alcohólicos Anónimos o un geriátrico deportivo. Lo único que me queda claro es que si los aficionados del Milan pretenden que van a lograr una temporada de ensueño con “Los 4 Fantásticos” a la cabeza, lo único que conseguirán es un aluvión de decepciones y tristezas.

Ahora que lo pienso, no sé si escribí este artículo por la situación lamentable en la que se encuentra el conjunto milanés o por lo terrible que son muchos de los “analistas” que escucho en los canales deportivos; pero, por ahora, me conformaría con ahorrar algún dinero e irme a Milán, pasarme un buen rato en los bares que frecuenta Ronaldinho, y por qué no, invitarle una copa a una hermosa hincha del Inter.

Mi querido amigo, Amorebieta

Hace unas semanas los venezolanos nos despertamos con la noticia de que el defensor central del Athletic de Bilbao, Fernando Amorebieta, “le ilusionaba” la posibilidad de poder jugar con nuestro combinado nacional. Esto era posible a todas luces porque Amorebieta nació en nuestro país y poco después se fue a España. Basándonos en nuestra obsesión insatisfecha de jugar una Copa del Mundo, la noticia nos llenó de júbilo. Un futbolista de la talla del vasco estaba dispuesto a enfundarse la camiseta nacional y seguir alimentando las esperanzas de disputar un Mundial.

Si bien, Amorebieta siempre expresó sus ganas de jugar para España, pensé que se había dado cuenta que sus posibilidades en “La Roja” eran casi inexistentes y había optado por nuestro país por el reto que eso conllevaría para su carrera. La juzgué como una decisión sabia, no me pareció reprochable ni tampoco pensé que el jugador había visto a Venezuela como una opción secundaria, así que recibí la decisión con alegría.

Sintiendo que el jugador vasco hablaba con sinceridad, el director técnico de La Vinotinto, César Farías, lo incluyó en la lista de convocados para los encuentros contra Colombia y Ecuador, que forman parte de la Fecha FIFA que comenzará este viernes. Esto sería en comienzo de la desilusión.

El jugador no se expresó con respecto al llamado de la Selección Nacional; no contestó su celular y rehuyó a los llamados por parte de nuestra Federación ¿Qué habría pasado? Lo supimos un par de días después.

El jugador apareció y resaltó que declinaría el llamado por parte de Venezuela por causas que no explicó de manera clara. Poco después entenderíamos el meollo del asunto. Su técnico en el Bilbao, Joaquín Caparrós, tomaría el protagonismo de la polémica y declararía a los medios de comunicación que él y varios de su cuerpo técnico incitaron al jugador a que no aceptara el llamado de La Vinotinto ya que esto sería un error fatal para su carrera. “Todavía tiene posibilidades de jugar en España” sentenció el técnico del club vasco.

Allí comprendí en realidad qué sucedía. Amorebieta no ocultó nunca su deseo de jugar por España, de hecho, cuando Del Bosque llegó para dirigir la selección española, Amorebieta formó parte del primer llamado del nuevo cuerpo técnico, aunque no disputó ni un solo minuto en aquella convocatoria. Igual, el entrenador español no ha descartado nunca, al menos públicamente, que el jugador vasco no pudiese ser llamado para jugar con España.

Sintiendo que su verdadero lugar era la selección española, Amorebieta utilizó a Venezuela como instrumento de presión para que Del Bosque lo convocase y lo tuviese en cuenta ante la posibilidad de que él pudiera jugar para nuestra selección. La polémica surgió cuando la convocatoria por parte de nuestro país fue unos cuantos días antes que la de la selección española, así que el jugador vasco no sabría, sino unos cuantos días después, si el método de presión había sido efectivo y el técnico de España lo convocaría o no.

Al final, ni lo uno ni lo otro. España siguió sin convocarlo y la FVF perdió la paciencia y lo sacó de la convocatoria a raíz de su rechazo a la misma. A los pocos días de haber culminado esta novela, el jugador se presentó ante los medios de comunicación y expresó que su negativa a la selección venezolana no era definitiva ¿Coincidencia que después de no ser convocado por España diga que todavía piensa en la posibilidad de venir a jugar con nuestra selección? No lo creo. ¡Sí, somos plato de segunda mesa para Amorebieta!

No critico que quiera jugar para España; es la campeona del mundo, y además, él es un buen jugador que ya ha sido tomado en cuenta una vez por esta nación. Lo reprochable y realmente indignante es que Amorebieta haya tomado a nuestro país como parte de un juego siniestro para presionar a Del Bosque y lograr así que lo convocase y lo tuviese en cuenta.

Amorebieta se burló de nosotros, nos faltó el respeto, y peor aún, humilló nuestro fútbol desistiendo de venir a formar parte del grupo que jugará la Fecha FIFA. Fue falto de toda ética profesional lo que hizo “Mi amigo” Amorebieta; lo que da a entender el poco compromiso que tiene este jugador con el desarrollo que experimentamos y que soñamos culminar con la participación en el próximo mundial.

Nunca te prometimos una Copa del Mundo, pero sí mucho respeto; nunca te dijimos que ibas a ganar la Copa América, pero sí te ofrecimos entrega y sacrificio. No ibas a jugar con Xabi o con Iniesta, pero si te prometimos mucho respeto por tu trabajo; no te ilusionamos con campeonatos pero te ofrecimos admiración y reconocimiento por tu fútbol y tu persona; aún así, jugaste con los fanáticos de nuestro fútbol.

Nos demostraste que de venezolano sólo tienes la partida de nacimiento y poco más. ¡Nos fallaste!; no esperes de nosotros, o por lo menos de mi parte, otra cosa que no sea apatía y decepción por este juego en el que involucraste a un país que te abrió las puertas y se la jugó por ti. ¡Ya sabemos que esperar!